Caso 116: fetichismo de zapatos

Fetichismo de zapatos. Señor de P., descendiente de un largo linaje de nobles, 32 años, casado, acudió a mi consulta en 1890 por la “antinaturalidad” de su vita sexualis. Asegura proceder de una familia perfectamente sana, aunque ha sido nervioso desde niño y padeció corea menor con 11 años. Desde hace diez sufre frecuentemente de insomnio, así como de diversas afecciones de índole neurasténica.

Afirma no haber sido consciente de la diferencia entre sexos hasta los 15 años de edad y no haber experimentado hasta entonces excitación sexual. Con 17 años le sedujo una institutriz francesa, pero sin permitirle el coito, por lo que solo fue posible una intensa excitación sensual mutua (masturbación recíproca). En medio de tal situación, su mirada recayó en los elegantísimos botines de esta persona. Produjeron en él una fuerte impresión. Sus relaciones con esta licenciosa persona duraron cuatro meses. Durante estos contactos, sus botines se convirtieron en fetiche para este desdichado. Empezó a interesarse por los zapatos de señora y perdía literalmente la cabeza por echar el ojo a señoras hermosamente calzadas. El fetiche de calzado adquirió en su conciencia un enorme poder. Sicuti calceolus mulieris gallicae penem tetigit, statim summa cum voluptate sperma eiaculavit. Tras alejarse de su seductora, comenzó a acudir a puellis, de las que demandó la misma manipulación. Por lo general le bastaba con ello para obtener satisfacción. Solo raramente y de manera subsidiaria recurría al coito. Cada vez se sentía menos inclinado hacia él. Su vita sexualis consistía en poluciones oníricas, en las que únicamente los zapatos de señora desempeñaban un papel, así como en la satisfacción mediante calceolos feminarum, appositos ad mentulam, pero esto tenía que hacerlo la puella. En las relaciones con el otro sexo, únicamente le excitaba sensualmente el zapato y además este tenía que ser elegante, de hechura francesa y de un negro brillante, como el original.

Con el tiempo se fueron convirtiendo en condiciones accesorias las siguientes: zapato de una prostituta, siendo esta verdaderamente elegante, chic, con enaguas almidonadas y, a ser posible, con medias negras.

No había nada, por lo demás, que le interesara en la mujer. El pie desnudo le es perfectamente indiferente. Tampoco espiritualmente presenta la mujer el más mínimo atractivo para él. Nunca ha tenido deseos masoquistas en el sentido de desear que le pisaran. En el transcurso de los años su fetichismo ha llegado a adquirir tal poder que si ve por la calle a una dama con determinado aspecto y ciertos zapatos, experimenta una excitación tal que se tiene que masturbar. Una leve presión sobre el pene basta para que este hombre, que ha alcanzado un elevado grado de neurastenia, llegue a la eyaculación. También los zapatos de los escaparates, y últimamente incluso los simples anuncios de zapatos, bastan para excitarle poderosamente. Tiene una libido intensa y se alivia mediante la masturbación cuando no se ofrecen situaciones relacionadas con los zapatos. El paciente supo ver pronto lo comprometido y peligroso de su situación y, aunque se encontraba bien físicamente si dejamos de lado sus trastornos neurasténicos, tenía una gran pesadumbre moral. Buscó ayuda en los médicos más diversos. Los sanatorios con curas de agua fría y los intentos de hipnosis no sirvieron de nada. Los médicos más renombrados le aconsejaron que se casara y le aseguraron que en cuanto una muchacha le amara en serio se vería liberado del influjo de su fetiche. El paciente no tenía ninguna esperanza en su futuro, pero siguió el consejo de los médicos. Sus esperanzas, despertadas por la autoridad de los médicos, se vieron cruelmente decepcionadas, aunque llevó al altar a una dama dotada de grandes cualidades físicas y espirituales. La noche de bodas fue espantosa, se sentía como un criminal y dejó a su mujer intacta. Al día siguiente vio a una prostituta con ese cierto chic. Fue lo suficientemente débil como para mantener relaciones con ella a su manera. A continuación compró un par de botines de señora muy elegantes, los escondió en el lecho conyugal y consiguió así al cabo de unos días cumplir con el débito conyugal a base de tocarlos durante el abrazo marital. Eyaculaba de manera tardía porque tenía que forzarse para realizar el coito y pasadas unas cuantas semanas fracasó su estratagema al fallarle su fantasía. P. se sentía tremendamente desdichado y hubiera preferido poner fin a su vida. No podía satisfacer a su mujer, que se hallaba dotada de apetito sensual y se había excitado mucho con las relaciones mantenidas hasta ese momento, y la veía padecer un gran sufrimiento físico y moral. Él no podía ni quería revelar su secreto. Sintió repugnancia ante las relaciones conyugales, tenía miedo de su mujer, de las noches y de quedarse a solas con ella. No volvió a lograr una erección.

Lo intentó de nuevo con prostitutas, se satisfacía tocándoles los zapatos, después la puella tenía que calceolo mentulam tangere; él eyaculaba o, si esto no ocurría, intentaba el coito con la mujer venal, pero sin éxito, pues en ese caso se presentaba inmediatamente la eyaculación. El paciente llega a mi consulta completamente desesperado. Lamenta profundamente haber seguido, en contra de su íntima convicción, el infortunado consejo de los médicos, con el que solo ha logrado hacer desgraciada a una buena mujer e infligirle un daño físico y moral. Se pregunta si será capaz de responder ante Dios por seguir adelante con un matrimonio así. Aun cuando se sincerara con su mujer y esta lo hiciera todo por él, no habría adelantado nada, pues necesita que esté presente un cierto aroma de mujer mundana.

No hay nada de destacable en la apariencia de este desdichado si dejamos de lado su dolor de espíritu. Los genitales son perfectamente normales. La próstata tiene un tamaño un poco grande. Se lamenta de hallarse hasta tal punto bajo el dominio de sus fantasías de botas que se ruboriza de la cabeza a los pies en cuanto oye hablar de botas. Toda su fantasía gira alrededor de estas. Cuando se encuentra en sus tierras, le ocurre a menudo tener que recorrer de pronto las diez millas que le separan de la ciudad para dar satisfacción a su fetichismo en los escaparates o también con puellis.

Este hombre, digno de compasión, no llegó a decidirse a iniciar un tratamiento porque su confianza en la clase médica estaba prácticamente destruida. Un intento de comprobar si sería posible una hipnosis —y, con ella, la eliminación de la asociación fetichista— fracasó debido a la excitación espiritual del desdichado, que se hallaba completamente poseído por la idea de que había hecho infeliz a su mujer.

[Psychopathia sexualis, caso 116: fetichismo de zapatos]