Caso 100: fetichismo de piel de muchacha

L., jornalero, fue detenido por amputarse un gran trozo de carne del antebrazo izquierdo con una tijera en un lugar público.

Declara que desde hace mucho tiempo tiene el impulso de comerse un trozo de la blanca y delicada carne de una muchacha, que siguió con ese fin a una víctima con una tijera que ya llevaba preparada, pero que ante el sinsentido de este propósito renunció a él y se cortó él mismo en sustitución (!).

L. desciende de padre epiléptico. Una hermana es débil mental.

L. sufrió hasta los 17 años de enuresis nocturna, le temían en todas partes por su forma de ser grosera e irritable, fue expulsado de la escuela por su indisciplina y maldad.

Pronto se dio al onanismo. Le gustaba leer libros religiosos, presentaba en su carácter rasgos supersticiosos, tendencia al misticismo y una llamativa devoción.

Con 13 años, la visión de una bella joven con piel blanca y delicada hacía que se manifestara en él el impulso con connotaciones libidinosas de arrancarle a una joven así un trozo de carne de un bocado y comérselo. Este impulso era todo su afán. No había nada más en la mujer que le excitara. Nunca sintió deseo de mantener ningún tipo de relaciones sexuales con una de ellas y nunca hizo el correspondiente intento.

Como esperaba conseguir su objetivo más fácilmente con unas tijeras que con los dientes, llevaba siempre unas encima desde hacía años. Varias veces estuvo a punto de satisfacer su anormal deseo. Desde hacía un año le resultaba ya casi insoportable la falta de satisfacción de este, por lo que había dado con un sucedáneo que consistía en que, tras perseguir infructuosamente a una muchacha, se cortaba él mismo un trozo de piel de los brazos, los muslos o el vientre y se lo comía. Apoyándose en la fantasía de que se trataba de piel de la muchacha perseguida, llegaba al orgasmo y la eyaculación mientras se comía el trozo de su propia piel.

En el cuerpo de L. se encuentran numerosas marcas y heridas en la piel, algunas de ellas extensas y profundas.

Durante su automutilación y durante un periodo prolongado posterior a esta sufría agudos dolores, pero estos se veían compensados con creces por la voluptuosidad que experimentaba al disfrutar de los trozos de piel, especialmente cuando sangraba intensamente y conseguía hacerse la ilusión hasta cierto punto de que se trataba de cutis virginis. La simple visión de un cuchillo o una tijera le basta para evocar su perverso impulso. Cae entonces en un extraño estado de miedo con sudoración, mareos, palpitaciones, deseo de cutis feminae. Tiene entonces que perseguir tijera en mano a mujeres que le resulten simpáticas, pero no pierde ni la conciencia ni un resto de autocontrol, pues en plena culminación de la crisis toma de sí mismo lo que lo que se le niega en el cuerpo de una muchacha. Durante toda esta crisis se dan erección y orgasmo; en el momento en que mastica su piel entre los dientes, llega la eyaculación. A continuación siente una gran satisfacción y alivio. Sus genitales son normales.

L. es perfectamente consciente de lo patológico de su estado. Naturalmente, este degenerado peligroso para la sociedad fue a parar al manicomio. Allí cometió un intento de suicidio. (Magnan, Psychiatrische Vorlesungen, traducción al alemán de Möbius, cuaderno IV-V, p. 49).

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