Caso 249: relaciones sexuales anales imputadas pero no probadas

Relaciones sexuales anales imputadas pero no probadas. Resultados de las actas.

El 30 de mayo de 1888, S., doctor en química, residente en H., fue acusado ante su suegro mediante un anónimo de mantener relaciones inmorales con G., de 19 años, hijo del carnicero. El Dr. S. recibió la carta e, indignado por el contenido, acudió a toda prisa a su superior, que le prometió manejar discreción dicho asunto e informarse con la policía sobre si se hablaba en público de la cuestión y, en su caso, qué se decía.

El 31 de mayo por la mañana, la policía detuvo en casa del Dr. S. a G., que padecía gonorrea y orquitis. El Dr. S. procuró ante el fiscal la liberación de G. y ofreció una fianza, pero esta fue rechazada. En su declaración ante el tribunal regional, el Dr. S. reconoce que había conocido al joven G. tres años atrás en la calle, que le perdió después de vista y le volvió a encontrar en el otoño de 1887 en la carnicería del padre. Desde noviembre de 1887, G. abastecía de carne la cocina del Dr. S. Acudía por la noche a tomar el pedido y volvía por la mañana para traer la mercancía. El Dr. S. fue así conociendo a G. y, poco a poco, intimando con él. Después S. enfermó y pasó en cama la mayor parte del tiempo hasta mediados de mayo de 1888. G. estuvo tan pendiente de él que S. y su mujer le cogieron mucho cariño por su carácter inocente, sencillo y alegre. El Dr. S. le mostró sus colecciones de antigüedades y se las explicó; los dos pasaban las tardes juntos, casi siempre acompañados de la señora S. Además, S. asegura haber realizado con G. experimentos de fabricación de salchichas y conservas de gelatina. A finales de febrero de 1888, G. enfermó de gonorrea. El Dr. S. le apreciaba como amigo, tenía afición a cuidar enfermos y había estudiado varios semestres de medicina, por lo que se ocupó de G., le administró una medicación, etc. Como G. seguía enfermo en mayo y por diversos motivos era deseable que abandonara el domicilio paterno, el matrimonio S. le acogió en su casa para seguir cuidándole.

S. rechaza indignado todas las sospechas surgidas a raíz de aquello, se apoya en su honorable vida anterior, en su buena educación y en el hecho de que G. sufría en aquel momento una enfermedad penosa y contagiosa y que S. mismo padecía una dolorosa enfermedad (piedras en el riñón con cólicos ocasionales).

No obstante, a esta inocente presentación por parte de S. hay que contraponer los siguientes hechos, constatados judicialmente y considerados en la primera sentencia.

La relación de S. con G. dio pie a comentarios entre particulares y en los bares por escandalosa. G. solía pasar las tardes en el círculo familiar de los S. y acabó siendo como de la casa. Los dos salían a pasear juntos. En uno de estos paseos, S. le dijo una vez a G. que era un chico muy guapo y que le tenía cariño. Por aquel entonces se hablaba ya de comportamientos sexuales desordenados, entre otros, de sexo anal. S. afirma que únicamente tocó ese tema para prevenir a G. En cuanto al trato en la casa, está demostrado que S., estando sentado en el sofá, a veces agarraba a G. por el cuello y le besaba. Esto ocurría tanto en presencia de la señora S. como también de la criada. Estando G. enfermo de gonorrea, S. le enseñó a ponerse inyecciones y tomó para ello el miembro de aquel en la mano. G. declara que S., a la pregunta de por qué le quería tanto, respondía: “Yo mismo no lo sé”. Si G. faltaba unos cuantos días, después, cuando regresaba, S. se lamentaba con lágrimas en los ojos. S. también le explicó que su matrimonio no era feliz y le pidió a G. entre lágrimas que no le dejara; él tenía que ser el sustituto de su mujer.

A partir de todo esto la acusación concluyó justificadamente que la relación entre los dos acusados tenía un cariz sexual. Según la acusación, el hecho de que todo sucediera públicamente y de manera identificable para todo el mundo, no demuestra lo inocente de la relación, sino más bien la intensidad de la pasión de S. Se reconoce la intachable vida anterior del acusado, su honrada conducta y su carácter sensible. Se considera verosímil la infelicidad conyugal de S. y que este sea de natural inclinado a la sensualidad.

Durante la instrucción de la causa se exploró repetidamente a G. por parte de médicos forenses. Su estatura apenas llega a la media, coloración del rostro pálida, constitución fuerte. Pene y testículos están fuertemente desarrollados.

Se coincidía en señalar que el ano se había alterado patológicamente, como indicaba la ausencia de pliegues a su alrededor y la atonía del esfínter, y que esta alteración daba verosimilitud a una relación sexual anal de tipo pasivo.

La sentencia se basó en este hecho. Esta reconocía que la relación entre los acusados no apuntaba necesariamente a actos deshonestos de índole antinatural y que el hallazgo físico constatado en G. tampoco bastaba por sí mismo para probar esto.

Sin embargo, la unión de ambas circunstancias convenció al tribunal de la culpabilidad de ambos acusados y se consideró probado “que el estado anormal del ano de G. fue causado por la introducción reiterada del miembro del acusado S. a lo largo de un periodo de tiempo prolongado y que G. se prestó voluntariamente a ello, tolerando la ejecución de esta práctica deshonesta en su persona”.

Con ello, aparecía como demostrado el delito tipificado en el artículo 175 del Código Penal Imperial. En la determinación de la pena se tuvo en cuenta el nivel de formación de S., así como el hecho de que él era al parecer el seductor de G. En el caso de este último se tuvieron en cuenta estas circunstancias junto a su juventud. Por último, se tomó en consideración para ambos la integridad de su comportamiento hasta aquel momento. En definitiva, se condenó al Dr. S. a una pena de prisión de ocho meses y a G. a una de cuatro meses.

Los condenados interpusieron recurso de casación ante el Tribunal Imperial de Leipzig y, por si se desestimaba este, se dispusieron a hacer acopio de materiales para lograr la revisión del proceso.

Se sometieron a exploración y observación por parte de expertos destacados. Estos señalaron que aparte de los hallazgos en el ano de G. no existía indicio alguno de que hubiera habido sexo anal pasivo.

A los interesados les pareció también relevante esclarecer los aspectos psicológicos del caso, en los que no se había entrado en el proceso, por lo que se le confió al autor la exploración y observación del Dr. S. y de G.

Resultados de la exploración personal desde el 11 hasta el 13 de diciembre de 1888 en Graz.

Dr. S., de 37 años, casado desde hace dos años, sin hijos, exdirector del laboratorio municipal de H., desciende de padre que, al parecer, era nervioso debido a una gran actividad, que sufrió un ataque apopléctico con 57 años y falleció con 67 a causa de una nueva apoplejía. La madre vive. Se la describe como persona de personalidad vigorosa, pero aquejada desde hace años de problemas nerviosos. La madre de esta murió a una edad bastante avanzada, al parecer, por un tumor en el cerebelo. Un hermano del padre de la madre habría sido bebedor. El padre del padre murió a una edad temprana por reblandecimiento cerebral.

El Dr. S. tiene dos hermanos que gozan de perfecta salud.

Él mismo explica que ha sido de temperamento nervioso y de constitución fuerte. Asegura que tras un reumatismo articular agudo que sufrió con 14 años estuvo aquejado de un gran nerviosismo durante varios meses. De resultas de aquello sufrió frecuentes trastornos reumáticos, así como palpitaciones y ahogos. Estos tratornos fueron desapareciendo progresivamente con baños de mar. Hace ocho años contrajo gonorrea. La enfermedad se hizo crónica y le causó durante mucho tiempo problemas de vejiga.

En 1887 el Dr. S. sufrió el primer cólico nefrítico. Los ataques se sucedieron entre el invierno de 1887 y 1888 hasta que el 16 de mayo de 1888 expulsó una piedra bastante grande. A partir de entonces se encontraba bastante bien. Asegura que cuando sufría de piedras, durante el coito, en el momento de la expulsión del semen sentía un intenso dolor en la uretra, al igual que cuando orinaba.

En cuanto a su curriculum vitae, S. explica que fue al instituto hasta los 14 años y que a partir de entonces estudió de manera privada debido a su grave enfermedad. Después pasó cuatro años en una droguería, tras lo cual completó seis semestres de medicina en la universidad. En la guerra de la década de 1870 prestó servicios como enfermero voluntario. Como no tenía el título de bachiller, abandonó los estudios de medicina, se doctoró y trabajó primero en K. en la colección de minerales y después en H. como ayudante en el instituto de mineralogía. Posteriormente se especializó en el ámbito de la química alimentaria y hace cinco años obtuvo el puesto de director del laboratorio municipal.

El sujeto de la exploración proporciona todos estos datos con rapidez y precisión, no tiene que pensar las respuestas, por lo que progresivamente se va teniendo la impresión de que se trata de una persona amante de la verdad y que dice la verdad, tanto más cuanto que en las exploraciones de los días siguientes los datos siguen siendo exactamente los mismos. A propósito de su vida sexual, el Dr. S. afirma de manera modesta, decente y abierta “que a partir de los 11 años empezó a tener clara la diferencia entre los sexos, hasta los 14 años se dio ocasionalmente al onanismo, consumó el coito por primera vez con 18 años y a partir de ahí lo practicó con moderación. Su deseo sensual nunca ha sido muy grande. A excepción de los últimos tiempos, el acto sexual ha sido normal en todos los sentidos con un sentimiento libidinoso satisfactorio y con potencia. Desde su matrimonio, celebrado hace dos años, ha practicado el coito única y exclusivamente con su esposa, con la que se casó por inclinación y a la que sigue amando de corazón. Lo practica como mínimo varias veces en semana.

La esposa del Dr. S., cuya confirmación le fue posible recabar al autor del informe, ratificó plenamente estos datos.

A todas las preguntas cruzadas relativas a un sentimiento sexual perverso respecto del hombre, el Dr. S. contestó de manera negativa en las sucesivas exploraciones, de manera plenamente concordante y sin tener que pensar en ningún momento la respuesta. Se reafirma en sus datos incluso cuando se le intenta tender una trampa haciéndole ver que el demostrar la existencia de una sensibilidad sexual perversa sería muy provechoso para el propósito del informe. Se tiene la sensación de que S. no tiene el más mínimo conocimiento sobre los hechos científicos relativos al amor entre hombres. Así, nos enteramos de que sus sueños con polución nunca han tenido a hombres por objeto, que solamente le interesa el desnudo femenino, que siempre le ha gustado mucho bailar con damas en los bailes, etc. No se detectan en S. en modo alguno rastros de inclinación sexual de ningún tipo por el propio sexo. En cuanto a la relación con G., el Dr. S. se manifiesta exactamente igual que lo hizo en la instrucción ante el juez. Solo es capaz de explicar su afecto por G. porque él es una persona nerviosa, sensible y emotiva, muy receptiva para la amistad. Durante su enfermedad se sentía solo y deprimido; su mujer estaba a menudo en casa de sus padres y así ocurrió que acabó haciéndose amigo de G., que era una persona bondadosa y amable.

Todavía tiene debilidad por él, en su compañía se siente curiosamente tranquilo y feliz.

Ya había tenido en dos ocasiones amistades íntimas de este tipo; una vez siendo todavía estudiante, con un compañero, un tal Dr. A. al que también abrazaba y besaba; más tarde con un tal barón M. Cuando pasaba varios días sin verlos se hallaba desconsolado hasta el punto de llorar.

También siente esta ternura y cariño por los animales. Así, sintió la pérdida de un caniche que murió hace algún tiempo como si fuera un miembro de la familia, besaba frecuentemente al animal. (Al mencionar estos recuerdos, al sujeto de la exploración se le saltan las lágrimas). Esta información es confirmada por el hermano del sujeto de exploración con la observación de que, en cuanto a la llamativa amistad de su hermano con A. y M. también parece excluida hasta la más leve sospecha de matices sexuales, por no hablar de relación. El más cuidadoso y minucioso examen del Dr. S. tampoco da pie en modo alguno para este tipo de suposiciones.

Asegura que nunca ha experimentado la más mínima reacción sensual ante G. y mucho menos erección o deseo sensual. S. motiva el afecto rayano en celos por G. sencillamente con su temperamento sentimental y su amistad desbordante. G. le sigue resultando tan cercano como si fuera su hijo.

Es revelador que S. explique que cuando G. le contaba sus aventuras galantes con mujeres, lo único que le molestaba era que G. corriera peligro de perjudicarse con sus excesos, de arruinar su salud. Nunca se sintió agraviado él mismo. Si hoy conociera a una buena chica para G., se alegraría de ello de corazón y apoyaría ese matrimonio.

S. afirma que no se dio cuenta hasta la investigación judicial de que había obrado de forma poco inteligente en el trato social con G. al exponerse a las habladurías de la gente. Explica el que todo se hiciera en público por la inocencia de esta relación de amistad.

Cabe destacar que la esposa del Dr. S. nunca notó nada sospechoso en el trato entre su marido y G., cuando hasta la mujer más simple se percataría por puro instinto de algo así. La señora S. tampoco puso reparos a acoger a G. en su casa. Observa al respecto que la habitación de invitados en la que G. pasó su enfermedad se encuentra en el primer piso, mientras que la vivienda familiar está en el tercero y además que S. nunca estaba a solas con G. cuando este estaba en la casa. Afirma que está convencida de la inocencia de su marido y que sigue amándole como antes.

El Dr. S. admite sin reparos haber besado frecuentemente a G. y haber hablado con él de cuestiones sexuales. G. es muy aficionado a las mujeres y él le advertía por amistad ante los excesos sexuales, concretamente cuando G., como ocurría a menudo, tenía mal aspecto a consecuencia de tales excesos.

Es cierto que en una ocasión hizo el comentario de que G. era guapo, pero fue de manera totalmente inocente.

Los besos a G. se producían por un desbordamiento amistoso si acaso G. tenía alguna atención especial con él o le daba alguna alegría. Nunca experimentó ningún tipo de sensación sexual al hacerlo. Aunque de vez en cuando soñaba con G., esto ocurría de forma totalmente inocente.

Al autor le pareció también de gran valor formarse un juicio sobre la personalidad de G. Se hizo amplio uso de la oportunidad que se presentó el 12 de diciembre de ese mismo año.

G. es un joven de constitución más bien delicada, con un desarrollo correspondiente a su edad (20 años), neuropático y de apariencia sensual. Los genitales son normales y están muy desarrollados. El autor cree poder pasar por alto el hallazgo del ano, ya que no se siente competente para emitir un juicio al respecto. En un trato prolongado con G. se obtiene la impresión de una persona inocente, bondadosa y sin disimulo, que puede actuar con ligereza, pero en ningún caso está corrompida moralmente. Nada en su atuendo o comportamiento da indicios de sentimiento sexual perverso. No produce la más mínima sospecha que apunte hacia una cortesana masculina.

G., llevado al meollo de la cuestión, lo resume todo en que S. y él, con la conciencia de que eran inocentes, lo contaron todo tal y como era y que todo eso lo infló la gente y así fue como les organizaron el proceso.

Al principio a él mismo le llamaba la atención la amistad de S. y sobre todo los besos, pero luego se convenció de que era simple amistad y dejó de extrañarse.

G. veía en S. un amigo paternal y, como se comportaba con él de manera tan desinteresada, le cogió cariño.

La expresión “chico guapo” surgió en un momento en que G. estaba enamoriscado y le estaba explicando a S. las dudas que tenía sobre su felicidad en el futuro. S. le consoló y le dijo que tenía un aspecto agradable y que encontraría pareja.

En una ocasión S. le explicó a él, G., que su mujer tenía tendencia a beber y mientras se lo estaba contando rompió a llorar. G. se conmovió entonces ante la desdicha de su amigo. S. le besó y le rogó que le diera su amistad y que le visitara con frecuencia.

S. nunca llevó la conversación espontáneamente a cuestiones sexuales. En cierta ocasión en que G. le preguntó qué era la sodomía, de la que había oído hablar con frecuencia en Inglaterra, S. se lo explicó.

G. reconoce ser una persona de tendencias sensuales. Con 12 años fue iniciado en la vida sexual por la conversación de los aprendices. Nunca se ha masturbado, con 18 años practicó el coito por primera vez, desde entonces visita el burdel con aplicación. Nunca ha sentido inclinación por el propio sexo, nunca ha experimentado excitación sexual cuando S. le besaba. Siempre ha practicado el coito con gusto y de forma totalmente normal. Sus poluciones oníricas siempre han ido acompañadas de imágenes lascivas relativas a mujeres. La insinuación de que se ha dado al sexo anal pasivo la rechaza indignado apelando a su descendencia de una familia sana y decente. Hasta que salieron a la luz los rumores en cuestión, él no tenía ni idea de nada y vivía inocentemente. Las anomalías halladas en su ano intenta explicarlas de la manera que queda reflejada en las actas. Niega la automasturbación en el ano.

Merece destacar que el señor J. S. se quedó no menos sorprendido ante el supuesto amor masculino de su hermano que otras personas próximas a dicho hermano. No obstante, tampoco él entiende qué es lo que unía a su hermano con G. Tampoco entiendo que todas las observaciones que él le hacía a su hermano a propósito del comportamiento para con G. fueran en vano.

El autor del informe se tomó la molestia de observar discretamente al Dr. S. y a G. mientras cenaban en Graz en compañía del hermano de S. y de la esposa del Dr. S. Esta observación no reveló el más mínimo indicio de una amistad prohibida.

La impresión global que me causó el Dr. S. fue la de un individuo nervioso, sanguíneo y un tanto excéntrico, pero bondadoso, franco y predominantemente emotivo.

El Dr. S. es físicamente fuerte, más bien corpulento, con un cráneo simétrico y levemente braquicefálico. Los genitales están muy desarrollados, el pene tiene una forma algo abombada, el prepucio más bien hipertrófico.

Informe.

El sexo anal es una forma de satisfacción sexual que por desgracia no resulta rara en la realidad actual del ser humano, pero que aun así, entre las poblaciones europeas, se puede considerar infrecuente, perversa, incluso monstruosa. Presupone una perversión congénita o adquirida del sentimiento sexual, junto con un defecto del sentimiento moral, ya sea originario o adquirido por influencias de índole morbosa.

La ciencia médica forense conoce exactamente las condiciones físicas y psíquicas que han de darse para que se produzca esta aberración de la vida sexual, y en un caso concreto y dudoso lo que se impone es averiguar si estas condiciones subjetivas y empíricas están presentes.

Es fundamental aquí diferenciar entre sexo anal activo y pasivo.

El sexo anal activo se presenta:

I. Como manifestación no patológica:

1. Como medio de satisfacción sexual en casos de gran necesidad sexual acompañada de abstinencia forzosa del placer sexual natural.

2. En viejos libertinos que se encuentran ahítos del placer sexual normal, que se han vuelto más o menos impotentes y que son además de costumbres depravadas, con lo que recurren al sexo anal para excitar su deseo mediante este estímulo novedoso y auxiliar así a una potencia psíquica y somáticamente disminuida.

3. Tradicionalmente, en ciertos pueblos ubicados en estadios culturales ínfimos, cuyas costumbres y moral están aún por desarrollar.

II. Como manifestación patológica:

1. Como resultado de un sentimiento sexual contrario congénito con repugnancia ante las relaciones sexuales con mujeres, llegando hasta la incapacidad absoluta para estas. No obstante, como ya apuntaba Casper, las relaciones anales resultan aquí raras. El denominado uranista encuentra su satisfacción en el hombre mediante el onanismo pasivo o mutuo o mediante actos que remedan el coito (por ejemplo, coitus inter femora) y únicamente llega al sexo anal en casos muy excepcionales, bien por ardor sexual, bien por complacer a alguien cuando el sentido moral es de un nivel muy bajo o ha caído a un nivel muy bajo.

2. Como consecuencia de un sentimiento sexual patológico adquirido:

a) Por onanismo que se prolonga durante gran número de años y que acaba causando impotencia con la mujer, pero deja intacto un activo deseo sexual.

b) Por una enfermedad psíquica grave (demencia senil, reblandecimiento cerebral en dementes, etc.) que puede dar lugar a una inversión del sentimiento sexual.

El sexo anal pasivo se presenta:

I. Como manifestación no patológica:

1. En individuos pertenecientes a la hez del pueblo que, siendo muchachos, tuvieron la desdicha de ser seducidos por libertinos y cuyo dolor y asco fueron compensados con dinero, que degeneraron moralmente y, al crecer, cayeron tan bajo que asumieron el papel de hetairas masculinas.

2. Bajo circunstancias análogas a las de I. 1. como pago a quien ha consentido en el sexo anal pasivo.

II. Como manifestación patológica:

1. En personas afectadas de sentimiento sexual contrario, como contraprestación a hombres por servicios amorosos prestados, sobreponiéndose al dolor y la repugnancia.

2. En uranistas que se sienten como mujeres ante los hombres, por impulso y deseo. Estos hombres-mujeres sienten horror feminae y son absolutamente incapaces de mantener relaciones sexuales con mujeres. El carácter y las inclinaciones son femeninos.

Estas son las experiencias recogidas por la medicina forense y la psiquiatría. Ante el foro de la ciencia médica es preciso demostrar que un hombre pertenece a una de las categorías anteriores para considerar plausible que sea dado al sexo anal.

En vano se buscan en la vida y en el aspecto del Dr. S. los rasgos que permitan incluirlo en alguna de las categorías establecidas por la ciencia para el sexo anal activo. No es una personalidad forzada a la abstinencia sexual, tampoco una que se haya vuelto impotente con la mujer por excesos, tampoco la que ama al hombre de manera congénita, tampoco se ha apartado de las mujeres por causa de la masturbación viéndose arrastrado hacia el hombre por la persistencia del estímulo sexual, tampoco ha sufrido una perversión sexual como consecuencia de una grave enfermedad psíquica.

Faltan incluso en él las condiciones generales que son necesarias para el sexo anal: imbecilidad moral o depravación moral por una parte y deseo sexual desproporcionado por otra parte.

También resulta imposible clasificar al cómplice G. en una de las categorías empíricas del sexo anal pasivo, pues no posee ni las características de la hetaira masculina ni los rasgos clínicos del afeminado ni los estigmas antropológicos y clínicos del hombre-mujer. Es el contrario de todo esto.

Para que resultara verosímil desde una perspectiva médica y científica la existencia de una relación entre ambos que implicara sexo anal, el Dr. S. tendría que presentar los antecedentes y rasgos del sodomita activo del tipo I. 2.; y G., los del pasivo del tipo II.1. o 2.

Desde el punto de vista de la psicología forense, el supuesto sobre el que se basa el veredicto resulta insostenible.

Con el mismo derecho se podría tomar a cualquiera por sodomita. Hemos de ponderar aún si las explicaciones aportadas por el Dr. S. y G. a propósito de su más que llamativa amistad se sostienen psicológicamente.

Desde el punto de vista psicológico, no faltan analogías de que un hombre tan emotivo y excéntrico como S. —incluso en ausencia de toda motivación sexual— pueda desarrollar una trascendente relación de amistad.

Basta pensar en las estrechas amistades que se desarrollan en los internados femeninos, en el abnegado amor amistoso de los jóvenes sentimentales, en la ternura que una persona sensible muestra en ocasiones incluso con una mascota (sin que nadie piense en bestialismo). Dada la singularidad psicológica de S., no deja de resultar comprensible, en cualquier caso, una desbordante amistad hacia el joven G. El que la amistad se desarrollara abiertamente hace pensar más bien en su inocencia que en una pasión sensual.

Los condenados lograron que se retomara el proceso. El 7 de marzo de 1890 tuvo lugar el nuevo juicio oral. Este proporcionó datos procedentes de las declaraciones de testigos que contribuyeron sustancialmente al descargo de los acusados.

Se reconoció generalmente que hasta entonces S. se había comportado con moralidad. La monja que cuidaba a G. en el domicilio de los S. nunca encontró nada llamativo en el trato entre S. y G. Los viejos amigos de S. dieron testimonio de su moralidad, su estrecha amistad y su costumbre de besarlos cuando los veía y cuando se marchaba. Las alteraciones que se habían encontrado con anterioridad en el ano de G. ya no estaban allí. Uno de los expertos citados por el tribunal admitió la posibilidad de que hubieran aparecido por mera manipulación digital. Su valor diagnóstico fue cuestionado por el experto aportado por la defensa.

El tribunal reconoció a raíz de esto que no quedaba probado el delito imputado y concedió la absolución.