Tag: orina

Caso 89: masoquismo y sadismo

Señor X.: “La primera manifestación de mi impulso sexual se remonta a la edad de 13 años. Debido a mi pereza, me amenazaron —aunque no fuera en serio— con ponerme de aprendiz. Un día empecé a pintarme en mi fantasía el oficio de aprendiz de albañil: cómo sudaba por el esfuerzo mientras trajinaba vestido con una ropa de trabajo ligera; cómo los chicos mayores, que eran mis superiores, me cargaban de trabajo, se burlaban de mí y me imponían castigos físicos. Estas fantasías producían en mí una sensación que hoy reconozco como libidinosa. Me imaginaba que me castigaban presionándome en las zonas erógenas que rodean al ano y así tuve mi primera eyaculación. Este fenómeno me resultó totalmente incomprensible; hasta entonces yo solo había visto en el pene una vía para expulsar la orina, y tenía una idea más bien oscura o más bien ninguna idea sobre la reproducción humana, por lo que no sabía qué pensar de aquel líquido que había surgido repentinamente. Lo llamé “leche de chico” y no veía en su expulsión maldad alguna sino tan solo un curioso incidente que me propuse investigar. Describo esto tan detalladamente para poner de relieve que mi onanismo se desarrolló por puro instinto, sin ser incitado a ello y sin que hubiera mala voluntad por mi parte. No tardé en descubrir en los días siguientes que la eyaculación se lograba más fácilmente manipulando el pene con las manos. Como el sentimiento libidinoso que experimentaba con ello resultaba placentero y yo no veía en ese acto nada que no fuera la satisfacción de un placer natural (como el olfato, por ejemplo), el onanismo pronto se convirtió en costumbre.

En la línea de lo ocurrido en la primera ocasión, las fantasías que lo acompañaban eran siempre de índole perversa. Tras la lectura de su libro, he de considerar esta anomalía como una mezcla de sadismo y masoquismo acompañada de fetichismo y complicada de homosexualidad, y la única causa que se me ocurre es la excitación del impulso sexual antes de recibir una preparación al respecto. Cuando finalmente, con más de 17 años de edad, fui a dar en una enciclopedia con la historia natural de la humanidad debidamente explicada, era ya demasiado tarde, puesto que mi impulso sexual se había corrompido por efecto de los numerosos actos de onanismo.

Voy a intentar dar una idea de las fantasías que solían dar pie a mi onanismo.

El objeto de mis fantasías eran siempre chicos de entre 10 y 16 años, la edad en que empiezan a desarrollarse la inteligencia y la belleza corporal, pero solo mientras llevaban pantalones cortos. Estos eran imprescindibles. Todo chico conocido cuya contemplación en los años de los pantalones cortos me hubiera excitado pasaba a dejarme totalmente frío en cuanto empezaba a ponerse pantalones largos. Aunque yo no demostrara excitación alguna, literalmente me iba detrás del primer pantalón corto que se me cruzara por la calle, igual que otros se van detrás de unas faldas. Este impulso era universal. Yo me gustaba a mí mismo igual que mis colegas, que lo mismo podían ser mendigos descalzos y andrajosos que príncipes. Si se me pasaba un día sin ver a nadie que pudiese convertirse en objeto adecuado para mi fantasía, imaginaba todo tipo de figuras ideales y, cuando me hice mayor, me veía a mí mismo otra vez en la edad crítica, vestido con los atavíos a los que respondía mi impulso, y envuelto en todo tipo de situaciones posibles e imposibles.

Aparte de los pantalones cortos, que tenían que ser lo suficientemente cortos para dejar a la vista las hermosas formas de la pierna de rodilla para abajo, era imprescindible una ropa infantil ligera. En mi fantasía desempeñaban un importante papel las camisetas, las blusas de marinerito, las medias negras largas o también los calcetines blancos, que dejaban al aire rodilla y pantorrilla. En cuanto a los tejidos de los trajes, me gustaban sobre todo las telas de algodón ligero y tenían que estar, o bien nuevas a estreno e impolutas, o bien sucias, arrugadas y con rotos por los que asomaran los muslos. Pero también me gustaban los pantalones de loden o de paño azul y los pantalones de cuero ajustados. Los anuncios de ropa de niño me excitaban sobremanera (cuanto más barata, mejor). Si decía, por ejemplo: “Trajes completos de niño para 10-14 años a partir de 3 francos”, ya era para mí motivo de alborozo. Me imaginaba que con 14 años, y habiendo dado un estirón, recibía a cambio de esa cantidad ridícula una ropa raquítica calculada para 8 años. Por lo que respecta al cuerpo de mis objetos, estos tenían que tener el pelo corto y, a ser posible, rubio, un rostro fresco y descarado, con ojos brillantes e inteligentes y una figura esbelta y proporcionada. Las piernas, que era a lo que daba más importancia, tenían que ser gráciles: unas rodillas delgadas, unas pantorrillas firmes y unos tobillos elegantes eran imprescindibles. A menudo me sorprendía a mí mismo dibujando estos cuerpos y prendas “ideales”. Nunca pensaba en los genitales; la definición de pederastia la encontré por primera vez en su libro. Nunca se me ocurrió ni siquiera la idea de cometer un acto semejante. Las figuras completamente desnudas carecían prácticamente de efecto, es decir, producían una impresión estética pero nunca sexual en mi fantasía.

Ya he descrito, por tanto, los objetos de mi fantasía y me queda explicar lo que hacía mi espíritu excitado con estos desdichados objetos.

Llego así al verdadero núcleo de mi anomalía, esa mezcla de sadismo y masoquismo a la que ya me he referido. No puedo creer que sadismo y masoquismo sean opuestos. El masoquismo es tan solo una forma especial de sadismo, de la misma manera que el altruismo es una forma especial de egoísmo, paradoja cuya explicación dejo para el final. Los crueles actos que imaginaba mi fantasía se referían tanto a mi persona como a cualquier otra que resultara sexualmente excitante; me podía ocurrir incluso el sentirme torturado en otra persona, de modo que gozaba de mis propios dolores imaginarios mientras veía retorcerse bajo los golpes a otro chico. A menudo me veía a mí mismo junto a otro compañero entre las piernas de un implacable superior que dejaba las cuatro pantorrillas llenas de marcas anchas y sangrientas a base de latigazos. En esos momentos sentía tanto el placer de la propia humillación como la gozosa conciencia de que otro ser humano era humillado, o sea, masoquismo y sadismo en un mismo instante. Dos opuestos no se dejarían reunir sin más en tan breve lapso de tiempo. Por otra parte, tiendo a atribuirle esta estrecha mezcla a mi propio carácter, que es fuertemente objetivo, más allá de la vita sexualis. Siempre ando tratando de meterme por completo en la situación y sentimientos del otro, así como de juzgarme a mí mismo de forma exacta e implacable desde el punto de vista de un observador imparcial.

Por lo que respecta a la naturaleza de mis pensamientos sádico-masoquistas, estos consistían esencialmente, como ya he indicado, en la administración de crueles castigos físicos a un muchacho como yo o incluso a mí mismo en la edad crítica. Se alternaban aquí bofetadas, coscorrones, tirones de pelo y de orejas, azotes con palos, látigos, correas, etc., patadas y otros actos de violencia. Lo que más me impresionaba eran los latigazos cuando se asestaban en las delicadas corvas o en pantorrillas descubiertas. También me gustaban los golpes en la zona de alrededor de las orejas. También se arreaban palos a ciegas por todo el cuerpo. Las patadas asestadas con los pies descalzos me parecían más humillantes que las que se daban con calzado y por eso mismo resultaban más de mi gusto. Especialmente placentero me resultaba el arrastrar a alguien por las orejas dándole de bofetadas o de latigazos. Me gustaba que la víctima suplicara recibir el castigo para purgar alguna mala acción y diera las gracias humildemente tras recibir la paliza. También me regodeaba en la idea de obligar a las víctimas ideales a obedecer la orden de alargar la palma o el dorso de la mano para maltratárselas dolorosamente con un bastón.

He de añadir que, quitando alguna que otra bofetada en peleas con compañeros, no he sido golpeado en mi vida y tampoco he visto azotar a nadie de manera que se acerque ni de lejos a la crueldad pintada por mi fantasía.

Las personas que administraban el castigo eran de lo más diverso. Por lo general se trataba de hombres, raramente mujeres (el único caso en que se ha dado un momento heterosexual). Siempre imaginaba algún fundamento legal para la paliza. Los atormentadores contaban con una base de apariencia legal para su proceder. Esta se hallaba en un poder otorgado por el responsable legal del castigado o en un acuerdo alcanzado con este.

Especialmente sofisticado resultaba el asunto cuando no solo el castigado sino también el castigador era un muchacho como yo. Hacía plausible este caso, o bien poniendo a un chico pobre al servicio de una familia rica a la que pertenecía un chico de la misma edad o más joven, o bien mediante “normas de reforma escolar”. Cada clase tenía entonces su propio uniforme, que se describía exactamente en muchos párrafos, y los alumnos de las clases superiores poseían, de manera semejante a lo que ocurre en Inglaterra, el derecho a mandar y castigar a los de las clases inferiores; los alumnos destacados estaban por encima de los normales, estos, a su vez, por encima de los que suspendían y así sucesivamente. Los mejores en clase de gimnasia ocupaban una posición muy destacada, pues podían azotar y abofetear incluso a los primeros de la clase si hacían mal los ejercicios o si se les veía desganados. Cuando un chico más pequeño (por ejemplo, uno de doce años) castigaba a uno mayor (por ejemplo, de quince años), aquello representaba el máximo placer, lo mismo si me imaginaba en un papel activo, que pasivo o incluso neutral.

La idea del calor animal de mis favoritos tenía algo embriagador. La sensación de “estar atrapado entre las piernas” me excitaba extraordinariamente. Toda idea de sudor me resultaba agradable y encontraba enormemente atrayente el olor a pies sudados.

Cuando el castigo concluía en mi espíritu sin que consumara el onanismo, siempre volvía a la sensatez súbitamente. Sentía entonces a menudo una profunda compasión por el castigado. En ese momento hubiera estrechado en mis brazos a cualquier precio a aquel pobre muchacho azotado, enrojecido y sollozante, y le hubiera rogado que me perdonara por haberle hecho tanto daño. De manera análoga al “pajismo” que usted describe en su libro, albergaba a veces el deseo completamente puro de adoptar a un pobre huérfano, dotarle de medios para que tuviera una educación y hacer de él una nueva persona que se convertiría con los años en un fiel amigo. A menudo me acomete el deseo de educar a mis compañeros. Conozco por propia experiencia los defectos de la actual pedagogía y veo a muchachos de espíritu despejado y físicamente sanos que se encaminan a marchas forzadas hacia su propia perdición; veo cómo en cuestión de años se arrastrarán por la vida como yo, decrépitos, cínicos, degenerados, desprovistos de fuerza e idealismo. Me gustaría intervenir, dedicarme a la juventud, no para aprovecharme mezquinamente de ella —nada más lejos de mi intención en ese momento— sino para advertirlos con total rectitud y con la mejor de las intenciones. Volveré sobre esto.

Independientemente de estos deseos, que siempre son decentes, pero que están relacionados con mi perversión, me acometía frecuentemente la idea, íntimamente relacionada y de una naturaleza sucia y sexual, de convertirme en preceptor y criado de un muchacho como yo. Una familia rica me acoge por compasión en su casa a mí que soy un pobre estudiante. Mi misión consiste en estudiar con el hijo de la familia, un bribón vago y descarado, y mantenerle ocupado todo el día. Tengo que ayudarle a verstirse y a desnudarse, tengo que prestarle todos los servicios que desee, tengo que “acatar sus órdenes”, como se dice, incluso cuando por pura maldad exige que ejecute mandatos absurdos o humillantes. “Contra la insolencia, la desobediencia o la negligencia: palo”.

En esto, como en el resto de fantasías semejantes, una gran parte del atractivo residía siempre en la elección de las palabras. El subalterno tenía que dirigirse al superior como “señorito” (y si había una criada encargada de la paliza, como “señorita”). El superior, aunque fuera más joven que el esclavo, tuteaba a este, le llamaba “piojoso”, “mierda”, “pillo”, “niñato”, a menudo le “amaestraba” con un silbato y le hacía ponerse en posición de “firmes” o “de rodillas” cada vez que se dirigía a él o le soltaba una bofetada (el castigo de levantarse y arrodillarse, este último endurecido a menudo usando hierros oxidados, debería haberlo mencionado más arriba, al hablar de los azotes). Las expresiones destacadas con comillas y otras como “paliza”, “bofetada”, etc. e incluso denominaciones completamente inocuas como “chico”, “chaval”, “muchacho”, “rodilla”, etc. bastaban para excitarme cuando las leía en cualquier contexto. Inmediatamente, surgían con la correspondiente palabra fantasías libidinosas.

Tampoco me libraba de la coprolagnia. Frecuentemente, me veía a mí mismo en poder de un joven campesino descalzo al que le tenía que lamer sus sucias piernas mientras se echaba la siesta. Cuando dejaba de apetecerle tal servicio, me plantaba una patada en la cara para que le dejara en paz. También encontraba agradable el que me escupieran. Daba en las ideas más tremendas en este campo: veía mi boca convertida en escupidera e incluso en retrete. Se me llegó a ordenar lamer escupitajos del suelo, honor por el que debía dar las gracias al amo que había soltado el salivazo, algo a lo que yo solía añadir el suplicar que me siguieran humillando. Todas estas manifestaciones de coprolagnia se presentaban también en forma sádica, aunque he de hacer notar que el escupir me inspira tal aversión que no soy capaz de hacerlo ni estando acatarrado.

Los esclavos de mi fantasía suelen recibir comidas repugnantes (desperdicios, como cáscaras de patata, huesos roídos, etc.) y tenían que dormir sobre el suelo desnudo.

Tengo que hacer especial hincapié en mi afición a los chicos descalzos; por ejemplo, un chico trabajador, vestido tan solo con unos pantalones raídos, incluso rotos, y una camiseta por el estilo que tuviera que arrastrar a golpes una pesada carreta por un cenagal cayéndose al suelo cada dos por tres… ese era a menudo mi ídolo y se contaba entre los productos más poderosos de mi sucia fantasía. Superaba aquí a veces la medida habitual de mi perversión. Una vez me imaginé que a la bestia de carga humana, al vestirse, le saltaban los botones de los pantalones y se le quedaban colgando las partes pudendas, el único caso en que estas desempeñaban un papel. Otras dos veces llegué incluso a maltratar mi propia persona. Estas fueron las dos únicas ocasiones en que abandoné el marco de lo ideal. En una de ellas me quité toda la ropa menos la camisa y los calzoncillos. Estos los enrollé de forma que parecían unos pantalones cortos y anduve un rato descalzo dando vueltas por la habitación hasta que me arrodillé delante de un espejo y me lancé un chorro de mi propia orina a la cara (!) imaginándome que esto lo hacía a un chico que, habiéndome vencido en una pelea, se había puesto de rodillas encima de mí y me demostraba ante testigos de una forma tan drástica su poder y mi sometimiento. El segundo y último caso en que abandoné el ámbito de la fantasía se dio el año pasado. Me desnudé de la forma ya mencionada y empecé a golpearme febril e incesantemente las pantorrillas desnudas con un bastón. Esto lo hice con tal fuerza que, pasados ocho días, todavía me quedaban marcas y cardenales. Mientras hacía esto volví a imaginarme que un chico que vigilaba mi trabajo como bestia de carga me azotaba “por desganado”. A diferencia de la mayoría de observaciones en el ámbito del masoquismo, al ejecutar mi fantasía sentí escaso dolor y no me vi defraudado en modo alguno; antes bien, se apoderó de mí una intensa voluptuosidad. No paré de azotarme hasta quedar agotado. Por otra parte, ese día me encontraba especialmente excitado: hacía un calor enorme (25° R a la sombra [31° C, nota del traductor]) y estaba terriblemente nervioso porque al día siguiente tenía un examen difícil para el que no me veía preparado. Es interesante mencionar que a pesar de la atonía provocada por el exceso, que me incapacitó para todo trabajo intelectual durante la noche, aprobé el examen con nota. Esto es toda una imagen de nuestra cultura: energía sobrehumana junto a debilidad infrahumana, una lucha encarnizada entre el espíritu y la materia.

Lamentablemente no recuerdo con exactitud mi estado psíquico anterior y posterior al otro acto real (el de la orina).

He mencionado anteriormente que la palabra impresa solía despertar mi deseo y he de añadir ahora que los cuadros y las estatuas también podían provocar el mismo efecto.

Diré, por mencionar un solo ejemplo, que los retratos de muchachos de una exposición me mantuvieron excitado durante varios días. Estaban allí retratados dos chicos, el uno tendría unos 11 años y el otro alrededor de 14. Son chicos guapos, con ropa de andar por casa, con unos pantaloncitos azules que dejan al aire unas pantorrillas fuertes y bronceadas, cubiertas de un fino vello. Los dos chicos están ahí como si, en medio de sus travesuras en el jardín, una orden del padre los hubiera obligado a detenerse. Todavía tienen rojas las mejillas; el mayor, sobre todo, tiene cara de rebelde. Con estos chicos me inventé largas historias en las que el palo desempeñaba un papel central. Ninguna persona normal podía imaginarse que tuvieran esta influencia sobre mí.

En el teatro me gustaba ver sobre todo obras en las que hubiera papeles de chicos, y me enfadaba si, como solía ocurrir, los interpretaban muchachas, lo que imposibilitaba mi placer sexual. Una vez que vi una versión de “Flachsmann como educador” en la que el papel de escolar lo interpretaba un chico de verdad, mi entusiasmo no conocía límites. El joven artista actuaba además magníficamente. El actor interpretó a pedir de boca la mezcla de ruda obstinación y temor pueril, esos sentimientos encontrados que experimenta todo mal estudiante cuando se encuentra delante del director y que se manifiesta en la aspereza de las contestaciones. Con ello me hizo caer una vez más en el onanismo.

Pero lo que más efecto me producía siempre eran las obras impresas, donde mi fantasía disfrutaba de la máxima libertad de movimientos. No hay ningún clásico, ningún escritor de prestigio, en cuya obra no haya encontrado yo algún pasaje excitante. Esto nos llevaría, por tanto, demasiado lejos si quisiera presentarlo con todos sus pormenores. Me excitaban sobre todo desde hacía años “La cabaña del tío Tom” y uno de los viajes de “Simbad el marino” en las “Mil y una noches”. Me refiero a la aventura en que un ser monstruoso se sirve de Simbad como montura. Este relato demuestra que el masoquismo era ya conocido entre los antiguos árabes.

El “ser cabalgado” era un elemento que aparecía repetidamente en mis fantasías, igual que el “ser uncido”. Alguna vez he llegado a sentirme como un perro de tiro al que le dan patadas o como un caballo que recibe latigazos, algo que durante los momentos de excitación trataba de explicarme como recuerdos de reencarnaciones anteriores, por más que en estado normal no crea en la inmortalidad de eso que llaman alma.

Un fenómeno muy extraño es que en mi estado normal siempre pienso y siento de una forma completamente diferente a como lo hago en estado de excitación sensual. En mi estado normal, por ejemplo, soy enemigo incondicional de castigar con azotes y partidario de la teoría de que los errores humanos sólo se pueden corregir convenciendo con razones y nunca mediante la violencia o mediante prohibiciones que no hacen sino incitar a saltárselas. Soy, asimismo, un partidario convencido de la búsqueda de la libertad, un “defensor de los derechos humanos”… y, sin embargo, a pesar de todo esto, encuentro en otros momentos placer en la idea de la esclavitud, en un trato inhumano.

Por lo que hace a mis inclinaciones sexuales contrarias, tengo que proporcionar aún algunos datos sobre mi carácter y mi comportamiento social.

Espiritualmente me siento siempre como hombre; sexualmente, como neutro. Insisto en que el coito normal nunca ha sido objeto de mis fantasías, como tampoco lo ha sido el coito pederasta. Me gusta mantener trato espiritual ante todo con hombres inteligentes y serios, o sea, sobre todo con hombres mayores o también con mujeres de aspecto masculino y enérgico carácter. Apenas me trato con mis colegas; en compañía de señoras mediocres o de hombres superficiales y vanidosos me siento más cohibido —porque no sé qué es lo que le interesa a la gente— que si estoy tratando a personas que me imponen por su altura de espíritu.

La mujer no me resulta en absoluto repugnante. Admiro incluso su belleza física, pero sólo como lo haría con un hermoso paisaje, una rosa o una casa nueva. Puedo hablar con toda tranquilidad de cuestiones sexuales sin ruborizarme y sin que nadie se percate de lo que oculto en mi interior.

[Psychopathia sexualis, caso 89]

Caso 84: masoquismo, coprolagnia

W., 45 años, con tara, se daba a la masturbación ya con 8 años. A decimo sexto anno libidines suas bibendo recentem feminarum urinam satiavit. Tanta erat voluptas urinam bibentis ut nec aliquid olfaceret nec saperet, haec faciens. Después de beber sentía siempre asco y malestar, y hacía propósito de abstenerse de ello en el futuro. Una única vez experimentó el mismo placer bebiendo la orina de un muchacho de 9 años con el que había practicado una fellatio. El paciente sufre trastorno mental epiléptico. (Pelanda, Archivo di Psichiatria X, fasc. 9-4).

Se han de mencionar aquí, asimismo, algunos casos antiguos que ya Tardieu (Etude médico-legale sur les attentats aux moeurs, p. 206) observó en personalidades seniles. Presenta como “renifleurs” “qui in secretos locos nimirum theatrorum posticos convenientes quo complures feminae ad micturiendum festinant, per nares urinali odore excitati, illico se invicem polluunt”.

Un caso único a este respecto son los “stercoraires”, a los que se refiere Taxil (La prostitution contemporaine).

Eulenburg da noticia de hechos verdaderamente monstruosos en Zülzer, Klin. Handbuch der Harn- und Sexualorgane, IV, p. 47.

[Psychopathia sexualis, caso 84]

Caso 83: masoquismo, fetichismo, coprolagnia

B., 31 años, funcionario, procede de familia con antecedentes neuropáticos, desde niño era nervioso, endeble, padecía temores nocturnos. Con 16 años tuvo la primera polución. Con 17 años se enamoró de una francesa de 28 no muy agraciada. Tenían especial interés para él sus zapatos. En cuanto tenía ocasión de hacerlo sin que nadie se diera cuenta, los cubría de besos y se estremecía de placer con ello. No llegaba a la eyaculación durante estas escenas con zapatos. B. asegura que por aquel entonces aún no tenía ni idea de la diferencia de sexos. Su admiración por los zapatos resultaba un enigma para él mismo. A partir de los 22 años practicaba el coito aproximadamente una vez al mes. B., aunque era libidinoso, se sentía siempre totalmente insatisfecho espiritualmente al hacerlo. Un día encontró a una hetera que le causó una extraña impresión por su orgullosa actitud, sus fascinantes ojos, su ser desafiante. Era como si tuviera que arrojarse al suelo ante esta soberbia criatura, besarle los pies y seguirla como un perro o esclavo. Especialmente le impresionó el “majestuoso” pie con su zapato de charol. La idea de servir como esclavo a una mujer así le hizo estremecerse de placer. Esa noche no pudo domir pensando en ello, y mientras yacía boca abajo besando en su fantasía los pies de esta mujer, tuvo una eyaculación. Como B. era tímido por naturaleza, no confiaba demasiado en su potencia y además sentía repulsión hacia las meretrices, se sirvió en adelante de su descubrimiento de la masturbación psíquica para satisfacerse y renunció por completo a tener verdaderas relaciones con las mujeres. Durante esta satisfacción solitaria pensaba en el magnífico pie de la soberbia mujer, a cuyo recuerdo óptico se asoció con el tiempo la fantasía olfativa de un pie o zapato de dama. En sus éxtasis eróticos nocturnos cubría el imaginario pie de mujer con innumerables besos. En sueños eróticos seguía a autoritarias mujeres. Llovía. La dómina se levantaba mucho el vestido, él “veía el dulce pie, sentía casi su forma elástica, blanda y, sin embargo, firme y cálida, veía un trozo de pantorrilla cubierto por una media de seda roja”; llegaba entonces por lo general a la polución. Era todo un placer para B. salir a dar vueltas por la calle mientras llovía para ver así sus sueños hechos realidad; si lo conseguía, la persona en cuestión se convertía en objeto de sus sueños y fetiche de sus actos de masturbación psíquica. Para potenciar la ilusión de estos últimos, se le ocurrió ponerse en la nariz su propio calcetín impregnado de la secreción de sus pies. Con este auxilio, su fantasía casi adquiría realidad en la culminación del éxtasis: estaba embriagado por el olor del imaginario pie de dama, que con intenso deseo besaba, chupaba y mordía hasta que por fin se producía la eyaculación. Pero concurrían también en el sueño o en el éxtasis libidinoso imágenes genuinamente masoquistas, por ejemplo, “la soberbia mujer, apenas cubierta y con un látigo en la mano, estaba en pie ante él, mientras que él, como esclavo, se arrodillaba en tierra ante ella. Ella empezaba a asestarle latigazos, le plantaba el pie en el cuello, en la cara, en la boca, hasta que accedía a secretum inter digitos nudos pedis ejus bene olens exsugere”. Para completar la ilusión utilizaba propria secreta pedum llevándoselas a la nariz. Durante este éxtasis experimentaba un delicioso aroma, mientras que fuera del paroxismo encontraba sudorem proprium non bene olentem. Durante largo tiempo, estos fetichismos se vieron desplazados por fetichismo de podex, para lo que B. recurría en ayuda de su ilusión a unas bragas y stercus proprium naribus appositum. A esto le siguió una época en que su fetiche era cunnus feminae y en que practicaba cunnilingus ideal. Se ayudaba para ello con trozos de la zona axilar de un corpiño de punto de señora, medias, zapatos de la misma proveniencia. Tras 6 años, al aumentar la neurastenia y paralizarse la fantasía (?), B. perdió la capacidad para este tipo de onanismo ejecutado psíquicamente y se convirtió en masturbador normal. Así siguió durante varios años. El progreso de su neurastenia precisó un tratatamiento en un balneario. Durante su convalecencia, B. conoció a una joven que respondía a sus sentimientos masoquistas, consumó finalmente el coito con auxilio de situaciones masoquistas y se sintió satisfecho. Pero a partir de entonces se reavivaron sus viejas fascinaciones fetichistas y deseos masoquistas y en la satisfacción de estas apetencias B. halló, con diferencia, más placer que en el coito, al que se había prestado únicamente honoris causa y como episodio de las mencionadas abominaciones. El fin de esta cínica existencia sexual fue… el matrimonio, por el que se decidió B. tras abandonarle su amante. B., que ya es padre de familia, asegura que procede con su esposa como con aquella y que tanto él como ella están satisfechos (!) con esta forma de relaciones conyugales (Zentralblatt für Krankheiten der Harn – und Sexualorgane, VI, 7).

Se han de incluir aquí también varios casos de Cantarano I. c. (mictio, en otro caso incluso defaecatio puellae ad linguam viri ante actum), degustación de dulce con olor a heces para ser potente; así como el siguiente caso, que me fue comunicado por un médico:

Un príncipe ruso completamente decrépito hacía que su amante se le sentara encima dándole la espalda y defecara sobre su pecho, siendo esta la única manera en que todavía se excitaban los restos de su libido.

Otro mantiene a una amante de forma insólitamente espléndida con la obligación de comer únicamente mazapán. Ut libidinosus fiat et eiaculare possit excrementa feminae ore excipit. — Un médico brasileño me contó varios casos de defaecatio feminae in os viri de los que había tenido conocimiento.

Casos de este tipo se dan por todas partes y no son precisamente escasos. Todas las secreciones posibles, saliva, mocos, incluso el cerumen se utilizan a este propósito, se ingieren con ansia, se dan oscula ad nates e incluso ad anum. (El Dr. Moll op. cit. p. 135 informa de esto mismo a propósito de personas de sexualidad contraria). El perverso deseo de realizar activamente el cunnilingus, que está muy extendido, podría también tener a menudo su origen en tales impulsos.

Se ha de incluir aquí probablemente el horrendo caso de Cantarano (“La Psichiatria”, año. V, p. 207), en el que el coito va precedido de morsus et succio de los dedos de los pies de la puella, que debían llevar sin lavar el mayor tiempo posible, también un caso análogo del que yo mismo daba cuenta en la 8.ª edición de este libro (caso 68).

Stefanowski (Archives de l’Anthropologie criminelle, 1892, vol. VII) conoce a un anciano comerciante ruso qui valde delectatus fuit bibendo ea quae puellae lupanarii jusso suo in vas spuerunt.

Neri, Archiv. delle psicopatie sessuali, p. 108: trabajador de 27 años, con importantes taras, con tic en la cara, fobias (sobre todo, agorafobia) y aquejado de alcoholismo. Summa ei fit voluptas, si meretrices in os eius faeces et urinas deponunt. Vinum supra corpus scortorum effusum defluenz ore ad meretricis cunnum adposito excipit. Valde delectatur, si sanguinem menstrualem ex vagina effluentem sugere potest. Fetichista de guantes de señora y botines, osculatur calceos sororis, pedes cuius sudore madent. Libido eius tum demum maxime satiatur, si a puellis insultatur, immo vero verberatur, ut sanguis exeat. Dum verberatur, genibus nixus veniam et clementiam puellae expetit, deinde masturbare incipit.

[Psychopathia sexualis, caso 83]

Caso 81: masoquismo, coprolagnia

Señor Z., 24 años, funcionario procedente de Rusia, desciende de madre neuropática y padre psicopático. Z. es persona inteligente, sensible, de constitución normal, de aspecto agradable y buenas maneras; no ha sufrido enfermedades de gravedad. Afirma haber sido nervioso desde la infancia, al igual que su madre; tiene un ojo neuropático y sufre últimamente afecciones cerebral-asténicas. Lamenta con amargura una perversión de la vita sexualis que a menudo le desespera, le arrebata toda la estima de sí mismo y puede bastar para empujarle al suicidio.

La pesadilla que le oprime es un deseo antinatural por mictio mulieris in os suum, que se presenta con bastante regularidad cada 4 semanas. Preguntado por el origen de esta perversión, relata los siguientes hechos, que resultan interesantes por su importancia para la génesis. Cuando tenía 6 años, ocurrió por casualidad que, en una escuela mixta de chicos y chicas, tocó a una niña que estaba sentada a su lado cum manu sub podicem. Experimentó con ello una sensación de gran placidez y repitió esta acción alguna otra vez con idéntico éxito. El recuerdo de tales situaciones agradables desempeñó a partir de entonces un cierto papel en su fantasía.

Puerem decem annorum serva educatrix libidine mota ad corpus suum appresit et digitum ejus in vaginam introduxit. Quum postea fortuitu digito nasum tetigit, odore ejus valde delectatus fuit.

A partir del delito deshonesto cometido con él por la mujer, se desarrolló en él la fantasía, acompañada de cierto sentimiento libidinoso, estando atado, inter femora mulieris cumbere, coactus ut dormiat sub ejus podice et ut bibat ejus urnam.

A partir de los 13 años de edad, estas fantasías desaparecen por completo. Con 15 años primer coito, con 16 años el segundo, perfectamente normal y sin fantasías de este tipo.

Deficiente pecunia et magna libidine perturbatus masturbatione eam satiabat.

Con 17 años se presentaron nuevamente las fantasías perversas. Cada vez iban siendo más intensas y a partir de este momento el combate contra ellas era en vano.

Con 19 años sucumbió a tales impulsos. Quum mulier quaedam in os ei minxit, maxima voluptate effectus est. A continuación practicaba el coito con la mujer venal. Desde entonces empezó a presentarse regularmente cada 4 semanas el deseo de repetir esta situación.

Una vez satisfecho su perverso deseo, se avergonzaba de sí mismo y experimentaba una gran repugnancia. Solo excepcionalmente llegaba a la eyaculación con ello, pero experimentaba una potente erección y orgasmo y si no había llegado a la eyaculación se satisfacía seguidamente mediante el coito.

En los intervalos que mediaban entre estos impulsos, que se presentaban de forma impulsiva y desproporcionada, se sentía libre por completo de tales pensamientos perversos, pero también de masoquismo ideal. Tampoco se daban relaciones fetichistas. La libido, moderada, se presenta a intervalos y es satisfecha de manera normal, sin que aparezca el conjunto de fantasías perversas. Le sucedió en repetidas ocasiones que se le presentara el impulso de repetir el acto perverso y tuviera que hacer un desplazamiento de varias horas desde el campo a la capital para gozar de él.

El enfermo, persona sensible a la que su deseo morboso causaba repugnancia, intentó en repetidas ocasiones resistirse a este impulso, pero todo fue en vano porque le acometía un penoso desasosiego, miedo, temblores e insomnio que acababan por hacerse insoportables y tenía que librarse de esta tensión psíquica a cualquier precio mediante la satisfacción liberadora de su impulso. Esto se lograba inmediatamente llevándolo a la práctica, pero acto seguido se presentaban de nuevo los reproches y el desprecio de sí mismo hasta llegar a un preocupante taedium vitae. Como consecuencia de estas luchas espirituales, el desdichado padece últimamente una importante neurastenia y se queja de pérdidas de memoria, distracción, incapacidad espiritual, presión en la cabeza. Su última esperanza es que la ciencia médica logre liberarle de su espantoso deseo y rehabilitarle moralmente ante sí mismo.

Epicrisis: con 6 años, sentimiento libidinoso asociado a un acto indiferente en sí para un individuo de su edad.

Con 10 años, percepción de olores acompañada de placer y, en cualquier caso, perversa.

Desarrollo de fantasías masoquistas hasta entonces latentes con un especial impulso directivo derivado de impresiones perversas recibidas con 6 y 10 años. Intermisión mediante coito normal.

Nuevo despertar de la perversión sexual por abstinencia y masturbación, quizás también por influjo de la pubertad.

Esta sigue presente a partir de entonces como coprolagnia impulsiva que se manifiesta periódicamente, acompañada de placer (cuando el centro eyaculatorio es suficientemente excitable) y que resulta equivalente al coito.

Vita sexualis normal a intervalos.

Perdí al paciente de vista. A finales de 1893 reapareció un día muy alterado y se lamentó de que una vida así era insoportable. Dice soportar los tormentos de una lenta effeminatio, haber perdido todo control sobre sí mismo, ser esclavo de un deseo repugnante que le acomete frecuentemente, le obliga a satisfacerlo y después le deja arrepentimiento, vergüenza y desdicha. Asegura que lleva siempre un revólver consigo (y así es), pero que es demasiado cobarde para pegarse un tiro y que les ha pedido en vano a prostitutas que le hagan ese favor. Me dice que soy su última esperanza. Tengo que liberarle de su repulsivo impulso mediante la hipnosis o, si esto no tiene éxito, dormirle con gas de la risa y no dejar ya que se despierte nunca más. Un intento de hipnosis realizado con este desdichado tiene éxito. Al cabo de 3 semanas viene a verme de nuevo porque ha recaído. Durante 20 días se ha sentido completamente libre, como si hubiera entrado en él “un segundo yo, mejor”, que combatiera con éxito al primero. Como consecuencia de la abstinencia sexual y de un sueño masoquista recayó anteayer y desde entonces, es decir, en dos periodos de 24 horas, ha hecho que le depositen 25 veces mictio aut defaectio in os, con extremado placer, pero sintiendo acto seguido repugnancia. El acto de coprolagnia le satisface, cuando llega a la eyaculación, exactamente igual que el coito. Solamente 4 veces, defic. ejaculatione, se ha visto obligado a practicar el coito al final.

Una nueva sesión de hipnotismo le proporciona al paciente siete meses de calma.

Tras un nuevo paroxismo volvió lleno de pesar.

Tras una tercera sesión no he vuelto a verle y me temo que finalmente ha reunido el valor para poner fin a su triste existencia. No es posible saber si la continuación del tratamiento sugestivo hubiera podido salvarle.

[Psychopathia sexualis, caso 81]

Caso 51: masoquismo ideal

Caso 51. Masoquismo ideal. El señor X., técnico, de 26 años, hijo de madre nerviosa, afectada de migrañas. Entre los ascendientes paternos se han dado un caso de enfermedad de médula espinal y otro de psicosis.
Un hermano es “nervioso”.
El señor X. superó enfermedades infantiles carentes de importancia, estudió sin problemas, se desarrolló normalmente. Su aspecto es perfectamente masculino, aunque algo enfermizo y con talla por debajo de la media. El descenso del testículo derecho quedó incompleto, y se puede palpar en el canal inguinal. El pene es de constitución normal, aunque algo pequeño.
Con 5 años X. descubrió sensaciones libidinosos mientras se balanceaba agarrado a unas pequeñas barras paralelas con las piernas extendidas y cruzadas. Repitió el proceso unas cuantas veces, olvidó después el efecto, y cuando lo recordó siendo ya un muchacho más maduro y lo repitió, no obtuvo el éxito esperado.
Con 7 años presenció una pelea de chicos en el patio del colegio en la que los ganadores acabaron sentados encima de los vencidos, que se quedaron tumbados de espaldas.
Esto le impresionó.
La posición del sometido se le antojaba agradable, se ponía en su lugar con la imaginación y se pintaba a sí mismo cómo lograr, haciendo como que se levantaba, que el rival que tenía encima se le fuera acercando cada vez más a la cara hasta quedar sentado encima de ella y hacerle sentir los efluvios de sus genitales. Desde entonces empezó a imaginarse estas escenas con frecuencia. Iban acompañadas de sensaciones libidinosas, pero nunca experimentó con ellas verdadera voluptuosidad, tenía esos pensamientos por perniciosos y pecaminosos y procuraba reprimirlos. Dice no haber tenido por aquel entonces ni idea de cuestiones sexuales. Cabe destacar que hasta los 20 años el paciente sufría enuresis nocturna ocasional.
Hasta la pubertad, las fantasías masoquistas recurrentes de estar bajo los muslos de otra persona tenían por objeto tanto chicos como chicas. A partir de entonces, prevalecen los individuos femeninos, y al término de la pubertad ya solamente aparecen estos. Paulatinamente, estas situaciones fueron cambiando de contenido. Culminaban con la conciencia de encontrarse totalmente sometido a la voluntad y caprichos de una joven, con las correspondientes acciones y situaciones humillantes.
X. cita estas como ejemplo:
“Estoy de espaldas en el suelo. A la altura de mi cabeza está el ama, que me ha puesto un pie en el pecho, o me sujeta la cabeza entre los pies, de modo que tengo la cara justo debajo de su pubes. O la tengo sentada en el pecho, o en la cara, y come utilizando mi cuerpo de mesa. Si no cumplo una orden a su entera satisfacción o simplemente si así se le antoja a mi ama, me encierra en un cuarto oscuro y se marcha en busca de placeres. Me enseña a sus amigas como esclavo, me presta a ellas como tal.
“Me emplea en servicios ínfimos, tengo que servirla al levantarse, al bañarse, durante la mictio. Para esto último utiliza también mi cara de vez en cuando, obligándome a beber su lotium”.
X. asegura no haber puesto nunca en práctica esta idea, pues al mismo tiempo tenía de alguna forma la sensación de que su realización no le proporcionaría el placer esperado.
Tan sólo una vez se coló en el cuarto de una hermosa criada, movido por tales fantasías, ut urinam puellae bibat. Pero se abstuvo por repugnancia.
X. afirma haber luchado en vano contra este círculo de fantasías masoquistas, que despiertan en él vergüenza y repugnancia. Pero siguen siendo igual de poderosas a pesar de todo. Hace constar que la humillación es lo que desempeña el papel principal y que el placer nunca se mezcla con la causación de dolor.
Le gusta imaginarse al “ama” de unos 20 años, virgen, de exquisita figura, rostro delicado y hermoso, y, a ser posible, con ropa corta de color claro.
X. afirma no haber experimentado hasta ahora gusto alguno por la forma normal de acercarse a las jóvenes, en bailes y actos sociales. Desde la pubertad, las fantasías masoquistas iban acompañadas ocasionalmente de poluciones con cierto sentimiento libidinoso.
El paciente realizó en cierta ocasión fricciones del glans, pero no logró erección ni eyaculación, y en lugar de un sentimiento placentero, experimentó uno desagradable, parálgico. Esto evitó que se diera a la masturbación. Sin embargo, a partir de los 20 años de edad, era frecuente que al hacer gimnasia en barra fija, al trepar por cuerdas y barras, tuviera una eyaculación a la que se asociaba un intenso sentimiento de placer. Nunca ha sentido deseos de mantener relaciones sexuales con mujeres (sentimientos sexuales contrarios no ha tenido nunca). Con 26 años, un amigo se empeñó en que tenía que practicar el coito, pero ya camino del lupanar experimentó “una intranquilidad mezclada con miedo y acusada repugnancia”, y con la excitación, el temblor generalizado de sus miembros y el arrebato de sudor no logró la erección. Volvió a intentarlo varias veces y cosechó siempre el mismo fracaso, aunque las manifestaciones de excitación física y psíquica no llegaron a ser tan fuertes como la primera vez.
Nunca ha tenido libido. No ha sido capaz de servirse de sus fantasías masoquistas para consumar el acto porque sus facultades espirituales “están como paralizadas” en tal situación y no consigue formar imágenes suficientemente intensas como para lograr una erección. En consecuencia, renunció a ulteriores tentativas de coito, en parte por falta de libido, en parte por falta de confianza en el éxito. Desde entonces tan solo satisfacía de vez en cuando su débil libido con ejercicios gimnásticos. A veces sufría una erección provocada por fantasías masoquistas espontáneas o intencionadas (en estado de vigilia), pero no volvió a llegar a la eyaculación.
Tenía poluciones cada seis semanas.
El paciente es una persona que destaca intelectualmente, es sensible y algo neurasténico. Se lamenta de que cuando está en sociedad suele asaltarle la sensación de que llama la atención, de ser observado, por lo que llega a sentirse atemorizado, aunque es consciente de que todo son imaginaciones suyas. Por eso ama la soledad, y sobre todo porque teme que se descubra su anomalía sexual.
Se avergüenza de su impotencia, pues su libido es prácticamente nula, no obstante, considera que llegar a una vita sexualis sana sería lo mejor que le podría pasar, teniendo en cuenta cuántas cosas dependen de esto en la vida social. Cree que así podría desenvolverse en sociedad con más seguridad y masculinidad.
Su actual existencia le resulta un tormento; una vida así, una carga.
Epicirisis: tara (hereditaria). Vida sexual que se despierta en una etapa anormalmente temprana. Ya con 7 años contemplación libidinosa y decididamente masoquista de muchachos sentados sobre otros (énfasis sexual y perverso de una situación que en sí no resulta sexualmente excitante para una persona normal), acompañada de fantasías olfativas.
Posteriormente, estas situaciones se convierten en objeto de fantasías, al principio no diferenciadas sexualmente, a partir de la pubertad, heterosexuales.
Desembocan en un claro masoquismo ideal (ideas de humillación, de sometimiento), en el que la única relación con los genitales femeninos es la fantasía de ser utilizado para la mictio, incluso bibere urinam.
Carece de atracción sexual normal hacia la mujer, lo que se debe fundamentalmente a su masoquismo.

[Psychopathia sexualis, caso 51]

Caso 32: ensuciar

Caso 32. A., estudiante de medicina en Greifswald, accusatus quod iterum iterumque puellis honestis parentibus natis in publico genitalia sua e bracis dependentia plane nudata quae antea summo amiculo (faldones del abrigo) tecta erant, ostenderat. Nonnunquam puellas fugientes secutus easque ad se attractas urina oblivit. Haec luce clara facta sunt; nunquam aliquid haec faciens locutus est.
A. tiene 23 años, cuerpo fuerte, vestimenta aseada, maneras decentes. Insinuación de cranium progeneum. Neumonía crónica del vértice del pulmón derecho. Enfisema. Pulso 60, en estado de excitación solamente 70-80 pulsaciones. Genitales normales. Aquejado de trastornos digestivos transitorios, estreñimiento, mareos, excesiva excitabilidad del impulso sexual, que pronto le empujó al onanismo, pero que nunca, tampoco más adelante, se encaminó a su natural satisfacción. Se queja de estados transitorios de melancolía, pensamientos que le hacen atormentarse a sí mismo e impulsos perversos para los que ni él mismo encuentra motivo, por ejemplo, reírse en momentos serios, arrojar su propio dinero al agua, salir a andar por ahí mientras diluvia.
El padre del inculpado es de temperamento nervioso, la madre sufre dolor de cabeza nervioso. Un hermano padeció convulsiones epilépticas.
El acusado dio muestras de temperamento nervioso desde su juventud, era propenso a sufrir convulsiones y desvanecimientos, caía en estados de parálisis transitoria si se le reprendía severamente. En 1869 se encontraba en Berlín estudiando medicina. En 1870 participó en la guerra como enfermero en un hospital militar. Sus cartas de esa época revelan una llamativa blandura y sentimentalismo. De vuelta a casa en la primavera de 1871, su irritabilidad llama la atención de sus allegados. Desde entonces, frecuentemente aquejado de molestias físicas, disgustos a causa de una relación amorosa. En noviembre de 1871 vivía en Greifswald y se dedicaba a sus estudios diligentemente. Se le tenía por persona muy decente. Durante su reclusión se encuentra tranquilo, relajado, en ocasiones ensimismado. Sus actos los atribuye a la excitación sexual que le atormentaba y que últimamente resultaba excesiva. Probablemente era consciente de sus actos impúdicos y se avergonzaría después. No parece que lograra con ellos una verdadera satisfacción sexual. No era verdaderamente consciente de su situación. Se veía como una especie de mártir, una víctima de un poder maléfico. Se decide incapacitarle.

[Psychopathia sexualis, caso 32]

Caso 24: necrofilia, Ardisson

Caso 24. Un tal Ardisson, nacido en 1872, en el seno de una familia de criminales y locos. Problemas de aprendizaje, no era bebedor, sin antecedentes epilépticos, no había estado nunca enfermo, pero mentalmente débil. Su padre adoptivo, con el que convivía, era un ser moralmente degradado. Al llegar a la pubertad A. se dio a la masturbación, devorare solebat sperma proprium, porque “era una pena que se perdiera”. Andaba detrás de las chicas, no comprendía que le rechazaran. Loco quo mulieres urinaverunt, lotium bibere solebat. No encontraba nada de malo en ello. En el pueblo era conocido como felador por dinero. Compartía con su padre adoptivo los favores de mendigas que dormían en su casa. Practicaba con gusto fornicatio, también era fetichista de mamas y le encantaba mammas sugere. Con el tiempo fue a dar en la necrofilia. Desenterraba cadáveres femeninos (desde niñas de 3 años a mujeres de 60), practicaba con ellos succio mammae, cunnilingus, sólo excepcionalmente coito y mutilatio. En una ocasión se llevó consigo la cabeza de una mujer, otra vez, el cadáver de una niña de tres años y medio. Tras sus horrendos actos, ponía orden en la tumba cuidadosamente. Vivía aislado, para sí mismo, malhumorado de cuando en cuando, nunca mostró ni rastro de sentimientos, por lo demás tenía buen humor, incluso llegó a ganar algún dinero en la cárcel como ayudante de albañil. Vergüenza o arrepentimiento de sus fechorías le eran ajenos. En 1892 estuvo trabajando durante un tiempo como enterrador. Cuando le llamaron al servicio militar, desertó y se puso a mendigar. Le gustaba comer gatos y ratas. Le obligaron a volver al ejército y volvió a desertar. No se le castigó porque le tenían por loco. Finalmente se le dejó marchar. Volvió a trabajar como enterrador. Con motivo del entierro de una joven de 17 años con hermosos senos, se despertó en él nuevamente el impulso de desenterrar el cuerpo. Posteriormente cometió innumerables profanaciones de este tipo. Solía besar una cabeza que se había llevado a casa y decía que era su novia. Le descubrieron porque escondió en su casa, entre la paja, el cadáver de una criatura de tres años y medio. Saciaba con él por las noches sus apetitos sexuales incluso cuando ya apestaba la casa por efecto de la descomposición, lo que le traicionó. Lo confesó todo riéndose, sin rodeos. A. es pequeño, prognato, tiene un cráneo simétrico, temblor generalizado, constitución débil, genitales normales, falta de excitación sexual, inteligencia muy escasa, desprovisto de todo sentido moral. Le gustaba la cárcel. (Epaulard op. cit.).

[Psychopathia sexualis, caso 24]