Caso 75: fetichismo de pies y zapatos

X., 34 años, casado, de padres neuropáticos, de niño sufrió severas convulsiones, sorprendente precocidad intelectual (¡sabía leer ya con 3 años!), pero con un desarrollo desequilibrado, nervioso desde la infancia, con 7 años empieza a sentir la necesidad de manejar zapatos de mujer o los clavos de estos. La visión o, más aún, el tacto de los clavos, el contarlos, le proporcionaba un indescriptible placer.

Por las noches se imaginaba que sus primas iban a tomarse las medidas para los zapatos y que él fabricaba las herraduras para estos o cortaba el material.

Con el tiempo empezaron a acometerle las escenas de zapatos también durante el día, y sin que él lo buscara le provocaban erección y eyaculación. A menudo tomaba zapatos de mujeres de la casa y con tocarlos con el pene ya tenía una eyaculación. Durante un tiempo, en su época de estudiante, consiguió dominar estas ideas y deseos. Luego vino una etapa en que se dedicaba a escuchar los pasos de las mujeres por la calle, con lo que se estremecía de placer, igual que cuando veía poner clavos en las suelas de los zapatos de señora o contemplaba los zapatos en los escaparates.

Se casó y durante los primeros meses de matrimonio estuvo libre de estos impulsos. Poco a poco se fue volviendo histeropático y neurasténico.

En ese estadio bastaba para que le entraran ataques de histeria con que el zapatero le hablara de clavos en zapatos de señora o de clavar las suelas de los zapatos de señora. Mayor aún era la reacción cuando veía a una bella dama que llevaba zapatos con muchos clavos. Para llegar a la eyaculación le bastaba con recortar suelas de zapatos de señora en un cartón y clavetearlas. También compraba zapatos de señora y pedía que les pusieran clavos en la tienda. Arañaba el suelo con ellos en casa y tocaba finalmente con ellos la punta de su pene. Pero también se presentaban espontáneamente situaciones libidinosas con zapatos en las que se satisfacía mediante la masturbación.

X. es por lo demás inteligente, aplicado en su oficio, pero lucha en vano contra sus deseos perversos. Presenta fimosis; pene corto, de paredes convexas, sin ser plenamente capaz de erección. Un día el paciente se puso a masturbarse ante una zapatería al ver una suela de zapato de señora claveteada y fue condenado por ello (Blanche, Archives de Neurologie, 1882, Nr. 22).

[Psychopathia sexualis, caso 75]

Caso 73: fetichismo de pies y zapatos

Comunicado por Mantegazza en sus “Estudios antropológicos”, 1886, p. 110. X., americano, de buena familia, buena constitución física y moral; desde la época del despertar de su pubertad, solo lograba excitarse sexualmente con el zapato de una mujer. El cuerpo de esta o también, sobre todo, su pie desnudo o cubierto con una media, no le causaban impresión alguna, pero el pie enfundado en un zapato o hasta el zapato por sí solo le producían una erección e incluso una eyaculación. Le bastaba con la mera visión, en caso de que hubiera botas elegantes a su disposición, es decir, de cuero negro, de las que se abrochan a un lado y con tacones lo más altos posible. Su impulso genital se excita poderosamente cuando toca, besa o se calza unas botas de estas. Para incrementar su placer, traspasa las suelas con clavos, de modo que las puntas se le claven en la carne al andar. Experimenta así dolores espantosos, pero al mismo tiempo verdadero placer. Su máximo gozo consiste en arrodillarse a los pies de una dama, hermosos y elegantemente calzados, y recibir patadas de ellos. Si quien lleva los zapatos es una mujer fea, esto no surte efecto y su fantasía se enfría. Si el paciente solo tiene los zapatos a su disposición, su fantasía les añade una bella mujer y logra así la eyaculación. Sus sueños nocturnos giran alrededor de los botines de mujeres hermosas. La visión de los zapatos de señora en los escaparates le parece inmoral, mientras que hablar sobre la naturaleza de la mujer le parece inofensivo y de poco gusto. X. ha intentado el coito en diversas ocasiones, pero sin éxito. Nunca llegó a la eyaculación.

[Psychopathia sexualis, caso 73]

Caso 72: fetichismo de pies y zapatos

Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.

Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.

Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.

Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.

M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.

Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.

Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.

A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.

Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.

Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba… pero todo esto no servía de nada.

M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.

Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.

Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:

Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.

M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.

Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.

[Psychopathia sexualis, caso 72]

Caso 72. Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.

Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.

Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.

Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.

M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.

Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.

Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.

A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.

Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.

Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba… pero todo esto no servía de nada.

M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.

Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.

Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:

Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.

M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.

Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.

Caso 71: fetichismo de pies y zapatos

Z., 28 años, funcionario, procedente de madre neuropática. No es posible averiguar las circunstancias de salud y familiares del padre, prematuramente muerto. Z. era desde la infancia nervioso, impresionable, llegó enseguida sin necesidad de incitación a la masturbación, a partir de la pubertad se volvió neurasténico, abandonó por un tiempo el onanismo, tuvo innumerables poluciones, se recuperó algo en un sanatorio con curas de agua fría, sentía una intensa libido hacia las mujeres, pero hasta ahora no ha llegado al coito, en parte por falta de confianza en su potencia, en parte por miedo a contagios, lo cual le afecta mucho, sobre todo porque, faute de mieux, ha recaído en su vicio secreto.

Z. se revela como fetichista y masoquista al mismo tiempo cuando discutimos su vita sexualis con detenimiento y presenta interesantes relaciones entre ambas anomalías de la vita sexualis.

Asegura haber sentido debilidad por los zapatos de mujer desde los 9 años de edad.

Atribuye este fetichismo a haber visto en aquel entonces a una dama subiendo a un caballo mientras un criado le sujetaba el estribo. Esta visión le excitó poderosamente, se ha reproducido siempre en su fantasía y cada vez ha ido acompañada de sentimientos libidinosos. Las sentimientos de sus poluciones giraban después alrededor de mujeres con zapatos. Le encantaban los zapatos de cordón con tacones altos. A esto se le unió enseguida la fantasía libidinosa de dejar que una mujer le pisara con sus tacones y besar arrodillado el zapato de esta. De la mujer solo le interesa el zapato. Las fantasías olfativas no desempeñan aquí papel alguno. El zapato por sí solo no le basta. Tiene que estar puesto. Cuando Z. ve a una dama con semejante calzado se excita tanto que se tiene que masturbar. Cree que sólo sería potente con una mujer que estuviera calzada así.

Faute de mieux se ha dibujado un zapato de ese tipo y se complace en contemplar el dibujo mientras se masturba.

[Psychopathia sexualis, caso 71]

Caso 70: fetichismo de pies y zapatos

Señor X., 25 años, de padres sanos, anteriormente nunca enfermo de consideración, puso a mi disposición la siguiente autobiografía: “Empecé a masturbarme con 10 años sin que esto fuera nunca acompañado de pensamientos libidinosos. Ya por aquella época —esto lo sé con certeza—, la visión y el tacto de unas botas elegantes de mujer ejercían sobre mí un embrujo sin igual; mi mayor deseo era poder llevar también unas botas así, deseo que pude realizar también de vez en cuando en bailes de disfraces. Después fue un pensamiento completamente diferente el que comenzó a atormentarme: mi ideal consistía en verme en una situación humillante, me hubiera gustado ser esclavo, deseaba ser castigado, en definitiva, recibir el trato que se describe en las numerosas historias de esclavos. No sabría decir si este deseo surgió en mí por la lectura de estos libros o de forma espontánea.

“Con 13 años llegó la pubertad; con la aparición de las eyaculaciones aumentó el placer y me masturbaba con más frecuencia, a menudo 2 ó 3 veces al día. Durante el periodo de los 12 a los 16 años tenía siempre la fantasía durante el acto onanista de que me obligaban a llevar botas de chica. La visión de una bota elegante en el pie de una chica medianamente guapa me enloquecía, yo buscaba con ansia llevar el olor a cuero a mi nariz. Para oler el cuero también durante el onanismo me compraba manguitos de cuero, que olfateaba mientras me masturbaba. Mi pasión por las botas de cuero de mujer sigue siendo hoy la misma, solo que desde que cumplí los 17 años se le ha unido el deseo de convertirme en criado, limpiarles las botas a damas distinguidas, tener que ayudarlas a vestirse y desnudarse, y similares.

“Mis sueños nocturnos consisten siempre en escenas con zapatos: estoy ante el escaparate de una zapatería, a veces miro el elegante calzado de señora, sobre todo los zapatos con botones, o ad pedes feminae jaceo et olfacio et lambo calceoles eius. Hace más o menos un año que he dejado el onanismo y acudo ad puellas; el coito se consuma concentrando mi pensamiento en botas de señora con botones, a veces me llevo el zapato de la puella conmigo a la cama. Nunca he sufrido trastornos debidos a mi anterior onanismo. Se me da bien estudiar, tengo buena memoria, no he tenido en mi vida dolor de cabeza. Esto es lo que tenía que contar sobre mí.

“Un par de palabras aún a propósito de mi hermano: estoy convencido de que él también es fetichista de zapatos; entre muchos otros hechos que me lo demuestran, destacaré solamente uno: para él es todo un placer que le aseste patadas una de nuestras primas (increíblemente guapa). Por lo demás, me comprometo a decir de cualquier hombre que se para ante una zapatería y se queda mirando los zapatos si es ‘amigo de los zapatos’ o no. Esta anomalía es enormemente frecuente; si hablando con conocidos saco el tema de qué es lo que los atrae en una mujer, se oye con gran frecuencia que resulta más atractiva la mujer vestida que la desnuda; aunque todo el mundo tiene mucho cuidado de no nombrar su fetiche especial. Tengo un tío que también creo que es fetichista de zapatos”.

[Psychopathia sexualis, caso 70]

Caso 59: masoquismo

X., marido modelo, de estricta moral, padre de varios hijos, tiene momentos o más bien ataques, en que acude al burdel, escoge 2-3 de las muchachas más grandes y se encierra con ellas. Corporis superiorem partem nudavit humi iacens manus supra ventrem ponens oculos claudit et puellas trans pectus suum nudatum et collum et os vadere iubet et poscit, ut transgredientes summa vi calcibus carnem premerent. A veces pide que venga una prostituta más pesada todavía o que practiquen algunos trucos que hacen el procedimiento más cruel todavía. Tras 2—3 horas tiene bastante, paga a las muchachas con vino y dinero, se frota los cardenales, se viste, paga la cuenta y vuelve a sus negocios para, al cabo de una semana más o menos, volver en busca de este singular placer.

A veces hace que se le suba en el pecho una de estas muchachas mientras que las otras la hacen girar hasta que la piel de él queda ensangrentada por la rotación de los tacones.

A menudo, una de las chicas tiene que ponérsele encima de tal forma que un zapato queda sobre los ojos con el tacón sobre un globo ocular, mientras que el otro zapato se poya en su cuello. En esta posición aguanta la presión de una persona de unas 150 libras de peso durante 4—5 minutos. El autor [Cox, A.B.] habla de docenas de casos análogos de los que ha tenido noticia. Hammond supone con razón que este hombre se ha vuelto impotente en su relación con las mujeres y que en este insólito procedimiento busca y encuentra un equivalente del coito, y que mientras se le pisotea hasta llegar a la sangre experimenta sensaciones sexuales placenteras acompañadas de eyaculación.

[Psychopathia sexualis, caso 59]