Caso 75: fetichismo de pies y zapatos

X., 34 años, casado, de padres neuropáticos, de niño sufrió severas convulsiones, sorprendente precocidad intelectual (¡sabía leer ya con 3 años!), pero con un desarrollo desequilibrado, nervioso desde la infancia, con 7 años empieza a sentir la necesidad de manejar zapatos de mujer o los clavos de estos. La visión o, más aún, el tacto de los clavos, el contarlos, le proporcionaba un indescriptible placer.

Por las noches se imaginaba que sus primas iban a tomarse las medidas para los zapatos y que él fabricaba las herraduras para estos o cortaba el material.

Con el tiempo empezaron a acometerle las escenas de zapatos también durante el día, y sin que él lo buscara le provocaban erección y eyaculación. A menudo tomaba zapatos de mujeres de la casa y con tocarlos con el pene ya tenía una eyaculación. Durante un tiempo, en su época de estudiante, consiguió dominar estas ideas y deseos. Luego vino una etapa en que se dedicaba a escuchar los pasos de las mujeres por la calle, con lo que se estremecía de placer, igual que cuando veía poner clavos en las suelas de los zapatos de señora o contemplaba los zapatos en los escaparates.

Se casó y durante los primeros meses de matrimonio estuvo libre de estos impulsos. Poco a poco se fue volviendo histeropático y neurasténico.

En ese estadio bastaba para que le entraran ataques de histeria con que el zapatero le hablara de clavos en zapatos de señora o de clavar las suelas de los zapatos de señora. Mayor aún era la reacción cuando veía a una bella dama que llevaba zapatos con muchos clavos. Para llegar a la eyaculación le bastaba con recortar suelas de zapatos de señora en un cartón y clavetearlas. También compraba zapatos de señora y pedía que les pusieran clavos en la tienda. Arañaba el suelo con ellos en casa y tocaba finalmente con ellos la punta de su pene. Pero también se presentaban espontáneamente situaciones libidinosas con zapatos en las que se satisfacía mediante la masturbación.

X. es por lo demás inteligente, aplicado en su oficio, pero lucha en vano contra sus deseos perversos. Presenta fimosis; pene corto, de paredes convexas, sin ser plenamente capaz de erección. Un día el paciente se puso a masturbarse ante una zapatería al ver una suela de zapato de señora claveteada y fue condenado por ello (Blanche, Archives de Neurologie, 1882, Nr. 22).

[Psychopathia sexualis, caso 75]

Caso 74: fetichismo de pies y zapatos

Hombre joven, fuerte, 26 años. No encuentra en el bello sexo atractivo sensual alguno que sea comparable con una elegante bota en el pie de una hermosa dama, sobre todo si es de cuero negro y está provista de tacones altos. Le basta con la bota sin la dueña. Le produce el máximo placer mirarla, tocarla, besarla. El pie de una dama desnudo o simplemente con una media le deja perfectamente frío. Desde la niñez siente debilidad por las botas de señora elegantes.

X. es potente; durante el acto sexual, la persona tiene que estar vestida elegantemente y, sobre todo, llevar botas elegantes. En la cumbre del abandono sexual se unen pensamientos crueles a la admiración de las botas. No puede evitar pensar con placer en la agonía del animal del que ha salido el cuero para las botas. A veces no le queda más remedio que llevarle a su Friné gallinas y otros animales vivos para que esta los pise con sus elegantes botas, a fin de intensificar el placer. A esto lo llama “sacrificio a los pies de Venus”. Otra veces, la mujer tiene que pisotearle a él con sus botas, cuanto más, mejor.

Hasta hace un año, dado que no encontraba atractivo alguno en la mujer, se conformaba con acariciar botas de señora que fueran de su gusto, con lo que llegaba a la eyaculación y la plena satisfaccion (Lombroso, Arch. di psichiatria IX, fascic. III).

[Psychopathia sexualis, caso 74]

Caso 73: fetichismo de pies y zapatos

Comunicado por Mantegazza en sus “Estudios antropológicos”, 1886, p. 110. X., americano, de buena familia, buena constitución física y moral; desde la época del despertar de su pubertad, solo lograba excitarse sexualmente con el zapato de una mujer. El cuerpo de esta o también, sobre todo, su pie desnudo o cubierto con una media, no le causaban impresión alguna, pero el pie enfundado en un zapato o hasta el zapato por sí solo le producían una erección e incluso una eyaculación. Le bastaba con la mera visión, en caso de que hubiera botas elegantes a su disposición, es decir, de cuero negro, de las que se abrochan a un lado y con tacones lo más altos posible. Su impulso genital se excita poderosamente cuando toca, besa o se calza unas botas de estas. Para incrementar su placer, traspasa las suelas con clavos, de modo que las puntas se le claven en la carne al andar. Experimenta así dolores espantosos, pero al mismo tiempo verdadero placer. Su máximo gozo consiste en arrodillarse a los pies de una dama, hermosos y elegantemente calzados, y recibir patadas de ellos. Si quien lleva los zapatos es una mujer fea, esto no surte efecto y su fantasía se enfría. Si el paciente solo tiene los zapatos a su disposición, su fantasía les añade una bella mujer y logra así la eyaculación. Sus sueños nocturnos giran alrededor de los botines de mujeres hermosas. La visión de los zapatos de señora en los escaparates le parece inmoral, mientras que hablar sobre la naturaleza de la mujer le parece inofensivo y de poco gusto. X. ha intentado el coito en diversas ocasiones, pero sin éxito. Nunca llegó a la eyaculación.

[Psychopathia sexualis, caso 73]

Caso 72: fetichismo de pies y zapatos

Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.

Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.

Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.

Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.

M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.

Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.

Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.

A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.

Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.

Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba… pero todo esto no servía de nada.

M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.

Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.

Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:

Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.

M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.

Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.

[Psychopathia sexualis, caso 72]

Caso 72. Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.

Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.

Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.

Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.

M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.

Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.

Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.

A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.

Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.

Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba… pero todo esto no servía de nada.

M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.

Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.

Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:

Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.

M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.

Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.

Caso 70: fetichismo de pies y zapatos

Señor X., 25 años, de padres sanos, anteriormente nunca enfermo de consideración, puso a mi disposición la siguiente autobiografía: “Empecé a masturbarme con 10 años sin que esto fuera nunca acompañado de pensamientos libidinosos. Ya por aquella época —esto lo sé con certeza—, la visión y el tacto de unas botas elegantes de mujer ejercían sobre mí un embrujo sin igual; mi mayor deseo era poder llevar también unas botas así, deseo que pude realizar también de vez en cuando en bailes de disfraces. Después fue un pensamiento completamente diferente el que comenzó a atormentarme: mi ideal consistía en verme en una situación humillante, me hubiera gustado ser esclavo, deseaba ser castigado, en definitiva, recibir el trato que se describe en las numerosas historias de esclavos. No sabría decir si este deseo surgió en mí por la lectura de estos libros o de forma espontánea.

“Con 13 años llegó la pubertad; con la aparición de las eyaculaciones aumentó el placer y me masturbaba con más frecuencia, a menudo 2 ó 3 veces al día. Durante el periodo de los 12 a los 16 años tenía siempre la fantasía durante el acto onanista de que me obligaban a llevar botas de chica. La visión de una bota elegante en el pie de una chica medianamente guapa me enloquecía, yo buscaba con ansia llevar el olor a cuero a mi nariz. Para oler el cuero también durante el onanismo me compraba manguitos de cuero, que olfateaba mientras me masturbaba. Mi pasión por las botas de cuero de mujer sigue siendo hoy la misma, solo que desde que cumplí los 17 años se le ha unido el deseo de convertirme en criado, limpiarles las botas a damas distinguidas, tener que ayudarlas a vestirse y desnudarse, y similares.

“Mis sueños nocturnos consisten siempre en escenas con zapatos: estoy ante el escaparate de una zapatería, a veces miro el elegante calzado de señora, sobre todo los zapatos con botones, o ad pedes feminae jaceo et olfacio et lambo calceoles eius. Hace más o menos un año que he dejado el onanismo y acudo ad puellas; el coito se consuma concentrando mi pensamiento en botas de señora con botones, a veces me llevo el zapato de la puella conmigo a la cama. Nunca he sufrido trastornos debidos a mi anterior onanismo. Se me da bien estudiar, tengo buena memoria, no he tenido en mi vida dolor de cabeza. Esto es lo que tenía que contar sobre mí.

“Un par de palabras aún a propósito de mi hermano: estoy convencido de que él también es fetichista de zapatos; entre muchos otros hechos que me lo demuestran, destacaré solamente uno: para él es todo un placer que le aseste patadas una de nuestras primas (increíblemente guapa). Por lo demás, me comprometo a decir de cualquier hombre que se para ante una zapatería y se queda mirando los zapatos si es ‘amigo de los zapatos’ o no. Esta anomalía es enormemente frecuente; si hablando con conocidos saco el tema de qué es lo que los atrae en una mujer, se oye con gran frecuencia que resulta más atractiva la mujer vestida que la desnuda; aunque todo el mundo tiene mucho cuidado de no nombrar su fetiche especial. Tengo un tío que también creo que es fetichista de zapatos”.

[Psychopathia sexualis, caso 70]

Caso 69: fetichismo de pies y zapatos

Z., 28 años, hereditaria y constitucionalmente neuropático, afirma haber tenido una polución ya con 11 años. En aquella época sufrió un castigo de su madre ad podicem que en aquel momento sintió únicamente como doloroso, pero que en su memoria quedó asociado con sentimientos placenteros. Esto le llevó a reproducir su recuerdo cada vez más frecuentemente y a asestarse así él mismo verbera ad podicem. Con unos 13 años empezó a sentir debilidad por las botas de señora elegantes de tacón alto. Alcanzaba la eyaculación presionando con ellas inter femora. Poco a poco le iba bastando para ello tan solo con pensarlo. A estas fantasías con botas se les unió pronto un conjunto de ideas masoquistas más placenteras todavía. Se recreaba en la idea de yacer a los pies de una dama joven y hermosa y que esta le pisara con sus hermosas botas. Esto iba acompañado de eyaculación. Así llegó a los 21 años sin haber deseado nunca el coito o haber sentido interés por los genitales femeninos. Entre los 21 y los 25 años, durante una grave tuberculosis, vuelta a las inclinaciones masoquistas. Ya curado, Z. mantuvo un encuentro en una única ocasión con una puella. Este fue desafortunado, pues cuando la vio denudata, desapareció toda libido y no hubo forma de alcanzar la erección. Volvió a partir de entonces a su mundo masoquista-fetichista. Su esperanza sigue siendo encontrar algún día el ideal de sus fantasías masoquistas —una mujer sádica— y llegar con su ayuda a mantener relaciones sexuales normales.

[Psychopathia sexualis, caso 69]

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Caso 58: masoquismo

Señor Z., funcionario, 50 años, grande, musculoso, sano, desciende al parecer de padres sanos, aunque el padre era 30 años mayor que la madre en el momento de la concepción. Una hermana, dos años mayor que Z., padece delirio persecutorio. La presencia exterior de Z. no ofrece nada destacable. Esqueleto perfectamente masculino, barba poblada, aunque carece completamente de vello en el tronco. Se describe a sí mismo como hombre de temperamento, que no es capaz de negarle nada a nadie, pero al mismo tiempo es irascible y se calienta con facilidad, aunque inmediatamente lo lamenta.

Al parecer, Z. nunca se ha masturbado. Desde la juventud poluciones nocturnas en las que nunca tuvo un papel el acto sexual, aunque sí que lo tuvo siempre la mujer. Soñaba, por ejemplo, que una mujer que le resultaba simpática se apoyaba con fuerza contra él o que estaba dormitando en la hierba y, en broma, se le montaba en la espalda. Z. siempre ha sentido repulsión hacia el coito con una mujer. Este acto se le antojaba animal. No obstante, se sentía atraído por las mujeres. Sólo en compañía de mujeres y muchachas hermosas se sentía a gusto y en su sitio. Era muy galante, sin llegar a ponerse pesado.

Una mujer exuberante, de hermosas formas, sobre todo con pies bonitos, era capaz de ponerle en estado de máxima excitación estando sentada. Se sentía movido a ofrecerse como silla para “poder sostener tal maravilla”. Una patada, una bofetada de ella hubiera hecho su felicidad. Ante la idea de practicar el coito con ella sentía horror. Sentía la necesidad de servir a la mujer. Le parecía que a las damas les gustaba cabalgar. Se deleitaba en la idea de lo hermoso que sería sufrir bajo el peso de una mujer hermosa para darle gusto. Se pintaba esta situación desde todos los ángulos, se imaginaba el hermorso pie con espuelas, las soberbias pantorrillas, los muslos turgentes. Cualquier dama de hermosa figura, cualquier pie hermoso de mujer excitaba su fantasía y cada vez con mayor intensidad, aunque nunca reveló sus sentimientos aberrantes, que a él mismo le parecían anormales, y siempre supo controlarse. Tampoco sentía, no obstante, necesidad alguna de combatirlos; antes al contrario, le hubiera resultado penoso tener que renunciar a unos sentimientos que tanto apreciaba.

Con 32 años, Z. conoció por casualidad a una mujer de 27 que le resultaba simpática. Estaba separada de su marido y se hallaba en situación de necesidad. Se ocupó de ella, trabajó para ella desinteresadamente durante meses. Una noche ella le reclamó satisfacción sexual con fogosidad, casi violentamente. El coito trajo consecuencias. Z. se llevó a la mujer consigo, vivió con ella, realizaba el coito con moderación, veía el coito más como una carga que como un placer, tenía dificultades con la erección, era incapaz de satisfacer adecuadamente a la mujer, hasta que ella anunció que no deseaba seguir manteniendo relaciones con él, puesto que la excitaba sin satisfacerla. Aunque amaba a la mujer infinitamente, no lograba librarse de sus fantasías. Vivió desde entonces con la mujer manteniendo una mera relación de amistad y lamentaba profundamente no poder servirla a su manera.

El miedo a la reacción de ella antes tales proposiciones, unido a un sentimiento de vergüenza, le disuadieron de descubrirse ante ella. Encontró un sucedáneo en sus sueños. Así, soñaba, por ejemplo, que era un noble y ardiente caballo montado por una bella dama. Sentía el peso de esta, las riendas, a las que tenía que obedecer, la presión de los muslos en los costados, oía su voz alegre y bien timbrada. El esfuerzo le hacía sudar, el sentir las espuelas hacía el resto y le traía una polución acompañada de un sentimiento enormemente placentero.

Bajo el influjo de tales sueños, Z. superó hace 7 años su vergüenza a experimentar algo parecido en la realidad.

Consiguió encontrar oportunidades “adecuadas”. Cuenta lo siguiente al respecto: “Me las arreglaba para encontrar la forma de que ella misma se me sentara en la espalda. Entonces procuraba hacerle esa situación lo más agradable posible y conseguía así fácilmente que ella misma me dijera la vez siguiente: ‘Anda, déjame montar un poquito a caballo’. Yo, que soy un hombre grande, me apoyaba con las dos manos en una silla y ponía la espalda en posición horizontal. Ella se me sentaba encima cabalgando como un hombre. Yo imitaba a continuación lo mejor que podía todos los movimientos de un caballo y me gustaba que ella me tratara como si fuera un caballo de verdad, sin miramientos. Podía golpearme, espolearme, regañarme, acariciarme, según le viniera en gana. Personas de 60-80 kilos podía soportarlas sobre la espalda de 1/2 hora a 3/4 de hora ininterrumpidamente. Transcurrido ese tiempo, solía pedir un descanso. Durante ese tiempo, mi relación con el ama era totalmente inofensiva y ni siquiera se mencionaba lo anterior. Tras un cuarto de hora me encontraba recuperado por completo y me ponía nuevamente a disposición del ama con sumo gusto. Si el tiempo y las circunstancias lo permitían, hacía esto 3 ó 4 veces seguidas. Podía ocurrir a veces que me entregara por la mañana y por la tarde. Después no me sentía cansado ni experimentaba ningún sentimiento desagradable; tan solo, ese día tenía pocas ganas de comer. Siempre que era posible prefería hacerlo con el tronco descubierto para sentir mejor la fusta. El ama tenía que ir bien arreglada. Me gustaba sobre todo que llevara unos zapatos y unas medias bonitos, pantalones bombachos, el tronco completamente vestido, y sombrero y guantes”.

El señor Z. explica asimismo que lleva 7 años sin practicar el coito, aunque se considera potente. El ser montado por damas suple por completo ese “acto animal” por más que no se produzca eyaculación.

Hace 8 meses Z. se propuso renunciar a su deporte masoquista y se ha mantenido fiel a su propósito desde entonces. Aun así asegura que si una muchacha solamente un poco hermosa le dijera sin rodeos “ven, que me vas a llevar a caballo”, no tendría fuerzas para resistirse a la tentación. Z. desea saber si su anomalía tiene curación, si es un vicioso abominable o un enfermo digno de compasión.

[Psychopathia sexualis, caso 58]

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Caso 55: masoquismo

X., 34 años, severas taras, padece inclinaciones sexuales contrarias. Por diversos motivos no era capaz de satisfacer sus deseos con un hombre a pesar de tener gran necesidad de ello. De vez en cuando soñaba que una mujer le azotaba. Tenía entonces una polución.

Este sueño le llevó a hacerse maltratar por meretrices como sucedáneo del amor entre hombres. Conducit sibi non nunquam meretricem, ipse vestimenta sua omnia deponit, dum puellae ultimum tegumentum deponere non licet, puellam pedibus ipsum percutere, flagellare, verberare iubet. Qua re summa libidine affectus pedem feminae lambit quod solum eum libidinosum facere potest: tum eiaculationem assequitur. Esta va a acompañada de una gran repugnancia ante la humillante situación, de la que se aparta lo más rápidamente posible.

[Psychopathia sexualis, caso 55]

X., 34 años, severas taras, padece inclinaciones sexuales contrarias. Por diversos motivos no era capaz de satisfacer sus deseos con un hombre a pesar de tener gran necesidad de ello. De vez en cuando soñaba que una mujer le azotaba. Tenía entonces una polución.

Este sueño le llevó a hacerse maltratar por meretrices como sucedáneo del amor entre hombres. Conducit sibi non nunquam meretricem, ipse vestimenta sua omnia deponit, dum puellae ultimum tegumentum deponere non licet, puellam pedibus ipsum percutere, flagellare, verberare iubet. Qua re summa libidine affectus pedem feminae lambit quod solum eum libidinosum facere potest: tum eiaculationem assequitur. Esta va a acompañada de una gran repugnancia ante la humillante situación, de la que se aparta lo más rápidamente posible.