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	<title>PSYCHOPATHIA SEXUALIS &#187; sadismo</title>
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	<description>RICHARD VON KRAFFT-EBING</description>
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		<title>Caso 121: gerontofilia</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Jan 2011 08:40:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[amor a las viejas]]></category>
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		<description><![CDATA[Amor a las viejas, sadismo, posible asesinato por motivos sexuales. Datos obtenidos de la documentación. El 1 de mayo de 1900 se encontró en F&#8230;dorf (Alta Austria) a Sch., vecina de unos 64 años de edad, muerta en el suelo de su casa. Las circunstancias concretas indicaban sin dejar lugar a dudas que Sch. había [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Amor a las viejas, sadismo, posible asesinato por motivos sexuales.</p>
<p>Datos obtenidos de la documentación.</p>
<p>El 1 de mayo de 1900 se encontró en F&#8230;dorf (Alta Austria) a Sch., vecina de unos 64 años de edad, muerta en el suelo de su casa.</p>
<p>Las circunstancias concretas indicaban sin dejar lugar a dudas que Sch. había sufrido una muerte violenta.</p>
<p>Alrededor del cuello de la víctima se encontró un basto pañuelo de campesino con un nudo simple a la altura de la laringe. Este estaba tan apretado que alrededor del cuello entero se había formado un surco de estrangulamiento de unos 2 cm de ancho correspondiente al pañuelo que se le había atado. La autopsia puso de manifiesto que la muerte se había producido por asfixia.</p>
<p>Asimismo, se hallaron en el cadáver signos que apuntaban a una lucha previa al estrangulamiento.</p>
<p>K. R. fue interrogado como presunto culpable y el 25 de junio de 1900 se le detuvo en Ober-Sch. (Alta Austria).</p>
<p>En cuanto al presunto motivo del crimen cometido de K., se daban circunstancias que arrojaban luz sobre este y que se pusieron de relieve nada más detenérsele. K. también había sido procesado por el tribunal del distrito de P. por dos delitos de violación cometidos el 16 de julio y el 8 de agosto de 1899.</p>
<p>Ambos hechos ocurrieron de la siguiente manera. El 16 de julio, K. había bebido bastante durante el día, con lo que por la tarde se encontraba algo borracho. Estaba, asimismo, bastante excitado sexualmente, pues volviendo a casa por el pueblo de Pr. quiso ya abusar de dos mujeres, que le rechazaron enérgicamente. Cuando llegó al asilo del pueblo, entró en este y se sentó junto a la interna de 64 años A. N., que se hallaba en el vestíbulo. Comenzó a agredirla, conminándola a mantener relaciones sexuales con él. Al defenderse ella e intentar irse, K. la arrojó al suelo, se tendió sobre ella, le levantó las faldas y quiso abusar de ella. No la soltó hasta que una mujer acudió en su ayuda, alertada por los gritos.</p>
<p>K. se justificó durante el primer interrogatorio diciendo que estaba completamente borracho y que no sabía nada de todo aquello.</p>
<p>Por lo que respecta al estado de conciencia de K., resulta significativo el hecho de que, habiéndose encontrado en la calle a dos muchachos inmediatamente después de esta escena, les preguntara si no habían oído gritos.</p>
<p>La segunda violación tuvo lugar como sigue. K. había bebido también ese día, 8 de agosto de 1899. Al marcharse de una taberna en el pueblo de L., junto al Danubio, robó una gabarra y navegó con ella siguiendo la corriente hasta llegar a E. Allí desembarcó y trabó conversación con E., campesina de 76 años que se encontraba trabajando en una tierra no alejada de la orilla. En el transcurso de dicha conversación, K. trató de persuadir a E. de que se acostara con él prometiéndole a cambio 20 cruceros.</p>
<p>Al negarse E., la tiró al suelo, se tumbó sobre ella, sacó su miembro del pantalón y trató de descubrir la parte inferior del cuerpo de esta.</p>
<p>E. se defendió y pidió auxilio, por lo que K. la golpeó. A los gritos de ella acudió un hombre, por lo que K. la soltó (asestándole todavía un par de golpes) y huyó de allí en la gabarra.</p>
<p>En un primer momento, K. admitió ante el gendarme que le detuvo que había golpeado a E., pero solo por ira. Posteriormente, sin embargo, volvió a disculparse sosteniendo que no sabía nada de aquello, aunque esta vez ni siquiera afirmó haber estado completamente borracho en el momento de cometer el delito, sino que declaró no haberse emborrachado hasta después. Recordaba, asimismo, sus acciones posteriores al intento de violación, de las cuales se da cuenta seguidamente.</p>
<p>Efectivamente, K. navegó a favor de la corriente hasta llegar a U.; allí atracó junto a una taberna y vendió por cuatro florines la gabarra robada, negocio durante el cual no dio la sensación de estar borracho. Además, K. afirmó todavía durante un interrogatorio posterior que se acordaba de la oferta de los 20 cruceros.</p>
<p>Mucho antes habían tenido lugar los siguientes hechos en relación con K.: el 11 de septiembre de 1894 había intervenido como bombero en un incendio declarado en R. y había bebido abundantemente del vino ofrecido por los campesinos de R. De regreso a su pueblo (Ro.) con la bomba de incendios, se hallaba borracho. Hay discordancia, no obstante, en los testimonios referidos al grado de su borrachera.</p>
<p>K. entró entonces en una casa de Ro. en la que solo se encontraban algunos niños y se comportó de manera extraña, sin que quedara claro el verdadero motivo de su venida.</p>
<p>A continuación se presentó en casa de una mujer de 64 años llamada Ko., que estaba en cama por un dolor de muelas y a la que se le hizo rara esa visita a tales horas. Se puso primero a hablar del incendio, para pedir a continuación un descalzador de botas. Cuando Ko. le dijo que no tenía descalzador, K. se puso a secarse las botas. Acto seguido, cerró la puerta por dentro. Tras recorrer la habitación varias veces de arriba abajo, echó mano a la colcha de Ko., probablemente para retirarla. Al prohibirle ella que lo hiciera, K. la agarró por el cuello y empezó a estrangularla, acción en la que no cejó hasta que otra habitante de la casa, a los gritos de Ko., se asomó a la ventana y le gritó a K. que qué hacía.</p>
<p>K. soltó entonces a Ko., abrió la puerta y, tras un breve intercambio verbal, se marchó.</p>
<p>Ko. creía que K. andaba detrás de su dinero. Sin embargo, se constató que K. llevaba abierta la bragueta, lo que aclara suficientemente sus verdaderas intenciones.</p>
<p>K. fue condenado en aquella ocasión a cuatro semanas de arresto.</p>
<p>Estos hechos permitían colegir que el asesinato de Sch. también podría tener un trasfondo sexual, suposición que, como se comprobó poco después, estaba justificada.</p>
<p>K. negó durante largo tiempo con toda tenacidad haber cometido el asesinato de Sch.</p>
<p>Sin embargo, al llegar al juicio oral el 11 de marzo de 1901, K. intentó inicialmente mantenerse en su negación de los hechos, defendiéndose para ello con gran serenidad; pero al segundo día de juicio, tras haber sido reconocido por casi todas las personas que habían visto al presunto asesino de Sch. el 1 de mayo de 1900, confesó por completo al ser requerido para ello por el presidente del tribunal.</p>
<p>Reconoció que el 1 de mayo por la mañana había entrado en casa de Sch. y había pedido algo de comer, petición que fue atendida. Mientras estaba sentado charlando con Sch., se empezó a excitar sexualmente y le pidió que se acostara con él. Al negarse Sch., la tiró al suelo y, como ella se defendiera y gritara, le pegó un par de manotazos en la cabeza. Al seguir ella gritando, la estranguló por rabia con un pañuelo.</p>
<p>No fue capaz de explicar con exactitud cómo había atado el pañuelo porque, según afirma, se encontraba fuera de sí.</p>
<p>Tras asesinar a Sch., se marchó llevándose unas botas que se hallaban junto a la puerta.</p>
<p>K. detalla seguidamente cómo vendió las botas, cómo tomó el transbordador para llegar a  E., donde fue a afeitarse, y lo que hizo aún ese mismo día.</p>
<p>Tras esta confesión y a petición del fiscal, se dispuso un examen del estado mental del acusado.</p>
<p>En un interrogatorio practicado el 12 de marzo de 1901, K. ofreció información más detallada sobre el delito. Afirma que, estando sentado con Sch., sintió deseo sexual; que empezó a atacarla y que le exigió acostarse con ella. Al negarse ella, la arrojó al suelo, le levantó las faldas, se sacó el miembro, le separó las piernas y se echó sobre ella. Como ella seguía gritando, intentaba quitársele de encima y se echaba a uno y otro lado, él le asestó un par de golpes y empezó a estrangularla. No recordaba si había llegado a penetrar en los órganos sexuales de ella; tampoco se acordaba de si había llegado a eyacular.</p>
<p>Tras ahogarla (en este interrogatorio K. no mencionó el pañuelo), ella intentó aún tomar aire un par de veces y murió. Una vez muerta, afirma no haberse ocupado ya de ella, pues los muertos le dan pavor. Solamente le bajó las faldas y se guardó el miembro.</p>
<p>En este interrogatorio pretendía no recordar de dónde había sacado las botas; tenía tres pares de botas y no sabía exactamente de dónde habían salido. Después del asesinato, sencillamente, todo le daba vueltas en la cabeza. Niega categóricamente haber tenido intención de matar a la mujer, simplemente deseaba atontarla para que dejara de gritar y poder mantener relaciones con ella.</p>
<p>El delito de K. se sitúa en un trasfondo macabro, pues en el periodo que va de 1897 a 1900 se había asesinado en la Alta Austria a siete mujeres de edades comprendidas entre los 53 y los 68 años. Todas ellas habían sido halladas al aire libre y estranguladas; dos habían recibido además una puñalada en el corazón. En todos los casos se sospechaba que podía tratarse de asesinatos por motivos sexuales; en tres casos se hallaron rastros de la consumación del acto sexual: en uno de ellos, los genitales estaban desgarrados, mientras que en los otros dos el vientre estaba rajado desde los genitales al ombligo, faltando en uno de ellos incluso un trozo de los genitales.</p>
<p>La situación se tornó más siniestra si cabe cuando el 19 de marzo un compañero de celda de K. declaró haber oído hablar en sueños a K. una noche y que este mencionó el pueblo de G. (en G. se había producido precisamente uno de los asesinatos antes mencionados), y a continuación decir algo de dos asesinatos de índole sexual que no debían descubrirse si no querían que los colgaran a los dos (K. hablaba como si se dirigiera a un compañero); después venía algo de lavarse las manos y, a continuación: “Mírala, qué cacho c&#8230; tiene”.</p>
<p>Por lo que respecta al asesinato cometido en G., pronto quedó de manifiesto que no podía ser obra de K., pues cuando tuvo lugar, este se encontraba detenido en Y. por orden del juzgado de distrito.</p>
<p>Posteriores investigaciones no arrojaron un resultado decisivo, pues algunas de las personas que habían visto al presunto asesino creían reconocer en él a K., mientras que otras, en cambio, rechazaban decididamente esta posibilidad.</p>
<p>Al ser interrogado K. a propósito de estos asesinatos, ofreció datos concretos sobre el periodo transcurrido desde la finalización de su servicio militar, indicando cuándo, dónde y para quién había trabajado y precisando fechas, lugares y personas.</p>
<p>El 9 de junio de 1901 se le apremió tanto durante un interrogatorio, exigiéndole que lo confesara todo y leyéndole un testimonio inculpatorio, que K. se alteró sobremanera, se echó a llorar y empezó a proferir gritos quejándose de modo un tanto confuso de las acusaciones de las que se le hacía objeto.</p>
<p>Por lo que respecta a la vida anterior de K., se pudo averiguar lo siguiente: nació en 1873, siendo, por tanto de 29 años de edad; sus padres tenían en el momento de su nacimiento ya una edad avanzada (el padre, 63 años; la madre, 40); no se hallaron indicios de taras hereditarias. Asistió a la escuela durante ocho años con aplicación; si bien hizo escasos progresos, al parecer porque era incapaz de mantener nada en la memoria. Según consta en el certificado escolar, K. terminó con suspenso en Historia Natural y Ciencias Naturales, aprobó por la mínima en Cálculo y en Geografía e Historia, estudiando con suficiente aplicación. Su comportamiento, eso sí, fue perfectamente satisfactorio durante esta etapa.</p>
<p>Tras terminar la escuela, K. entró a trabajar de aprendiz con un fabricante de cepillos, pero demostró ser inútil; se hizo entonces picapedrero y a partir de entonces trabajó ya siempre como jornalero o como barquero.</p>
<p>Con 20 años ingresó en el ejército. No consiguió ni un ascenso en tres años de servicio. Acudió a la escuela militar con resultados insuficientes. Fue sancionado en once ocasiones durante su estancia en el ejército.</p>
<p>K. fue objeto también de diversos castigos civiles.</p>
<p>En septiembre se le licenció en el ejército. Desde entonces y hasta su detención llevó una vida irregular, huyendo en lo posible del trabajo. En ese periodo, es decir, en menos de tres años, según propios testimonios que se hallan dispersos por las actas, tuvo como mínimo 15 trabajos diferentes, en muchos de los cuales solo duró un tiempo mínimo; entre unos y otros se dedicó a menudo a vagabundear. Ha podido estar unas seis veces en el hospital, con un periodo total de internamiento de unos siete meses; al menos dos meses los pasó detenido.</p>
<p>La capacidad de trabajar de K., o sea, sobre todo su aptitud para el aprendizaje parece haber sido muy limitada; siempre se le empleaba como jornalero en trabajos ínfimos; era incapaz incluso de desarrollar un trabajo en el campo que requiriera unan mínimas habilidades, es decir, que se tuviera que aprender.</p>
<p>Los médicos forenses emitieron un informe sobre K. en el que concluían que el acusado parecía afectado de una leve imbecilidad y que, debido a la deficiencia moral derivada de este defecto de su inteligencia, no era plenamente responsable de sus actos o, lo que es lo mismo, que no era responsable de su delito. Durante la vista oral, los expertos indicaron que con la expresión “imbecilidad” solo se referían a una cierta debilidad mental, un defecto; para ser más precisos, se trataba de un grado de debilidad mental que no excluía la responsabilidad de sus actos.</p>
<p>K. reconoció en el transcurso de los exámenes a que fue sometido que había intentado y consumado repetidamente las relaciones sexuales con ancianas; asimismo, informó sobre un hecho relevante y esclarecedor, a saber, que sus primeras relaciones sexuales, consumadas a la edad de 17 años, se llevaron a cabo al ser seducido por una anciana.</p>
<p>El informe (que se puede consultar en Wien. Klin. Wochenschr. 1. c.) llegaba a las siguientes conclusiones:</p>
<p>1. K. es un individuo afectado de una debilidad mental en grado leve y de un defecto de índole psicopática; no obstante, su defecto mental no es tal como para excluir responsabilidades penales.</p>
<p>2. No se puede demostrar que en el momento de cometer el asesinato de Sch. se diera en K. una alteración de la conciencia de tipo patológico.</p>
<p>3. En la actualidad K. padece histeria y —en tanto en cuanto no entren aquí en juego elementos arbitrarios— las actuales alteraciones de la marcha y del lenguaje, así como sus defectos psíquicos, se han de considerar manifestaciones de dicha histeria.</p>
<p>La histeria de K. es una afección incurable y, si bien no incapacita al inculpado para cumplir condena, sí que se ha de tener en consideración en cuanto a dicho cumplimiento.</p>
<p>K. ingresó el 10 de mayo de 1902 en el penal de G. y el 13 de junio de 1906 en el de S. para dar cumplimiento a su pena de cadena perpetua.</p>
<p>El médico del penal de S. informa de que K. es un individuo afectado de una leve debilidad mental; que habla poco y se lleva bien con los otros reclusos.</p>
<p>Considera asimismo notable el siguiente comentario de K., emitido mientras se hallaba sentado junto a la ventana al ver a una anciana pasar, creyendo no ser observado, y para sí mismo: “Esa no está mal, todavía se le podía meter”.</p>
<p>Los informes del director de la institución, que durante tres años y medio en G. y S. tuvo ocasión de observar a K., revelan además lo siguiente:</p>
<p>K. dio muestras durante su internamiento de un comportamiento verdaderamente ejemplar. No se le tuvo que llamar la atención por quebrantamiento alguno de las normas y tampoco —algo excepcional— tuvo que ser sometido nunca a castigo disciplinar alguno.</p>
<p>Daba la impresión de ser una persona perfectamente consciente de la magnitud de su crimen, que encuentra proporcionada la dureza de la pena y que, por ello, ha aceptado su situación, logrando así, aunque solo sea hasta cierto punto, naturalmente, una paz interior.</p>
<p>Nunca se constataron signos de pérdidas memoria o alteraciones de esta, ni de trastornos del lenguaje o similares. Nunca se dudó de que estuviera en pleno uso de sus facultades mentales. Tampoco se constató en ningún momento aberración sexual alguna.</p>
<p>Se ha de destacar asimismo el gran apego de K. hacia su madre. Logró a base de sacrificios económicos el traslado desde G. a S. para estar más cerca de ella y así poder recibir sus visitas.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/" target="_blank">Psychopathia sexualis</a>, <a title="Caso 121: gerontofilia" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-121-gerontofilia/">Caso 121: gerontofilia</a>] </p>
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		<title>Caso 100: fetichismo de piel de muchacha</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Aug 2010 09:19:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
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		<description><![CDATA[L., jornalero, fue detenido por amputarse un gran trozo de carne del antebrazo izquierdo con una tijera en un lugar público. Declara que desde hace mucho tiempo tiene el impulso de comerse un trozo de la blanca y delicada carne de una muchacha, que siguió con ese fin a una víctima con una tijera que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>L., jornalero, fue detenido por amputarse un gran trozo de carne del antebrazo izquierdo con una tijera en un lugar público.</p>
<p>Declara que desde hace mucho tiempo tiene el impulso de comerse un trozo de la blanca y delicada carne de una muchacha, que siguió con ese fin a una víctima con una tijera que ya llevaba preparada, pero que ante el sinsentido de este propósito renunció a él y se cortó él mismo en sustitución (!).</p>
<p>L. desciende de padre epiléptico. Una hermana es débil mental.</p>
<p>L. sufrió hasta los 17 años de enuresis nocturna, le temían en todas partes por su forma de ser grosera e irritable, fue expulsado de la escuela por su indisciplina y maldad.</p>
<p>Pronto se dio al onanismo. Le gustaba leer libros religiosos, presentaba en su carácter rasgos supersticiosos, tendencia al misticismo y una llamativa devoción.</p>
<p>Con 13 años, la visión de una bella joven con piel blanca y delicada hacía que se manifestara en él el impulso con connotaciones libidinosas de arrancarle a una joven así un trozo de carne de un bocado y comérselo. Este impulso era todo su afán. No había nada más en la mujer que le excitara. Nunca sintió deseo de mantener ningún tipo de relaciones sexuales con una de ellas y nunca hizo el correspondiente intento.</p>
<p>Como esperaba conseguir su objetivo más fácilmente con unas tijeras que con los dientes, llevaba siempre unas encima desde hacía años. Varias veces estuvo a punto de satisfacer su anormal deseo. Desde hacía un año le resultaba ya casi insoportable la falta de satisfacción de este, por lo que había dado con un sucedáneo que consistía en que, tras perseguir infructuosamente a una muchacha, se cortaba él mismo un trozo de piel de los brazos, los muslos o el vientre y se lo comía. Apoyándose en la fantasía de que se trataba de piel de la muchacha perseguida, llegaba al orgasmo y la eyaculación mientras se comía el trozo de su propia piel.</p>
<p>En el cuerpo de L. se encuentran numerosas marcas y heridas en la piel, algunas de ellas extensas y profundas.</p>
<p>Durante su automutilación y durante un periodo prolongado posterior a esta sufría agudos dolores, pero estos se veían compensados con creces por la voluptuosidad que experimentaba al disfrutar de los trozos de piel, especialmente cuando sangraba intensamente y conseguía hacerse la ilusión hasta cierto punto de que se trataba de cutis virginis. La simple visión de un cuchillo o una tijera le basta para evocar su perverso impulso. Cae entonces en un extraño estado de miedo con sudoración, mareos, palpitaciones, deseo de cutis feminae. Tiene entonces que perseguir tijera en mano a mujeres que le resulten simpáticas, pero no pierde ni la conciencia ni un resto de autocontrol, pues en plena culminación de la crisis toma de sí mismo lo que lo que se le niega en el cuerpo de una muchacha. Durante toda esta crisis se dan erección y orgasmo; en el momento en que mastica su piel entre los dientes, llega la eyaculación. A continuación siente una gran satisfacción y alivio. Sus genitales son normales.</p>
<p>L. es perfectamente consciente de lo patológico de su estado. Naturalmente, este degenerado peligroso para la sociedad fue a parar al manicomio. Allí cometió un intento de suicidio. (Magnan, Psychiatrische Vorlesungen, traducción al alemán de Möbius, cuaderno IV-V, p. 49).</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 100: fetichismo de piel de muchacha" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-100-fetichismo-de-piel-de-muchacha/">caso 100: fetichismo de piel de muchacha</a>] </p>
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		<title>Caso 90: masoquismo y sadismo</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Jun 2010 08:10:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Señor X., 28 años. “Ya siendo un niño de 6 ó 7 años tenía pensamientos de contenido sexual-perverso: me imaginaba que tenía una casa en la que mantenía cautivas a chicas jóvenes y guapas cuyas posaderas desnudas azotaba a diario. Poco después encontré a unos cuantos chicos y chicas con mis mismos gustos. Solíamos jugar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Señor X., 28 años. “Ya siendo un niño de 6 ó 7 años tenía pensamientos de contenido sexual-perverso: me imaginaba que tenía una casa en la que mantenía cautivas a chicas jóvenes y guapas cuyas posaderas desnudas azotaba a diario. Poco después encontré a unos cuantos chicos y chicas con mis mismos gustos. Solíamos jugar a soldados y ladrones. A los ladrones a los que atrapábamos los subíamos a la azotea y allí les azotábamos las posaderas desnudas, tras lo cual a veces también se las acariciábamos. Soy perfectamente consciente de que en aquel entonces sólo sentía placer cuando azotaba a chicas. Al hacerme mayor (10-12 años), apareció en mí, sin que nada diera pie a ello, el deseo opuesto: me imaginaba que una chica me azotaba en el trasero desnudo. Muchas veces me quedaba parado ante los carteles de casas de fieras en los que aparecía una robusta domadora que lanzaba su látigo contra un león. Me imaginaba entonces que yo era el león y que la domadora me azotaba; me pasaba las horas muertas plantado frente a los anuncios de un grupo de indios donde se representaba a una india medio desnuda, y me imaginaba que yo era un esclavo y tenía que realizar para mi ama los servicios más repugnantes. Si me negaba a ello, recibía el más cruel de los maltratos posibles, lo que en mi caso significaba siempre recibir azotes en el trasero desnudo. En aquella época leía sobre todo historias de torturas y me detenía especialmente en aquellos pasajes en que se golpeaba a la gente. Hasta entonces nunca había sido golpeado de verdad, algo que me hubiera disgustado enormemente. Cuando cumplí los 15 años, un amigo me hizo caer en el onanismo, vicio al que me di a partir de entonces con bastante frecuencia, sobre todo en conexión con mis ideas sexuales perversas. El impulso de llevar a la práctica estas ideas mías iba siendo cada vez más poderoso, y con 16 años le pedí a una muchacha del servicio por la que sentía una cierta simpatía y con la que mantenía una relación de amor platónico, que me azotara con una caña. Lo que le dije fue que era mal estudiante, que mis padres no me castigaban nunca y que no me vendría mal un castigo suyo. Aunque se lo rogué de rodillas, se negó a mis pretensiones; pero me propuso, en cambio, acostarse conmigo, a lo que yo me negué por repugnancia. Aunque no conseguí que me azotara, sí que consintió en todas mis otras ideas: me ordenó ad podicem lambere, se puso terrones de azúcar entre las nalgas y me hizo comerlos, etc. Después jugaba siempre con mis órganos sexuales, y se los metía en la boca hasta que se producía la eyaculación. Al cabo de un año, poco más o menos, despidieron a la muchacha. Mi deseo, mientras tanto, iba en aumento hasta que llegó al punto en que ya no lo podía soportar, así que me fui a un prostíbulo, donde hice que una prostituta me trabajara el trasero desnudo con una vara. Hice que me tumbara sobre sus muslos descubiertos y me reprochara mi maldad. A todo esto, yo insistía en que no lo haría más, que por favor me perdonara por esa vez. Otra vez hice que me sujetara la cabeza entre los muslos mientras me azotaba el trasero desnudo como se hace con los niños pequeños. Una vez hice que me ataran a un banco y me azotaran 25 veces con una caña. Como me dolía demasiado y pedí que pararan al llegar al golpe 14, a la siguiente vez le dije antes a la prostituta que no le daría ni cinco como no me plantara los 25 cañazos. El dolor que sentía y el alto precio que tenía que pagar me determinaron a renunciar en el futuro a castigos semejantes y empecé a partir de entonces a azotarme yo mismo en las nalgas desnudas con correas, varas, bastones e incluso alguna vez con ortigas. Me tumbaba para ello en un banco o me arrodillaba y me imaginaba que me azotaba mi ama por alguna falta que hubiera cometido. No contento con ello, solía introducirme en el ano jabón, pimienta, pimentón y también objetos angulosos. Alguna vez mi deseo se hizo tan imperioso que llegué a clavarme agujas en las nalgas llegando hasta 3 cm de profundidad. Así continué hasta el año pasado, cuando trabé conocimiento en extrañas circunstancias con una muchacha que también tiene una sexualidad perversa. Sucedió que fui a visitar a una familia conocida mía, pero no estaban y solo encontré en casa a la institutriz y los niños. Me quedé, y mientras hablaba con la muchacha los niños empezaron a portarse mal. Ella se llevó entonces a dos de los niños a la habitación de al lado y los azotó allí con una vara, tras lo cual regresó enormemente excitada. Le brillaban los ojos, tenía el rostro completamente enrojecido y le temblaba la voz. Esta acción también me había excitado mucho a mí. Empecé a llevar la conversación hacia castigos y palizas. Poco a poco nos fuimos acercando, hasta que al cabo de algunas semanas nos empezamos a entender. Ella dejó su puesto y nos fuimos a vivir juntos a un piso en el que satisfacíamos juntos nuestros vicios. Pero como esta mujer me desagrada en todo lo demás, voy teniendo cada vez más momentos en los que recapacito y siento repugnancia de mí mismo y de lo que he hecho, y pienso a diario en cómo escapar de la perdición. Debo recalcar, asimismo, que he tratado de librarme de este vicio por diversos medios sin que ninguno de ellos me sirviera de nada. Y así contemplo mi futuro con apatía, puesto que mi fuerza moral es insuficiente para sustraerme a tal vicio”.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 90" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-90-masoquismo-y-sadismo/">caso 90</a>] </p>
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		<title>Caso 89: masoquismo y sadismo</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Jun 2010 09:12:57 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Señor X.: “La primera manifestación de mi impulso sexual se remonta a la edad de 13 años. Debido a mi pereza, me amenazaron —aunque no fuera en serio— con ponerme de aprendiz. Un día empecé a pintarme en mi fantasía el oficio de aprendiz de albañil: cómo sudaba por el esfuerzo mientras trajinaba vestido con una ropa de trabajo ligera; cómo los chicos mayores, que eran mis superiores, me cargaban de trabajo, se burlaban de mí y me imponían castigos físicos. Estas fantasías producían en mí una sensación que hoy reconozco como libidinosa. Me imaginaba que me castigaban presionándome en las zonas erógenas que rodean al ano y así tuve mi primera eyaculación. Este fenómeno me resultó totalmente incomprensible; hasta entonces yo solo había visto en el pene una vía para expulsar la orina, y tenía una idea más bien oscura o más bien ninguna idea sobre la reproducción humana, por lo que no sabía qué pensar de aquel líquido que había surgido repentinamente. Lo llamé “leche de chico” y no veía en su expulsión maldad alguna sino tan solo un curioso incidente que me propuse investigar. Describo esto tan detalladamente para poner de relieve que mi onanismo se desarrolló por puro instinto, sin ser incitado a ello y sin que hubiera mala voluntad por mi parte. No tardé en descubrir en los días siguientes que la eyaculación se lograba más fácilmente manipulando el pene con las manos. Como el sentimiento libidinoso que experimentaba con ello resultaba placentero y yo no veía en ese acto nada que no fuera la satisfacción de un placer natural (como el olfato, por ejemplo), el onanismo pronto se convirtió en costumbre.</p>
<p>En la línea de lo ocurrido en la primera ocasión, las fantasías que lo acompañaban eran siempre de índole perversa. Tras la lectura de su libro, he de considerar esta anomalía como una mezcla de sadismo y masoquismo acompañada de fetichismo y complicada de homosexualidad, y la única causa que se me ocurre es la excitación del impulso sexual antes de recibir una preparación al respecto. Cuando finalmente, con más de 17 años de edad, fui a dar en una enciclopedia con la historia natural de la humanidad debidamente explicada, era ya demasiado tarde, puesto que mi impulso sexual se había corrompido por efecto de los numerosos actos de onanismo.</p>
<p>Voy a intentar dar una idea de las fantasías que solían dar pie a mi onanismo.</p>
<p>El objeto de mis fantasías eran siempre chicos de entre 10 y 16 años, la edad en que empiezan a desarrollarse la inteligencia y la belleza corporal, pero solo mientras llevaban pantalones cortos. Estos eran imprescindibles. Todo chico conocido cuya contemplación en los años de los pantalones cortos me hubiera excitado pasaba a dejarme totalmente frío en cuanto empezaba a ponerse pantalones largos. Aunque yo no demostrara excitación alguna, literalmente me iba detrás del primer pantalón corto que se me cruzara por la calle, igual que otros se van detrás de unas faldas. Este impulso era universal. Yo me gustaba a mí mismo igual que mis colegas, que lo mismo podían ser mendigos descalzos y andrajosos que príncipes. Si se me pasaba un día sin ver a nadie que pudiese convertirse en objeto adecuado para mi fantasía, imaginaba todo tipo de figuras ideales y, cuando me hice mayor, me veía a mí mismo otra vez en la edad crítica, vestido con los atavíos a los que respondía mi impulso, y envuelto en todo tipo de situaciones posibles e imposibles.</p>
<p>Aparte de los pantalones cortos, que tenían que ser lo suficientemente cortos para dejar a la vista las hermosas formas de la pierna de rodilla para abajo, era imprescindible una ropa infantil ligera. En mi fantasía desempeñaban un importante papel las camisetas, las blusas de marinerito, las medias negras largas o también los calcetines blancos, que dejaban al aire rodilla y pantorrilla. En cuanto a los tejidos de los trajes, me gustaban sobre todo las telas de algodón ligero y tenían que estar, o bien nuevas a estreno e impolutas, o bien sucias, arrugadas y con rotos por los que asomaran los muslos. Pero también me gustaban los pantalones de loden o de paño azul y los pantalones de cuero ajustados. Los anuncios de ropa de niño me excitaban sobremanera (cuanto más barata, mejor). Si decía, por ejemplo: “Trajes completos de niño para 10-14 años a partir de 3 francos”, ya era para mí motivo de alborozo. Me imaginaba que con 14 años, y habiendo dado un estirón, recibía a cambio de esa cantidad ridícula una ropa raquítica calculada para 8 años. Por lo que respecta al cuerpo de mis objetos, estos tenían que tener el pelo corto y, a ser posible, rubio, un rostro fresco y descarado, con ojos brillantes e inteligentes y una figura esbelta y proporcionada. Las piernas, que era a lo que daba más importancia, tenían que ser gráciles: unas rodillas delgadas, unas pantorrillas firmes y unos tobillos elegantes eran imprescindibles. A menudo me sorprendía a mí mismo dibujando estos cuerpos y prendas “ideales”. Nunca pensaba en los genitales; la definición de pederastia la encontré por primera vez en su libro. Nunca se me ocurrió ni siquiera la idea de cometer un acto semejante. Las figuras completamente desnudas carecían prácticamente de efecto, es decir, producían una impresión estética pero nunca sexual en mi fantasía.</p>
<p>Ya he descrito, por tanto, los objetos de mi fantasía y me queda explicar lo que hacía mi espíritu excitado con estos desdichados objetos.</p>
<p>Llego así al verdadero núcleo de mi anomalía, esa mezcla de sadismo y masoquismo a la que ya me he referido. No puedo creer que sadismo y masoquismo sean opuestos. El masoquismo es tan solo una forma especial de sadismo, de la misma manera que el altruismo es una forma especial de egoísmo, paradoja cuya explicación dejo para el final. Los crueles actos que imaginaba mi fantasía se referían tanto a mi persona como a cualquier otra que resultara sexualmente excitante; me podía ocurrir incluso el sentirme torturado en otra persona, de modo que gozaba de mis propios dolores imaginarios mientras veía retorcerse bajo los golpes a otro chico. A menudo me veía a mí mismo junto a otro compañero entre las piernas de un implacable superior que dejaba las cuatro pantorrillas llenas de marcas anchas y sangrientas a base de latigazos. En esos momentos sentía tanto el placer de la propia humillación como la gozosa conciencia de que otro ser humano era humillado, o sea, masoquismo y sadismo en un mismo instante. Dos opuestos no se dejarían reunir sin más en tan breve lapso de tiempo. Por otra parte, tiendo a atribuirle esta estrecha mezcla a mi propio carácter, que es fuertemente objetivo, más allá de la vita sexualis. Siempre ando tratando de meterme por completo en la situación y sentimientos del otro, así como de juzgarme a mí mismo de forma exacta e implacable desde el punto de vista de un observador imparcial.</p>
<p>Por lo que respecta a la naturaleza de mis pensamientos sádico-masoquistas, estos consistían esencialmente, como ya he indicado, en la administración de crueles castigos físicos a un muchacho como yo o incluso a mí mismo en la edad crítica. Se alternaban aquí bofetadas, coscorrones, tirones de pelo y de orejas, azotes con palos, látigos, correas, etc., patadas y otros actos de violencia. Lo que más me impresionaba eran los latigazos cuando se asestaban en las delicadas corvas o en pantorrillas descubiertas. También me gustaban los golpes en la zona de alrededor de las orejas. También se arreaban palos a ciegas por todo el cuerpo. Las patadas asestadas con los pies descalzos me parecían más humillantes que las que se daban con calzado y por eso mismo resultaban más de mi gusto. Especialmente placentero me resultaba el arrastrar a alguien por las orejas dándole de bofetadas o de latigazos. Me gustaba que la víctima suplicara recibir el castigo para purgar alguna mala acción y diera las gracias humildemente tras recibir la paliza. También me regodeaba en la idea de obligar a las víctimas ideales a obedecer la orden de alargar la palma o el dorso de la mano para maltratárselas dolorosamente con un bastón.</p>
<p>He de añadir que, quitando alguna que otra bofetada en peleas con compañeros, no he sido golpeado en mi vida y tampoco he visto azotar a nadie de manera que se acerque ni de lejos a la crueldad pintada por mi fantasía.</p>
<p>Las personas que administraban el castigo eran de lo más diverso. Por lo general se trataba de hombres, raramente mujeres (el único caso en que se ha dado un momento heterosexual). Siempre imaginaba algún fundamento legal para la paliza. Los atormentadores contaban con una base de apariencia legal para su proceder. Esta se hallaba en un poder otorgado por el responsable legal del castigado o en un acuerdo alcanzado con este.</p>
<p>Especialmente sofisticado resultaba el asunto cuando no solo el castigado sino también el castigador era un muchacho como yo. Hacía plausible este caso, o bien poniendo a un chico pobre al servicio de una familia rica a la que pertenecía un chico de la misma edad o más joven, o bien mediante “normas de reforma escolar”. Cada clase tenía entonces su propio uniforme, que se describía exactamente en muchos párrafos, y los alumnos de las clases superiores poseían, de manera semejante a lo que ocurre en Inglaterra, el derecho a mandar y castigar a los de las clases inferiores; los alumnos destacados estaban por encima de los normales, estos, a su vez, por encima de los que suspendían y así sucesivamente. Los mejores en clase de gimnasia ocupaban una posición muy destacada, pues podían azotar y abofetear incluso a los primeros de la clase si hacían mal los ejercicios o si se les veía desganados. Cuando un chico más pequeño (por ejemplo, uno de doce años) castigaba a uno mayor (por ejemplo, de quince años), aquello representaba el máximo placer, lo mismo si me imaginaba en un papel activo, que pasivo o incluso neutral.</p>
<p>La idea del calor animal de mis favoritos tenía algo embriagador. La sensación de “estar atrapado entre las piernas” me excitaba extraordinariamente. Toda idea de sudor me resultaba agradable y encontraba enormemente atrayente el olor a pies sudados.</p>
<p>Cuando el castigo concluía en mi espíritu sin que consumara el onanismo, siempre volvía a la sensatez súbitamente. Sentía entonces a menudo una profunda compasión por el castigado. En ese momento hubiera estrechado en mis brazos a cualquier precio a aquel pobre muchacho azotado, enrojecido y sollozante, y le hubiera rogado que me perdonara por haberle hecho tanto daño. De manera análoga al “pajismo” que usted describe en su libro, albergaba a veces el deseo completamente puro de adoptar a un pobre huérfano, dotarle de medios para que tuviera una educación y hacer de él una nueva persona que se convertiría con los años en un fiel amigo. A menudo me acomete el deseo de educar a mis compañeros. Conozco por propia experiencia los defectos de la actual pedagogía y veo a muchachos de espíritu despejado y físicamente sanos que se encaminan a marchas forzadas hacia su propia perdición; veo cómo en cuestión de años se arrastrarán por la vida como yo, decrépitos, cínicos, degenerados, desprovistos de fuerza e idealismo. Me gustaría intervenir, dedicarme a la juventud, no para aprovecharme mezquinamente de ella —nada más lejos de mi intención en ese momento— sino para advertirlos con total rectitud y con la mejor de las intenciones. Volveré sobre esto.</p>
<p>Independientemente de estos deseos, que siempre son decentes, pero que están relacionados con mi perversión, me acometía frecuentemente la idea, íntimamente relacionada y de una naturaleza sucia y sexual, de convertirme en preceptor y criado de un muchacho como yo. Una familia rica me acoge por compasión en su casa a mí que soy un pobre estudiante. Mi misión consiste en estudiar con el hijo de la familia, un bribón vago y descarado, y mantenerle ocupado todo el día. Tengo que ayudarle a verstirse y a desnudarse, tengo que prestarle todos los servicios que desee, tengo que “acatar sus órdenes”, como se dice, incluso cuando por pura maldad exige que ejecute mandatos absurdos o humillantes. “Contra la insolencia, la desobediencia o la negligencia: palo”.</p>
<p>En esto, como en el resto de fantasías semejantes, una gran parte del atractivo residía siempre en la elección de las palabras. El subalterno tenía que dirigirse al superior como “señorito” (y si había una criada encargada de la paliza, como “señorita”). El superior, aunque fuera más joven que el esclavo, tuteaba a este, le llamaba “piojoso”, “mierda”, “pillo”, “niñato”, a menudo le “amaestraba” con un silbato y le hacía ponerse en posición de “firmes” o “de rodillas” cada vez que se dirigía a él o le soltaba una bofetada (el castigo de levantarse y arrodillarse, este último endurecido a menudo usando hierros oxidados, debería haberlo mencionado más arriba, al hablar de los azotes). Las expresiones destacadas con comillas y otras como “paliza”, “bofetada”, etc. e incluso denominaciones completamente inocuas como “chico”, “chaval”, “muchacho”, “rodilla”, etc. bastaban para excitarme cuando las leía en cualquier contexto. Inmediatamente, surgían con la correspondiente palabra fantasías libidinosas.</p>
<p>Tampoco me libraba de la coprolagnia. Frecuentemente, me veía a mí mismo en poder de un joven campesino descalzo al que le tenía que lamer sus sucias piernas mientras se echaba la siesta. Cuando dejaba de apetecerle tal servicio, me plantaba una patada en la cara para que le dejara en paz. También encontraba agradable el que me escupieran. Daba en las ideas más tremendas en este campo: veía mi boca convertida en escupidera e incluso en retrete. Se me llegó a ordenar lamer escupitajos del suelo, honor por el que debía dar las gracias al amo que había soltado el salivazo, algo a lo que yo solía añadir el suplicar que me siguieran humillando. Todas estas manifestaciones de coprolagnia se presentaban también en forma sádica, aunque he de hacer notar que el escupir me inspira tal aversión que no soy capaz de hacerlo ni estando acatarrado.</p>
<p>Los esclavos de mi fantasía suelen recibir comidas repugnantes (desperdicios, como cáscaras de patata, huesos roídos, etc.) y tenían que dormir sobre el suelo desnudo.</p>
<p>Tengo que hacer especial hincapié en mi afición a los chicos descalzos; por ejemplo, un chico trabajador, vestido tan solo con unos pantalones raídos, incluso rotos, y una camiseta por el estilo que tuviera que arrastrar a golpes una pesada carreta por un cenagal cayéndose al suelo cada dos por tres&#8230; ese era a menudo mi ídolo y se contaba entre los productos más poderosos de mi sucia fantasía. Superaba aquí a veces la medida habitual de mi perversión. Una vez me imaginé que a la bestia de carga humana, al vestirse, le saltaban los botones de los pantalones y se le quedaban colgando las partes pudendas, el único caso en que estas desempeñaban un papel. Otras dos veces llegué incluso a maltratar mi propia persona. Estas fueron las dos únicas ocasiones en que abandoné el marco de lo ideal. En una de ellas me quité toda la ropa menos la camisa y los calzoncillos. Estos los enrollé de forma que parecían unos pantalones cortos y anduve un rato descalzo dando vueltas por la habitación hasta que me arrodillé delante de un espejo y me lancé un chorro de mi propia orina a la cara (!) imaginándome que esto lo hacía a un chico que, habiéndome vencido en una pelea, se había puesto de rodillas encima de mí y me demostraba ante testigos de una forma tan drástica su poder y mi sometimiento. El segundo y último caso en que abandoné el ámbito de la fantasía se dio el año pasado. Me desnudé de la forma ya mencionada y empecé a golpearme febril e incesantemente las pantorrillas desnudas con un bastón. Esto lo hice con tal fuerza que, pasados ocho días, todavía me quedaban marcas y cardenales. Mientras hacía esto volví a imaginarme que un chico que vigilaba mi trabajo como bestia de carga me azotaba “por desganado”. A diferencia de la mayoría de observaciones en el ámbito del masoquismo, al ejecutar mi fantasía sentí escaso dolor y no me vi defraudado en modo alguno; antes bien, se apoderó de mí una intensa voluptuosidad. No paré de azotarme hasta quedar agotado. Por otra parte, ese día me encontraba especialmente excitado: hacía un calor enorme (25° R a la sombra [31° C, nota del traductor]) y estaba terriblemente nervioso porque al día siguiente tenía un examen difícil para el que no me veía preparado. Es interesante mencionar que a pesar de la atonía provocada por el exceso, que me incapacitó para todo trabajo intelectual durante la noche, aprobé el examen con nota. Esto es toda una imagen de nuestra cultura: energía sobrehumana junto a debilidad infrahumana, una lucha encarnizada entre el espíritu y la materia.</p>
<p>Lamentablemente no recuerdo con exactitud mi estado psíquico anterior y posterior al otro acto real (el de la orina).</p>
<p>He mencionado anteriormente que la palabra impresa solía despertar mi deseo y he de añadir ahora que los cuadros y las estatuas también podían provocar el mismo efecto.</p>
<p>Diré, por mencionar un solo ejemplo, que los retratos de muchachos de una exposición me mantuvieron excitado durante varios días. Estaban allí retratados dos chicos, el uno tendría unos 11 años y el otro alrededor de 14. Son chicos guapos, con ropa de andar por casa, con unos pantaloncitos azules que dejan al aire unas pantorrillas fuertes y bronceadas, cubiertas de un fino vello. Los dos chicos están ahí como si, en medio de sus travesuras en el jardín, una orden del padre los hubiera obligado a detenerse. Todavía tienen rojas las mejillas; el mayor, sobre todo, tiene cara de rebelde. Con estos chicos me inventé largas historias en las que el palo desempeñaba un papel central. Ninguna persona normal podía imaginarse que tuvieran esta influencia sobre mí.</p>
<p>En el teatro me gustaba ver sobre todo obras en las que hubiera papeles de chicos, y me enfadaba si, como solía ocurrir, los interpretaban muchachas, lo que imposibilitaba mi placer sexual. Una vez que vi una versión de “Flachsmann como educador” en la que el papel de escolar lo interpretaba un chico de verdad, mi entusiasmo no conocía límites. El joven artista actuaba además magníficamente. El actor interpretó a pedir de boca la mezcla de ruda obstinación y temor pueril, esos sentimientos encontrados que experimenta todo mal estudiante cuando se encuentra delante del director y que se manifiesta en la aspereza de las contestaciones. Con ello me hizo caer una vez más en el onanismo.</p>
<p>Pero lo que más efecto me producía siempre eran las obras impresas, donde mi fantasía disfrutaba de la máxima libertad de movimientos. No hay ningún clásico, ningún escritor de prestigio, en cuya obra no haya encontrado yo algún pasaje excitante. Esto nos llevaría, por tanto, demasiado lejos si quisiera presentarlo con todos sus pormenores. Me excitaban sobre todo desde hacía años “La cabaña del tío Tom” y uno de los viajes de “Simbad el marino” en las “Mil y una noches”. Me refiero a la aventura en que un ser monstruoso se sirve de Simbad como montura. Este relato demuestra que el masoquismo era ya conocido entre los antiguos árabes.</p>
<p>El “ser cabalgado” era un elemento que aparecía repetidamente en mis fantasías, igual que el “ser uncido”. Alguna vez he llegado a sentirme como un perro de tiro al que le dan patadas o como un caballo que recibe latigazos, algo que durante los momentos de excitación trataba de explicarme como recuerdos de reencarnaciones anteriores, por más que en estado normal no crea en la inmortalidad de eso que llaman alma.</p>
<p>Un fenómeno muy extraño es que en mi estado normal siempre pienso y siento de una forma completamente diferente a como lo hago en estado de excitación sensual. En mi estado normal, por ejemplo, soy enemigo incondicional de castigar con azotes y partidario de la teoría de que los errores humanos sólo se pueden corregir convenciendo con razones y nunca mediante la violencia o mediante prohibiciones que no hacen sino incitar a saltárselas. Soy, asimismo, un partidario convencido de la búsqueda de la libertad, un “defensor de los derechos humanos”&#8230; y, sin embargo, a pesar de todo esto, encuentro en otros momentos placer en la idea de la esclavitud, en un trato inhumano.</p>
<p>Por lo que hace a mis inclinaciones sexuales contrarias, tengo que proporcionar aún algunos datos sobre mi carácter y mi comportamiento social.</p>
<p>Espiritualmente me siento siempre como hombre; sexualmente, como neutro. Insisto en que el coito normal nunca ha sido objeto de mis fantasías, como tampoco lo ha sido el coito pederasta. Me gusta mantener trato espiritual ante todo con hombres inteligentes y serios, o sea, sobre todo con hombres mayores o también con mujeres de aspecto masculino y enérgico carácter. Apenas me trato con mis colegas; en compañía de señoras mediocres o de hombres superficiales y vanidosos me siento más cohibido —porque no sé qué es lo que le interesa a la gente— que si estoy tratando a personas que me imponen por su altura de espíritu.</p>
<p>La mujer no me resulta en absoluto repugnante. Admiro incluso su belleza física, pero sólo como lo haría con un hermoso paisaje, una rosa o una casa nueva. Puedo hablar con toda tranquilidad de cuestiones sexuales sin ruborizarme y sin que nadie se percate de lo que oculto en mi interior.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 89" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-89-masoquismo-y-sadismo/">caso 89</a>] </p>
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		<title>Caso 80: masoquismo, coprolagnia</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Apr 2010 08:13:30 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Masoquismo. Coprolagnia. Z., 52 años, de clase social elevada, padre tísico, familia supuestamente sin tara, desde siempre nervioso, hijo único, asegura haber sentido una extraña excitación ya desde los 7 años al ser espectador por casualidad de cómo las criadas de la casa se quitaban zapatos y medias para limpiar las habitaciones. En una ocasión [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Masoquismo. Coprolagnia. Z., 52 años, de clase social elevada, padre tísico, familia supuestamente sin tara, desde siempre nervioso, hijo único, asegura haber sentido una extraña excitación ya desde los 7 años al ser espectador por casualidad de cómo las criadas de la casa se quitaban zapatos y medias para limpiar las habitaciones. En una ocasión le pidió a una de las muchachas que antes de ponerse a fregar le enseñara las suelas de los zapatos y hasta los dedos de los pies. Cuando empezó a ir a la escuela y a leer libros, se veía atraído por lecturas en las que se describían crueldades refinadas, torturas, sobre todo cuando se ejecutaban por orden de mujeres. Devoraba novelas sobre esclavitud, servidumbre, etc. y experimentaba tal excitación sexual con estas lecturas que empezó a masturbarse. Pero sobre todo le excitaba la idea de ser esclavo de alguna joven y hermosa dama de su entorno, tras un largo paseo con ella poder pedes lambere, praecipue plantus et spatia inter digitos. Se imaginaba a la dama en cuestión muy cruel, se representaba en su fantasía cómo esta se regodeaba en las torturas y flagelaciones que le imponía. Se masturbaba deleitándose en estas fantasías. Con 15 años se le ocurrió hacer que un caniche le lamiera los pies mientras se entregaba a estas fantasías. Un día observó cómo una hermosa criada de la casa dejaba que ese caniche le lamiera los dedos de los pies mientras leía. Esta visión produjo en Z. erección y eyaculación. Convenció entonces a la muchacha de que se dejara lamer los pies por el caniche a menudo en su presencia. Finalmente ocupó él el puesto del caniche, eyaculando cada vez que lo hacía. Entre los 15 y los 18 años estuvo interno, por lo que carecía de ocasión para tales prácticas. Se limitaba a excitarse cada par de semanas con la lectura de atrocidades cometidas por mujeres, imaginándose que a una de estas mujeres crueles tenía que digitos pedum sugere, con lo que lograba la eyaculación, acompañada de un intenso placer. Los genitales femeninos nunca presentaron el más mínimo interés para él, como tampoco se sentía atraído sexualmente por los hombres. Ya de adulto acudía a puellas y practicaba el coito con ellas, después de haberles practicado succio pedum. También hacía esto inter actum y hacía que la puella le contase con qué martirios le atormentaría hasta la muerte si no le dejaba los dedos de los pies bien limpios a base de lametazos. Z. asegura haber alcanzado su objetivo infinitas veces y que esta succio resultaba muy agradable para las personas implicadas. Los pies de damas educadas, oprimidos y deformados por zapatos estrechos, que llevaran varios días sin lavar, tenían para él un especial atractivo, pero solo le gustaba “la fina película natural que se forma con damas limpias y educadas”, también el desteñido de las medias. Los pies sudados, en cambio, solo le excitaban en su fantasía, pero en la realidad le repugnaban. También las “atroces torturas” existían para él solamente en la fantasía, como medio para excitarse; en la realidad le horrorizaban y nunca intentó ponerlas en práctica. Aun así desempeñaban un papel destacado en su fantasía y nunca dejaba de instruir a las mujeres con las que simpatizaba y con las que mantenía una relación masoquista sobre cómo debían escribirle cartas amenazadoras (que él les encargaba e inspiraba). Presentaré aquí el contenido de una de esas cartas, procedente de una colección que Z. puso a mi disposición, pues en ella se encierra la totalidad del pensamiento y sentimiento de este masoquista: “Lambitor sudoris pedum meorum!” “Me imagino con placer el momento en que me lamerá usted los dedos de los pies, sobre todo después de un largo paseo&#8230; próximamente recibirá un retrato de mi pie. Me embriagará como néctar el que usted lama el sudor de mis pies. Y si no quiere, le obligaré, le azotaré como al más bajo de mis esclavos. Tendrás que ver cómo alius favoritus sudorem pedum mihi lambit, mientras que tú gimoteas como un perro bajo los latigazos de los sirvientes. Te declararé libre como un pájaro; me producirá una cruel alegría verte sufrir, exhalando tu alma en medio de los más espantosos tormentos, lamiéndome los pies en plena agonía&#8230; Me desafía usted a ser cruel —bien, le aplastaré como a un gusano&#8230; Me pide una de mis medias. La llevaré más tiempo del que suelo, pero exijo que la bese, la lama y que ponga en remojo la parte del pie y se beba luego el agua. Si no hace todo lo que exige mi deseo, le castigaré con la fusta. Exijo obediencia incondicional. De lo contrario le haré azotar con látigos, le haré andar por una era con el suelo lleno de pinchos de hierro, o haré que le den de bastonazos y después le arrojaré a la jaula de los leones y me deleitaré contemplando cómo saborean su carne las fieras”.</p>
<p>A pesar de esta palabrería ridícula, encargada por él mismo, Z. tiene en gran estima esta carta como medio para el objetivo de satisfacer una sexualidad perversa. Según asegura, su abominación sexual, que considera una anomalía congénita, no le parece antinatural, aunque no le queda más remedio que admitir que despierta la repugnancia de las personas normales. Por lo demás es una persona honesta y de delicados sentimientos, pero sus reparos estéticos (por otra parte, pequeños) se ven superados con creces por el placer que obtiene al satisfacer sus perversos deseos.</p>
<p>Z. me dio acceso a su correspondencia con el representante literario del masoquismo: Sacher-Masoch.</p>
<p>Una de estas cartas, fechada en el año 1888, tiene como emblema la imagen de una mujer de generosas formas, con expresión masculina, medio cubierta con una piel y con una fusta en la mano, como si se estuviera preparando para azotar. Sacher-Masoch afirma que “la pasión de interpretar el papel de esclavo” está muy extendida, sobre todo entre alemanes y rusos. En la carta se cuenta la historia de un distinguido ruso a quien le gustaba que varias mujeres hermosas le ataran y azotaran. Un día encontró su ideal (sádico) personificado de tal manera en una hermosa joven francesa que se llevó a esta consigo a su país.</p>
<p>Según Sacher-Masoch, había una dama danesa que no le concedía a ningún hombre sus favores si antes no se dejaba tratar como su esclavo durante algún tiempo. Amantes coagere solebat, ut ei pedes et podicem lambeant. Hacía encadenar y azotar a sus amantes hasta que la obedecían lambendo pedes. Una vez dejó al esclavo atado a los postes de su cama con dosel y le hizo ser testigo de cómo le concedía a otro su más precioso favor. Después de que este los dejara, el esclavo amarrado fue azotado por las sirvientas hasta que accedió a lambere podicem dominae.</p>
<p>Si estas informaciones fueran verdaderas, lo que tampoco se puede creer sin más viniendo de un poeta del masoquismo, constituirían valiosos testimonios de sadismus feminarum. En cualquier caso, son ejemplos psicológicamente interesantes de la idiosincrasia de los pensamientos y sentimientos masoquistas (observación propia, Zentralblatt für die Krankheiten der Harn- und Sexualorgane IV. 7).</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 80" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-80-masoquismo-coprolagnia/">caso 80</a>] </p>
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		<title>Caso 74: fetichismo de pies y zapatos</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Feb 2010 13:00:29 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Hombre joven, fuerte, 26 años. No encuentra en el bello sexo atractivo sensual alguno que sea comparable con una elegante bota en el pie de una hermosa dama, sobre todo si es de cuero negro y está provista de tacones altos. Le basta con la bota sin la dueña. Le produce el máximo placer mirarla, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hombre joven, fuerte, 26 años. No encuentra en el bello sexo atractivo sensual alguno que sea comparable con una elegante bota en el pie de una hermosa dama, sobre todo si es de cuero negro y está provista de tacones altos. Le basta con la bota sin la dueña. Le produce el máximo placer mirarla, tocarla, besarla. El pie de una dama desnudo o simplemente con una media le deja perfectamente frío. Desde la niñez siente debilidad por las botas de señora elegantes.</p>
<p>X. es potente; durante el acto sexual, la persona tiene que estar vestida elegantemente y, sobre todo, llevar botas elegantes. En la cumbre del abandono sexual se unen pensamientos crueles a la admiración de las botas. No puede evitar pensar con placer en la agonía del animal del que ha salido el cuero para las botas. A veces no le queda más remedio que llevarle a su Friné gallinas y otros animales vivos para que esta los pise con sus elegantes botas, a fin de intensificar el placer. A esto lo llama “sacrificio a los pies de Venus”. Otra veces, la mujer tiene que pisotearle a él con sus botas, cuanto más, mejor.</p>
<p>Hasta hace un año, dado que no encontraba atractivo alguno en la mujer, se conformaba con acariciar botas de señora que fueran de su gusto, con lo que llegaba a la eyaculación y la plena satisfaccion (Lombroso, Arch. di psichiatria IX, fascic. III).</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 74" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-74-fetichismo-de-pies-y-zapatos/">caso 74</a>] </p>
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		<title>Caso 67: masoquismo ideal</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Jan 2010 08:33:45 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Señor Z., 22 años, soltero, le trajo a mí su tutor por indicación médica, pues era extremadamente nervioso y, al parecer, sexualmente no normal. La madre y la madre de la madre padecieron enfermedades mentales. El padre le engendró en una época en que padecía bastante de los nervios. Al parecer, el paciente había sido [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Señor Z., 22 años, soltero, le trajo a mí su tutor por indicación médica, pues era extremadamente nervioso y, al parecer, sexualmente no normal. La madre y la madre de la madre padecieron enfermedades mentales. El padre le engendró en una época en que padecía bastante de los nervios.</p>
<p>Al parecer, el paciente había sido un niño muy vivaz y con mucho talento. Ya con 7 años se constató que se masturbaba. A partir de los 9 años se volvió despistado, olvidadizo, no iba bien en los estudios, necesitaba siempre ayuda con las clases y protección, le costó trabajo acabar el bachillerato y durante su año como voluntario destacó por indolente y olvidadizo, así como por cometer diversas barrabasadas.</p>
<p>El motivo de la consulta fue un episodio en la calle durante el cual Z. abordó a una joven dama y pretendió, con vehemencia y gran alteración, que mantuviera una conversación con él.</p>
<p>La explicación que dio el paciente a este comportamiento fue que deseaba excitarse hablando con una muchacha decente para ser potente después en el coito con una prostituta (!).</p>
<p>El padre de Z. le describe como una persona de naturaleza bondadosa, decente pero abúlica, insulsa, descontenta de sí misma, a menudo desesperada por el poco éxito que ha tenido hasta ahora en la vida, además de ser indolente e interesarse solamente por la música, para la que está dotado de un gran talento.</p>
<p>La apariencia del paciente da indicios de personalidad neuropatológica degenerativa por su cráneo plagiocefálico, sus orejas grandes y abiertas, la deficiente inervación del nervio facial bucal derecho, así como la expresión neuropática de sus ojos.</p>
<p>Z. es alto, de constitución fuerte, con un aspecto perfectamente masculino. Pelvis masculina, testículos bien desarrollados, el pene destaca por su tamaño. Mons veneris con abundante vello, el testículo derecho más alto que el izquierdo, el reflejo del cremáster es débil en ambos lados. Intelectualmente el paciente se sitúa por debajo de la media. Él mismo es consciente de su deficiencia, se lamenta de su indolencia y pide que le hagan tener más fuerza de voluntad. Su comportamiento torpe y apocado, su mirada esquiva y su postura laxa son indicios de masturbación. El paciente reconoce haberse dado a ella desde los 7 años hasta hace un año y medio, masturbándose durante años 8—12 veces diarias. Hasta hace unos años, cuando se volvió neurasténico (presión en la cabeza, incapacidad intelectual, irritación espinal, etc.), dice haber sentido siempre un gran placer con ella. A partir de entonces, este se perdió y con ello la masturbación ha perdido su interés. Se ha ido volviendo cada vez más tímido, laxo, falto de energía, miedoso, nada le interesa, despacha sus asuntos sólo por obligación, se siente extenuado. Nunca ha pensado en el coito, desde su punto de vista como onanista no entiende cómo otros pueden encontrar placer en el coito.</p>
<p>La búsqueda de inclinaciones sexuales contrarias arrojó un resultado negativo.</p>
<p>Dice no haberse sentido nunca atraído por personas de su mismo sexo. Cree más bien haber tenido de vez en cuando una leve inclinación hacia las mujeres. Afirma haber llegado por sí mismo al onanismo. Con 13 años percibió por primera vez eyaculación de esperma como resultado de manipulaciones masturbatorias.</p>
<p>Fue necesario convencer a Z. con largas conversaciones para que se decidiera a desvelar por completo su vita sexualis. Como muestran las siguientes manifestaciones, se le podría clasificar como un caso de masoquismo ideal con sadismo rudimentario. El paciente recuerda perfectamente que ya con 6 años y sin motivo alguno aparecieron en él “fantasías violentas”. Se imaginaba que la criada le abría de piernas y le mostraba a otro sus genitales (del paciente), que intentaba arrojarle al agua fría o caliente para provocarle dolor. Estas “fantasías violentas” iban acompañadas de un sentimiento de placer y daban lugar a manipulaciones masturbatorias. El paciente las evocaba más tarde también voluntariamente para incitarse a la masturbación. Asimismo, desempeñaron un papel en sus sueños a partir de entonces. No obstante, nunca dieron lugar a poluciones, al parecer porque el paciente se masturbaba desmedidamente durante el día.</p>
<p>Con el tiempo, a estas fantasías violentas de índole masoquista se les unieron otras de tipo sádico. Al principio eran imágenes de muchachos que se masturbaban mutuamente de manera violenta, que se cortaban los genitales. Era frecuente que asumiera el papel de uno de esos muchachos, tanto el activo como el pasivo.</p>
<p>Más tarde empezaron a acudir a él imágenes de muchachas y mujeres exhibiéndose unas frente a otras: se imaginaba situaciones como, por ejemplo, que la criada arrancaba las femora a otra muchacha o que le desgarraba el pubus, también otras en las que chicos arremetían con violencia contra muchachas, les asestaban cuchilladas, les daban pellizcos en los genitales.</p>
<p>También estas imágenes le excitaban sexualmente, aunque nunca experimentó el impulso de proceder de ese modo activamente o de convertirse en objeto pasivo de ellas. Le bastaba con servirse de ellas para la automasturbación. Desde hace un año y medio tales imágenes e impulsos se han ido volviendo menos frecuentes con la disminución de la fantasía y libido sexuales, pero su contenido se ha mantenido constante. Las fantasías violentas de tipo masoquista predominan frente a las de tipo sádico. Últimamente, cuando ve a una dama se le antoja que tiene las mismas ideas sexuales que él. Con esto es con lo que explica hasta cierto punto su timidez en las relaciones sociales. Como el paciente ha oído que se librará de sus fantasías sexuales, que le van resultando molestas, cuando se acostumbre a una satisfacción sexual normal, ha intentado dos veces en el último año y medio practicar el coito, aunque tan solo sentía aversión ante él y no se prometía ningún éxito. El intento acabó también en ambas ocasiones en rotundo fracaso. La segunda vez experimentó tal aversión que arrojó a la joven de su lado y salió huyendo.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 67" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-67-masoquismo-ideal/">caso 67</a>] </p>
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		<title>Caso 57: masoquismo</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Oct 2009 08:46:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Tengo 35 años, soy normal física y psíquicamente. No tengo conocimiento de ningún caso de trastorno psíquico en mi círculo familiar más amplio, ni en la línea directa ni en la colateral. Mi padre, que tenía unos 30 años cuando nací, tenía predilección hasta donde sé por las mujeres grandes y de formas generosas. Ya [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tengo 35 años, soy normal física y psíquicamente. No tengo conocimiento de ningún caso de trastorno psíquico en mi círculo familiar más amplio, ni en la línea directa ni en la colateral. Mi padre, que tenía unos 30 años cuando nací, tenía predilección hasta donde sé por las mujeres grandes y de formas generosas.</p>
<p>Ya desde mi más tierna infancia me deleitaba en escenas que tenían como contenido el dominio absoluto de una persona sobre otra. La idea de la esclavitud tenía para mí algo enormemente excitante e igual de intenso desde la perspectiva del amo que desde la del sirviente. El que una persona pudiera poseer a otra, venderla, golpearla, me excitaba sobremanera, y leyendo “La cabaña del tío Tom” (lo que coincidió más o menos con el inicio de mi pubertad) tenía erecciones. Me excitaba especialmente la idea de uncir a una persona a un carro en el que estuviera sentada otra persona con un látigo que guiara a la primera y la hiciera avanzar a latigazos.</p>
<p>Hasta que cumplí los 20, estas ideas eran puramente objetivas y asexuales, es decir, la persona sometida que aparecía en mis imágenes era un tercero (o sea, no yo), la persona que ejercía el control tampoco era necesariamente una mujer.</p>
<p>Por tanto, estas ideas no influían en mi impulso sexual ni en la práctica de este. Aunque estas ideas me producían erecciones, no me he masturbado en mi vida. Asimismo, practicaba el coito desde los 19 años de edad sin ayudarme de dichas ideas y sin relación alguna con ellas. Tenía predilección por mujeres mayores, exuberantes y grandes, aunque tampoco les hacía ascos a las más jóvenes.</p>
<p>A partir de los 21 años de edad, las ideas empezaron a objetivarse y surgió como elemento esencial que el “ama” tenía que ser una mujer de más de 40 años, grande, fuerte. Desde entonces yo siempre era —en mi imaginación— el sumiso; el “ama” era una mujer tosca, que se aprovechaba de mí en todos los sentidos, incluido el sexual, que me enganchaba a su carro y me hacía llevarla de paseo, a la que tenía que seguir como un perro, a cuyos pies tenía que yacer desnudo, y que me golpeaba y azotaba. Este era el esqueleto fijo de mis fantasías, alrededor de las cuales giraban todas las demás.</p>
<p>Encontraba siempre en estas fantasías un infinito placer que me provocaba erecciones pero nunca eyaculaciones. De resultas de la excitación sexual despertada, buscaba a continuación alguna mujer, prefererentemente una cuya apariencia respondiera a mi ideal y practicaba el coito con ella, sin parafernalia alguna, a veces incluso sin entregarme a dichas fantasías durante el coito. Además me sentía atraído por mujeres de otro tipo y realizaba también el coito sin que me viera empujado a ello por fantasías.</p>
<p>Con eso y con todo, llevaba una vida que no resultaba demasiado anormal sexualmente, pero las fantasías se presentaban sin falta, de manera regular, y eran siempre las mismas en lo esencial. Según iba aumentando mi deseo sexual se iban reduciendo los periodos intermedios. Actualmente, las fantasías se presentan cada 15 días o 3 semanas aproximadamente. Quizás si realizara el coito previamente evitaría que aparecieran. Nunca he intentado realizar estas fantasías que se presentan con tanta regularidad y con una forma tan característica, es decir, no he tratado de llevarlas al mundo exterior, sino que me he contentado siempre con deleitarme en mis pensamientos porque estoy plenamente convencido de que mis “ideales” nunca se dejarían llevar a la práctica ni siquiera de manera aproximada. La idea de una farsa con prostitutas siempre me pareció ridícula y carente de todo sentido, puesto que una persona pagada por mí nunca podría ocupar el lugar de una “cruel ama” en mi fantasía. Dudo de que existan mujeres con tendencias sádicas como las heroínas de Sacher-Masoch. Aun cuando existieran y hubiera tenido la suerte (!) de encontrar a una de ellas, una relación con ella en medio del mundo real no dejaría de parecerme una farsa. Así es: a veces me digo que aunque hubiera sido esclavizado por una Mesalina, probablemente me hubiera cansado enseguida de las restantes privaciones de esa vida buscada por mí, y en mis intervalos lúcidos hubiera buscado la libertad por todos los medios.</p>
<p>No obstante, he encontrado la forma de lograr hasta cierto punto su realización. Cuando mi deseo sexual se encuentra muy excitado por estas fantasías, acudo a una prostituta y me imagino con gran viveza alguna historia con ese tipo de contenido en la que soy el protagonista. Cuando llevo como media hora representándome en mi interior tales situaciones (con una erección constante), realizo el coito con un extraordinario deseo y con una potente eyaculación. Cuando llega esta desaparece el espectro. Avergonzado, me marcho cuanto antes y evito volver a pensar en lo ocurrido. Después no tengo fantasías durante 15 días más o menos; si el coito es especialmente placentero, ni siquiera entiendo las situaciones masoquistas hasta el próximo ataque. Pero el siguiente ataque se presenta con toda seguridad antes o después. Debo decir, no obstante, que también practico el coito sin prepararme con tales fantasías, sobre todo con mujeres que me conocen a mí y conocen perfectamente mi condición burguesa y en cuya presencia siento pánico de esas fantasías. Sin embargo, en este caso no siempre soy potente, mientras que la potencia bajo el influjo de las fantasías masoquistas es absoluta. No me parece ocioso destacar que por lo demás en mi pensamiento y sentimiento tengo una predisposición estética y que detesto de por sí en grado extremo el maltrato a las personas. Por último, no quiero dejar de mencionar que la forma de los tratamientos con que nos dirigimos el uno a la otra también tiene su importancia. Es esencial en mis fantasías que el “ama” me trate de “tú” y yo a ella de “usted”. El ser tuteado por una persona capaz de ello, como expresión de dominio absoluto, me ha excitado desde mi más temprana juventud y sigue haciéndolo hoy.</p>
<p>He tenido la suerte de encontrar una mujer que ha convenido conmigo en todo, y sobre todo también en lo sexual, aunque (es ocioso decirlo) en modo alguno se aproxima a los ideales masoquistas.</p>
<p>Mi mujer es apacible, aunque exuberante, una cualidad sin la cual no puedo imaginarme atracción sexual alguna.</p>
<p>Los primeros meses de matrimonio transcurrieron normales en lo sexual, los ataques masoquistas brillaron por su ausencia, prácticamente había perdido el gusto por el masoquismo. Luego llegó el primer embarazo y, en consecuencia, la abstinencia forzosa. Con ello volvieron a acometerme los arrebatos masoquistas al aparecer la libido. Esto me conducía inexorablemente al coito extramarital con fantasías masoquistas —a pesar del enorme amor que sentía por mi mujer—.</p>
<p>También merece atención el hecho de que más tarde, cuando retomé el coito marital, este resultó insuficiente para desplazar las fantasías masoquistas, a diferencia de lo que sucede normalmente con un coito masoquista.</p>
<p>Por lo que respecta a la naturaleza del masoquismo, soy de la opinión de que las fantasías, o sea, la parte mental, representan el objetivo principal y son un fin en sí mismo.</p>
<p>Si el objetivo fuera la realizacion de las ideas masoquistas (es decir, la flagelación pasiva y similares), esto entraría en contradicción con el hecho de que gran parte de los masoquistas nunca dan el paso de la realización o, cuando lo intentan a pesar de todo, suelen quedar desencantados o, en cualquier caso, no logran la satisfacción esperada.</p>
<p>Por último, no quiero dejar de mencionar que me consta que el numero de masoquistas, sobre todo en las grandes ciudades, parece ser en realidad bastante grande. La única fuente de tales averiguaciones —dado que no se suele hablar de esto entre hombres— son las afirmaciones de las prostitutas. Teniendo en cuenta que estas coinciden en lo esencial, se pueden tomar por ciertos algunos hechos.</p>
<p>Entre estos se cuenta, para empezar, el que toda prostituta experimentada suele poseer algún instrumento adecuado para la flagelación (normalmente una vara), aunque hay que tener en cuenta que hay algunos hombres que simplemente se dejan azotar para aumentar su deseo sexual, es decir, que —a diferencia de los masoquistas— consideran la flagelación simplemente como un medio.</p>
<p>En cambio, casi todas las prostitutas coinciden en que hay hombres a los que les gusta hacer de “esclavos”, es decir, a los que les gusta que los llamen así, los insulten, los pisen y los golpeen. Como decía, el número de masoquistas es mayor de lo que se pudiera uno imaginar.</p>
<p>Como puede suponer, la lectura de su capítulo sobre este tema me produjo una gran impresión. Me gustaría pensar que hay cura, por decirlo de algún modo, una cura mediante la lógica, siguiendo la máxima: “tout comprendre c’est tout guerir”.</p>
<p>Naturalmente, la palabra “cura” hay que entenderla dentro de unos límites. Hay que diferenciar sentimientos generales y fantasías concretas. Los primeros no se pueden eliminar nunca. Aparecen como un relámpago y están ahí, uno no sabe de dónde han venido ni cómo.</p>
<p>Pero la práctica del masoquismo mediante la delectación en fantasías concretas y estructuradas se puede evitar o cuando menos limitar.</p>
<p>Ahora todo cambia. Yo me digo: ¿Cómo? ¿Tú te entusiasmas con cosas que resultan reprobables no solo para el sentido estético de los demás sino también para el tuyo? ¿Encuentras hermoso y deseable algo que, por otro lado, según tu propio juicio, es al mismo tiempo feo, bajo, ridículo e imposible? ¿Anhelas una situación en la que en realidad nunca te querrías encontrar? Esta idea opuesta produce inmediatamente inhibición, devuelve la sensatez, y quita su aguijón a las fantasías. De hecho, tras la lectura de su libro (hacia principios de año) no he vuelto a recrearme en esas ideas, aunque los ataques masoquistas seguían presentándose a intervalos regulares.</p>
<p>Por lo demás tengo que confesar que el masoquismo, a pesar de su carácter marcadamente patológico, no solo no consigue amargarme la vida, sino que tampoco afecta a mi vida externa en lo más mínimo. En estado no masoquista soy una persona de lo más normal por lo que hace a mis sentimientos y acciones. Es verdad que durante mis arrebatos masoquistas tiene lugar toda una revolución en mi vida sentimental, pero aun así mi forma de vida externa no sufre alteración alguna. Por mi profesión tengo que moverme mucho en público. Sigo ejerciéndola incluso en estado masoquista de forma normal.</p>
<p>El autor de las notas anteriores me envió además las siguientes observaciones:</p>
<p>I. El masoquismo es, según mi experiencia, congénito bajo todas las circunstancias y en modo alguno cultivado por el individuo. Sé positivamente que nunca me azotaron en el trasero y que mis fantasías masoquistas se manifestaron desde la más temprana juventud y que yo albergaba estos pensamientos hasta donde soy capaz de recordar. Si su aparición fuera consecuencia de un acontecimiento determinado, sobre todo de un azote, no cabe duda de que no habría perdido el recuerdo de este. Es característico que las fantasías estuvieran ya presentes con anterioridad a la libido. Por aquel entonces las fantasías eran completamente asexuales. Recuerdo que de muchacho me resultaba muy estimulante (por no decir excitante), que un chico mayor que yo me tuteara mientras que yo le trataba de usted. Procuraba entonces mantener una conversación con él arreglándomelas para que el tratamiento mutuo apareciese con la mayor frecuencia posible. Con el tiempo, conforme me fui volviendo más sexual, estas cosas solo me excitaban cuando estaban relacionadas con una mujer, que además tenía que ser (relativamente) mayor.</p>
<p>II. Mi disposición física y psíquica es completamente masculina. Tengo una barba cerrada y mucho vello por todo el cuerpo. En mis relaciones no masoquistas con el sexo femenino, la posición dominante del hombre es para mí una condición indispensable, y rechazaría enérgicamente cualquier tentativa de limitarla. Soy enérgico, aunque no demasiado atrevido, si bien la falta de atrevimiento se ve compensada cuando entramos en cuestiones que tocan al orgullo. Los fenómenos de la naturaleza (tormentas, tempestades, etc.) no me afectan en lo más mínimo.</p>
<p>En mis inclinaciones masoquistas tampoco hay nada que pudiéramos llamar femenino o afeminado (?). Sin embargo, aquí predomina el deseo de ser requerido o deseado por la mujer, aunque la relación general con el “ama”, tal como se desea, no es la que mantiene una mujer con un hombre, sino la relación del esclavo con el amo, de la mascota con su dueño. Si se extraen las consecuencias del masoquismo sin entrar en otras consideraciones, no se puede decir sino que el ideal de este es la posición de un perro o un caballo. Ambos son propiedad de otro, que los maltrata cuando le viene en gana y sin tener que rendir cuentas a nadie.</p>
<p>Precisamente este señorío ilimitado sobre vida y muerte, como solo se da con esclavos y animales, es alfa y omega de todas las fantasías masoquistas.</p>
<p>III. La base de todas las fantasías masoquistas es la libido, y aquellas siguen los flujos y reflujos de esta. Por otro lado, las fantasías acrecientan la libido considerablemente en cuanto aparecen. Por naturaleza no tengo un excesivo apetito sexual. Sin embargo, si se presentan las fantasías masoquistas, me veo arrastrado a realizar el coito a cualquier precio (por lo general me veo empujado hacia mujeres de la más baja condición), y si no se atiende pronto a este impulso, la libido se convierte enseguida prácticamente en satiriasis. Se podría hablar aquí casi de un círculo vicioso.</p>
<p>La libido aparece por el paso del tiempo o por una especial excitación (también de naturaleza no masoquista; por ejemplo, besos). A pesar de su origen, esta libido se vuelve enseguida masoquista e impura debido a las fantasías masoquistas que genera.</p>
<p>Por otra parte, tampoco cabe duda de que el deseo se ve incrementado considerablemente por impresiones externas fruto del azar, sobre todo por hallarse en las calles de una gran ciudad. La visión de mujeres hermosas e imponentes, en persona o en efigie, tiene un efecto excitante. Para el que se halla bajo el signo del masoquismo —por lo menos mientras dura el arrebato— todos las manifestaciones externas tienen un tinte masoquista. La bofetada que la maestra le administra al aprendiz, el fustazo del coche de caballos&#8230; todo causa una profunda impresión en el masoquista, mientras que en estado no masoquista le resulta indiferente o incluso le repugna.</p>
<p>IV. Ya leyendo a Sacher-Masoch me llamó la atención que los masoquistas también experimentan de vez en cuando sentimientos sádicos. También en mí he descubierto sentimientos sádicos esporádicos, aunque he de decir que estos no son tan marcados como los masoquistas y que, además de presentarse de manera poco frecuente y en cierto modo accesoria, nunca salen del marco de los sentimientos abstractos y sobre todo no adoptan la forma de fantasías concretas y coherentes. El efecto sobre la libido es el mismo.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 57" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-57-masoquismo/">caso 57</a>] </p>
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		<title>Caso 49: sadismo femenino</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2009 14:23:43 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Caso 49. La señora H., procedente de H., 26 años, viene de una familia en la que, al parecer, no se dan enfermedades nerviosas o trastornos psíquicos; la paciente, en cambio, presenta signos de histeria y neurastenia. Aunque lleva 8 años casada y es madre de un hijo, la señora H. nunca ha sentido deseos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Caso 49. La señora H., procedente de H., 26 años, viene de una familia en la que, al parecer, no se dan enfermedades nerviosas o trastornos psíquicos; la paciente, en cambio, presenta signos de histeria y neurastenia. Aunque lleva 8 años casada y es madre de un hijo, la señora H. nunca ha sentido deseos de practicar el coito. De joven fue educada en costumbres muy estrictas, permaneció prácticamente hasta el matrimonio en un estado de ingenuo desconocimiento de los procesos sexuales. Menstrúa con regularidad desde los 15 años. No parece haber anomalías dignas de mención en los genitales. El coito no solo no le resulta placentero a la paciente sino que es para ella un acto verdaderamente desagradable; su repugnancia ante él no ha dejado de crecer. La paciente no puede entender cómo alguien puede referirse a semejante acto como el máximo placer del amor, que para ella es algo mucho más elevado, que nada tiene que ver con ese impulso. He de decir también que la paciente profesa un sincero amor hacia su marido. Siente también verdadero gozo besándole, aunque no es capaz de describir esto con mayor exactitud. Sin embargo, que los genitales puedan tener algo que ver con el amor es algo que no entiende. La señora H. es además una mujer decididamente sensata y femenina.<br />
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<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 49" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-49-sadismo-femenino/">caso 49</a>] </p>
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		<title>Caso 48: sadismo femenino</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Jul 2009 23:19:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Caso 48. Un hombre casado se presentó con cicatrices de numerosos cortes en los brazos. Aclara lo siguiente sobre el origen de estas: si quiere aproximarse a su joven -y algo &#8220;nerviosa&#8221;- mujer, tiene que darse primero un corte en el brazo. Ella succiona a continuación la herida, tras lo cual se produce en ella [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Caso 48. Un hombre casado se presentó con cicatrices de numerosos cortes en los brazos. Aclara lo siguiente sobre el origen de estas: si quiere aproximarse a su joven -y algo &#8220;nerviosa&#8221;- mujer, tiene que darse primero un corte en el brazo. Ella succiona a continuación la herida, tras lo cual se produce en ella una potentísima excitación sexual.<br />
Este caso recuerda la leyenda de los vampiros, de difusión universal, cuya aparición quizá se explique por hechos sádicos.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/" target="_blank">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 48" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-48-sadismo-femenino/" target="_blank">caso 48</a>] </p>
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