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Caso 158: androginia

Androginia. Señor von H., 30 años, soltero, descendiente de madre neuropática. Al parecer, no ha habido en la familia del enfermo enfermedades nerviosas ni psíquicas y su único hermano es completamente normal tanto física como psíquicamente. El paciente, según manifiesta, tuvo un desarrollo físico tardío, por lo que realizó diversas estancias en balnearios marinos y sanatorios climáticos. Desde su infancia tuvo una constitución neuropática y, según testimonio de sus parientes, no era como los otros chicos. Enseguida empezó a llamar la atención su rechazo de las ocupaciones masculinas y su afición a los juegos femeninos. Huía de todos los juegos de chico, así como de la gimnasia, mientras que le atraían especialmente los juegos con muñecas y los trabajos femeninos. El paciente se desarrolló bien posteriormente, no sufrió enfermedades de consideración, pero espiritualmente su carácter siguió siendo anormal, siendo incapaz de tomarse la vida con seriedad y dando muestras de una orientación marcadamente femenina en sus gustos e ideas.

Con 17 años aparecieron las poluciones, que se multiplicaron hasta llegar a producirse también de día, lo que debilitó al enfermo y le acarreó numerosos trastornos nerviosos. Desarrolló síntomas de neurasthenia spinalis, que se mantuvieron hasta hace pocos años, pero se fueron suavizando al volverse las poluciones menos frecuentes. Niega haber practicado el onanismo, aunque este parece bastante probable. Sus pensamientos flojos, blandos, soñadores se fueron volviendo cada vez más llamativos a partir de la pubertad. Los intentos de encaminar al enfermo hacia una vida profesional resultaron inútiles. Sus funciones intelectuales, aunque no presentaban perturbaciones formales, no ganaban suficiente altura para encontrar motivos conductores efectivos en el establecimiento de un carácter independiente y de una visión elevada de la vida. Seguía siendo dependiente, un niño grande, y nada delataba con mayor claridad su constitución originariamente anormal que su absoluta incapacidad para administrar el dinero, junto con su propia confesión de que es incapaz de manejar el dinero de manera ordenada y sensata y que en cuanto tiene un poco se lo gasta en antigüedades, adornos personales y tonterías por el estilo.

Igual de poco apto que para una administración sensata del dinero resultó el paciente para el establecimiento de una existencia social o incluso para la mera comprensión de su importancia y valor.

No aprendía nada que mereciera la pena, dedicaba el tiempo a su arreglo personal y a veleidades artísticas, más concretamente a la pintura, para la cual mostró ciertas dotes, pero sin dar de sí tampoco lo más mínimo por falta de constancia. No era posible encaminarle hacia el trabajo intelectual, tan solo tenía cabeza para lo superficial, siempre andaba distraído y las cosas serias le aburrían al instante. Durante el resto de su vida se irían sucediendo indefectiblemente las trastadas con consecuencias indeseables, los viajes absurdos, el derroche de dinero, las deudas… y ni siquiera era capaz de ver estos errores notorios de su forma de vivir. En cuanto alguien intentaba que se valiera por sí mismo y que se diera cuenta de lo que le convenía, se volvía tozudo, intratable y no hacía nada a derechas.

Estos síntomas de una constitución psíquica originariamente anormal y deficiente van acompañados de notables signos de una sensibilidad sexual perversa de la que también se detectan indicios en el ámbito somático del paciente. El paciente se siente a sí mismo como mujer frente a los hombres y experimenta inclinación hacia las personas del mismo sexo, además de indiferencia, cuando no marcada aversión, hacia las del sexo femenino. Asegura haber mantenido relaciones sexuales con mujeres a los 22 años y haber consumado el coito con normalidad, pero en parte por la agudización de los trastornos neurasténicos que se producía siempre después del coito, en parte por miedo a contagios, pero sobre todo por falta de satisfacción, asegura haberse apartado pronto del sexo femenino. Tiene perfectamente clara la anormalidad de su situación sexual; es consciente de su inclinación hacia el sexo masculino, pero solamente reconoce avergonzado experimentar un delicioso sentimiento de amistad hacia ciertas personas masculinas, sin que esto vaya acompañado de un sentimiento sensual. No es que abomine del sexo femenino, podría incluso decidirse a casarse con una mujer que le atrajera por compartir sus sentimientos artísticos… siempre y cuando se le eximiera del débito conyugal, que le resultaría desagradable y cuyo cumplimiento le dejaría débil y agotado. El paciente niega haber mantenido relaciones sexuales con hombres, pero su rubor y su azoramiento y, sobre todo, un incidente en N., donde intentó hace poco mantener relaciones sexuales con jóvenes en un hotel con el consiguiente escándalo, delatan su mentira.

También la apariencia externa, la actitud, la constitución física, los gestos, las maneras y la forma de vestir resultan llamativos y recuerdan decididamente los modos y comportamientos femeninos. Si bien el paciente posee una estatura por encima de la media, el tórax y la pelvis presentan una constitución claramente femenina. Tiene abundante grasa corporal, la piel está cuidada, es suave, blanda. La impresión de mujer vestida de hombre se ve reforzada por el escaso vello facial, que además lleva afeitado, con la excepción de un pequeño bigote; a esto se le unen el contoneo en los andares, la timidez y amaneramiento de su persona, el afeminamiento de sus rasgos, la expresión neuropática de los ojos, como si flotaran, los restos de polvos y pintura por la cara, el dandismo de su ropa, con un sobretodo que se abulta en la parte superior como si tuviera pechos, el afeminado pañuelo con flecos que se pone al cuello y el pelo apartado de la frente, cepillado y alisado para que caiga sobre las sienes.

La exploración física pone de manifiesto la consitución claramente femenina del cuerpo. Si bien los genitales externos están bien desarrollados, el testículo derecho se halla retenido en el canal inguinal, la vellosidad del mons veneris es escasa y este presenta una inusitada acumulación de grasa, además de resultar prominente. La voz es aguda, carente de timbre masculino.

También las ocupaciones e ideas de von H. son decididamente femeninas. Tiene su boudoir, su tocador bien surtido, donde donde se pasa horas y horas perdiendo el tiempo con todos los artificios de belleza habidos y por haber; huye de la caza, de los ejercicios con armas y de otras ocupaciones masculinas por el estilo, dice de sí mismo ser un hombre de ingenio, goza hablando de sus pinturas y de sus experimentos poéticos; se interesa por trabajos femeninos como el bordado y los practica además, y afirma que su máxima felicidad consistiría en poder pasar la vida rodeado de un círculo de hombres y mujeres entendidos en arte y de delicado sentido estético cultivando la conversación, la música, la estética, etc. Su conversación gira preferentemente en torno a asuntos femeninos: modas, labores femeninas, cocina, cuestiones domésticas.

El paciente se encuentra bien nutrido aunque algo anémico. Es de constitución neuropática y presenta síntomas de neurastenia, que se ven reforzados por un estilo de vida inadecuado, exceso de tiempo en la cama, en el dormitorio, enervación…

Se queja de dolores y presión de cabeza pasajeros, así como de frecuentes estreñimientos; es asustadizo, se ve aquejado de cuando en cuando de fatiga, cansancio, dolores en las extremidades que se propagan siguiendo los nervios lumboabdominales, se siente cansado, agotado después de las poluciones y, regularmente, después de comer, tiene sensibilidad a la presión en proc. spinosi de la vértebra dorsal, así como al tacto de los nervios accesibles. Siente simpatías y antipatías caprichosas por determinadas personas, cuando se encuentra a gente que le resulta antipática, cae en un peculiar estado en el que se mezclan el miedo y la confusión. Sus poluciones, aunque ahora solo se presentan de tarde en tarde, son patológicas, en cuanto que se aparecen también por el día y en ausencia de toda excitación libidinosa.

 

Informe

 

1. El señor von H. posee, según todo lo observado y referido una personalidad defectuosa y psíquicamente anormal, y esto es así desde su origen. Uno de los síntomas de esta constitución anormal psíquico-física es su sentimiento sexual contrario.

2. Para este estado, en tanto que congénito, no hay curación posible.

Presenta una organización defectuosa de los centros psíquicos superiores que le incapacita para llevar una vida independiente y lograr una colocación con la que asegurar su existencia. Su sentimiento sexual perverso le impide un funcionamiento sexual normal, con todas las consecuencias sociales de una anomalía de este tipo y con el peligro de una satisfacción de deseos perversos resultantes de su organización anormal, lo que, a su vez, hace temer conflictos sociales y jurídicos. La inquietud, no obstante, no ha de ser excesiva, dado que el (perverso) impulso sexual del enfermo es escaso.

3. El señor von H. no es irresponsable de sus acciones en el sentido legal del término y no resulta apto para el internamiento en un manicomio (ni lo necesita).

Puede —aunque es un niño grande e incapaz de manejarse por sí mismo— vivir en sociedad bajo la vigilancia y dirección de personas psíquicamente normales. Puede también hasta cierto punto respetar las leyes y normas de la sociedad civil y orientar su conducta de acuerdo con ellas, pero conviene destacar por lo que respecta a posibles aberraciones y conflictos sexuales con implicaciones penales que su sentimiento sexual tiene un carácter anormal como consecuencia de condiciones morbosas de índole orgánica y que, llegado el caso, esta circunstancia se habría de tomar también en consideración.

Dada su notoria incapacidad para llevar una vida independiente, no puede emanciparse de la autoridad paterna o de un tutor, pues de lo contrario causaría su propia ruina financiera.

4. El señor von H. también presenta afecciones físicas. Tiene síntomas de una ligera anemia y de neurasthenia spinalis.

Se presenta como imprescindible una reglamentación sensata de su vida, un tratamiento médico tonificante, a ser posible de tipo hidroterapéutico. La sospecha de un origen de sus males en la masturbación precoz es insoslayable y resulta plausible la presencia de una espermatorrea etiológica y terapéuticamente significativa. (Observación propia. Zeitschrift für Psychiatrie).

Caso 157: effeminatio

Un caso curioso de sentimiento sexual contrario lo representa un funcionario de mediana edad que desde hace varios años es un dichoso padre de familia y está casado con una buena mujer.

Debido a la indiscreción de una prostituta, un buen día se produjo el siguiente escándalo. X. se presentaba cada ocho días más o menos en el lupanar, se disfrazaba allí de mujer sin que faltara el detalle de una peluca femenina. Una vez arreglado, se echaba en la cama y se hacía masturbar por la prostituta, aunque lo prefería con mucho si podía convencer a tal efecto a una persona masculina (el criado del lupanar). El padre de este hombre presentaba taras hereditarias, había enloquecido varias veces y padecía hiperestesia y parestesia.

Caso 155: effeminatio

B., camarero, 42 años, soltero, me fue remitido por su médico de cabecera, del que estaba enamorado, como afectado por sentimiento sexual contrario. B. proporcionó de buen grado y de manera decente información sobre su vita anteacta y, sobre todo, sexualis, con satisfacción por recibir al fin una información autorizada sobre su situación sexual, que desde siempre le había parecido morbosa.

B. carece de datos sobre sus abuelos. El padre fue un hombre colérico y excitable, potator, y siempre tuvo un gran apetito sexual. Después de engendrar 24 hijos con la misma mujer, se divorció y todavía dejó embarazada tres veces a su ama de llaves. La madre era sana.

De los 24 hermanos solo quedan seis con vida, varios de ellos enfermos de los nervios, pero no sexualmente anormales, con excepción de una hermana que siempre ha tenido obsesión por los hombres.

B. asegura haber sido enfermizo desde la infancia. Su vida sexual se despertó ya con ocho años. Se masturbaba y tuvo la idea de penem aliorum puerorum in os arrigere, cosa que le producía un gran placer. Con 12 años empezó a enamorarse de hombres, sobre todo de los que se encontraban en la treintena y llevaban bigote. Ya entonces se encontraba muy desarrollado su apetito sexual y tenía erecciones y poluciones. Empezó a partir de entonces a masturbarse a diario pensando en algún hombre amado. Pero su mayor afán consistía en penem viri in os arrigere. Al hacer esto tenía eyaculaciones acompañadas del máximo placer. Hasta el momento, solo habrá experimentado este placer en una docena de ocasiones. Nunca ha sentido repugnancia ante el pene de los demás cuando se trataba de hombres que le resultaban simpáticos, al contrario. Nunca ha aceptado las proposiciones de sexo anal, que le resulta extremadamente repulsivo tanto en forma activa como pasiva. Durante los actos sexuales perversos siempre se ha visto a sí mismo en un papel femenino. Sus enamoramientos de hombres que le resultaban simpáticos eran desmedidos. Hubiera hecho cualquier cosa por sus amados. Temblaba de excitación y deseo solo con verlos.

Con 19 años los compañeros le inducían a menudo a acompañarlos al lupanar. Nunca disfrutó con el coito y solo experimentaba satisfacción en el momento de la eyaculación. Para lograr una erección con una mujer siempre tenía que imaginarse durante el acto a un hombre amado. Hubiera preferido que la mujer consintiera en immissio penis in os, pero esto nunca se le permitió. Practicaba el coito “faute de mieux”, llegando incluso a tener dos hijos. La segunda criatura, una niña de ocho años, empieza ya a practicar la masturbación y el onanismo mutuo, cosa que le aflige enormemente como padre. ¿No habría alguna manera de evitarlo?

El paciente asegura haberse sentido siempre en un papel femenino respecto de los hombres (lo que incluye las relaciones sexuales). Siempre ha pensado que su perversión sexual surgió porque su padre, cuando le estaba engendrando, quería engendrar una niña. Sus hermanos siempre se metían con él por sus maneras femeninas. Barrer y fregar siempre han sido ocupaciones que le han resultado agradables. Siempre le han alabado mucho su habilidad para ello y le han dicho que lo hacía mejor que muchas chicas. Siempre que podía se disfrazaba de chica. En carnaval se presentaba en los bailes disfrazado de mujer. El coqueteo en esas ocasiones se le daba de maravilla porque su naturaleza es femenina.

Nunca le ha apetecido demasiado fumar, beber y las ocupaciones y aficiones masculinas; en cambio, le encanta coser y de niño se ganó muchas reprimendas porque andaba siempre jugando con muñecas. En el circo o el teatro eran los hombres su objeto exclusivo de interés. A menudo era incapaz de resistir el impulso de andar merodeando por los urinarios para ver genitales masculinos.

Nunca ha encontrado gusto en los encantos femeninos. Solo lograba consumar el coito si pensaba en un hombre amado. Las poluciones nocturnas se desencadenaban siempre con situaciones oníricas lascivas que implicaban a hombres.

A pesar de sus amplios excesos sexuales, B. nunca ha sufrido neurasthenia sexualis y no presenta en absoluto síntomas de neurastenia.

En la exploración se revela delicado, con barba y bigote ralos que no le brotaron hasta los 28 años. Su exterior no presenta nada que dé muestras de una naturaleza femenina, con excepción de un cierto balanceo al andar. Afirma haber sufrido frecuentes burlas por sus andares femeninos. Su comportamiento es extremadamente decente. Los genitales son grandes, bien desarrollados, perfectamente normales, muy velludos, la pelvis es masculina. El cráneo es raquítico, ligeramente hidrocefálico, con parietales abombados. La región craneofacial es llamativamente pequeña. El sujeto afirma ser fácilmente irritable, de tendencia irascible.

Caso 154: effeminatio

Señor C., 28 años, persona privada, desciende de un padre neuropático y una madre muy nerviosa. Un hermano de la madre padeció paranoia, otro de ellos presenta degeneración psíquica. Los tres hermanos pequeños de C. son perfectamente normales.

C. está afectado de neuropatía, tiene un ligero tic convulsivo. Se ha sentido atraído por individuos masculinos desde que es capaz de recordar. Al principio era solamente entusiasmo por compañeros de clase. Al llegar a la pubertad, empezó a enamorarse de profesores y huéspedes de la casa de sus padres; practicaba además masturbatio mutua con compañeros de colegio. Se sentía en un papel femenino. Sus sueños con poluciones giraban en torno a personas masculinas. C. tenía talento para la música, la poesía, empezó pronto a interesarse por el teatro. No estaba en modo alguno dotado para los campos científicos, en especial para las matemáticas, y le costó terminar el instituto.

Considera que en su alma es mujer, afirma haber jugado de niño exclusivamente con muñecas y haberse interesado después tan solo por historias femeninas, así como haber sentido aversión por los trabajos masculinos. Prefería la compañía de muchachas porque le resultaban simpáticas y compartían sus sentimientos, mientras que en compañía de hombres era tímido, retraído como una doncella. El tabaco y los licores le repugnaban. Hubiera preferido cocinar, hacer punto y bordar. Nunca fue libidinoso. Ya de adulto, raramente ha mantenido relaciones sexuales con hombres. Su ideal sería mantener tales relaciones situándose en un papel femenino. Siente horror ante el coitus cum muliere. Desde que leyó la Psychopathia sexualis, empezó a sentir terror de sí mismo, así como de alguna posible condena judicial, y logró abstenerse de las relaciones sexuales con hombres. Esta abstinencia le provocó poluciones masivas y neurastenia. Buscó por ello ayuda médica.

C. tiene barba poblada, no hay en él nada que se aparte del tipo viril quitando unos rasgos delicados y una piel llamativamente fina. Los genitales son normales excepto por la falta de descensus de un testículo. Su comportamiento en la calle, su manera de andar y su actitud no presentan nada de llamativo, a pesar de lo cual sufre la fobia de que la gente percibe su constitución sexual anormal. Es por ello retraído. Cuando se habla de indelicadezas se ruboriza como una muchacha. En cierta ocasión en que alguien habló del sentimiento sexual contrario, cayó desmayado. Cuando oye música le entran sudores. Cuando se le trata más de cerca, presenta un alma femenina, una timidez de muchacha y se muestra dependiente. El nerviosismo, el tic convulsivo y las múltiples afecciones neurasténicas delatan a una persona con una probable propensión constitucional a la neuropatía.

Caso 146: homosexualidad o uranismo

Señor H., 30 años, perteneciente a estamentos elevados, desciende de madre neuropática. Sus hermanos sufren enfermedades nerviosas, él mismo es constitucionalmente neurasténico desde la pubertad.

Ya de niño se sentía atraído hacia sus compañeros de clase. Con 14 años un compañero mayor que él le penetró analmente. Él consintió con gusto, pero después sintió fuertes remordimientos y no volvió nunca a entregarse a tales aberraciones. Ya de mayor practicó la masturbación mutua. Al ir aumentando su neurastenia, le bastaba ya con abrazar y apretar contra sí a una persona de su mismo sexo para llegar a la eyaculación. Esto se convirtió a partir de entonces en su forma de satisfacerse. Nunca se ha sentido atraído por personas femeninas. Era consciente de su anomalía. A partir de los 20 años puso en práctica enérgicos intentos apud puellas para sanear su vita sexualis. Hasta entonces había tomado sus anormales deseos por simples extravíos juveniles. Logró consumar el coito cum muliere, pero se sintió totalmente insatisfecho y volvió a los hombres. Su debilidad son los hombres de 18 a 20 años. Los hombres mayores no le resultan simpáticos. No se siente en un papel sexual determinado en relación con la otra persona. A H. le resulta penosa su situación social. Teme constantemente que se descubra su perversión y afirma que no sobreviviría a tal vergüenza. Nada en su presencia y comportamiento delata al invertido sexual. Genitales normalmente desarrollados, no se presenta signo alguno de degeneración. No cree posible una modificación de su sexualidad anormal. El sexo femenino no presenta para él el más mínimo interés.

Caso 140: hermafroditismo psíquico

Señor V., 29 años, funcionario, desciende de padre hipocondriaco y madre psicopática. Cuatro hermanos son normales, una hermana es homosexual.

V. aprendía bien, tenía grandes dotes, gozó de una educación religiosa estricta y ejemplar, siempre ha sido nervioso, emotivo, fue a dar con unos nueve años en la masturbación sin ser inducido a ello, es consciente desde los 14 años de su inmoralidad y la combatió con cierto grado de éxito. Ya con 14 le apasionaban las estatuas masculinas, pero también los jóvenes. A partir de la pubertad empezó a interesarse también por las mujeres, aunque en escasa medida. Con 20 años, primer coito cum muliere sin obtener verdadera satisfacción, aun siendo plenamente potente. Posteriormente, relaciones heterosexuales (unas 6 veces) tan solo “faute de mieux”.

Reconoce haber tenido multitud de relaciones con hombres (masturbatio mutua, coitus inter femora, a veces también in os). Unas veces se sentía en el papel pasivo y otras en el activo respecto de su amado.

V. acude a consulta presa de la desesperación y rompe a llorar. Su anomalía sexual le resulta horrible, ha luchado hasta rayar en la locura contra sus impulsos homosexuales, pero ha sido en vano. Se siente literalmente arrastrado hacia los hombres. Una mujer solo puede satisfacerle hasta cierto punto en su lado animal, pero de ninguna manera en el espiritual. Así y todo, le gustaría gozar de las dichas familiares.

El carácter y la apariencia externa de V. no presentan de modo alguno falta de masculinidad, a excepción de una pelvis anormalmente ancha (cf. 100 cm).

Caso 139: hermafroditismo psíquico

Señor Z., 36 años, particular, me consulta por una anomalía de su sentimiento sexual que le hace cuestionarse un matrimonio previsto. El paciente desciende de un padre neuropático que sufre de sobresaltos nocturnos. El padre del padre también fue neuropático; el hermano del padre, idiota. La madre del paciente y la familia de esta eran sanos y psíquicamente normales.

De tres hermanas y un hermano, el último sufre “moral insanity”. Dos hermanas están sanas y viven felizmente casadas.

El paciente fue un niño débil, nervioso, padecía sobresaltos nocturnos como su padre, pero nunca tuvo enfermedades graves, a excepción de una coxitis de resultas de la cual cojea. Sus impulsos sexuales tuvieron un temprano despertar. Con 8 años, sin haber sido inducido a ello, empezó a masturbarse. A partir de los 14 años empezó a eyacular esperma. Estaba bien dotado psíquicamente, se interesaba también por el arte y la literatura. Siempre fue de musculatura débil y nunca aficionado a juegos de chicos y más tarde tampoco a las ocupaciones masculinas. Tenía un cierto interés por la ropa de mujer y por los adornos y ocupaciones de estas. Ya desde la pubertad el paciente empezó a notar una inclinación por las personas masculinas que le resultaba inexplicable. Le resultaban especialmente simpáticos los muchachos de las clases populares ínfimas. Le atraían especialmente los soldados de caballería. Impetu libidinoso saepe affectus est ad tales homines aversos se premere. Quodsi in turba populi, si occasio fuerit bene successit, voluptate erat perfusus; ab vigesimo secundo anno interdum talibus occasionibus semen eiaculavit. Ab hoc tempore idem factum est si quis, qui ipsi placuit, manum ad femora posuerat. Ab hinc metuit ne viris manum adferret. Maxime periculosos sibi homines plebeios fuscis et adstrictis bracis indutos esse putat. Summum gaudium ei esset si viros tales amplecti et ad se trahere sibi concessum esset; sed patriae mores hoc fieri vetant. Paederastia ei displacet: magnam voluptatem genitalium virorum adspectus ei affert. Virorum occurrentium genitalia adspici semper coactus est. En el teatro, el circo, etc. solamente le interesan los actores masculinos. El paciente afirma no haber sentido nunca inclinación hacia las damas. No las rehúye, baila incluso con ellas, pero no experimenta con ello el más mínimo movimiento sensual.

Ya con 28 años el paciente se vuelve neurasténico, probablemente a consecuencia de sus excesos masturbatorios.

A partir de aquí se suceden las poluciones nocturnas, que le debilitan considerablemente. Raramente sueña con hombres durante estas poluciones y nunca con mujeres. En una única ocasión el desencadenante fue un sueño lascivo (en el que mantenía relaciones anales). Por lo demás, soñaba en tales ocasiones con escenas de muerte, agresiones por parte de perros y similares. El paciente sufría durante todo este tiempo una extremada libido sexualis. A menudo le acometían pensamientos libidinosos como deleitarse en la muerte de animales en el matadero o hacerse azotar por muchachos. No obstante, resistió a estos deseos y al impulso de ponerse uniformes militares.

Para librarse de la masturbación y satisfacer su libido nimia, decidió acudir a un lupanar. Llevó a la práctica su primer intento de satisfacerse sexualmente con una mujer con 21 años, después de consumir una cantidad considerable de vino. La belleza del cuerpo femenino y la desnudez femenina en general le resultaban más bien indiferentes. Aun así logró consumar el coito y disfrutar con él, y a partir de entonces frecuentó el prostíbulo por “motivos de salud”.

A partir de entonces también empezó a encontrar gran placer en escuchar a hombres que le contaban sus relaciones sexuales con personas del otro sexo.

También en el lupanar acudían a él frecuentemente ideas flagelatorias, aunque no necesitaba concentrarse en tales imágenes para ser potente. Veía las relaciones sexuales en el lupanar tan solo como una escapatoria ante el impulso a la masturbación y a los hombres, como una especie de válvula de seguridad para evitar ponerse en evidencia ante un hombre simpático.

Al paciente le gustaría ahora casarse, pero teme que no podrá sentir amor por una dama decente y que, consecuentemente, tampoco será potente con ella. De ahí sus dudas y la necesidad de consultar con un médico.

El paciente es una persona muy inteligente con un aspecto totalmente masculino. Tampoco su ropa o su actitud resultan llamativas. Su forma de andar, su voz son perfectamente masculinos, como lo es su esqueleto, sobre todo la pelvis. El desarrollo de los genitales es absolutamente normal. Estos y la cara están cubiertos por gran cantidad de vello. Entre su familia y conocidos nadie imagina siquiera sus anomalías sexuales. Asegura que en sus fantasías sexuales de índole contraria nunca se ha sentido respecto al hombre en el papel de una mujer. El paciente lleva varios años prácticamente libre de trastornos neurasténicos.

No se siente capaz de responder a la pregunta de si considera congénita su sexualidad contraria. Parece que ya ab origine la inclinación hacia la mujer era débil, siendo más acentuada hacia el hombre, y que aquella se debilitó aún más, sin llegar a desaparecer del todo, como consecuencia de un inicio muy temprano de la masturbación, lo que favoreció el sentimiento sexual contrario. Al cesar la masturbación, mejoró algo la sensibilidad hacia lo femenino, aunque solo en sus aspectos más groseramente sensuales.

El paciente explica que tiene necesidad de casarse por motivos familiares y profesionales, por lo que esta delicada cuestión resultaba ineludible.

Dado que el paciente se limitó, afortunadamente, a plantear la cuestión de su potencia como marido, la respuesta que se le dio fue que él es potente de por sí y que probablemente lo será también en las relaciones conyugales con una mujer de su elección, siempre que como mínimo sienta una simpatía espiritual por ella.

Por otra parte, siempre puede aumentar su potencia ayudándose adecuadamente de su fantasía.

Lo principal es fortalecer una inclinación sexual por el otro sexo que actualmente se encuentra atrofiada, pero no ausente por completo. Esto puede lograrse manteniéndose alejado de todos los sentimientos e impulsos homosexuales y reprimiéndolos, eventualmente con ayuda de influjos inhibitorios artificiales mediante sugestión hipnótica (sugestión negativa de los sentimientos homosexuales), así como procurando estimular y reforzar los sentimientos e impulsos sexuales normales absteniéndose absolutamente de continuar con la masturbación y eliminando los restos de constitución neurasténica del sistema nervioso mediante hidroterapia y, llegado el caso, faradización general.

Caso 133: eviratio

Sch., 30 años, médico, me comunica un día su historia vital y patológica, buscando orientación y consejo acerca de ciertas anomalías de su vita sexualis.

La siguiente presentación respeta en su mayor parte la literalidad de la extensa autobiografía, abreviándola tan solo en algunos puntos.

Concebido de padres sanos, fui un niño débil, pero salí adelante a base de cuidados y progresé bastante bien en la escuela.

Con 11 años, un compañero de juegos me indujo a masturbarme y me di a ello con pasión. Hasta los 15 años se me dio bien estudiar. Cuando empezaron a multiplicarse las poluciones, fui rindiendo menos, ya no iba igual de bien en la escuela, me sentía inseguro, acongojado y apocado cuando me preguntaba el profesor. Alarmado ante la mengua de mis facultades y viendo que la culpa era de la gran pérdida de esperma, dejé la masturbación, pero lo que ocurrió fue que se multiplicaron las poluciones, de modo que no era raro que llegara a eyacular dos o tres veces en una noche.

Consulté entonces desesperado a un médico tras otro. Ninguno logró ayudarme.

La pérdida de esperma me iba dejando cada vez más débil y abatido, y el deseo de satisfacción sexual se iba intensificando, por lo que acudí a un lupanar. Allí, sin embargo, fui incapaz de obtener satisfacción, pues por más que disfrutara con adspectus feminae nudae, no se presentaban ni el orgasmo ni la erección, y esta no se pudo lograr ni siquiera mediante la masturbación por parte de la puella.

Nada más salir del lupanar, volvió a acuciarme el deseo y volví a experimentar intensas erecciones. Me daba a partir de entonces vergüenza de las chicas y no volví a visitar tales lugares. Así pasaron un par de años. Mi vida sexual se componía exclusivamente de poluciones. Mi inclinación por el sexo opuesto se iba enfriando. Con 19 años entré en la universidad. A mí me atraía más el teatro. Yo quería ser artista. Mis padres no consintieron en ello. En la capital tenía que ir de vez en cuando con los compañeros a visitar a las chicas. Tales situaciones me producían pavor porque sabía que no lograría el coito y los amigos podrían darse cuenta de mi impotencia, por lo que evitaba por todos los medios el peligro de exponerme a las burlas y la vergüenza.

Una noche, en la ópera, tenía sentado al lado a un señor mayor. Me estaba haciendo la corte. Me reí con ganas de aquel viejo chalado y empecé a seguirle la corriente. Exinopinato genitalia mea prehendit, quo facto statim penis meus se erexit. Asustado, le pregunté qué quería. Me dijo que se había enamorado de mí. Como había oído hablar en la clínica de los hermafroditas, creí hallarme ante uno de ellos, curiosus factus genitalia eius videre volui. El viejo aceptó con alegría, me acompañó al excusado. Sicuti penem maximum eius erectum adspexi, perterritus effugi.

Aquel hombre me espiaba, me hacía proposiciones peregrinas que yo no entendía y rechazaba. No me dejaba en paz. Descubrí los secretos del amor entre hombres, veía cómo mi sensualidad se excitaba con ello, pero me resistía a tan ignominiosa pasión (según me parecía entonces) y me mantuve durante los tres años siguientes libre de ella. Durante ese tiempo volví a intentar repetida pero inútilmente el coito con chicas. Mis intentos de librarme de la impotencia mediante la ciencia médica fueron igualmente vanos.

Cuando volvió a espolearme la libido sexualis, me acordé de lo que había dicho aquel viejo acerca de que en el Paseo de E. se reunían hombres que amaban a los hombres.

Tras una dura lucha y con el corazón palpitándome con fuerza en el pecho, acudí allí, trabé conocimiento con un señor rubio y me dejé seducir. El primer paso estaba dado. Esta forma de amor sexual resultaba adecuada para mí. Lo que más me gustaba era encontrarme en brazos de un hombre fuerte.

La satisfacción consistía en manustupración mutua. Ocasionalmente, osculum ad penem alterius. Tenía entonces 23 años. El sentarme con los compañeros en las camas de la clínica durante las clases me excitaba poderosamente, hasta tal punto que apenas podía seguir la clase. Ese mismo año llegué a un verdadero pacto amoroso con un vendedor de 34 años. Vivíamos como marido y mujer. A X. le gustaba hacer de hombre, estaba cada vez más enamorado. Yo le daba gusto, pero él también me tenía que dejar hacer de hombre de vez en cuando. Con el tiempo me cansé de él, le fui infiel, él se volvió celoso. Hubo escenas terribles, reconciliaciones temporales, hasta que llegó la ruptura definitiva. (El vendedor se volvió loco después y terminó suicidándose).

Conocí a mucha gente, amaba a tipos de lo más ordinario. Los prefería barbudos, grandes, de mediana edad y bien dotados para asumir el papel activo.

Tuve una proctitis. El profesor creía que era de pasar tanto tiempo sentado estudiando para los exámenes de fin de carrera. Se me formó una fístula y hubo que operarme, pero eso no me curó del deseo de dejarme usar pasivamente. Me hice médico, fui a parar a una ciudad de provincias, donde tuve que vivir como una monja.

Me aficioné a moverme entre damas, quienes me recibían con gusto, pues no les parecía tan limitado como la mayoría de los hombres y porque me interesaba por la ropa y otros temas semejantes de conversación entre damas. Sin embargo, me sentía desdichado y solitario.

Por suerte, conocí en esa ciudad a otro hombre con los mismos sentimientos que yo, una “hermana”. Durante un tiempo estuve servido con él. Cuando se tuvo que marchar, empezó para mí un periodo de desesperación y melancolía, con ideas suicidas incluso.

Como no podía soportar la vida en aquel pueblo, me hice médico militar en una gran ciudad. Allí reviví, muchas veces conocía a dos o tres hombres en el mismo día. Nunca me habían gustado los muchachos ni la gente joven, solamente los hombres hechos. Así escapaba a las garras de los estafadores. La idea de caer algún día en manos de la policía me espantaba, pero no me impedía satisfacer mis impulsos.

Al cabo de unos meses me enamoré de un funcionario de 40 años. Le fui fiel durante un año. Vivíamos como una pareja de amantes. Yo era la mujer y mi amado me colmaba de mimos. Un buen día me trasladaron a una pequeña ciudad. Estábamos desconsolados. Per totam noctem postremam nos vicissim osculati et amplexati sumus.

En T. fui enormemente desdichado a pesar de algunas “hermanas” que encontré. No podía olvidar a mi amado. Para dar respuesta al grosero impulso, que exigía su satisfacción, me buscaba soldados. Ellos hacían de todo por dinero, pero permanecían fríos y yo no disfrutaba con ellos. Logré que me volvieran a destinar a la capital. Inicié una nueva relación, pero con muchos celos, porque al amado le gustaba andar con hermanas y era coqueto y presumido. Llegó la ruptura.

Me sentía terriblemente desdichado y me alegré de abandonar la capital por un traslado. Y aquí estoy ahora en C., solitario y desconsolado. Me he buscado a dos soldados de infantería, pero con el mismo éxito de la vez anterior. ¡¿Cuándo volveré a encontrar un amor verdadero?! Soy de estatura por encima de la media, bien desarrollado, aunque se me ve un poco delgaducho, por lo que, cuando quiero hacer una conquista, recurro al arte de arreglarme. Mi actitud, gestos y voz son masculinos. Físicamente me siento joven como un chico de veinte años. Me gusta el teatro y, en general, el arte. En el escenario me fijo sobre todo en las actrices, observando y criticando cada uno de sus movimientos y hasta el mínimo detalle de su vestuario.

En compañía de hombres soy tímido y apocado, en la de mis semejantes me encuentro relajado, gracioso, puedo ser zalamero como un gato si un hombre me resulta simpático. Si me falta amor, me hundo en una profunda melancolía, aunque esta se disipa con los consuelos del primer hombre guapo que pasa. Por lo demás soy frívolo y nada ambicioso. Mi posición no me impone. Las ocupaciones masculinas no me atraen. Lo que más me gusta es leer novelas, ir al teatro, etc. Soy delicado, sensible, emocional, susceptible, nervioso. Un ruido repentino hace que se estremezca todo mi cuerpo y tengo que contenerme para no gritar.

Epicrisis: el anterior es igualmente un caso de sentimiento sexual contrario adquirido, pues el sentimiento e impulso sexuales se dirigían originariamente al sexo femenino. Sch. se vuelve neurasténico a consecuencia de la masturbación.

Como síntoma concomitante de la neurosis neurasténica se produce una disminución en la capacidad del centro de la erección y, con ello, una relativa impotencia. Como consecuencia se enfría el sentimiento sexual por el otro sexo, manteniéndose la libido sexualis. El sentimiento sexual contrario ha de ser de índole patológica, pues basta con un primer contacto con una persona del mismo sexo para constituir un estímulo adecuado para el centro de la erección. La perversión del sentimiento sexual se vuelve considerable. Al principio Sch. todavía se siente en el papel de un hombre en el acto sexual, pero progresivamente el sentimiento y el impulso de satisfacción se van transformando en los que se suelen encontrar en el uranista (congénito).

Esta eviratio hace que el papel pasivo e incluso el coito anal (pasivo) aparezcan como deseables. Esta se extiende asimismo al carácter, que se vuelve femenino, pues Sch. empieza a preferir el moverse en compañía de verdaderas feminae, va encontrando cada vez más gusto en las ocupaciones femeninas y recurre incluso al maquillaje y al arte de arreglarse para reavivar unos encantos en declive y lograr “conquistas”.

[Psychopathia sexualis, caso 133: eviratio]

Caso 131: sentimiento sexual contrario adquirido en mujer

Ilma S., 29 años, soltera, hija de comerciante, procede de familia con importantes taras. El padre era potator y acabó su vida suicidándose, al igual que un hermano y una hermana de la paciente. La hermana padece histeria convulsiva. El padre de la madre se pegó un tiro en estado de locura. La madre era enfermiza y murió con parálisis de resultas de una apoplejía. La paciente nunca estuvo enferma de gravedad, talentosa, entusiasta, imaginativa, soñadora. Menses a los 18 años sin trastornos, posteriormente muy irregular. Con 14 años clorosis y catalepsia por pánico. Más tarde, hysteria gravis y ataque de locura histérica. Con 18 años, relación con un joven, que dejó de ser platónica. El amor de este hombre era correspondido ardientemente. De las insinuaciones de la paciente se desprende que era muy sensual y que tras separarse de su amante se dio a la masturbación. La vida de la paciente experimentó a partir de entonces un cambio novelesco. Para salir adelante se vistió de hombre, se hizo profesor particular, dejó el puesto porque la señora de la casa, desconociendo su sexo, se enamoró de ella y la perseguía. Se hizo entonces empleado de ferrocarril. Para ocultar su verdadero sexo, tenía que frecuentar los burdeles en compañía de los compañeros de trabajo y escuchar las conversaciones más indecentes que pueda uno imaginar. Esto le resultaba tan repugnante que dejó el trabajo, se volvió a vestir un buen día de mujer y trató de ganarse la vida en un puesto de mujer. Fue internada en una cárcel por robo y en un hospital por graves ataques histérico-epilépticos. Allí le descubrieron tendencias e impulsos hacia el propio sexo. La paciente causaba el enfado general con su arrebatado amor hacia las enfermeras y otras pacientes.

Su perversión sexual se consideró congénita. La paciente proporcionó a este respecto interesantes explicaciones que contradecían tal extremo:

“Me juzga equivocadamente quien piense que me siento como un hombre ante el sexo femenino. Antes bien, me comporto tanto en mi pensamiento como en mis sentimientos enteramente como una mujer. Quise a mi primo como solo una mujer puede hacerlo.

“El cambio en mis sentimientos vino porque estando en Pest vestida de hombre tuve ocasión de ver a mi primo. Me di cuenta de que me había equivocado de medio a medio. Eso me causó un terrible tormento espiritual. Supe que nunca volvería a ser capaz de amar a un hombre, que yo era de esas personas que solo aman una vez. A esto se añadía que estando con mis compañeros de trabajo ferroviarios tenía que oír las conversaciones más repugnantes y visitar casas de la peor reputación imaginable. Con las experiencias que tuve de cómo se movía el mundo masculino, desarrollé una aversión insuperable hacia los hombres. Pero como soy muy apasionada por naturaleza y tengo necesidad de unirme a una persona querida y de entregarme a ella por completo, iba sintiéndome cada vez más atraída hacia mujeres y muchachas que me resultaban simpáticas, sobre todo hacia las que destacaban por su inteligencia”.

El sentimiento sexual contrario de esta paciente, claramente adquirido, se manifestaba a menudo de manera fogosa y decididamente sensual, y dio pie a la masturbación, ya que la vigilancia permanente que había en los hospitales imposibilitaba la satisfacción con personas del propio sexo. El carácter y ocupaciones siguieron siendo femeninos. No dio muestras de tener condición de virago. Según las noticias recibidas por el autor, esta enferma quedó libre de su neurosis y perversión sexual mediante un tratamiento de dos años en el manicomio, donde recibió el alta ya curada.

[Psychopathia sexualis, caso 131: sentimiento sexual contrario adquirido en mujer]

Caso 130: sentimiento sexual contrario adquirido

Sentimiento sexual contrario adquirido. Soy funcionario y procedo de una familia, hasta donde yo sé, sin taras; mi padre murió de una enfermedad aguda, mi madre vive y es bastante “nerviosa”. Una de mis hermanas se ha vuelto en los últimos años profundamente religiosa.

Soy alto, produzco una impresión masculina por mi forma de hablar, de moverme y por mi aspecto. La única enfermedad que he padecido es el sarampión, aunque desde los 13 años sufro lo que llaman dolores de cabeza nerviosos.

Mi vida sexual comenzó con 13 años, cuando conocí a un chico algo mayor que yo, quocum alter alterius genitalia tangendo delectabar. Tuve la primera eyaculación con 14 años. Dos compañeros de colegio mayores que yo me indujeron al onanismo, al que empecé a entregarme unas veces acompañado y otras solo, aunque, en este último caso, pensando siempre en personas de sexo femenino. Mi libido sexualis era muy grande y así sigue siendo hoy día. Más tarde intenté iniciar una relación con una criada guapa y robusta, con potentes mammae; id solum assecutus sum, ut me praesente superiorem corporis sui partem enudaret mihique concederet os mammasque osculari, dum ipsa penem meum valde erectum in manum suam recepit cumque tirvit.

Quamquam violentissime coitum rogavi hoc solum concessit, ut genitalia eius tangerem.

Ya en la universidad, visité un lupanar y tuve éxito sin mayores dificultades.

Pero entonces se produjo un acontecimiento que provocó en mí una profunda transformación. Una noche, acompañando a casa a un amigo, le eché mano, algo achispado como iba, ad genitalia. Él no se defendió demasiado; subí entonces con él a su habitación, nos masturbamos mutuamente y, a partir de entonces, practicamos con bastante frecuencia esta masturbación mutua, llegando incluso a immissio penis in os con subsiguiente eyaculación. Lo único extraño es que no estaba en absoluto enamorado de él, sino que, antes bien, lo estaba apasionadamente de otro de mis amigos en cuya cercanía, no obstante, nunca experimentaba la más mínima excitación sexual y al que nunca relacioné en mis pensamientos con actos sexuales. Mis visitas al lupanar, donde era un huésped bien recibido, se fueron espaciando. Yo encontraba un sustituto en mi amigo y no sentía deseos de mantener relaciones sexuales con mujeres.

Nunca practicamos la sodomía, la palabra ni siquiera se pronunció entre nosotros. Desde que empezó esta relación con mi amigo, volví a masturbarme con más frecuencia; naturalmente, los pensamientos relativos a personas femeninas fueron quedando progresivamente en un segundo plano. Pensaba en hombres fuertes, guapos y jóvenes, con extremidades lo más desarrolladas posibles. Los chicos de 16 a 25 años y sin barba eran mis preferidos, pero tenían que ser guapos y limpios. Me excitaban especialmente los trabajadores jóvenes con pantalones hechos de la tela que llaman pana inglesa o de cuero inglés; sobre todo, los albañiles.

Mis iguales prácticamente no me atraen; en cambio, siento una clara excitación sexual cuando veo a uno de estos mozos robustos del pueblo. El tocar esos pantalones, abrirlos y agarrar el pene, así como besar al muchacho me parecen altamente excitantes. Mi sensibilidad para los encantos femeninos se halla un tanto embotada, aunque siempre soy potente en la relación sexual con una mujer sin necesidad de recurrir a imágenes de mi fantasía, sobre todo si tiene mammae bien desarrolladas. Nunca he intentado abusar de un joven trabajador o similar para mis indecorosos apetitos y tampoco lo intentaré, por más que sienta deseos de ello muy a menudo. A veces retengo la imagen de uno de estos muchachos y me masturbo luego en casa.

Carezco de toda inclinación por las ocupaciones femeninas. Me gusta hasta cierto punto relacionarme con damas, bailar me desagrada. Tengo un gran interés por las bellas artes. El que tenga en parte sentimientos sexuales contrarios creo que se debe también en algo a mi comodidad, que me impide entablar una relación con una muchacha porque me resulta muy complicado. Frecuentar los lupanares es algo que me repugna por motivos estéticos, así que acabo cayendo en el lamentable onanismo, que tan difícil me resulta dejar.

Me he dicho cientos de veces que para poder tener unos sentimientos sexuales completamente normales tengo que reprimir ante todo mi irrefrenable pasión por el funesto onanismo, aberración que repugna a mi sentido estético. Me he propuesto una y otra vez combatir esta pasión con toda la fuerza de mi voluntad; a día de hoy sigo sin lograrlo. Cuando el impulso sexual se despertaba en mí con especial intensidad, en lugar de procurar satisfacerlo por vías naturales, prefería masturbarme porque tenía la impresión de que eso me proporcionaría más placer.

Y, sin embargo, la experiencia me ha demostrado que siempre soy potente con las muchachas sin ningún esfuerzo y sin la ayuda de imágenes de genitales masculinos, con la excepción de un único caso, en que no llegué a la eyaculación porque la mujer en cuestión —fue en un lupanar— carecía de todo atractivo. No logro apartar de mí la idea y el rotundo reproche de que el sentimiento sexual contrario que hasta un cierto grado está presente en mí es consecuencia del excesivo onanismo, y si eso me resulta tan deprimente es porque tengo que reconocerme a mí mismo que prácticamente no me siento con fuerzas para renunciar a este vicio por propia voluntad.

El deseo de satisfacer mi libido de manera antinatural se vio reforzado considerablemente como consecuencia de la relación sexual mencionada en mi escrito con un compañero de estudios y viejo amigo del colegio (la cual, no obstante, no surgió hasta la época de la universidad, tras siete años de simple amistad).

Le ruego que me permita aún relatar un episodio que me ha atribulado durante meses.

En el verano de 1882 conocí a un compañero de estudios seis años más joven que yo, que, junto con otros, nos había sido recomendado a mí y a mis amigos. No tardé mucho en desarrollar un hondo interés por esta persona de extraordinaria belleza, asombrosas proporciones y apariencia esbelta y sana. Al cabo de unas semanas de relación este interés se fue transformando en un vivísimo sentimiento de amistad, más tarde en un apasionado amor y en un tormento de celos. Enseguida me di cuenta de que entraba en juego una intensa excitación sensual, y por más que me determiné a contenerme ante esta persona a la que, independientemente de todo lo demás, tanto estimaba por lo excelente de su carácter, acabé doblegándome ante el irrefrenable deseo de abrazarle, etc. en una noche en que, tras consumir una cantidad considerable de cerveza, nos encontrábamos en mi casa con una botella de vino bebiendo por una buena, verdadera y larga amistad.

Cuando le vi al día siguiente, me avergoncé hasta tal punto que no fui capaz de mirarle a los ojos. Sentí el más profundo arrepentimiento por mi comportamiento y me hice los reproches más severos posibles por haber mancillado esta amistad, que debía ser pura y noble y mantenerse como tal. Para demostrarle que solo me había dejado arrebatar momentáneamente, me empeñé al final del semestre en que hiciéramos un viaje juntos; él aceptó tras una cierta resistencia, cuyos motivos no podían estar más claros para mí. Dormimos varias noches en la misma habitación sin que yo hiciera el más mínimo intento de repetir aquella acción. Yo quería hablar con él de lo sucedido aquella noche, pero no fui capaz; tras separarnos al siguiente semestre, tampoco conseguí escribirle a propósito de aquel asunto y lo mismo me ocurrió cuando en marzo le visité en X. Y, sin embargo, yo sentía la acuciante necesidad de aclarar ese punto hablando abiertamente de él. En octubre de este año estuve nuevamente en X. y esta vez encontré el valor para hablar sin tapujos. Le pedí perdón y él me lo concedió de buen grado; incluso le pregunté por qué no se negó rotundamente en aquel momento, a lo que me contestó que en parte me dejó hacer por darme gusto y en parte porque estaba bastante bebido y se hallaba por ello un tanto apático. Le expliqué con todo detalle cuál era mi estado y le expresé que tenía la firme esperanza de llegar a doblegar por mis propias fuerzas mis impulsos antinaturales de manera completa y definitiva. A partir de esta conversación, la relación entre mi amigo y yo es lo más satisfactoria y dichosa que pueda uno imaginar; los sentimientos de amistad son por ambas partes profundos, genuinos y —espero— duraderos.

Si acaso no apreciara mejoría en mi anormal estado, me determinaría probablemente a someterme plenamente a un tratamiento por su parte; tanto más cuanto que, tras un minucioso estudio de su obra, no me creo situado en la categoría de los denominados uranistas, sino que, antes bien, estoy firmemente convencido o, al menos, tengo la esperanza de que una voluntad resuelta, junto con el apoyo y la guía de un tratamiento experto, podría hacer de mí una persona de sentimientos normales.

[Psychopathia sexualis, caso 130: sentimiento sexual contrario adquirido]