Tag: sexualidad contraria

Caso 152: homosexualidad o uranismo

Una tarde de verano, ya al anochecer, X. Y., Dr. med., fue sorprendido por un vigilante en una ciudad del norte de Alemania mientras practicaba actos deshonestos en un camino rural con un vagabundo al que masturbó y a continuación mentulam ejus in os suum immisit. X. evitó una persecución judicial dándose a la fuga. La fiscalía se desentendió de la denuncia porque no se había producido escándalo público y tampoco immissio membri in anum. Se halló en posesión de X. una amplia correspondencia uranista que permitió demostrar que se venían manteniendo desde hacía años intensas relaciones uranistas que abarcaban todas las capas sociales.

X. procede de una familia con taras. El padre de su padre puso fin a su vida al suicidarse en estado de locura. El padre fue un hombre débil y raro. Un hermano del paciente se masturbaba ya con dos años. Un primo fue de sexualidad contraria, cometió ya de joven los mismos actos indecentes que X., se vio aquejado de debilidad psíquica y murió como consecuencia de una enfermedad de la médula espinal. Un tío abuelo por parte de padre era hermafrodita. La hermana de la madre estaba loca. A la madre se la tenía por sana. El hermano de X. es nervioso e irascible.

X. mismo fue también un niño nervioso. El maullido de un gato le atemorizaba y bastaba con que alguien imitara el sonido de un gato para que se echara a llorar desconsoladamente y se abrazara muerto de miedo a lo primero que encontrara.

Enfermedades menores le producían fiebres intensas. Era un niño callado y soñador, con una viva fantasía, pero escasas dotes psíquicas. No practicaba los juegos de chicos. Le encantaban las ocupaciones femeninas. Encontraba un especial placer en peinar a la criada o incluso al hermano.

Con 13 años ingresó en un instituto. Allí practicaba la masturbación mutua, seducía a los compañeros y se hizo insoportable con su comportamiento cínico, por lo que hubo que mandarle a casa. Ya por aquel entonces cayeron en manos de sus padres cartas de amor de sexualidad contraria y contenido extremadamente lascivo. A partir de los 17 años estudió bajo la estricta disciplina de un profesor de instituto. Su progreso en los estudios fue pobre. Solo estaba dotado para la música. Tras terminar el instituto, con 19 años, el paciente entró en la universidad. Allí destacó por su naturaleza cínica y por codearse con gente joven sobre la que circulaba todo tipo de rumores respectivos al amor entre hombres. Empezó a arreglarse, le gustaban las corbatas llamativas, llevaba camisas escotadas, calzaba a duras penas sus pies con botas ajustadas y se peinaba de forma llamativa. Esta tendencia desapareció cuando terminó la universidad y regresó a casa.

Con 24 años pasó una temporada de fuerte neurastenia. Desde entonces hasta los 29 años parecía una persona seria y se mostraba diligente en el trabajo, pero evitaba la compañía del bello sexo y andaba siempre con hombres de dudosa reputación.

El paciente no consintió en una exploración personal. La rechazó por escrito con la excusa de que la consideraba inútil porque el deseo por el propio sexo estaba presente en él desde la niñez y era congénito. Siempre había sentido horror feminae, nunca había logrado forzarse a sí mismo a disfrutar los encantos de una mujer. Respecto del hombre se siente en un papel masculino. Reconoce que su deseo por el propio sexo es anormal, disculpa sus desmanes sexuales con su morbosa constitución natural.

Desde que huyó de Alemania, X. vive en el sur de Italia y, según se desprende de una de sus cartas, se mantiene fiel al amor uranista. X. es un hombre serio y apuesto, de rasgos perfectamente masculinos, barba poblada, genitales desarrollados normalmente. X. puso recientemente a mi disposición su autobiografía, de la cual merece recogerse aquí lo siguiente: cuando entré con 7 años en una escuela privada me sentí muy a disgusto y encontré poca aceptación por parte de mis compañeros. Solo me sentía atraído por uno de ellos, que era un niño muy guapo al que amaba casi apasionadamente. En nuestros juegos de niños siempre me las apañaba para poder presentarme vestido de chica y mi mayor placer consistía en hacerles peinados muy complicados a nuestras criadas. A menudo lamentaba no ser una chica.

Mi impulso sexual se despertó con 13 años y se orientó desde el mismo instante de su aparición hacia los hombres jóvenes y fuertes. Al principio no tenía ni idea de que esto era anormal; tuve conciencia de ello por primera vez cuando vi y oí cómo eran los chicos de mi edad en cuestiones sexuales. Empecé a masturbarme con 13 años. Con 17 salí de casa de mis padres para ir al instituto en la capital, donde estuve alojado como pensionista en casa de un profesor de instituto casado, con cuyo hijo mantuve relaciones sexuales a partir de entonces. Fue la primera vez que experimenté satisfacción sexual. Después conocí allí a un joven artista que enseguida se dio cuenta de mi constitución anormal y que me confesó que lo mismo le ocurría a él. Supe por él que esta anomalía era muy frecuente y esta noticia disipó la idea de que yo era el único anormal, que era algo que a menudo me apesadumbraba. Este joven tenía un amplio círculo de conocidos que eran como él y en el que me introdujo. Allí me convertí en objeto de atención generalizada porque, según afirmaban todos, yo era físicamente muy prometedor. Pronto empezó a idolatrarme un señor mayor, pero yo no le encontraba de mi gusto y solo le hice caso durante un corto tiempo, hasta que un oficial joven y hermoso cayó rendido a mis pies y yo empecé a corresponderle. Este fue mi primer amor verdadero.

Tras pasar con 19 años el examen de madurez, y una vez liberado de las obligaciones del instituto, conocí a mucha gente que era como yo o parecida, entre ellos a Karl Ulrichs (Numa Numantius).

Más tarde, cuando empecé a estudiar medicina y a relacionarme con muchos jóvenes normales, me encontré a menudo en la situación de tener que aceptar propuestas de ir de prostitutas. Tras quedar en evidencia con diversas mujeres, algunas de ellas muy hermosas, empezó a extenderse entre mis amigos la opinión de que era impotente y yo di pábulo a ese rumor con historias inventadas de anteriores y exageradas proezas con mujeres. Yo me relacionaba por aquel entonces con mucha gente de otros sitios que alababan de tal forma en sus círculos la disposición de mi cuerpo que me gané fama de gran belleza en lugares muy lejanos. La consecuencia fue que cada dos por tres se presentaba alguien aquí y recibía tal cantidad de cartas de amor que a menudo me veía en apuros. La situación culminó cuando más tarde, llevando un año de médico, estuve viviendo en un hospital militar. Aquello era como si hubiera llegado una celebridad y las escenas de celos que se desarrollaron por mi causa a punto estuvieron de hacer que se descubriera todo. Poco después sufrí una inflamación de la articulación del húmero de la que tardé tres meses en recuperarme. En el transcurso de esta, me tuvieron que poner todos los días varias inyecciones subcutáneas de morfina que después me retiraron de pronto, pero que yo continué a escondidas una vez curado. Antes de abrir mi propia consulta pasé varios meses en Viena para hacer unos estudios de especialización. Allí conseguí entrar gracias a algunas recomendaciones en diferentes círculos de personas como yo. Constaté entonces que la anomalía en cuestión se halla extendida por igual y en toda la amplitud de su gama lo mismo entre las clases inferiores que entre las superiores, y que aquellos que lo tienen por oficio y a los que se puede acceder por dinero, no escasean tampoco entre las clases altas.

Cuando me establecí como médico en el campo, tenía la esperanza de librarme de la morfina mediante la cocaína y me volví cocainómano, de lo que por fin conseguí librarme (hace un año y 3/4) después de recaer en tres ocasiones. En mi posición me resultaba imposible conseguir satisfacción sexual y me alegré al descubrir que una de las consecuencias del consumo de cocaína es la desaparición del deseo. Cuando conseguí por primera vez dejar la cocaína bajo los enérgicos cuidados de mi tía, me fui varias semanas de viaje para recuperarme. Los perversos deseos habían vuelto a despertar con toda su intensidad, y unos días después de haberme estado divirtiendo una tarde con un hombre en las afueras de la ciudad, el fiscal me comunicó que me habían visto y que tenía una denuncia, pero que la acción que se me imputaba no estaba penada según una decisión del tribunal superior del Imperio Alemán. Me advertía, eso sí, que tuviera cuidado, porque la noticia del caso ya se había propagado en amplios círculos. Después de este acontecimiento me vi obligado a marcharme de Alemania y buscar una nueva patria donde ni la ley ni la opinión pública se opusiesen a lo que, como probablemente ocurre con todos los impulsos anormales, la voluntad era incapaz de reprimir. Como siempre tuve claro que mis inclinaciones entraban en conflicto con los puntos de vista sociales, intenté repetidamente dominarlas, pero solo conseguí que se intensificaran y personas conocidas me han contado que ellos han tenido la misma experiencia. Como solo me sentía atraído por individuos fuertes, jóvenes y completamente masculinos, pero estos raramente se mostraban predispuestos a complacer mis deseos, no me quedaba más remedio que recurrir al dinero. Dado que mis deseos se limitan a personas de clase baja, siempre encontraba a alguien que se dejara comprar. Espero que las revelaciones siguientes no despierten su indignación, al principio pensé en omitirlas, pero tengo que incluirlas aquí para que el relato esté completo, pues podrían servir para enriquecer la casuística. Yo siento la necesidad de consumar el acto sexual como sigue:

Pene iuvenis in os recepto, ita ut commovendo ore meo effecerim, ut is quem cupio, semen eiaculaverit, sperma in perinaeum exspuo, femora comprimi jubeo et penem meum adversus et intra femora compressa immitto. Dum haec fiunt, necesse est, ut iuvenis me, quantum potest, amplectatur. Quae prius me fecisse narravi, eandem mihi afferunt voluptatem, acsi ipse ejaculo. Ejaculationem pene in anum immittendo vel manu terendo assequi, mihi nequaqum amoenum est.

Sed inveni, qui penem meum receperint atque ea facientes quae supra exposui, effecerint, ut libidines meae plane sint saturatae.

Por lo que respecta a mi persona, debo mencionar lo siguiente: mido 186 cm, tengo un aspecto completamente masculino y, quitando una anormal sensibilidad de la piel, estoy sano. Tengo un cabello poblado y rubio, y lo mismo se puede decir de la barba. Mis órganos sexuales son de tamaño medio y de constitución normal. Soy capaz de consumar el acto sexual descrito entre cuatro y seis veces en un periodo de 24 horas sin sentir cansancio. Llevo una vida bastante ordenada. El alcohol y el tabaco los consumo con mucha moderación. Toco bastante bien el piano y algunas composiciones menores que he hecho han tenido bastante éxito. Hace poco he terminado una novela, que ha tenido buena acogida en mis círculos para tratarse de una primera obra. Esta tiene por tema diversos problemas de la vida de las personas de sexualidad contraria.

Dada la gran cantidad de compañeros de desdicha que me son personalmente conocidos, he tenido, naturalmente, oportunidad de observar los diferentes tipos de anormalidades. Quizás le sirvan a usted de algo las informaciones siguientes.

La mayor anormalidad que he conocido es la costumbre de un caballero de los alrededores de Berlín. Is iuvenes sordidos pedes habentes aliis praefert, pedes eorum quasi furibundus lambit. De forma muy parecida se comporta un señor de Leipzig qui linguam in anum coeno iniquatum, quod ei gratissimum est, immittere narratur. En París hay un señor que obligó a un amigo mío ut in os ei mingat. Según me cuentan, parece ser que hay algunos que al ver botas de montar y uniformes militares entran en un estado de éxtasis tal que sufren emisiones espontáneas de semen.

Hay dos personajes en Viena que constituyen un ejemplo de hasta qué punto algunos se sienten mujeres, cosa que a mí no me sucede. Se han puesto nombre de mujer; una es un peluquero que se llama a sí mismo “Laura la francesa”, la otra es un antiguo carnicero que se llama “Fanny la ahumadora”. Estos no dejan pasar oportunidad en los carnavales de ponerse unos disfraces femeninos de lo más exagerados. En Hamburgo existe un personaje que algunos creeen que es una mujer, porque siempre anda por casa vestida de mujer y solo sale de casa de vez en cuando y vestida de esta misma forma. Este señor quiso incluso hacer de madrina en un bautizo y provocó con ello un gran escándalo.

Estos individuos suelen presentar todos los defectos femeninos, les encanta cotorrear, son informales y débiles de carácter.

Sé de varios casos de orientación sexual perversa que presentan epilepsia y psicosis; llama la atención lo frecuentes que son las hernias. A mi consulta han acudido, por recomendación de amigos, varias personas con enfermedades del ano. He visto dos chancros sifilíticos y uno local, así como varias fisuras y en estos momentos estoy tratando a un caballero con unos condilomas puntiagudos junto al ano que forman un tumor como una especie de coliflor y casi del tamaño de un puño. En Viena vi un caso de afección primaria del paladar blando en un joven que acudía a bailes de disfraces vestido de mujer y se llevaba a un aparte a hombres jóvenes. Decía luego que tenía la regla y conseguía así que los otros se sirvieran de su boca. Parece ser que de esta forma llegó a conseguir atraer a 14 hombres en una sola noche. Como en ninguna de las publicaciones sobre sexualidad contraria que han caído en mis manos he encontrado nada sobre la forma en que se relacionan estas personas entre sí, me gustaría contarle algo al respecto.

En cuanto las personas de sexualidad contraria traban conocimiento, tiene lugar una pormenorizada discusión de sus anteriores experiencias, amores y conquistas, siempre que las diferencias sociales no impidan tal conversación. Es raro que deje de producirse esta conversación entre quienes acaban de conocerse. Las personas de sexualidad contraria se llaman entre sí “tías”; en Viena, “hermanas”, y dos prostitutas vienesas de aspecto muy masculino a las que conocí por casualidad y que mantenían una relación sexual contraria entre ellas me contaron que la denominación equivalente entre mujeres es “tío”. Desde que tengo conciencia de mi deseo anormal, he entrado en contacto con más de mil personas como yo. Casi todas las ciudades grandes tienen algún lugar de reunión, así como una “carrera”. En las ciudades pequeñas se encuentran relativamente pocas “tías”, aunque una vez encontré ocho en un pueblo de 2300 habitantes y 18 en uno de 7000 (estos, de los que tuviera certeza, y sin contar aquellos de los que sospechaba). En mi ciudad natal, que tiene unos 30 000 habitantes, conozco personalmente a unas 120 “tías”. La mayoría tienen la capacidad de discernir inmediatamente si un tercero es como ellos (capacidad que yo, sobre todo, poseo en grado extremo) o, como se dice en el “lenguaje de las tías”, si es “sensato” o “insensato”. Quienes me conocen se quedan muchas veces sorprendidos del buen ojo que tengo. He reconocido como “tías” nada más verlos a individuos que parecían de organización totalmente masculina. Por otra parte, poseo la capacidad de comportarme de manera tan masculina que en círculos en los que se me admitió a través de conocidos llegaron a dudar de mi “autenticidad”. Cuando quiero, me puede comportar totalmente como una mujer.

La mayoría de las “tías” (incluyéndome a mí) no ven en absoluto su anomalía como una desgracia, sino que lamentarían que se alterase su estado. Como además, en mi opinión y en la de todos los demás, no hay forma de cambiar este estado innato, tenemos puesta toda nuestra esperanza en una reforma de los artículos correpondientes del código penal, de modo que solo se consideren punibles la violación o el escándalo público, siempre que estos se puedan constatar.

Caso 142: hermafroditismo psíquico

Hermafroditismo psíquico. La sensibilidad heterosexual pronto queda atrofiada por la masturbación, aunque esporádicamente resulta intensa. Sensibilidad homosexual perversa ab origine (excitación sensual con botas de caballero).

El señor X., de 28 años, acude a mí en septiembre de 1887 en un estado de ánimo desesperado con el fin de consultarme acerca de cierta perversión de su vita sexualis que le hace la vida prácticamente insoportable y que en repetidas ocasiones le ha llevado al borde del suicidio.

El paciente procede de una familia en la que son frecuentes las neurosis y psicosis. En la familia paterna se llevaban practicando matrimonios entre primos desde hacía tres generaciones. Al parecer el padre es una persona sana y ha tenido un matrimonio armonioso. No obstante, al hijo le llama la atención la predilección de su padre por las criadas guapas. La rama materna es presentada como una familia de gente rara. El abuelo y el bisabuelo maternos murieron melancólicos, la hermana de la madre estaba loca. Una hija del hermano del abuelo era histérica y ninfómana. De los 12 hermanos de la madre, solo tres se casaron. De estos, un hermano era de sexualidad contraria y padecía constantes enfermedades nerviosas a consecuencia de excesos en la masturbación. Al parecer, la madre del paciente era mojigata, psíquicamente limitada, nerviosa, irritable, con tendencia a la melancolía. Murió cuando el paciente tenía 14 años.

El paciente tiene dos hermanos: un hermano neuropático, que sufre frecuentemente de abatimiento melancólico y que aunque es adulto nunca ha dado muestras de movimientos sexuales y una hermana, belleza reconocida, que es literalmente objeto de veneración en el mundo masculino.

Esta dama está casada pero sin hijos, según parece por impotencia del marido. Siempre se mostró fría frente a los homenajes que le rendían los hombres, pero es una apasionada de la belleza femenina y se enamora locamente de algunas de sus amigas.

El paciente comunica a propósito de su propia personalidad que ya con cuatro años soñaba con palafreneros jóvenes y hermosos con botas relucientes. Asegura que tampoco al hacerse mayor empezó a soñar con mujeres. Sus poluciones nocturnas venían provocadas indefectiblemente por “sueños de botas”.

Ya a partir del cuarto año de edad empezó a sentir una singular inclinación hacia los hombres o, mejor dicho, los lacayos con botas relucientes. Al principio le resultaban simplemente simpáticos, pero según se iba desarrollando su vida sexual, su visión le iba provocando fuertes erecciones y una excitación libidinosa. Unas botas brillantes y relucientes solo le excitaban cuando las llevaba un sirviente. Ese mismo objeto pero en una persona de su misma posición social le dejaba indiferente.

No se asociaba a estas situaciones un impulso sexual del tipo del amor entre hombres. La mera idea de tal posibilidad le resultaba ya de por sí repugnante. Pero sí que se daban fantasías de tono libidinoso consistentes en ser criado de su criado, poder quitarle las botas en su condición de tal, pero sobre todo que le dieran patadas con ellas o que le dejaran limpiarlas. El orgullo del aristócrata se rebelaba contra semejantes pensamientos. Estas ideas de botas le resultaban extremadamente repugnantes y penosas.

El sentimiento sexual se desarrolló pronto y con fuerza. Al principio se manifestó en forma de delectación en pensamientos libidinosos relacionados con botas y, a partir de la pubertad, en poluciones acompañadas de sueños análogos.

Por lo demás, el desarrollo físico y espiritual se fue completando sin perturbaciones. El paciente tenía grandes dotes, aprendía con facilidad, terminó con éxito sus estudios, se hizo oficial, y se convirtió gracias a su presencia distinguida y perfectamente viril, así como a su elevada posición, en una personalidad popular en sociedad.

Él se describe a sí mismo como una persona bondadosa, tranquila, con fuerza de voluntad pero superficial. Asegura ser un apasionado cazador y jinete y no haber tenido nunca afición por las ocupaciones femeninas. En compañía de damas siempre se ha sentido cohibido; en los bailes siempre se ha aburrido. Nunca ha sentido interés por una dama de la alta sociedad. De las mujeres solo le han interesado las campesinas rollizas como las que hacen de modelo para los pintores en Roma. Pero tampoco ha sentido nunca una verdadera excitación sensual por estas representantes del sexo femenino. En el teatro o en el circo solo ha sentido interés por los actores masculinos. Pero tampoco estos han despertado en él una sensibilidad sensual. Lo único que le excita de un hombre son las botas, y solamente si el portador pertenece a la servidumbre y es guapo. Los hombres de su misma posición le resultan perfectamente indiferentes por muy bonitas que sean las botas que calcen.

Por lo que respecta a sus inclinaciones sexuales, el paciente sigue sin tener claro si siente más simpatía por el sexo opuesto o por el propio.

En su opinión, al principio tenía más bien sensibilidad para las mujeres, pero en cualquier caso esta simpatía era más bien débil. Asegura decididamente que no le resulta simpático en modo alguno adspectus viri nudi y que el de los genitales masculinos sencillamente le repele. No era este precisamente el caso con las mujeres, pero ni siquiera el más bello corpus femininum es capaz de excitarle. Siendo un oficial joven a veces se veía obligado a ir con sus compañeros a los prostíbulos. No era demasiado difícil convencerle porque esperaba con ello desembarazarse de sus incómodas fantasías de botas. Era impotente hasta que recurría a sus fantasías de botas. El acto de la cohabitación transcurría entonces con total normalidad, aunque sin sentimiento libidinoso. El paciente nunca ha experimentado el impulso de mantener relaciones con mujeres, siempre ha sido necesaria una ocasión o inducción externa. Cuando quedaba abandonado a sí mismo, su vita sexualis consistía en fantasías de botas y en los correspondientes sueños y poluciones. Como esto iba acompañado de manera cada vez más intensa del impulso de besarles las botas a sus criados, calzarlos, etc., el paciente decidió poner todos los medios para librarse de este repugnante impulso que tanto lastimaba su amor propio. Tenía por aquel entonces 20 años y se encontraba en París; se acordó entonces de una bellísima campesina de su lejana patria. Concibió la esperanza de librarse con ayuda de ella de su perversa orientación sexual, se puso inmediatamente en camino hacia casa y solicitó los favores de la muchacha. Asegura que en aquel momento se enamoró profundamente de aquella persona, que ya la visión, el tacto de su ropa le excitaban y que en cierta ocasión en que ella le dio un beso sufrió una fuerte erección. El paciente tardó un año y medio en alcanzar el objetivo de sus deseos con esta persona.

Era muy potente, pero tardaba en eyacular (entre 10 y 20 minutos) y nunca experimentó un sentimiento libidinoso durante el acto.

Tras aproximadamente un año y medio de trato sexual con esta joven, su amor por ella se enfrió, pues no lo encontró tan “hermoso y puro” como deseaba. A partir de ese momento tuvo que volver a echar mano de sus fantasías de botas, que habían pasado a un estado latente, para seguir siendo potente en sus relaciones con esta muchacha. Estas se presentaron de manera espontánea en la misma medida en que su potencia iba disminuyendo. Posteriormente, el paciente practicó el coito también con otras mujeres. De vez en cuando, dependiendo de si la mujer le resultaba simpática, este se desarrollaba sin intromisión de las fantasías de botas.

En cierta ocasión le aconteció incluso al paciente el cometer un estupro. Curiosamente esta fue la única vez en que tuvo durante el acto (forzado) un sentimiento libidinoso. Inmediatamente después del hecho sintió repugnancia. Cuando una hora después del estupro volvió a practicar el coito con la misma mujer, esta vez con su consentimiento, ya no tenía sentimiento libidinoso. Según iba disminuyendo su potencia, es decir, a medida que esta solo se lograba mantener mediante las fantasías de botas, también iba decayendo la libido hacia el otro sexo. Resulta revelador de la escasa libido y débil predisposición del paciente hacia la mujer el hecho de que fuera a dar en la masturbación mientras todavía mantenía relaciones sexuales con la campesina. Tuvo conocimiento de esta práctica por medio de las “Confesiones” de Rousseau, obra que fue a parar en sus manos por casualidad. Las fantasías de botas comenzaron a asociarse inmediatamente con los impulsos correspondientes. Experimentaba entonces potentes erecciones, se masturbaba, tenía un vivo sentimiento libidinoso al eyacular que no se presentaba en el coito y al principio se sentía con la masturbación más despejado y animado espiritualmente.

Con el tiempo, no obstante, se presentaron los síntomas de una neurastenia primero sexual y después general con irritación espinal. Se abstuvo entonces transitoriamente de la masturbación y acudió a su antigua amada. Pero esta le resultaba ya perfectamente indiferente y como ya al final ni siquiera con ayuda de escenas de botas lograba triunfar, se apartó de esta mujer y cayó nuevamente en la masturbación, con la que se sentía protegido del impulso de besarles, limpiarles, etc. las botas a los criados. Su posición sexual le resultaba, no obstante, penosa. Ocasionalmente volvió a intentar el coito e incluso tenía éxito en cuanto se imaginaba unas botas relucientes. Tras abstenerse de la masturbación durante un prolongado periodo, logró también consumar el coito de vez en cuando sin ayudas artificiales.

El paciente se describe a sí mismo como dotado de un gran apetito sexual. Cuando lleva tiempo sin eyacular, se congestiona, experimenta una intensa excitación psíquica y le asaltan las repugnantes imágenes de botas, de manera que no le queda más remedio que practicar el coito o, mejor todavía, masturbarse.

Desde hace un año, su situación moral se ha complicado de manera penosa porque, siendo el último de una rica y distinguida estirpe y por deseos imperiosos de su padre, tiene que casarse de una vez por todas. La novia que se le tiene destinada es de extraordinaria belleza y le resulta extremadamente simpática espiritualmente. Pero como mujer le resulta indiferente como cualquier otra mujer. Le satisface estéticamente como una “obra de arte” cualquiera. Ella aparece a sus ojos como un ser ideal. Adorarla platónicamente constituiría para él un tipo de dicha que merecería la pena perseguir, pero poseerla como mujer le resulta una idea penosa. Sabe de antemano que solo podría ser potente con ella recurriendo a fantasías de botas. Sin embargo, echar mano de tales medios entra en oposición con la elevada estima en que tiene a esta dama, sus sentimientos morales y estéticos hacia ella. Si la mancillara pensando en botas, ella perdería ante los ojos de él su valor estético y entonces él se volvería impotente y ella le resultaría repugnante. El paciente considera su situación desesperada y confiesa haber andado últimamente al borde del suicidio.

Es un hombre muy inteligente con un aspecto perfectamente masculino, barba poblada, voz grave, genitales normales. El ojo tiene una expresión neuropática. No hay signos de degeneración. Síntomas de neurastenia espinal. Se logra tranquilizar al paciente e inspirarle confianza en el futuro.

Los consejos médicos consistieron en remedios para combatir la neurastenia, la prohibición de seguir masturbándose, así como de seguir entregándose a las fantasías de botas; perspectiva de que al eliminar la neurastenia la cohabitación sin ideas de botas será posible y el paciente con el tiempo estará en condiciones morales y físicas de casarse.

A finales de octubre de 1888 el paciente me escribió para contarme que venía resistiéndose desde entonces a la masturbación y a las fantasías de botas con todas sus fuerzas. Ya solo había vuelto a tener un único sueño de botas y prácticamente no había tenido poluciones. Se encontraba libre de impulsos homosexuales, pero, a pesar de una excitación sexual que a menudo era importante, seguía sin experimentar libido alguna hacia las mujeres. En esta fatal situación, las circunstancias le obligaban ahora a casarse dentro de tres meses.

Caso 102: fetichismo de bigote

X., 20 años, de sexualidad contraria, solo ama a hombres con un bigote grande y bien poblado. Un día X. conoce a un hombre que responde a su ideal. Se le lleva a casa, pero se lleva una gran decepción cuando este se quita el bigote (postizo). Hasta que no se lo vuelve a poner, no recobra su atractivo para X., que con ello vuelve a estar en plena posesión de su potencia.

[Psychopathia sexualis, caso 102: fetichismo de bigote]

Caso 55: masoquismo

X., 34 años, severas taras, padece inclinaciones sexuales contrarias. Por diversos motivos no era capaz de satisfacer sus deseos con un hombre a pesar de tener gran necesidad de ello. De vez en cuando soñaba que una mujer le azotaba. Tenía entonces una polución.

Este sueño le llevó a hacerse maltratar por meretrices como sucedáneo del amor entre hombres. Conducit sibi non nunquam meretricem, ipse vestimenta sua omnia deponit, dum puellae ultimum tegumentum deponere non licet, puellam pedibus ipsum percutere, flagellare, verberare iubet. Qua re summa libidine affectus pedem feminae lambit quod solum eum libidinosum facere potest: tum eiaculationem assequitur. Esta va a acompañada de una gran repugnancia ante la humillante situación, de la que se aparta lo más rápidamente posible.

[Psychopathia sexualis, caso 55]

X., 34 años, severas taras, padece inclinaciones sexuales contrarias. Por diversos motivos no era capaz de satisfacer sus deseos con un hombre a pesar de tener gran necesidad de ello. De vez en cuando soñaba que una mujer le azotaba. Tenía entonces una polución.

Este sueño le llevó a hacerse maltratar por meretrices como sucedáneo del amor entre hombres. Conducit sibi non nunquam meretricem, ipse vestimenta sua omnia deponit, dum puellae ultimum tegumentum deponere non licet, puellam pedibus ipsum percutere, flagellare, verberare iubet. Qua re summa libidine affectus pedem feminae lambit quod solum eum libidinosum facere potest: tum eiaculationem assequitur. Esta va a acompañada de una gran repugnancia ante la humillante situación, de la que se aparta lo más rápidamente posible.