Caso 67: masoquismo ideal

Señor Z., 22 años, soltero, le trajo a mí su tutor por indicación médica, pues era extremadamente nervioso y, al parecer, sexualmente no normal. La madre y la madre de la madre padecieron enfermedades mentales. El padre le engendró en una época en que padecía bastante de los nervios.

Al parecer, el paciente había sido un niño muy vivaz y con mucho talento. Ya con 7 años se constató que se masturbaba. A partir de los 9 años se volvió despistado, olvidadizo, no iba bien en los estudios, necesitaba siempre ayuda con las clases y protección, le costó trabajo acabar el bachillerato y durante su año como voluntario destacó por indolente y olvidadizo, así como por cometer diversas barrabasadas.

El motivo de la consulta fue un episodio en la calle durante el cual Z. abordó a una joven dama y pretendió, con vehemencia y gran alteración, que mantuviera una conversación con él.

La explicación que dio el paciente a este comportamiento fue que deseaba excitarse hablando con una muchacha decente para ser potente después en el coito con una prostituta (!).

El padre de Z. le describe como una persona de naturaleza bondadosa, decente pero abúlica, insulsa, descontenta de sí misma, a menudo desesperada por el poco éxito que ha tenido hasta ahora en la vida, además de ser indolente e interesarse solamente por la música, para la que está dotado de un gran talento.

La apariencia del paciente da indicios de personalidad neuropatológica degenerativa por su cráneo plagiocefálico, sus orejas grandes y abiertas, la deficiente inervación del nervio facial bucal derecho, así como la expresión neuropática de sus ojos.

Z. es alto, de constitución fuerte, con un aspecto perfectamente masculino. Pelvis masculina, testículos bien desarrollados, el pene destaca por su tamaño. Mons veneris con abundante vello, el testículo derecho más alto que el izquierdo, el reflejo del cremáster es débil en ambos lados. Intelectualmente el paciente se sitúa por debajo de la media. Él mismo es consciente de su deficiencia, se lamenta de su indolencia y pide que le hagan tener más fuerza de voluntad. Su comportamiento torpe y apocado, su mirada esquiva y su postura laxa son indicios de masturbación. El paciente reconoce haberse dado a ella desde los 7 años hasta hace un año y medio, masturbándose durante años 8—12 veces diarias. Hasta hace unos años, cuando se volvió neurasténico (presión en la cabeza, incapacidad intelectual, irritación espinal, etc.), dice haber sentido siempre un gran placer con ella. A partir de entonces, este se perdió y con ello la masturbación ha perdido su interés. Se ha ido volviendo cada vez más tímido, laxo, falto de energía, miedoso, nada le interesa, despacha sus asuntos sólo por obligación, se siente extenuado. Nunca ha pensado en el coito, desde su punto de vista como onanista no entiende cómo otros pueden encontrar placer en el coito.

La búsqueda de inclinaciones sexuales contrarias arrojó un resultado negativo.

Dice no haberse sentido nunca atraído por personas de su mismo sexo. Cree más bien haber tenido de vez en cuando una leve inclinación hacia las mujeres. Afirma haber llegado por sí mismo al onanismo. Con 13 años percibió por primera vez eyaculación de esperma como resultado de manipulaciones masturbatorias.

Fue necesario convencer a Z. con largas conversaciones para que se decidiera a desvelar por completo su vita sexualis. Como muestran las siguientes manifestaciones, se le podría clasificar como un caso de masoquismo ideal con sadismo rudimentario. El paciente recuerda perfectamente que ya con 6 años y sin motivo alguno aparecieron en él “fantasías violentas”. Se imaginaba que la criada le abría de piernas y le mostraba a otro sus genitales (del paciente), que intentaba arrojarle al agua fría o caliente para provocarle dolor. Estas “fantasías violentas” iban acompañadas de un sentimiento de placer y daban lugar a manipulaciones masturbatorias. El paciente las evocaba más tarde también voluntariamente para incitarse a la masturbación. Asimismo, desempeñaron un papel en sus sueños a partir de entonces. No obstante, nunca dieron lugar a poluciones, al parecer porque el paciente se masturbaba desmedidamente durante el día.

Con el tiempo, a estas fantasías violentas de índole masoquista se les unieron otras de tipo sádico. Al principio eran imágenes de muchachos que se masturbaban mutuamente de manera violenta, que se cortaban los genitales. Era frecuente que asumiera el papel de uno de esos muchachos, tanto el activo como el pasivo.

Más tarde empezaron a acudir a él imágenes de muchachas y mujeres exhibiéndose unas frente a otras: se imaginaba situaciones como, por ejemplo, que la criada arrancaba las femora a otra muchacha o que le desgarraba el pubus, también otras en las que chicos arremetían con violencia contra muchachas, les asestaban cuchilladas, les daban pellizcos en los genitales.

También estas imágenes le excitaban sexualmente, aunque nunca experimentó el impulso de proceder de ese modo activamente o de convertirse en objeto pasivo de ellas. Le bastaba con servirse de ellas para la automasturbación. Desde hace un año y medio tales imágenes e impulsos se han ido volviendo menos frecuentes con la disminución de la fantasía y libido sexuales, pero su contenido se ha mantenido constante. Las fantasías violentas de tipo masoquista predominan frente a las de tipo sádico. Últimamente, cuando ve a una dama se le antoja que tiene las mismas ideas sexuales que él. Con esto es con lo que explica hasta cierto punto su timidez en las relaciones sociales. Como el paciente ha oído que se librará de sus fantasías sexuales, que le van resultando molestas, cuando se acostumbre a una satisfacción sexual normal, ha intentado dos veces en el último año y medio practicar el coito, aunque tan solo sentía aversión ante él y no se prometía ningún éxito. El intento acabó también en ambas ocasiones en rotundo fracaso. La segunda vez experimentó tal aversión que arrojó a la joven de su lado y salió huyendo.

[Psychopathia sexualis, caso 67]

Caso 66: masoquismo simbólico

X., 38 años, ingeniero, casado, padre de 3 hijos, aunque está felizmente casado, no es capaz de resistirse al impulso de acudir de vez en cuando a una prostituta instruida por él y representar la siguiente comedia masoquista como preliminar de un coito. En cuanto se halla en presencia de la puella, esta tiene que agarrarle por las orejas, arrastrarle por la habitación a base de tirones de oreja y regañarle: “¿Qué haces aquí? ¿No sabes que tienes que estar en el colegio? ¿Por qué no vas al colegio?”. Al mismo tiempo le abofetea y le golpea, hasta que él se pone de rodillas y pide perdón. A continuación ella le da una canastita con pan y fruta como se hace con los niños cuando se los manda al colegio, le levanta por las orejas y le vuelve a ordenar que vaya al colegio. X. vuelve a hacerse el rebelde hasta que, bajo el estímulo de los tirones de oreja, golpes y regañinas de la puella, llega al orgasmo. En ese momento grita: “Ya voy, ya voy” y consuma el coito. Es probable, aunque no está demostrado, que esta comedia masoquista tenga que ver con el hecho de que las primeras manifestaciones de excitación sexual se dieran en su época de escolar con motivo de estos castigos y que la libido se haya vinculado a ellos por asociación. Por lo demás se desconoce la vita sexualis de X. (Dr. Carrara, en Archivio di Psichiatria XIX. 4.).

[Psychopathia sexualis, caso 66]

Caso 64: masoquismo simbólico

(Pascal, Igiene dell’amore.) Un hombre de unos 45 años acudía cada tres semanas a ver a una prostituta y le pagaba 10 francos por llevar a cabo el siguiente procedimiento. La puella tenía que desnudarle, atarle de pies y manos, vendarle los ojos y además tapar las ventanas. Luego sentaba a su huésped en un sofá y tenía que dejarle solo en su estado de indefensión. Al cabo de media hora tenía que regresar y liberarle de sus ataduras. Tras esto el hombre pagaba y se iba completamente satisfecho, para repetir visita a los tres meses más o menos.

[Psychopathia sexualis, caso 64]

Caso 59: masoquismo

X., marido modelo, de estricta moral, padre de varios hijos, tiene momentos o más bien ataques, en que acude al burdel, escoge 2-3 de las muchachas más grandes y se encierra con ellas. Corporis superiorem partem nudavit humi iacens manus supra ventrem ponens oculos claudit et puellas trans pectus suum nudatum et collum et os vadere iubet et poscit, ut transgredientes summa vi calcibus carnem premerent. A veces pide que venga una prostituta más pesada todavía o que practiquen algunos trucos que hacen el procedimiento más cruel todavía. Tras 2—3 horas tiene bastante, paga a las muchachas con vino y dinero, se frota los cardenales, se viste, paga la cuenta y vuelve a sus negocios para, al cabo de una semana más o menos, volver en busca de este singular placer.

A veces hace que se le suba en el pecho una de estas muchachas mientras que las otras la hacen girar hasta que la piel de él queda ensangrentada por la rotación de los tacones.

A menudo, una de las chicas tiene que ponérsele encima de tal forma que un zapato queda sobre los ojos con el tacón sobre un globo ocular, mientras que el otro zapato se poya en su cuello. En esta posición aguanta la presión de una persona de unas 150 libras de peso durante 4—5 minutos. El autor [Cox, A.B.] habla de docenas de casos análogos de los que ha tenido noticia. Hammond supone con razón que este hombre se ha vuelto impotente en su relación con las mujeres y que en este insólito procedimiento busca y encuentra un equivalente del coito, y que mientras se le pisotea hasta llegar a la sangre experimenta sensaciones sexuales placenteras acompañadas de eyaculación.

[Psychopathia sexualis, caso 59]

Caso 57: masoquismo

Tengo 35 años, soy normal física y psíquicamente. No tengo conocimiento de ningún caso de trastorno psíquico en mi círculo familiar más amplio, ni en la línea directa ni en la colateral. Mi padre, que tenía unos 30 años cuando nací, tenía predilección hasta donde sé por las mujeres grandes y de formas generosas.

Ya desde mi más tierna infancia me deleitaba en escenas que tenían como contenido el dominio absoluto de una persona sobre otra. La idea de la esclavitud tenía para mí algo enormemente excitante e igual de intenso desde la perspectiva del amo que desde la del sirviente. El que una persona pudiera poseer a otra, venderla, golpearla, me excitaba sobremanera, y leyendo “La cabaña del tío Tom” (lo que coincidió más o menos con el inicio de mi pubertad) tenía erecciones. Me excitaba especialmente la idea de uncir a una persona a un carro en el que estuviera sentada otra persona con un látigo que guiara a la primera y la hiciera avanzar a latigazos.

Hasta que cumplí los 20, estas ideas eran puramente objetivas y asexuales, es decir, la persona sometida que aparecía en mis imágenes era un tercero (o sea, no yo), la persona que ejercía el control tampoco era necesariamente una mujer.

Por tanto, estas ideas no influían en mi impulso sexual ni en la práctica de este. Aunque estas ideas me producían erecciones, no me he masturbado en mi vida. Asimismo, practicaba el coito desde los 19 años de edad sin ayudarme de dichas ideas y sin relación alguna con ellas. Tenía predilección por mujeres mayores, exuberantes y grandes, aunque tampoco les hacía ascos a las más jóvenes.

A partir de los 21 años de edad, las ideas empezaron a objetivarse y surgió como elemento esencial que el “ama” tenía que ser una mujer de más de 40 años, grande, fuerte. Desde entonces yo siempre era —en mi imaginación— el sumiso; el “ama” era una mujer tosca, que se aprovechaba de mí en todos los sentidos, incluido el sexual, que me enganchaba a su carro y me hacía llevarla de paseo, a la que tenía que seguir como un perro, a cuyos pies tenía que yacer desnudo, y que me golpeaba y azotaba. Este era el esqueleto fijo de mis fantasías, alrededor de las cuales giraban todas las demás.

Encontraba siempre en estas fantasías un infinito placer que me provocaba erecciones pero nunca eyaculaciones. De resultas de la excitación sexual despertada, buscaba a continuación alguna mujer, prefererentemente una cuya apariencia respondiera a mi ideal y practicaba el coito con ella, sin parafernalia alguna, a veces incluso sin entregarme a dichas fantasías durante el coito. Además me sentía atraído por mujeres de otro tipo y realizaba también el coito sin que me viera empujado a ello por fantasías.

Con eso y con todo, llevaba una vida que no resultaba demasiado anormal sexualmente, pero las fantasías se presentaban sin falta, de manera regular, y eran siempre las mismas en lo esencial. Según iba aumentando mi deseo sexual se iban reduciendo los periodos intermedios. Actualmente, las fantasías se presentan cada 15 días o 3 semanas aproximadamente. Quizás si realizara el coito previamente evitaría que aparecieran. Nunca he intentado realizar estas fantasías que se presentan con tanta regularidad y con una forma tan característica, es decir, no he tratado de llevarlas al mundo exterior, sino que me he contentado siempre con deleitarme en mis pensamientos porque estoy plenamente convencido de que mis “ideales” nunca se dejarían llevar a la práctica ni siquiera de manera aproximada. La idea de una farsa con prostitutas siempre me pareció ridícula y carente de todo sentido, puesto que una persona pagada por mí nunca podría ocupar el lugar de una “cruel ama” en mi fantasía. Dudo de que existan mujeres con tendencias sádicas como las heroínas de Sacher-Masoch. Aun cuando existieran y hubiera tenido la suerte (!) de encontrar a una de ellas, una relación con ella en medio del mundo real no dejaría de parecerme una farsa. Así es: a veces me digo que aunque hubiera sido esclavizado por una Mesalina, probablemente me hubiera cansado enseguida de las restantes privaciones de esa vida buscada por mí, y en mis intervalos lúcidos hubiera buscado la libertad por todos los medios.

No obstante, he encontrado la forma de lograr hasta cierto punto su realización. Cuando mi deseo sexual se encuentra muy excitado por estas fantasías, acudo a una prostituta y me imagino con gran viveza alguna historia con ese tipo de contenido en la que soy el protagonista. Cuando llevo como media hora representándome en mi interior tales situaciones (con una erección constante), realizo el coito con un extraordinario deseo y con una potente eyaculación. Cuando llega esta desaparece el espectro. Avergonzado, me marcho cuanto antes y evito volver a pensar en lo ocurrido. Después no tengo fantasías durante 15 días más o menos; si el coito es especialmente placentero, ni siquiera entiendo las situaciones masoquistas hasta el próximo ataque. Pero el siguiente ataque se presenta con toda seguridad antes o después. Debo decir, no obstante, que también practico el coito sin prepararme con tales fantasías, sobre todo con mujeres que me conocen a mí y conocen perfectamente mi condición burguesa y en cuya presencia siento pánico de esas fantasías. Sin embargo, en este caso no siempre soy potente, mientras que la potencia bajo el influjo de las fantasías masoquistas es absoluta. No me parece ocioso destacar que por lo demás en mi pensamiento y sentimiento tengo una predisposición estética y que detesto de por sí en grado extremo el maltrato a las personas. Por último, no quiero dejar de mencionar que la forma de los tratamientos con que nos dirigimos el uno a la otra también tiene su importancia. Es esencial en mis fantasías que el “ama” me trate de “tú” y yo a ella de “usted”. El ser tuteado por una persona capaz de ello, como expresión de dominio absoluto, me ha excitado desde mi más temprana juventud y sigue haciéndolo hoy.

He tenido la suerte de encontrar una mujer que ha convenido conmigo en todo, y sobre todo también en lo sexual, aunque (es ocioso decirlo) en modo alguno se aproxima a los ideales masoquistas.

Mi mujer es apacible, aunque exuberante, una cualidad sin la cual no puedo imaginarme atracción sexual alguna.

Los primeros meses de matrimonio transcurrieron normales en lo sexual, los ataques masoquistas brillaron por su ausencia, prácticamente había perdido el gusto por el masoquismo. Luego llegó el primer embarazo y, en consecuencia, la abstinencia forzosa. Con ello volvieron a acometerme los arrebatos masoquistas al aparecer la libido. Esto me conducía inexorablemente al coito extramarital con fantasías masoquistas —a pesar del enorme amor que sentía por mi mujer—.

También merece atención el hecho de que más tarde, cuando retomé el coito marital, este resultó insuficiente para desplazar las fantasías masoquistas, a diferencia de lo que sucede normalmente con un coito masoquista.

Por lo que respecta a la naturaleza del masoquismo, soy de la opinión de que las fantasías, o sea, la parte mental, representan el objetivo principal y son un fin en sí mismo.

Si el objetivo fuera la realizacion de las ideas masoquistas (es decir, la flagelación pasiva y similares), esto entraría en contradicción con el hecho de que gran parte de los masoquistas nunca dan el paso de la realización o, cuando lo intentan a pesar de todo, suelen quedar desencantados o, en cualquier caso, no logran la satisfacción esperada.

Por último, no quiero dejar de mencionar que me consta que el numero de masoquistas, sobre todo en las grandes ciudades, parece ser en realidad bastante grande. La única fuente de tales averiguaciones —dado que no se suele hablar de esto entre hombres— son las afirmaciones de las prostitutas. Teniendo en cuenta que estas coinciden en lo esencial, se pueden tomar por ciertos algunos hechos.

Entre estos se cuenta, para empezar, el que toda prostituta experimentada suele poseer algún instrumento adecuado para la flagelación (normalmente una vara), aunque hay que tener en cuenta que hay algunos hombres que simplemente se dejan azotar para aumentar su deseo sexual, es decir, que —a diferencia de los masoquistas— consideran la flagelación simplemente como un medio.

En cambio, casi todas las prostitutas coinciden en que hay hombres a los que les gusta hacer de “esclavos”, es decir, a los que les gusta que los llamen así, los insulten, los pisen y los golpeen. Como decía, el número de masoquistas es mayor de lo que se pudiera uno imaginar.

Como puede suponer, la lectura de su capítulo sobre este tema me produjo una gran impresión. Me gustaría pensar que hay cura, por decirlo de algún modo, una cura mediante la lógica, siguiendo la máxima: “tout comprendre c’est tout guerir”.

Naturalmente, la palabra “cura” hay que entenderla dentro de unos límites. Hay que diferenciar sentimientos generales y fantasías concretas. Los primeros no se pueden eliminar nunca. Aparecen como un relámpago y están ahí, uno no sabe de dónde han venido ni cómo.

Pero la práctica del masoquismo mediante la delectación en fantasías concretas y estructuradas se puede evitar o cuando menos limitar.

Ahora todo cambia. Yo me digo: ¿Cómo? ¿Tú te entusiasmas con cosas que resultan reprobables no solo para el sentido estético de los demás sino también para el tuyo? ¿Encuentras hermoso y deseable algo que, por otro lado, según tu propio juicio, es al mismo tiempo feo, bajo, ridículo e imposible? ¿Anhelas una situación en la que en realidad nunca te querrías encontrar? Esta idea opuesta produce inmediatamente inhibición, devuelve la sensatez, y quita su aguijón a las fantasías. De hecho, tras la lectura de su libro (hacia principios de año) no he vuelto a recrearme en esas ideas, aunque los ataques masoquistas seguían presentándose a intervalos regulares.

Por lo demás tengo que confesar que el masoquismo, a pesar de su carácter marcadamente patológico, no solo no consigue amargarme la vida, sino que tampoco afecta a mi vida externa en lo más mínimo. En estado no masoquista soy una persona de lo más normal por lo que hace a mis sentimientos y acciones. Es verdad que durante mis arrebatos masoquistas tiene lugar toda una revolución en mi vida sentimental, pero aun así mi forma de vida externa no sufre alteración alguna. Por mi profesión tengo que moverme mucho en público. Sigo ejerciéndola incluso en estado masoquista de forma normal.

El autor de las notas anteriores me envió además las siguientes observaciones:

I. El masoquismo es, según mi experiencia, congénito bajo todas las circunstancias y en modo alguno cultivado por el individuo. Sé positivamente que nunca me azotaron en el trasero y que mis fantasías masoquistas se manifestaron desde la más temprana juventud y que yo albergaba estos pensamientos hasta donde soy capaz de recordar. Si su aparición fuera consecuencia de un acontecimiento determinado, sobre todo de un azote, no cabe duda de que no habría perdido el recuerdo de este. Es característico que las fantasías estuvieran ya presentes con anterioridad a la libido. Por aquel entonces las fantasías eran completamente asexuales. Recuerdo que de muchacho me resultaba muy estimulante (por no decir excitante), que un chico mayor que yo me tuteara mientras que yo le trataba de usted. Procuraba entonces mantener una conversación con él arreglándomelas para que el tratamiento mutuo apareciese con la mayor frecuencia posible. Con el tiempo, conforme me fui volviendo más sexual, estas cosas solo me excitaban cuando estaban relacionadas con una mujer, que además tenía que ser (relativamente) mayor.

II. Mi disposición física y psíquica es completamente masculina. Tengo una barba cerrada y mucho vello por todo el cuerpo. En mis relaciones no masoquistas con el sexo femenino, la posición dominante del hombre es para mí una condición indispensable, y rechazaría enérgicamente cualquier tentativa de limitarla. Soy enérgico, aunque no demasiado atrevido, si bien la falta de atrevimiento se ve compensada cuando entramos en cuestiones que tocan al orgullo. Los fenómenos de la naturaleza (tormentas, tempestades, etc.) no me afectan en lo más mínimo.

En mis inclinaciones masoquistas tampoco hay nada que pudiéramos llamar femenino o afeminado (?). Sin embargo, aquí predomina el deseo de ser requerido o deseado por la mujer, aunque la relación general con el “ama”, tal como se desea, no es la que mantiene una mujer con un hombre, sino la relación del esclavo con el amo, de la mascota con su dueño. Si se extraen las consecuencias del masoquismo sin entrar en otras consideraciones, no se puede decir sino que el ideal de este es la posición de un perro o un caballo. Ambos son propiedad de otro, que los maltrata cuando le viene en gana y sin tener que rendir cuentas a nadie.

Precisamente este señorío ilimitado sobre vida y muerte, como solo se da con esclavos y animales, es alfa y omega de todas las fantasías masoquistas.

III. La base de todas las fantasías masoquistas es la libido, y aquellas siguen los flujos y reflujos de esta. Por otro lado, las fantasías acrecientan la libido considerablemente en cuanto aparecen. Por naturaleza no tengo un excesivo apetito sexual. Sin embargo, si se presentan las fantasías masoquistas, me veo arrastrado a realizar el coito a cualquier precio (por lo general me veo empujado hacia mujeres de la más baja condición), y si no se atiende pronto a este impulso, la libido se convierte enseguida prácticamente en satiriasis. Se podría hablar aquí casi de un círculo vicioso.

La libido aparece por el paso del tiempo o por una especial excitación (también de naturaleza no masoquista; por ejemplo, besos). A pesar de su origen, esta libido se vuelve enseguida masoquista e impura debido a las fantasías masoquistas que genera.

Por otra parte, tampoco cabe duda de que el deseo se ve incrementado considerablemente por impresiones externas fruto del azar, sobre todo por hallarse en las calles de una gran ciudad. La visión de mujeres hermosas e imponentes, en persona o en efigie, tiene un efecto excitante. Para el que se halla bajo el signo del masoquismo —por lo menos mientras dura el arrebato— todos las manifestaciones externas tienen un tinte masoquista. La bofetada que la maestra le administra al aprendiz, el fustazo del coche de caballos… todo causa una profunda impresión en el masoquista, mientras que en estado no masoquista le resulta indiferente o incluso le repugna.

IV. Ya leyendo a Sacher-Masoch me llamó la atención que los masoquistas también experimentan de vez en cuando sentimientos sádicos. También en mí he descubierto sentimientos sádicos esporádicos, aunque he de decir que estos no son tan marcados como los masoquistas y que, además de presentarse de manera poco frecuente y en cierto modo accesoria, nunca salen del marco de los sentimientos abstractos y sobre todo no adoptan la forma de fantasías concretas y coherentes. El efecto sobre la libido es el mismo.

[Psychopathia sexualis, caso 57]

Caso 54: masoquismo

Un enfermo de Tarnowsky le pidió a una persona de confianza que alquilara una casa mientras duraban sus ataques y que instruyera exactamente al personal (3 prostitutas) sobre lo que habían de hacer. Él pasaba por allí de vez en cuando y le desnudaban, masturbaban y flagelaban como se les había ordenado. Él simulaba resistencia y pedía piedad. Después le daban de comer como se había ordenado, le dejaban dormir, pero le retenían a pesar de sus protestas y le golpeaban si no se conformaba. Así lo hicieron varias veces. Cuando se le pasaba el ataque le dejaban marchar y volvía con su mujer y sus hijos, que no tenían ni idea de su enfermedad. El ataque se repetía 1 ó 2 veces al año. (Tarnowsky — op. cit.).

[Psychopathia sexualis, caso 54]

Caso 37: sadismo simbólico

Caso 37. En Viena un hombre frecuentaba a varias prostitutas sin otro propósito que enjabonarles la cara y pasarles la navaja como si las estuviera afeitando. Nunquam puellas laedit, sed haec faciens valde excitatur libidine et sperma ejaculat.

[Psychopathia sexualis, caso 37]