Caso 152: homosexualidad o uranismo

Una tarde de verano, ya al anochecer, X. Y., Dr. med., fue sorprendido por un vigilante en una ciudad del norte de Alemania mientras practicaba actos deshonestos en un camino rural con un vagabundo al que masturbó y a continuación mentulam ejus in os suum immisit. X. evitó una persecución judicial dándose a la fuga. La fiscalía se desentendió de la denuncia porque no se había producido escándalo público y tampoco immissio membri in anum. Se halló en posesión de X. una amplia correspondencia uranista que permitió demostrar que se venían manteniendo desde hacía años intensas relaciones uranistas que abarcaban todas las capas sociales.

X. procede de una familia con taras. El padre de su padre puso fin a su vida al suicidarse en estado de locura. El padre fue un hombre débil y raro. Un hermano del paciente se masturbaba ya con dos años. Un primo fue de sexualidad contraria, cometió ya de joven los mismos actos indecentes que X., se vio aquejado de debilidad psíquica y murió como consecuencia de una enfermedad de la médula espinal. Un tío abuelo por parte de padre era hermafrodita. La hermana de la madre estaba loca. A la madre se la tenía por sana. El hermano de X. es nervioso e irascible.

X. mismo fue también un niño nervioso. El maullido de un gato le atemorizaba y bastaba con que alguien imitara el sonido de un gato para que se echara a llorar desconsoladamente y se abrazara muerto de miedo a lo primero que encontrara.

Enfermedades menores le producían fiebres intensas. Era un niño callado y soñador, con una viva fantasía, pero escasas dotes psíquicas. No practicaba los juegos de chicos. Le encantaban las ocupaciones femeninas. Encontraba un especial placer en peinar a la criada o incluso al hermano.

Con 13 años ingresó en un instituto. Allí practicaba la masturbación mutua, seducía a los compañeros y se hizo insoportable con su comportamiento cínico, por lo que hubo que mandarle a casa. Ya por aquel entonces cayeron en manos de sus padres cartas de amor de sexualidad contraria y contenido extremadamente lascivo. A partir de los 17 años estudió bajo la estricta disciplina de un profesor de instituto. Su progreso en los estudios fue pobre. Solo estaba dotado para la música. Tras terminar el instituto, con 19 años, el paciente entró en la universidad. Allí destacó por su naturaleza cínica y por codearse con gente joven sobre la que circulaba todo tipo de rumores respectivos al amor entre hombres. Empezó a arreglarse, le gustaban las corbatas llamativas, llevaba camisas escotadas, calzaba a duras penas sus pies con botas ajustadas y se peinaba de forma llamativa. Esta tendencia desapareció cuando terminó la universidad y regresó a casa.

Con 24 años pasó una temporada de fuerte neurastenia. Desde entonces hasta los 29 años parecía una persona seria y se mostraba diligente en el trabajo, pero evitaba la compañía del bello sexo y andaba siempre con hombres de dudosa reputación.

El paciente no consintió en una exploración personal. La rechazó por escrito con la excusa de que la consideraba inútil porque el deseo por el propio sexo estaba presente en él desde la niñez y era congénito. Siempre había sentido horror feminae, nunca había logrado forzarse a sí mismo a disfrutar los encantos de una mujer. Respecto del hombre se siente en un papel masculino. Reconoce que su deseo por el propio sexo es anormal, disculpa sus desmanes sexuales con su morbosa constitución natural.

Desde que huyó de Alemania, X. vive en el sur de Italia y, según se desprende de una de sus cartas, se mantiene fiel al amor uranista. X. es un hombre serio y apuesto, de rasgos perfectamente masculinos, barba poblada, genitales desarrollados normalmente. X. puso recientemente a mi disposición su autobiografía, de la cual merece recogerse aquí lo siguiente: cuando entré con 7 años en una escuela privada me sentí muy a disgusto y encontré poca aceptación por parte de mis compañeros. Solo me sentía atraído por uno de ellos, que era un niño muy guapo al que amaba casi apasionadamente. En nuestros juegos de niños siempre me las apañaba para poder presentarme vestido de chica y mi mayor placer consistía en hacerles peinados muy complicados a nuestras criadas. A menudo lamentaba no ser una chica.

Mi impulso sexual se despertó con 13 años y se orientó desde el mismo instante de su aparición hacia los hombres jóvenes y fuertes. Al principio no tenía ni idea de que esto era anormal; tuve conciencia de ello por primera vez cuando vi y oí cómo eran los chicos de mi edad en cuestiones sexuales. Empecé a masturbarme con 13 años. Con 17 salí de casa de mis padres para ir al instituto en la capital, donde estuve alojado como pensionista en casa de un profesor de instituto casado, con cuyo hijo mantuve relaciones sexuales a partir de entonces. Fue la primera vez que experimenté satisfacción sexual. Después conocí allí a un joven artista que enseguida se dio cuenta de mi constitución anormal y que me confesó que lo mismo le ocurría a él. Supe por él que esta anomalía era muy frecuente y esta noticia disipó la idea de que yo era el único anormal, que era algo que a menudo me apesadumbraba. Este joven tenía un amplio círculo de conocidos que eran como él y en el que me introdujo. Allí me convertí en objeto de atención generalizada porque, según afirmaban todos, yo era físicamente muy prometedor. Pronto empezó a idolatrarme un señor mayor, pero yo no le encontraba de mi gusto y solo le hice caso durante un corto tiempo, hasta que un oficial joven y hermoso cayó rendido a mis pies y yo empecé a corresponderle. Este fue mi primer amor verdadero.

Tras pasar con 19 años el examen de madurez, y una vez liberado de las obligaciones del instituto, conocí a mucha gente que era como yo o parecida, entre ellos a Karl Ulrichs (Numa Numantius).

Más tarde, cuando empecé a estudiar medicina y a relacionarme con muchos jóvenes normales, me encontré a menudo en la situación de tener que aceptar propuestas de ir de prostitutas. Tras quedar en evidencia con diversas mujeres, algunas de ellas muy hermosas, empezó a extenderse entre mis amigos la opinión de que era impotente y yo di pábulo a ese rumor con historias inventadas de anteriores y exageradas proezas con mujeres. Yo me relacionaba por aquel entonces con mucha gente de otros sitios que alababan de tal forma en sus círculos la disposición de mi cuerpo que me gané fama de gran belleza en lugares muy lejanos. La consecuencia fue que cada dos por tres se presentaba alguien aquí y recibía tal cantidad de cartas de amor que a menudo me veía en apuros. La situación culminó cuando más tarde, llevando un año de médico, estuve viviendo en un hospital militar. Aquello era como si hubiera llegado una celebridad y las escenas de celos que se desarrollaron por mi causa a punto estuvieron de hacer que se descubriera todo. Poco después sufrí una inflamación de la articulación del húmero de la que tardé tres meses en recuperarme. En el transcurso de esta, me tuvieron que poner todos los días varias inyecciones subcutáneas de morfina que después me retiraron de pronto, pero que yo continué a escondidas una vez curado. Antes de abrir mi propia consulta pasé varios meses en Viena para hacer unos estudios de especialización. Allí conseguí entrar gracias a algunas recomendaciones en diferentes círculos de personas como yo. Constaté entonces que la anomalía en cuestión se halla extendida por igual y en toda la amplitud de su gama lo mismo entre las clases inferiores que entre las superiores, y que aquellos que lo tienen por oficio y a los que se puede acceder por dinero, no escasean tampoco entre las clases altas.

Cuando me establecí como médico en el campo, tenía la esperanza de librarme de la morfina mediante la cocaína y me volví cocainómano, de lo que por fin conseguí librarme (hace un año y 3/4) después de recaer en tres ocasiones. En mi posición me resultaba imposible conseguir satisfacción sexual y me alegré al descubrir que una de las consecuencias del consumo de cocaína es la desaparición del deseo. Cuando conseguí por primera vez dejar la cocaína bajo los enérgicos cuidados de mi tía, me fui varias semanas de viaje para recuperarme. Los perversos deseos habían vuelto a despertar con toda su intensidad, y unos días después de haberme estado divirtiendo una tarde con un hombre en las afueras de la ciudad, el fiscal me comunicó que me habían visto y que tenía una denuncia, pero que la acción que se me imputaba no estaba penada según una decisión del tribunal superior del Imperio Alemán. Me advertía, eso sí, que tuviera cuidado, porque la noticia del caso ya se había propagado en amplios círculos. Después de este acontecimiento me vi obligado a marcharme de Alemania y buscar una nueva patria donde ni la ley ni la opinión pública se opusiesen a lo que, como probablemente ocurre con todos los impulsos anormales, la voluntad era incapaz de reprimir. Como siempre tuve claro que mis inclinaciones entraban en conflicto con los puntos de vista sociales, intenté repetidamente dominarlas, pero solo conseguí que se intensificaran y personas conocidas me han contado que ellos han tenido la misma experiencia. Como solo me sentía atraído por individuos fuertes, jóvenes y completamente masculinos, pero estos raramente se mostraban predispuestos a complacer mis deseos, no me quedaba más remedio que recurrir al dinero. Dado que mis deseos se limitan a personas de clase baja, siempre encontraba a alguien que se dejara comprar. Espero que las revelaciones siguientes no despierten su indignación, al principio pensé en omitirlas, pero tengo que incluirlas aquí para que el relato esté completo, pues podrían servir para enriquecer la casuística. Yo siento la necesidad de consumar el acto sexual como sigue:

Pene iuvenis in os recepto, ita ut commovendo ore meo effecerim, ut is quem cupio, semen eiaculaverit, sperma in perinaeum exspuo, femora comprimi jubeo et penem meum adversus et intra femora compressa immitto. Dum haec fiunt, necesse est, ut iuvenis me, quantum potest, amplectatur. Quae prius me fecisse narravi, eandem mihi afferunt voluptatem, acsi ipse ejaculo. Ejaculationem pene in anum immittendo vel manu terendo assequi, mihi nequaqum amoenum est.

Sed inveni, qui penem meum receperint atque ea facientes quae supra exposui, effecerint, ut libidines meae plane sint saturatae.

Por lo que respecta a mi persona, debo mencionar lo siguiente: mido 186 cm, tengo un aspecto completamente masculino y, quitando una anormal sensibilidad de la piel, estoy sano. Tengo un cabello poblado y rubio, y lo mismo se puede decir de la barba. Mis órganos sexuales son de tamaño medio y de constitución normal. Soy capaz de consumar el acto sexual descrito entre cuatro y seis veces en un periodo de 24 horas sin sentir cansancio. Llevo una vida bastante ordenada. El alcohol y el tabaco los consumo con mucha moderación. Toco bastante bien el piano y algunas composiciones menores que he hecho han tenido bastante éxito. Hace poco he terminado una novela, que ha tenido buena acogida en mis círculos para tratarse de una primera obra. Esta tiene por tema diversos problemas de la vida de las personas de sexualidad contraria.

Dada la gran cantidad de compañeros de desdicha que me son personalmente conocidos, he tenido, naturalmente, oportunidad de observar los diferentes tipos de anormalidades. Quizás le sirvan a usted de algo las informaciones siguientes.

La mayor anormalidad que he conocido es la costumbre de un caballero de los alrededores de Berlín. Is iuvenes sordidos pedes habentes aliis praefert, pedes eorum quasi furibundus lambit. De forma muy parecida se comporta un señor de Leipzig qui linguam in anum coeno iniquatum, quod ei gratissimum est, immittere narratur. En París hay un señor que obligó a un amigo mío ut in os ei mingat. Según me cuentan, parece ser que hay algunos que al ver botas de montar y uniformes militares entran en un estado de éxtasis tal que sufren emisiones espontáneas de semen.

Hay dos personajes en Viena que constituyen un ejemplo de hasta qué punto algunos se sienten mujeres, cosa que a mí no me sucede. Se han puesto nombre de mujer; una es un peluquero que se llama a sí mismo “Laura la francesa”, la otra es un antiguo carnicero que se llama “Fanny la ahumadora”. Estos no dejan pasar oportunidad en los carnavales de ponerse unos disfraces femeninos de lo más exagerados. En Hamburgo existe un personaje que algunos creeen que es una mujer, porque siempre anda por casa vestida de mujer y solo sale de casa de vez en cuando y vestida de esta misma forma. Este señor quiso incluso hacer de madrina en un bautizo y provocó con ello un gran escándalo.

Estos individuos suelen presentar todos los defectos femeninos, les encanta cotorrear, son informales y débiles de carácter.

Sé de varios casos de orientación sexual perversa que presentan epilepsia y psicosis; llama la atención lo frecuentes que son las hernias. A mi consulta han acudido, por recomendación de amigos, varias personas con enfermedades del ano. He visto dos chancros sifilíticos y uno local, así como varias fisuras y en estos momentos estoy tratando a un caballero con unos condilomas puntiagudos junto al ano que forman un tumor como una especie de coliflor y casi del tamaño de un puño. En Viena vi un caso de afección primaria del paladar blando en un joven que acudía a bailes de disfraces vestido de mujer y se llevaba a un aparte a hombres jóvenes. Decía luego que tenía la regla y conseguía así que los otros se sirvieran de su boca. Parece ser que de esta forma llegó a conseguir atraer a 14 hombres en una sola noche. Como en ninguna de las publicaciones sobre sexualidad contraria que han caído en mis manos he encontrado nada sobre la forma en que se relacionan estas personas entre sí, me gustaría contarle algo al respecto.

En cuanto las personas de sexualidad contraria traban conocimiento, tiene lugar una pormenorizada discusión de sus anteriores experiencias, amores y conquistas, siempre que las diferencias sociales no impidan tal conversación. Es raro que deje de producirse esta conversación entre quienes acaban de conocerse. Las personas de sexualidad contraria se llaman entre sí “tías”; en Viena, “hermanas”, y dos prostitutas vienesas de aspecto muy masculino a las que conocí por casualidad y que mantenían una relación sexual contraria entre ellas me contaron que la denominación equivalente entre mujeres es “tío”. Desde que tengo conciencia de mi deseo anormal, he entrado en contacto con más de mil personas como yo. Casi todas las ciudades grandes tienen algún lugar de reunión, así como una “carrera”. En las ciudades pequeñas se encuentran relativamente pocas “tías”, aunque una vez encontré ocho en un pueblo de 2300 habitantes y 18 en uno de 7000 (estos, de los que tuviera certeza, y sin contar aquellos de los que sospechaba). En mi ciudad natal, que tiene unos 30 000 habitantes, conozco personalmente a unas 120 “tías”. La mayoría tienen la capacidad de discernir inmediatamente si un tercero es como ellos (capacidad que yo, sobre todo, poseo en grado extremo) o, como se dice en el “lenguaje de las tías”, si es “sensato” o “insensato”. Quienes me conocen se quedan muchas veces sorprendidos del buen ojo que tengo. He reconocido como “tías” nada más verlos a individuos que parecían de organización totalmente masculina. Por otra parte, poseo la capacidad de comportarme de manera tan masculina que en círculos en los que se me admitió a través de conocidos llegaron a dudar de mi “autenticidad”. Cuando quiero, me puede comportar totalmente como una mujer.

La mayoría de las “tías” (incluyéndome a mí) no ven en absoluto su anomalía como una desgracia, sino que lamentarían que se alterase su estado. Como además, en mi opinión y en la de todos los demás, no hay forma de cambiar este estado innato, tenemos puesta toda nuestra esperanza en una reforma de los artículos correpondientes del código penal, de modo que solo se consideren punibles la violación o el escándalo público, siempre que estos se puedan constatar.