Caso 40. Vendedor, 40 años. Heterosexualidad e hipersexualidad que despiertan a edad anormalmente temprana. Desde los 20 años coito solamente de manera ocasional y, a falta de otra cosa, masturbatio. Desarrolla neurastenia. Como consecuencia de un susto (sorpresa durante el coito) impotencia psíquica. Terapia sin éxito. Siendo hipersexual le resulta muy penoso esto, por lo que roza la desesperación. Desarrolla una debilidad por las niñas inmaduras, que todavía no supieran lo que era la vergüenza. Capaz de resistencia moral, superó duras luchas espirituales contra esta tendencia y se contentaba con satisfacerla con muchachas que ya no fueran inocentes y hubieran superado la edad legal; pero que parecieran más jóvenes. Su potencia no dejaba entonces nada que desear. Un día presenció cómo una señora le daba una bofetada a una bellísima hija de 14 años. Inmediatamente, potente erección y orgasmo. El mismo efecto obtenía evocando la escena. A partir de entonces el ver golpear a una niña, incluso pequeña, actuaba en él como un poderoso estímulo, aunque le bastaba con oír hablar de maltrato femenino o leer sobre él.
No obstante, resulta evidente que este sadismo tardío no es adquirido, sino que simplemente se había mantenido latente hasta entonces, pues ya existía desde hacía tiempo en forma ideal. Entre las correspondientes fantasías libidinosas se contaba el introducir extremitatem superiorem in vaginam feminae usque ad scapulam y hurgar en el interior.
Para otros casos de sadismo ideal véase Moll (Libido sexualis, pp. 324 y 500). v. Krafft “Arbeiten” IV. p. 163.
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Caso 39. Sadismo ideal con fetichismo de podex.
P., 22 años, particular, con fuertes taras hereditarias, con cinco años vio por casualidad a la institutriz castigando a su hermana de 14 años ad podicem inter genua. P. quedó muy impresionado, a partir de entonces sólo deseaba ver y tocar las nates de la hermana, lo que consiguió con cierto ingenio sin llamar la atención. Con 7 años J. se convirtió en compañero de juegos de dos niñas. Una era pequeña y delgada y la otra todo lo contrario. Él interpretaba el papel de padre severo; con la primera, que no le llamaba la atención, solamente pro forma y sin quitarle la ropa; con la otra, de 10 años, que se prestaba gustosa a sus deseos, desnudando las nates, con extraños sentimientos libidinosos e incluso erección.
Un día, tras una escena de castigo, la niña le dejó ver sus anteriora. Él la rechazó por completa falta de interés. Con unos 9 años P. se hizo amigo de un chico algo mayor que él. Un día encontraron una imagen que representaba una flagelación en un convento masculino. A P. no le costó demasiado trabajo convencer a su amigo para imitarla. Este era siempre pasivo y disfrutaba mucho con ello. Una vez P. se dejó azotar por su amigo para probar, pero solamente experimentó malestar. Esta relación duró con interrupciones hasta que los dos se hicieron adultos. Ya en la pubertad, P. eyaculaba en estos actos de flagelación.
Dominaba por completo al amigo, que le veía como un ser superior. Durante el transcurso de aquella amistad P. solamente se atrevió a ponerles la mano encima a otras personas en dos ocasiones; una vez a una joven criada, a la que azotó ad nates; la otra, a una chica de 11 años en la calle, antes cuyos gritos echó a correr despavorido.
Nunca se sintió inclinado a la masturbación, al coito con muchachas, tampoco sentimientos sexuales contrarios. Se contentaba con tocar las nates de las mujeres en lugares concurridos, rozar las posteriora de las niñas en los lugares de juego, mirar a las señoras bajo la falda al bajar del autobús o similares y ver a niños mientras los azotaban. Además practicaba sadismo-fetichismo ideal. Gozaba con situaciones fantásticas, en que azotaba a un hermano pequeño, una criada o una monja; inventaba historias que terminaban en flagelación, lo mismo con obras de teatro; respondía a anuncios del tipo “Dame sévère demande élève” y disfrutaba con la correspondencia resultante, dibujaba escenas de flagelación y de nates nudae con este mismo propósito, rebuscaba en las bibliotecas libros de contenido sádico, se hacía resúmenes de toda la literatura de este tipo, coleccionaba afanosamente ilustraciones en las que aparecía representado su fetiche y realizó él mismo algunas que expresaban su perversión con un nivel cada vez más elevado. Satisfacía su perversión por todos estos medios.
Sus fantasías iban siendo cada vez peores -desde la exhibición de nates femeninas, golpes y azotes, hasta el destrozo sangriento de estas e incluso el asesinato, lo que le espantaba a él mismo. En todo momento, lo único que le interesaba eran posteriora feminae. Se complacía en representarlas con formas hipertrofiadas. Con el tiempo, debido a las innumerables eyaculaciones ocasionadas por sus fantasías sádico-fetichistas, P. cayó en una grave neurastenia. No se decidía a buscar un tratamiento para su perversión. Recientemente, encontró a una mujer con la que podía realizar el coito porque le permitía que la flagelara inter actum.
(Regis, Archives d’Anthropologie criminelle, n.º 82, julio de 1899).
Caso 38. D., agente, 29 años, de familia con fuertes taras hereditarias, se masturbaba desde los 14 años, practicaba el coito desde los 20, pero sin especial libido y sin satisfacción, por lo que pronto se distanció de esta práctica y volvió a masturbarse. Desde el principio, estos actos estuvieron acompañados de fantasías en las que se representaba a una joven que era maltratada y obligada a soportar actos denigrantes y deshonrosos.
También la lectura de actos violentos contra las mujeres excitaba a D. sensualmente. Sin embargo, no le gustaba ver sangre, ni la suya ni la de los demás.
Nunca se había visto empujado a llevar a la práctica sus ideas sádicas, pues todo lo antinatural le repugnaba en las relaciones sexuales. Tampoco le gustaba ver feminas nudas.
No sabía decir cómo había dado en semejantes ideas sádicas. Me proporciona estos datos con ocasión de una consulta por neurastenia.