Caso 118: fetichismo de zapatos

X., 24 años, de familia con taras (hermano de la madre y abuelo dementes, hermana epiléptica, otra hermana padece migrañas, padres de temperamento irritable), durante la época de la dentición tuvo algunos ataques convulsivos, con siete años fue inducido al onanismo por una criada. X. Encontró placer por primera vez en tales manipulaciones cum illa puella fortuito pede calceolo tecto penem tetigit. De está forma quedó establecida en el muchacho la correspondiente asociación, en virtud de la cual a partir de aquel momento bastaba con la mera visión de un zapato de mujer o incluso con la mera representación de este en su fantasía para producir excitación sexual y erección. Se masturbaba desde entonces mirando zapatos de señora o imaginándoselos. En la escuela le excitaban enormemente los zapatos de la maestra, sobre todo cuando quedaban parcialmente cubiertos por ropas largas de mujer. Un buen día no pudo contenerse y se agarró a los zapatos de la maestra, lo que le produjo una gran excitación sexual. A pesar de los azotes, no pudo evitar realizar esta acción repetidas veces. Al final se vio claramente que tenía que entrar aquí en juego algún motivo de índole morbosa y le pusieron con un maestro. Se deleitaba a partir de entonces recordando la escena de zapatos con la maestra. Experimentaba así erección, orgasmo y, a partir de los 14 años de edad, eyaculación. Se masturbaba además pensando en zapatos de señora. Un buen día se le ocurrió la idea de aumentar su placer sirviéndose de uno de estos zapatos para sus propósitos masturbatorios. A partir de entonces se llevaba zapatos a casa a escondidas y los empleaba a tal efecto.

Por lo demás no había nada en la mujer que pudiera excitarle sexualmente; la idea del coito le llenaba de repugnancia. Tampoco los hombres le interesaban lo más mínimo.

Con 18 años abrió una tienda y comerciaba, entre otras mercancías, con zapatos de señora. Se excitaba sexualmente cuando tenía que ayudar a las clientas a probarse los zapatos o cuando tenía ocasión de manipular los que ellas calzaban. Un día sufrió un ataque epiléptico mientras lo hacía y, poco después, un segundo mientras se masturbaba de la manera que le era habitual. Fue entonces cuando por fin se dio cuenta del carácter nocivo para la salud de sus prácticas sexuales. Empezó a combatir su onanismo, dejó de vender zapatos y procuró librarse de la asociación morbosa entre los zapatos de señora y la función sexual. Pero a partir de entonces empezaron a aparecer numerosas poluciones en el transcurso de sueños eróticos que giraban alrededor de zapatos de señora, y los ataques epilépticos persistieron. Aun hallándose desprovisto del más mínimo sentimiento hacia el sexo femenino, decidió casarse por ver en ello la única cura posible.

Se casó con una hermosa joven. A pesar de una intensa erección cuando pensaba en los zapatos de su esposa, era completamente impotente durante los intentos de cohabitación, pues la aversión hacia el coito y, en general, hacia las relaciones íntimas superaba con creces el influjo de las fantasías de zapatos con las que se excitaba sexualmente. El paciente acudió a causa de su impotencia al Dr. Hammond, quien trató su epilepsia con bromo y le aconsejó que colgara un zapato sobre el lecho conyugal y se fijara en él durante el coito, además de imaginarse que su mujer era un zapato. El paciente quedó libre de sus ataques epilépticos y comenzó a ser potente, de modo que podía practicar el coito cada ocho días aproximadamente. Además, la excitación sensual que le producían los zapatos de señora fue cediendo progresivamente (Hammond, Sexuelle Impotenz, traducción al alemán de Salinger, 1889, p. 23).

[Psychopathia sexualis, caso 118: fetichismo de zapatos]