Caso 117: fetichismo de zapatos heterosexual, sentimiento sexual contrario adquirido

Fetichismo de zapatos heterosexual, sentimiento sexual contrario adquirido.

Señor X: “Siendo un muchacho de 16 años, tenía erecciones al ver zapatos y botas de señora elegantes, sobre todo si eran de tacón alto francés. Durante una estancia en un balnerario, una dama se percató de que su coqueto calzado me excitaba. Me hizo acompañarla a su habitación, donde me obsequió con exquisito vino y pastas. Después me dijo que yo haría un hermoso paje y me vistió de extraña manera. Me dio unas medias altas de seda, zapatos de raso de tacón alto, me puso un cinturón apretadísimo en la cintura y cubrió mi torso con una camisa con puntillas. Aquello, naturalmente, me excitó hasta la locura; sobre todo la sensación de llevar tacones (era la primera vez que me los ponía) me sigue resultando inolvidable a día de hoy. A continuación se tendió en el diván en una pose lasciva y, atrayéndome hacia sí, me masturbó. Esta mujer tendrá mi caso sobre su conciencia. Las escenas se repitieron. Me encargó un traje ajustado de punto y, a la tercera vez, me permitió el coito, que consumé con indecible placer. Yo me hallaba fuera de control, por lo que a menudo me ocurría el pasar media noche en brazos de esta Mesalina. Me bastaba con tocar sus coquetos tacones para que se presentara nuevamente la erección. Y ella se excitaba igualmente con mi traje. Como me tuve que marchar, empecé a practicar el onanismo imaginándome para ello vestidos y zapatos provocadores o, como soy buen dibujante, pintando las más increíbles “escenas de paje”. Al irme a la universidad, me hice inmediatamente con un vestuario compuesto por las prendas más excitantes: llegué a poseer cien pares de zapatos y botas de los modelos más disparatadamente fantasiosos. Cuando estoy solo, me disfrazo y me masturbo delante del espejo. Como eso no me bastaba, inicié algunas relaciones. Frecuentaba casas públicas y sentía la mayor de las libidos posibles cuando me hallaba con dos muchachas al mismo tiempo, yo con mi traje, quarum una supra me sedens penem in vaginam introducit, altera autem digito anum meum indagabat. Hasta aquel entonces era completamente heterosexual; en la calle coqueteaba única y exclusivamente con mujeres, aunque llevaba siempre llamativos zapatos y botas de tacón. En cambio, se los ocultaba a los hombres, que a menudo se fijaban en mis pies. Pero una buena noche, teniendo yo 24 años, me dijo una puella publica: ‘Si te viera mi jefe, que viene el lunes, se volvía loco’. Me explicó que el jefe, de 40 años, era un extremo apasionado de los zapatos y su mayor afán consistía en amar a un hermoso joven de esbeltos miembros ataviado con cierto traje. Ella se tenía que vestir de palafrenero, atarse un membrum virile a la cintura, etc. Aquel relato me excitó hasta lo indecible porque mi suprema pasión es la coquetería. De pronto me pareció magnífico el conquistar también a los hombres con mi figura y con mi pie, e hice que le entregara una fotografía a aquel desconocido. Él quedó entusiasmado y me ofreció a través de la muchacha elevadas sumas si estaba dispuesto a complacerle. Yo conocía la pederastia por obras de índole erótica, pero no me había interesado lo más mínimo por los hombres. Todo aquello cambió en una noche. Rechacé, naturalmente, todo dinero y solo exigí de él un traje y unos zapatos nuevos, los cuales mandó hacer de la forma más fantástica posible. Le esperé apud puellam con este traje, el cuerpo completamente depilado y desnudo, cubierto solamente con una chaquetilla de seda con ricos bordados, una hermosa peluca, una faja de seda que ocultaba los genitales pero dejaba al descubierto mi trasero, piernas desnudas y depiladas, medias cortas de seda y los más deliciosos zapatos que uno pueda imaginar. Él llegó y se volvió loco. Nudus a tergo me amplexus est atque penem in anum meum introducere tentavit. Me entregué desprovisto de toda voluntad y en consonancia con mi naturaleza pasiva a los ardientes abrazos de aquel recio hombre. Sentí un deseo irresistible de soportar la immissionem penis, pero se produjo una ejaculatio praecox; él se desplomó sobre mí balbuceando las palabras más amorosas que haya oído. Interdum puella pene meo in os recepto me satiavit. Desde aquella noche, desde que vi la impresión que podía causar en un hombre, ando vacilante a un lado y a otro. Membrum meum possident feminae quibuscum coitum suma voluptate efficio anum autem viris tribuo. Toda mi felicidad consiste en hallarme completamente desvalido en brazos de un hombre fornido que está entusiasmado con mi vestido, mis zapatos, mis generosas formas. Y lo más hermoso se produce cuando, estando yo mismo vestido con ese traje, coitum cum femina efficiens dum membrum viri in ano habeo. Empecé a partir de entonces a coquetear también con los hombres. Me pongo una chaqueta ajustada de terciopelo, una camisa fina y corta, pantalones que me queden muy ajustados de nalgas y muslos, pero anchos por abajo para que el pie, calzado en unas preciosas botas tenga un aspecto fantástico. Cuando salgo así a la calle, no se ven los tacones, pero si estoy sentado en un restaurante, en el teatro o en el tren y veo a un hombre que parece interesarse por mí, empiezo a coquetear enseñando poquito a poco la elegante hechura de mis botas. No se puede usted hacer una idea de cuántos son los que se ven incapaces de apartar la mirada de puro entusiasmo”.

[Psychopathia sexualis, caso 117: fetichismo de zapatos heterosexual, sentimiento sexual contrario adquirido]