Caso 226: asesinato sádico

Debilidad mental, epilepsia. Intento de violación. Muerte de la víctima. El 27 de mayo de 1888 por la tarde, Blasius, niño de ocho años, se encontraba jugando con otros niños en las inmediaciones del pueblo de S. Un desconocido se apartó del camino, se les acercó y los convenció para que fueran con él al bosque.

Al día siguiente se encontró en un barranco el cadáver del niño con el vientre abierto, una herida incisiva en la zona del corazón y dos heridas de arma blanca en el cuello.

Ya el 21 de mayo un hombre cuya descripción coincidía con la del asesino del niño había intentado hacer lo mismo con una niña de seis años (lo que únicamente se evitó por circunstancias casuales). Por ello, se sospechó que podría tratarse de un asesinato sádico.

Se constató que el cadáver estaba acuclillado, vestido únicamente con camisa y chaleco, y que presentaba una extensa herida de arma blanca en el escroto.

Las sospechas se dirigían hacia E., mozo de labranza; sin embargo, en el careo con los niños no se pudo probar que su identidad coincidiese con la del desconocido que se los había llevado al bosque. Además, presentó una coartada con ayuda de su hermana, pero los incansables gendarmes lograron reunir nuevos momentos sospechosos y finalmente E. confesó.

E. había atraído a la niña hasta el bosque, la había tirado al suelo, había descubierto los genitales de esta e intentado abusar de ella. Pero como la niña tenía una erupción en la cabeza y no paraba de gritar, se le pasaron las ganas y huyó de allí.

Después de atraer al niño al bosque con el pretexto de cogerle nidos de pájaros, sintió deseos de abusar de él. Como este se negó a bajarse los pantalones, se los quitó él mismo, y como el niño empezó a gritar le dio dos puñaladas en el cuello. A continuación le hizo un corte por encima del pubis en imitación de los genitales femeninos con el fin de satisfacer su deseo en esta abertura. Pero como el cuerpo se quedó frío inmediatamente, se le quitaron las ganas, por lo que se limpió inmediatamente las manos y el cuchillo junto al cadáver y emprendió la huida.

Al ver al niño muerto le entró miedo y su miembro se quedó flácido.

Durante su interrogatorio, E. jugaba de manera totalmente apática con un rosario. Afirma haber actuado en estado de demencia. No entiende cómo ha podido hacer algo así. Tiene que ser algo que lleva en la sangre, porque muchas veces se encuentra atontado, casi como para caerse. Anteriores patrones informan de que tenía momentos en que se encontraba distraído y se ponía terco, se pasaba días sin trabajar, rehuía el contacto social.

Su padre declara que E. era mal estudiante, que era torpe en el trabajo y que a menudo era tan suspicaz que nadie se atrevía a castigarle. Después no comía y a veces se marchaba y estaba varios días sin aparecer.

En esos periodos también parecía completamente perdido en sus pensamientos, se le desfiguraba la cara de una forma muy extraña y desbarraba.

Siendo ya un joven se orinaba todavía de vez en cuando en la cama y, estando en la escuela, volvía muchas veces a casa con la ropa mojada o ensuciada. Tenía un sueño muy inquieto, por lo que nadie podía dormir con él. Nunca ha tenido amigos. Nunca ha sido cruel, malo o indecente.

La madre declara de manera análoga y añade que E. tuvo convulsiones por primera vez con cinco años y que en cierta ocasión perdió el habla durante siete días. Hacia los siete años sufrió convulsiones durante cuarenta días y se volvió además hidrópico. Más tarde también le pasaba muchas veces durmiendo y hablaba entonces en sueños y a la mañana siguiente siempre estaba la cama mojada.

A rachas no había forma de hacer carrera de él. Como la madre no sabía si era por maldad o por enfermedad, no se atrevía a castigarle.

A raíz de los ataques convulsivos que tuvo con siete años, se quedó muy retrasado mentalmente, hasta tal punto de que no fue capaz ni siquiera de aprender a rezar las oraciones normales. Se volvió además muy irascible.

Los vecinos, el alcalde y los maestros confirman que E. era una persona extraña, mentalmente débil, irascible, a veces con tremendas rarezas y que parecía encontrarse en un estado psíquico de excepción.

De las exploraciones de los médicos forenses se desprende lo siguiente:

E. es alto, delgado, mal nutrido, tiene un perímetro craneal de unos 53 cm. El cráneo presenta un desplazamiento romboidal, con una caída pronunciada en la región occipital.

Expresión carente de inteligencia, mirada fija, inexpresiva, postura descuidada, inclinado hacia delante; movimientos lentos, pesados. Genitales normalmente desarrollados. Toda la apariencia de E. indica torpor y debilidad mental.

No se hallan signos degenerativos, anomalías de los órganos vegetativos ni perturbaciones de la motilidad y sensibilidad. Procede de una familia perfectamente sana. No sabe nada de convulsiones ni de haber mojado la cama por las noches, pero cuenta que en los últimos años ha tenido ataques de vértigo y “tontuna” en la cabeza.

Al principio niega el asesinato tajantemente. Después lo reconoce todo muy compungido y motiva su crimen claramente ante el juez instructor. Dice que nunca antes había tenido ideas así.

E. se viene dando al onanismo desde hace años. Ha llegado a practicarlo hasta dos veces diarias. Dice que por falta de valor no se ha atrevido nunca a solicitar el coito de una mujer, aunque lo que aparecía en sus sueños eróticos eran única y exclusivamente situaciones de este tipo. Nunca ha tenido deseos perversos ni en sueños ni en estado de vigilia, especialmente por lo que respecta a la sexualidad contraria y el sadismo. Tampoco le ha interesado nunca el ver matar animales. Cuando atrajo a la niña hacia el bosque, quería satisfacer su deseo con ella; sin embargo, no se explica cómo pudo ser que atentara contra el niño. Tenía que estar fuera de sus sentidos. La noche siguiente al asesinato no durmió por miedo, ha confesado ya su crimen dos veces para aliviar su conciencia. Lo único que le da miedo es que le cuelguen. Espera que no le hagan eso, ya que cometió el crimen en estado de demencia.

No es capaz de explicar por qué abrió el cuerpo del niño. No se le ocurrió revolver en las entrañas, olerlas, etc. Asegura haber tenido sus ataques convulsivos al día siguiente del atentado contra la niña y en la noche que siguió al asesinato del niño. En el momento en que cometió sus crímenes estaba perfectamente en sí, pero no pensó lo que hacía.

Sufre mucho de dolores de cabeza, no soporta el calor, la sed ni las bebidas espirituosas, hay horas en que tiene una gran confusión en la cabeza. La prueba de inteligencia revela un elevado grado de debilidad mental.

El informe (Dr. Kautzner de Graz) constata la imbecilidad y la neurosis epiléptica del acusado y considera probable que los crímenes, de los que solo conserva un recuerdo sumario, se cometieran en un estado psíquico de excepción (preepiléptico) derivado de la neurosis. Bajo todas las circunstancias, E. es extremadamente peligroso para la comunidad y probablemente precisará un internamiento de por vida en un manicomio.