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Caso 158: androginia

Androginia. Señor von H., 30 años, soltero, descendiente de madre neuropática. Al parecer, no ha habido en la familia del enfermo enfermedades nerviosas ni psíquicas y su único hermano es completamente normal tanto física como psíquicamente. El paciente, según manifiesta, tuvo un desarrollo físico tardío, por lo que realizó diversas estancias en balnearios marinos y sanatorios climáticos. Desde su infancia tuvo una constitución neuropática y, según testimonio de sus parientes, no era como los otros chicos. Enseguida empezó a llamar la atención su rechazo de las ocupaciones masculinas y su afición a los juegos femeninos. Huía de todos los juegos de chico, así como de la gimnasia, mientras que le atraían especialmente los juegos con muñecas y los trabajos femeninos. El paciente se desarrolló bien posteriormente, no sufrió enfermedades de consideración, pero espiritualmente su carácter siguió siendo anormal, siendo incapaz de tomarse la vida con seriedad y dando muestras de una orientación marcadamente femenina en sus gustos e ideas.

Con 17 años aparecieron las poluciones, que se multiplicaron hasta llegar a producirse también de día, lo que debilitó al enfermo y le acarreó numerosos trastornos nerviosos. Desarrolló síntomas de neurasthenia spinalis, que se mantuvieron hasta hace pocos años, pero se fueron suavizando al volverse las poluciones menos frecuentes. Niega haber practicado el onanismo, aunque este parece bastante probable. Sus pensamientos flojos, blandos, soñadores se fueron volviendo cada vez más llamativos a partir de la pubertad. Los intentos de encaminar al enfermo hacia una vida profesional resultaron inútiles. Sus funciones intelectuales, aunque no presentaban perturbaciones formales, no ganaban suficiente altura para encontrar motivos conductores efectivos en el establecimiento de un carácter independiente y de una visión elevada de la vida. Seguía siendo dependiente, un niño grande, y nada delataba con mayor claridad su constitución originariamente anormal que su absoluta incapacidad para administrar el dinero, junto con su propia confesión de que es incapaz de manejar el dinero de manera ordenada y sensata y que en cuanto tiene un poco se lo gasta en antigüedades, adornos personales y tonterías por el estilo.

Igual de poco apto que para una administración sensata del dinero resultó el paciente para el establecimiento de una existencia social o incluso para la mera comprensión de su importancia y valor.

No aprendía nada que mereciera la pena, dedicaba el tiempo a su arreglo personal y a veleidades artísticas, más concretamente a la pintura, para la cual mostró ciertas dotes, pero sin dar de sí tampoco lo más mínimo por falta de constancia. No era posible encaminarle hacia el trabajo intelectual, tan solo tenía cabeza para lo superficial, siempre andaba distraído y las cosas serias le aburrían al instante. Durante el resto de su vida se irían sucediendo indefectiblemente las trastadas con consecuencias indeseables, los viajes absurdos, el derroche de dinero, las deudas… y ni siquiera era capaz de ver estos errores notorios de su forma de vivir. En cuanto alguien intentaba que se valiera por sí mismo y que se diera cuenta de lo que le convenía, se volvía tozudo, intratable y no hacía nada a derechas.

Estos síntomas de una constitución psíquica originariamente anormal y deficiente van acompañados de notables signos de una sensibilidad sexual perversa de la que también se detectan indicios en el ámbito somático del paciente. El paciente se siente a sí mismo como mujer frente a los hombres y experimenta inclinación hacia las personas del mismo sexo, además de indiferencia, cuando no marcada aversión, hacia las del sexo femenino. Asegura haber mantenido relaciones sexuales con mujeres a los 22 años y haber consumado el coito con normalidad, pero en parte por la agudización de los trastornos neurasténicos que se producía siempre después del coito, en parte por miedo a contagios, pero sobre todo por falta de satisfacción, asegura haberse apartado pronto del sexo femenino. Tiene perfectamente clara la anormalidad de su situación sexual; es consciente de su inclinación hacia el sexo masculino, pero solamente reconoce avergonzado experimentar un delicioso sentimiento de amistad hacia ciertas personas masculinas, sin que esto vaya acompañado de un sentimiento sensual. No es que abomine del sexo femenino, podría incluso decidirse a casarse con una mujer que le atrajera por compartir sus sentimientos artísticos… siempre y cuando se le eximiera del débito conyugal, que le resultaría desagradable y cuyo cumplimiento le dejaría débil y agotado. El paciente niega haber mantenido relaciones sexuales con hombres, pero su rubor y su azoramiento y, sobre todo, un incidente en N., donde intentó hace poco mantener relaciones sexuales con jóvenes en un hotel con el consiguiente escándalo, delatan su mentira.

También la apariencia externa, la actitud, la constitución física, los gestos, las maneras y la forma de vestir resultan llamativos y recuerdan decididamente los modos y comportamientos femeninos. Si bien el paciente posee una estatura por encima de la media, el tórax y la pelvis presentan una constitución claramente femenina. Tiene abundante grasa corporal, la piel está cuidada, es suave, blanda. La impresión de mujer vestida de hombre se ve reforzada por el escaso vello facial, que además lleva afeitado, con la excepción de un pequeño bigote; a esto se le unen el contoneo en los andares, la timidez y amaneramiento de su persona, el afeminamiento de sus rasgos, la expresión neuropática de los ojos, como si flotaran, los restos de polvos y pintura por la cara, el dandismo de su ropa, con un sobretodo que se abulta en la parte superior como si tuviera pechos, el afeminado pañuelo con flecos que se pone al cuello y el pelo apartado de la frente, cepillado y alisado para que caiga sobre las sienes.

La exploración física pone de manifiesto la consitución claramente femenina del cuerpo. Si bien los genitales externos están bien desarrollados, el testículo derecho se halla retenido en el canal inguinal, la vellosidad del mons veneris es escasa y este presenta una inusitada acumulación de grasa, además de resultar prominente. La voz es aguda, carente de timbre masculino.

También las ocupaciones e ideas de von H. son decididamente femeninas. Tiene su boudoir, su tocador bien surtido, donde donde se pasa horas y horas perdiendo el tiempo con todos los artificios de belleza habidos y por haber; huye de la caza, de los ejercicios con armas y de otras ocupaciones masculinas por el estilo, dice de sí mismo ser un hombre de ingenio, goza hablando de sus pinturas y de sus experimentos poéticos; se interesa por trabajos femeninos como el bordado y los practica además, y afirma que su máxima felicidad consistiría en poder pasar la vida rodeado de un círculo de hombres y mujeres entendidos en arte y de delicado sentido estético cultivando la conversación, la música, la estética, etc. Su conversación gira preferentemente en torno a asuntos femeninos: modas, labores femeninas, cocina, cuestiones domésticas.

El paciente se encuentra bien nutrido aunque algo anémico. Es de constitución neuropática y presenta síntomas de neurastenia, que se ven reforzados por un estilo de vida inadecuado, exceso de tiempo en la cama, en el dormitorio, enervación…

Se queja de dolores y presión de cabeza pasajeros, así como de frecuentes estreñimientos; es asustadizo, se ve aquejado de cuando en cuando de fatiga, cansancio, dolores en las extremidades que se propagan siguiendo los nervios lumboabdominales, se siente cansado, agotado después de las poluciones y, regularmente, después de comer, tiene sensibilidad a la presión en proc. spinosi de la vértebra dorsal, así como al tacto de los nervios accesibles. Siente simpatías y antipatías caprichosas por determinadas personas, cuando se encuentra a gente que le resulta antipática, cae en un peculiar estado en el que se mezclan el miedo y la confusión. Sus poluciones, aunque ahora solo se presentan de tarde en tarde, son patológicas, en cuanto que se aparecen también por el día y en ausencia de toda excitación libidinosa.

 

Informe

 

1. El señor von H. posee, según todo lo observado y referido una personalidad defectuosa y psíquicamente anormal, y esto es así desde su origen. Uno de los síntomas de esta constitución anormal psíquico-física es su sentimiento sexual contrario.

2. Para este estado, en tanto que congénito, no hay curación posible.

Presenta una organización defectuosa de los centros psíquicos superiores que le incapacita para llevar una vida independiente y lograr una colocación con la que asegurar su existencia. Su sentimiento sexual perverso le impide un funcionamiento sexual normal, con todas las consecuencias sociales de una anomalía de este tipo y con el peligro de una satisfacción de deseos perversos resultantes de su organización anormal, lo que, a su vez, hace temer conflictos sociales y jurídicos. La inquietud, no obstante, no ha de ser excesiva, dado que el (perverso) impulso sexual del enfermo es escaso.

3. El señor von H. no es irresponsable de sus acciones en el sentido legal del término y no resulta apto para el internamiento en un manicomio (ni lo necesita).

Puede —aunque es un niño grande e incapaz de manejarse por sí mismo— vivir en sociedad bajo la vigilancia y dirección de personas psíquicamente normales. Puede también hasta cierto punto respetar las leyes y normas de la sociedad civil y orientar su conducta de acuerdo con ellas, pero conviene destacar por lo que respecta a posibles aberraciones y conflictos sexuales con implicaciones penales que su sentimiento sexual tiene un carácter anormal como consecuencia de condiciones morbosas de índole orgánica y que, llegado el caso, esta circunstancia se habría de tomar también en consideración.

Dada su notoria incapacidad para llevar una vida independiente, no puede emanciparse de la autoridad paterna o de un tutor, pues de lo contrario causaría su propia ruina financiera.

4. El señor von H. también presenta afecciones físicas. Tiene síntomas de una ligera anemia y de neurasthenia spinalis.

Se presenta como imprescindible una reglamentación sensata de su vida, un tratamiento médico tonificante, a ser posible de tipo hidroterapéutico. La sospecha de un origen de sus males en la masturbación precoz es insoslayable y resulta plausible la presencia de una espermatorrea etiológica y terapéuticamente significativa. (Observación propia. Zeitschrift für Psychiatrie).

Caso 154: effeminatio

Señor C., 28 años, persona privada, desciende de un padre neuropático y una madre muy nerviosa. Un hermano de la madre padeció paranoia, otro de ellos presenta degeneración psíquica. Los tres hermanos pequeños de C. son perfectamente normales.

C. está afectado de neuropatía, tiene un ligero tic convulsivo. Se ha sentido atraído por individuos masculinos desde que es capaz de recordar. Al principio era solamente entusiasmo por compañeros de clase. Al llegar a la pubertad, empezó a enamorarse de profesores y huéspedes de la casa de sus padres; practicaba además masturbatio mutua con compañeros de colegio. Se sentía en un papel femenino. Sus sueños con poluciones giraban en torno a personas masculinas. C. tenía talento para la música, la poesía, empezó pronto a interesarse por el teatro. No estaba en modo alguno dotado para los campos científicos, en especial para las matemáticas, y le costó terminar el instituto.

Considera que en su alma es mujer, afirma haber jugado de niño exclusivamente con muñecas y haberse interesado después tan solo por historias femeninas, así como haber sentido aversión por los trabajos masculinos. Prefería la compañía de muchachas porque le resultaban simpáticas y compartían sus sentimientos, mientras que en compañía de hombres era tímido, retraído como una doncella. El tabaco y los licores le repugnaban. Hubiera preferido cocinar, hacer punto y bordar. Nunca fue libidinoso. Ya de adulto, raramente ha mantenido relaciones sexuales con hombres. Su ideal sería mantener tales relaciones situándose en un papel femenino. Siente horror ante el coitus cum muliere. Desde que leyó la Psychopathia sexualis, empezó a sentir terror de sí mismo, así como de alguna posible condena judicial, y logró abstenerse de las relaciones sexuales con hombres. Esta abstinencia le provocó poluciones masivas y neurastenia. Buscó por ello ayuda médica.

C. tiene barba poblada, no hay en él nada que se aparte del tipo viril quitando unos rasgos delicados y una piel llamativamente fina. Los genitales son normales excepto por la falta de descensus de un testículo. Su comportamiento en la calle, su manera de andar y su actitud no presentan nada de llamativo, a pesar de lo cual sufre la fobia de que la gente percibe su constitución sexual anormal. Es por ello retraído. Cuando se habla de indelicadezas se ruboriza como una muchacha. En cierta ocasión en que alguien habló del sentimiento sexual contrario, cayó desmayado. Cuando oye música le entran sudores. Cuando se le trata más de cerca, presenta un alma femenina, una timidez de muchacha y se muestra dependiente. El nerviosismo, el tic convulsivo y las múltiples afecciones neurasténicas delatan a una persona con una probable propensión constitucional a la neuropatía.

Caso 147: homosexualidad o uranismo

Señor Y., 40 años, industrial, desciende de padre neuropático fallecido como consecuencia de una apoplexia cerebri. En la familia materna se han dado varios casos de enfermedades cerebrales cuyo foco no se ha podido determinar. Dos de los hermanos del paciente son sexualmente normales, pero, al igual que el paciente, constitucionalmente neuropáticos. Este afirma haber llegado a la masturbación con ocho años sin ser inducido por nadie. Desde los 15 años se siente atraído por muchachos hermosos de su misma edad, a varios de los cuales induce a la masturbación mutua. Ya de mayor, se interesaba exclusivamente por jóvenes de 17 a 20 años, barbilampiños, de bellos rasgos femeninos, mientras que el sexo femenino carecía de todo atractivo para él.

Y. pronto se dio cuenta de que su vita sexualis debía tener una constitución patológica; sin embargo, percibía la satisfacción de sus necesidades anormales como natural y se explica de este modo a sí mismo que, aun siendo persona sensible y de moralidad estricta, superara los reparos a entregarse a tales impulsos. Lo único que le resultaba repugnante era el contacto con las mujeres, que solo intentó en dos ocasiones y en vano, así como la automasturbación, que, estando dotado de gran apetito sensual, practicaba faute de mieux sin obtener satisfacción espiritual. Asegura haber luchado denodadamente contra este espantoso impulso que le convierte en un forajido y que horroriza a todo el mundo; pero que esto ha sido en vano porque en su satisfacción solo ha encontrado algo prescrito a su naturaleza. Siempre se ha sentido en un papel activo respecto de los hombres y se ha limitado a las prácticas toleradas por la ley. Así y todo, Y. se vio envuelto en chantajes, perdió un puesto respetable y bien remunerado, llevó una desdichada existencia como vagabundo hasta que se decidió a empezar de nuevo al otro lado del océano, cosa que logró gracias a su habilidad y honradez.

Cuando conocí a Y., se hallaba al borde de la desesperación y el suicidio, sobre todo porque un tratamiento sugestivo en el que había cifrado sus últimas esperanzas y que había sido puesto en práctica por un experimentado médico había resultado en un completo fracaso al no poder hipnotizársele.

Aparte de signos de constitución neurasténica, en parte por predisposición y en parte por la abstinencia y las alteraciones del ánimo, y de un pene pequeño con genitales por lo demás bien formados, no encontré nada de patológico en Y. Los caracteres sexuales secundarios físicos y psíquicos eran perfectamente masculinos.

Caso 142: hermafroditismo psíquico

Hermafroditismo psíquico. La sensibilidad heterosexual pronto queda atrofiada por la masturbación, aunque esporádicamente resulta intensa. Sensibilidad homosexual perversa ab origine (excitación sensual con botas de caballero).

El señor X., de 28 años, acude a mí en septiembre de 1887 en un estado de ánimo desesperado con el fin de consultarme acerca de cierta perversión de su vita sexualis que le hace la vida prácticamente insoportable y que en repetidas ocasiones le ha llevado al borde del suicidio.

El paciente procede de una familia en la que son frecuentes las neurosis y psicosis. En la familia paterna se llevaban practicando matrimonios entre primos desde hacía tres generaciones. Al parecer el padre es una persona sana y ha tenido un matrimonio armonioso. No obstante, al hijo le llama la atención la predilección de su padre por las criadas guapas. La rama materna es presentada como una familia de gente rara. El abuelo y el bisabuelo maternos murieron melancólicos, la hermana de la madre estaba loca. Una hija del hermano del abuelo era histérica y ninfómana. De los 12 hermanos de la madre, solo tres se casaron. De estos, un hermano era de sexualidad contraria y padecía constantes enfermedades nerviosas a consecuencia de excesos en la masturbación. Al parecer, la madre del paciente era mojigata, psíquicamente limitada, nerviosa, irritable, con tendencia a la melancolía. Murió cuando el paciente tenía 14 años.

El paciente tiene dos hermanos: un hermano neuropático, que sufre frecuentemente de abatimiento melancólico y que aunque es adulto nunca ha dado muestras de movimientos sexuales y una hermana, belleza reconocida, que es literalmente objeto de veneración en el mundo masculino.

Esta dama está casada pero sin hijos, según parece por impotencia del marido. Siempre se mostró fría frente a los homenajes que le rendían los hombres, pero es una apasionada de la belleza femenina y se enamora locamente de algunas de sus amigas.

El paciente comunica a propósito de su propia personalidad que ya con cuatro años soñaba con palafreneros jóvenes y hermosos con botas relucientes. Asegura que tampoco al hacerse mayor empezó a soñar con mujeres. Sus poluciones nocturnas venían provocadas indefectiblemente por “sueños de botas”.

Ya a partir del cuarto año de edad empezó a sentir una singular inclinación hacia los hombres o, mejor dicho, los lacayos con botas relucientes. Al principio le resultaban simplemente simpáticos, pero según se iba desarrollando su vida sexual, su visión le iba provocando fuertes erecciones y una excitación libidinosa. Unas botas brillantes y relucientes solo le excitaban cuando las llevaba un sirviente. Ese mismo objeto pero en una persona de su misma posición social le dejaba indiferente.

No se asociaba a estas situaciones un impulso sexual del tipo del amor entre hombres. La mera idea de tal posibilidad le resultaba ya de por sí repugnante. Pero sí que se daban fantasías de tono libidinoso consistentes en ser criado de su criado, poder quitarle las botas en su condición de tal, pero sobre todo que le dieran patadas con ellas o que le dejaran limpiarlas. El orgullo del aristócrata se rebelaba contra semejantes pensamientos. Estas ideas de botas le resultaban extremadamente repugnantes y penosas.

El sentimiento sexual se desarrolló pronto y con fuerza. Al principio se manifestó en forma de delectación en pensamientos libidinosos relacionados con botas y, a partir de la pubertad, en poluciones acompañadas de sueños análogos.

Por lo demás, el desarrollo físico y espiritual se fue completando sin perturbaciones. El paciente tenía grandes dotes, aprendía con facilidad, terminó con éxito sus estudios, se hizo oficial, y se convirtió gracias a su presencia distinguida y perfectamente viril, así como a su elevada posición, en una personalidad popular en sociedad.

Él se describe a sí mismo como una persona bondadosa, tranquila, con fuerza de voluntad pero superficial. Asegura ser un apasionado cazador y jinete y no haber tenido nunca afición por las ocupaciones femeninas. En compañía de damas siempre se ha sentido cohibido; en los bailes siempre se ha aburrido. Nunca ha sentido interés por una dama de la alta sociedad. De las mujeres solo le han interesado las campesinas rollizas como las que hacen de modelo para los pintores en Roma. Pero tampoco ha sentido nunca una verdadera excitación sensual por estas representantes del sexo femenino. En el teatro o en el circo solo ha sentido interés por los actores masculinos. Pero tampoco estos han despertado en él una sensibilidad sensual. Lo único que le excita de un hombre son las botas, y solamente si el portador pertenece a la servidumbre y es guapo. Los hombres de su misma posición le resultan perfectamente indiferentes por muy bonitas que sean las botas que calcen.

Por lo que respecta a sus inclinaciones sexuales, el paciente sigue sin tener claro si siente más simpatía por el sexo opuesto o por el propio.

En su opinión, al principio tenía más bien sensibilidad para las mujeres, pero en cualquier caso esta simpatía era más bien débil. Asegura decididamente que no le resulta simpático en modo alguno adspectus viri nudi y que el de los genitales masculinos sencillamente le repele. No era este precisamente el caso con las mujeres, pero ni siquiera el más bello corpus femininum es capaz de excitarle. Siendo un oficial joven a veces se veía obligado a ir con sus compañeros a los prostíbulos. No era demasiado difícil convencerle porque esperaba con ello desembarazarse de sus incómodas fantasías de botas. Era impotente hasta que recurría a sus fantasías de botas. El acto de la cohabitación transcurría entonces con total normalidad, aunque sin sentimiento libidinoso. El paciente nunca ha experimentado el impulso de mantener relaciones con mujeres, siempre ha sido necesaria una ocasión o inducción externa. Cuando quedaba abandonado a sí mismo, su vita sexualis consistía en fantasías de botas y en los correspondientes sueños y poluciones. Como esto iba acompañado de manera cada vez más intensa del impulso de besarles las botas a sus criados, calzarlos, etc., el paciente decidió poner todos los medios para librarse de este repugnante impulso que tanto lastimaba su amor propio. Tenía por aquel entonces 20 años y se encontraba en París; se acordó entonces de una bellísima campesina de su lejana patria. Concibió la esperanza de librarse con ayuda de ella de su perversa orientación sexual, se puso inmediatamente en camino hacia casa y solicitó los favores de la muchacha. Asegura que en aquel momento se enamoró profundamente de aquella persona, que ya la visión, el tacto de su ropa le excitaban y que en cierta ocasión en que ella le dio un beso sufrió una fuerte erección. El paciente tardó un año y medio en alcanzar el objetivo de sus deseos con esta persona.

Era muy potente, pero tardaba en eyacular (entre 10 y 20 minutos) y nunca experimentó un sentimiento libidinoso durante el acto.

Tras aproximadamente un año y medio de trato sexual con esta joven, su amor por ella se enfrió, pues no lo encontró tan “hermoso y puro” como deseaba. A partir de ese momento tuvo que volver a echar mano de sus fantasías de botas, que habían pasado a un estado latente, para seguir siendo potente en sus relaciones con esta muchacha. Estas se presentaron de manera espontánea en la misma medida en que su potencia iba disminuyendo. Posteriormente, el paciente practicó el coito también con otras mujeres. De vez en cuando, dependiendo de si la mujer le resultaba simpática, este se desarrollaba sin intromisión de las fantasías de botas.

En cierta ocasión le aconteció incluso al paciente el cometer un estupro. Curiosamente esta fue la única vez en que tuvo durante el acto (forzado) un sentimiento libidinoso. Inmediatamente después del hecho sintió repugnancia. Cuando una hora después del estupro volvió a practicar el coito con la misma mujer, esta vez con su consentimiento, ya no tenía sentimiento libidinoso. Según iba disminuyendo su potencia, es decir, a medida que esta solo se lograba mantener mediante las fantasías de botas, también iba decayendo la libido hacia el otro sexo. Resulta revelador de la escasa libido y débil predisposición del paciente hacia la mujer el hecho de que fuera a dar en la masturbación mientras todavía mantenía relaciones sexuales con la campesina. Tuvo conocimiento de esta práctica por medio de las “Confesiones” de Rousseau, obra que fue a parar en sus manos por casualidad. Las fantasías de botas comenzaron a asociarse inmediatamente con los impulsos correspondientes. Experimentaba entonces potentes erecciones, se masturbaba, tenía un vivo sentimiento libidinoso al eyacular que no se presentaba en el coito y al principio se sentía con la masturbación más despejado y animado espiritualmente.

Con el tiempo, no obstante, se presentaron los síntomas de una neurastenia primero sexual y después general con irritación espinal. Se abstuvo entonces transitoriamente de la masturbación y acudió a su antigua amada. Pero esta le resultaba ya perfectamente indiferente y como ya al final ni siquiera con ayuda de escenas de botas lograba triunfar, se apartó de esta mujer y cayó nuevamente en la masturbación, con la que se sentía protegido del impulso de besarles, limpiarles, etc. las botas a los criados. Su posición sexual le resultaba, no obstante, penosa. Ocasionalmente volvió a intentar el coito e incluso tenía éxito en cuanto se imaginaba unas botas relucientes. Tras abstenerse de la masturbación durante un prolongado periodo, logró también consumar el coito de vez en cuando sin ayudas artificiales.

El paciente se describe a sí mismo como dotado de un gran apetito sexual. Cuando lleva tiempo sin eyacular, se congestiona, experimenta una intensa excitación psíquica y le asaltan las repugnantes imágenes de botas, de manera que no le queda más remedio que practicar el coito o, mejor todavía, masturbarse.

Desde hace un año, su situación moral se ha complicado de manera penosa porque, siendo el último de una rica y distinguida estirpe y por deseos imperiosos de su padre, tiene que casarse de una vez por todas. La novia que se le tiene destinada es de extraordinaria belleza y le resulta extremadamente simpática espiritualmente. Pero como mujer le resulta indiferente como cualquier otra mujer. Le satisface estéticamente como una “obra de arte” cualquiera. Ella aparece a sus ojos como un ser ideal. Adorarla platónicamente constituiría para él un tipo de dicha que merecería la pena perseguir, pero poseerla como mujer le resulta una idea penosa. Sabe de antemano que solo podría ser potente con ella recurriendo a fantasías de botas. Sin embargo, echar mano de tales medios entra en oposición con la elevada estima en que tiene a esta dama, sus sentimientos morales y estéticos hacia ella. Si la mancillara pensando en botas, ella perdería ante los ojos de él su valor estético y entonces él se volvería impotente y ella le resultaría repugnante. El paciente considera su situación desesperada y confiesa haber andado últimamente al borde del suicidio.

Es un hombre muy inteligente con un aspecto perfectamente masculino, barba poblada, voz grave, genitales normales. El ojo tiene una expresión neuropática. No hay signos de degeneración. Síntomas de neurastenia espinal. Se logra tranquilizar al paciente e inspirarle confianza en el futuro.

Los consejos médicos consistieron en remedios para combatir la neurastenia, la prohibición de seguir masturbándose, así como de seguir entregándose a las fantasías de botas; perspectiva de que al eliminar la neurastenia la cohabitación sin ideas de botas será posible y el paciente con el tiempo estará en condiciones morales y físicas de casarse.

A finales de octubre de 1888 el paciente me escribió para contarme que venía resistiéndose desde entonces a la masturbación y a las fantasías de botas con todas sus fuerzas. Ya solo había vuelto a tener un único sueño de botas y prácticamente no había tenido poluciones. Se encontraba libre de impulsos homosexuales, pero, a pesar de una excitación sexual que a menudo era importante, seguía sin experimentar libido alguna hacia las mujeres. En esta fatal situación, las circunstancias le obligaban ahora a casarse dentro de tres meses.

Caso 139: hermafroditismo psíquico

Señor Z., 36 años, particular, me consulta por una anomalía de su sentimiento sexual que le hace cuestionarse un matrimonio previsto. El paciente desciende de un padre neuropático que sufre de sobresaltos nocturnos. El padre del padre también fue neuropático; el hermano del padre, idiota. La madre del paciente y la familia de esta eran sanos y psíquicamente normales.

De tres hermanas y un hermano, el último sufre “moral insanity”. Dos hermanas están sanas y viven felizmente casadas.

El paciente fue un niño débil, nervioso, padecía sobresaltos nocturnos como su padre, pero nunca tuvo enfermedades graves, a excepción de una coxitis de resultas de la cual cojea. Sus impulsos sexuales tuvieron un temprano despertar. Con 8 años, sin haber sido inducido a ello, empezó a masturbarse. A partir de los 14 años empezó a eyacular esperma. Estaba bien dotado psíquicamente, se interesaba también por el arte y la literatura. Siempre fue de musculatura débil y nunca aficionado a juegos de chicos y más tarde tampoco a las ocupaciones masculinas. Tenía un cierto interés por la ropa de mujer y por los adornos y ocupaciones de estas. Ya desde la pubertad el paciente empezó a notar una inclinación por las personas masculinas que le resultaba inexplicable. Le resultaban especialmente simpáticos los muchachos de las clases populares ínfimas. Le atraían especialmente los soldados de caballería. Impetu libidinoso saepe affectus est ad tales homines aversos se premere. Quodsi in turba populi, si occasio fuerit bene successit, voluptate erat perfusus; ab vigesimo secundo anno interdum talibus occasionibus semen eiaculavit. Ab hoc tempore idem factum est si quis, qui ipsi placuit, manum ad femora posuerat. Ab hinc metuit ne viris manum adferret. Maxime periculosos sibi homines plebeios fuscis et adstrictis bracis indutos esse putat. Summum gaudium ei esset si viros tales amplecti et ad se trahere sibi concessum esset; sed patriae mores hoc fieri vetant. Paederastia ei displacet: magnam voluptatem genitalium virorum adspectus ei affert. Virorum occurrentium genitalia adspici semper coactus est. En el teatro, el circo, etc. solamente le interesan los actores masculinos. El paciente afirma no haber sentido nunca inclinación hacia las damas. No las rehúye, baila incluso con ellas, pero no experimenta con ello el más mínimo movimiento sensual.

Ya con 28 años el paciente se vuelve neurasténico, probablemente a consecuencia de sus excesos masturbatorios.

A partir de aquí se suceden las poluciones nocturnas, que le debilitan considerablemente. Raramente sueña con hombres durante estas poluciones y nunca con mujeres. En una única ocasión el desencadenante fue un sueño lascivo (en el que mantenía relaciones anales). Por lo demás, soñaba en tales ocasiones con escenas de muerte, agresiones por parte de perros y similares. El paciente sufría durante todo este tiempo una extremada libido sexualis. A menudo le acometían pensamientos libidinosos como deleitarse en la muerte de animales en el matadero o hacerse azotar por muchachos. No obstante, resistió a estos deseos y al impulso de ponerse uniformes militares.

Para librarse de la masturbación y satisfacer su libido nimia, decidió acudir a un lupanar. Llevó a la práctica su primer intento de satisfacerse sexualmente con una mujer con 21 años, después de consumir una cantidad considerable de vino. La belleza del cuerpo femenino y la desnudez femenina en general le resultaban más bien indiferentes. Aun así logró consumar el coito y disfrutar con él, y a partir de entonces frecuentó el prostíbulo por “motivos de salud”.

A partir de entonces también empezó a encontrar gran placer en escuchar a hombres que le contaban sus relaciones sexuales con personas del otro sexo.

También en el lupanar acudían a él frecuentemente ideas flagelatorias, aunque no necesitaba concentrarse en tales imágenes para ser potente. Veía las relaciones sexuales en el lupanar tan solo como una escapatoria ante el impulso a la masturbación y a los hombres, como una especie de válvula de seguridad para evitar ponerse en evidencia ante un hombre simpático.

Al paciente le gustaría ahora casarse, pero teme que no podrá sentir amor por una dama decente y que, consecuentemente, tampoco será potente con ella. De ahí sus dudas y la necesidad de consultar con un médico.

El paciente es una persona muy inteligente con un aspecto totalmente masculino. Tampoco su ropa o su actitud resultan llamativas. Su forma de andar, su voz son perfectamente masculinos, como lo es su esqueleto, sobre todo la pelvis. El desarrollo de los genitales es absolutamente normal. Estos y la cara están cubiertos por gran cantidad de vello. Entre su familia y conocidos nadie imagina siquiera sus anomalías sexuales. Asegura que en sus fantasías sexuales de índole contraria nunca se ha sentido respecto al hombre en el papel de una mujer. El paciente lleva varios años prácticamente libre de trastornos neurasténicos.

No se siente capaz de responder a la pregunta de si considera congénita su sexualidad contraria. Parece que ya ab origine la inclinación hacia la mujer era débil, siendo más acentuada hacia el hombre, y que aquella se debilitó aún más, sin llegar a desaparecer del todo, como consecuencia de un inicio muy temprano de la masturbación, lo que favoreció el sentimiento sexual contrario. Al cesar la masturbación, mejoró algo la sensibilidad hacia lo femenino, aunque solo en sus aspectos más groseramente sensuales.

El paciente explica que tiene necesidad de casarse por motivos familiares y profesionales, por lo que esta delicada cuestión resultaba ineludible.

Dado que el paciente se limitó, afortunadamente, a plantear la cuestión de su potencia como marido, la respuesta que se le dio fue que él es potente de por sí y que probablemente lo será también en las relaciones conyugales con una mujer de su elección, siempre que como mínimo sienta una simpatía espiritual por ella.

Por otra parte, siempre puede aumentar su potencia ayudándose adecuadamente de su fantasía.

Lo principal es fortalecer una inclinación sexual por el otro sexo que actualmente se encuentra atrofiada, pero no ausente por completo. Esto puede lograrse manteniéndose alejado de todos los sentimientos e impulsos homosexuales y reprimiéndolos, eventualmente con ayuda de influjos inhibitorios artificiales mediante sugestión hipnótica (sugestión negativa de los sentimientos homosexuales), así como procurando estimular y reforzar los sentimientos e impulsos sexuales normales absteniéndose absolutamente de continuar con la masturbación y eliminando los restos de constitución neurasténica del sistema nervioso mediante hidroterapia y, llegado el caso, faradización general.

Caso 137: eviratio y transformatio sexus paranoica

Franz St., 33 años, maestro de escuela, soltero, probablemente de familia con taras, desde siempre neuropático, emocional, asustadizo, con intolerancia al alcohol, empezó a masturbarse con 18 años, con 30 se presentaron síntomas de neurasthenia sexualis (poluciones seguidas de abatimiento que con el tiempo empezaron a presentarse también durante el día, dolores en la zona del plexus sacralis, etc.). A eso se le fueron sumando progresivamente irritación espinal, presión en la cabeza, cerebrastenia. Desde principios de 1885 el paciente venía absteniéndose del coito, con el que ya no experimentaba sentimiento libidinoso. Se masturbaba con frecuencia.

En 1888 empezó a tener delirio de observación. Notaba que la gente le evitaba, que tenía una transpiración dañina, que apestaba (alucinaciones olfativas) y con esto se explicaba el cambio en el comportamiento de la gente, incluidos sus estornudos, toses, etc.

Empezó a percibir olor a muerto, a orina vieja. Interpretaba que la causa de su mal olor eran poluciones que se producían hacia dentro. Las identificaba en una sensación que tenía como si le corriera un líquido desde la sínfisis hacia el pecho.

El paciente pronto abandonó la clínica.

En 1889 fue ingresado nuevamente en avanzado estadio de paranoia masturbatoria persecutoria (manía persecutoria física).

A principios de mayo de 1889 el paciente empieza a llamar la atención porque reacciona de manera airada cuando le llaman “señor”.

Protesta porque dice ser una mujer. Se lo dicen unas voces. Nota que le salen pechos. La semana pasada le estuvieron toqueteando de manera lasciva. Oía decir que era una puta. Últimamente, sueños de coito. Soñaba que practicaban el coito con él como si fuera una mujer. Siente la immissio penis y tiene durante el acto onírico sensación de eyaculación.

Cráneo escarpado, huesos de la cara alargados y finos, prominentes tubera parietalia. Genitales normalmente desarrollados.

[Psychopathia sexualis, Caso 137: eviratio y transformatio sexus paranoica]

Caso 129: zoofilia erótica, fetichismo

Zoofilia erótica, fetichismo. Señor N. N., 21 años, procede de familia con antecedentes neuropáticos y es él mismo de constitución neuropática. Ya de niño sentía la necesidad de realizar esta o aquella acción por miedo a que, de no hacerlo, le sucediera alguna desgracia. Era buen estudiante, nunca estuvo enfermo de consideración, sentía ya de niño predilección por los animales domésticos, sobre todo por los perros y los gatos, porque cuando los acariciaba experimentaba una sensación de excitación libidinosa. Durante años se dio con perfecta inocencia a este juego con los animales que le proporcionaba tan agradable excitación. Al llegar a la pubertad se dio cuenta de que aquello era inmoral y se obligó a sí mismo a dejarlo. Lo logró, pero a partir de entonces esas situaciones se le presentaban en sueños y no tardaron en ir acompañadas de poluciones. Esto empujó al muchacho, sexualmente excitable, al onanismo. Asegura haberse aliviado al principio manualmente y que al hacerlo se presentaba con regularidad el pensamiento de acariciar animales y hacerles cariños. Al cabo de un tiempo llegó al onanismo psíquico al representarse situaciones de este tipo y lograr así el orgasmo y la eyaculación. Esto le provocó una neurastenia.

Asegura no haber tenido nunca pensamientos de bestialismo, que el sexus bestiarum le resultaba perfectamente indiferente tanto en la fantasía como en la realidad y que nunca había pensado en ello.

Afirma no haber tenido tampoco nunca sentimientos homosexuales sino heterosexuales, pero que por falta de libido (¡ex masturbatione et neurasthenia!) y por miedo a contagios, a fecha de hoy, nunca ha consumado el coito. De entre las mujeres solo se siente atraído por las de apariencia esbelta y movimientos nobles.

El paciente presenta los típicos síntomas de neurastenia cerebroespinal. Es de constitución delicada y anémico. Tiene gran interés en averiguar si es potente y, en su caso, en llegar a serlo, lo que elevaría considerablemente su sentimiento de dignidad, que anda por los suelos.

Se le dan consejos relativos a los daños derivados del onanismo psíquico, la superación de la neurastenia y el fortalecimiento de los centros sexuales, así como a la satisfacción de la vita sexualis por medios normales tan pronto como se tengan perspectivas de éxito y resulte posible.

Epicrisis. No se trata de bestialismo sino de fetichismo. Probablemente, las caricias a animales domésticos (con un despertar anormalmente temprano de la vita sexualis) se vieron acompañadas de una primera excitación sexual, que pudo ser provocada por sensaciones táctiles, con lo que se establecería entre ambos hechos una asociación que se asentaría como resultado de la repetición. (Zeitschrift für Psychiatrie, vol. 50).

[Psychopathia sexualis, caso 129: zoofilia erótica, fetichismo]

Caso 127: fetichismo de guantes de cuero

Señor Z., 33 años, industrial, de Estados Unidos, desde hace 8 años vive en un matrimonio feliz, bendecido con hijos, me consultó debido a un extraordinario fetichismo de guantes que dice atormentarle, que le hace despreciarse a sí mismo y que podría terminar por arrastrarle a la desesperación y la locura.

Z. es, al parecer, un hombre procedente de una familia perfectamente sana, pero desde su niñez es neuropático e irritable. Se describe a sí mismo como persona de natural sensual, mientras que afirma que su mujer es más bien una “natura frigida”.

Z. cayó con unos 9 años en la masturbación inducido por sus camaradas. Encontró en ella gran placer y se dio a ella apasionadamente.

Un día, hallándose en un estado de excitación libidinosa, encontró un saquito de gamuza. Se lo puso en el miembro y sintió al hacerlo una sensación enormemente agradable. Empezó a utilizarlo a partir de entonces para sus manipulaciones onanistas, se lo ponía también en el escroto y lo llevaba consigo día y noche.

A partir de entonces se despertó en él un gran interés por el cuero en general, pero sobre todo por los guantes de cabritilla.

Desde la pubertad eran ya solamente guantes de cuero de señora, pero estos le producían una sensación fascinante, le provocaban la erección y cuando podía tocar su pene con ellos, sobrevenía incluso la eyaculación.

Los guantes de caballero carecían de todo atractivo para él, aunque le gustaba llevarlos él mismo.

Lo único que le interesaba de la mujer a partir de entonces eran los guantes. Estos se convirtieron en su fetiche; tenían que ser de cabritilla y lo más largos posible, con muchos botones, pero sobre todo le interesaban cuando estaban sucios, brillantes de grasa, con manchas de sudor en la punta de los dedos. Las mujeres provistas de ellos, aunque fueran feas y viejas, no carecían para él de un cierto atractivo. Las damas con guantes de tela o de seda le dejaban perfectamente indiferente. Desde la pubertad estaba acostumbrado a mirarles a las mujeres lo primero las manos. Por lo demás, las mujeres le eran perfectamente indiferentes.

Si se le presentaba la ocasión de darle la mano a una mujer con guantes de cabritilla, la sensación del cuero “cálido y blando” le hacía llegar a la erección y al orgasmo.

Si lograba hacerse con un guante de señora de este tipo, se metía con él en el retrete, se introducía en él los genitales, se lo quitaba después y se masturbaba.

Más tarde, en el lupanar, llevaba unos guantes consigo, le pedía a la puella que se los pusiera y se excitaba tanto con esto que muchas veces llegaba ya con ello a la eyaculación.

Z. se convirtió en coleccionista de guantes de cabritilla de señora. Siempre tenía cientos de pares escondidos aquí y alla. En sus ratos de ocio los contaba y los admiraba “como un avaro con sus monedas de oro”, se los echaba sobre los genitales, enterraba su rostro en montones de guantes, se ponía a continuación uno en la mano y se masturbaba, con lo que sentía más placer que con el coito.

Se hacía fundas para el pene, suspensorios, sobre todo de cuero negro y blando, y los llevaba durante días. Además colgaba guantes de señora de un braguero de tal modo que cubrían sus genitales como una especie de delantal.

Tras casarse, su fetichismo de guantes se agravó si cabe. Por lo general, solo era potente si durante el acto conyugal yacían junto a su cabeza dos guantes de su mujer de tal forma que pudiera besarlos.

Su mujer le dio una gran alegría cuando se dejó convencer para ponerse guantes durante el coito y tocar previamente los genitales de su marido con ellos.

No obstante, Z. se sentía tremendamente desdichado con su fetichismo y hacía frecuentes (aunque siempre vanos) esfuerzos para sacudirse el “hechizo de los guantes”.

Si se encontraba la palabra “guante” o la imagen de uno de estos en novelas, revistas de moda, periódicos, etc., esto le producía siempre una impresión fascinante. En el teatro, su mirada se quedaba clavada en las manos de las actrices. No había forma de apartarle de los escaparates de las guanterías.

A menudo se veía empujado a decorar guantes largos con lana o semejantes, de modo que pareciesen brazos vestidos. Practicaba entonces tritus membri inter brachia talia artificialia hasta alcanzar su objetivo.

Entre sus hábitos se cuenta el llevar consigo guantes de cabritilla de señora, ponérselos por las noches en los genitales hasta sentir su pene como un gran Príapo de cuero entre las piernas.

En grandes ciudades compra en las lavanderías de guantes pares de señora que se quedan sin recoger, guantes que se han quedado sin dueño, sobre todo si están bien sucios y gastados. El por lo demás intachable Z. reconoce haber sucumbido en dos ocasiones al deseo de robarlos. Entre las apreturas de la gente, es incapaz de resistirse a rozar las manos de las damas; en su despacho aprovecha cualquier oportunidad de darles la mano a las damas para sentir por un momento el cuero “cálido y blando”. A su mujer le pide que siempre que sea posible lleve guantes de cabritilla o gamuza. También la provee en abundancia de tales géneros.

Z. tiene siempre en su despacho guantes de señora. No pasa hora sin que los toque y acaricie. Cuando está especialmente excitado sensualmente, se mete uno en la boca y lo mastica.

Otras prendas de vestir femeninas y otras partes del cuerpo de la mujer que no sean la mano carecen de todo atractivo para él. Z. está a menudo muy deprimido a causa de su anomalía. Se avergüenza ante los ojos inocentes de sus hijos y ruega a Dios que nunca sean como su padre.

[Psychopathia sexualis, caso 127: fetichismo de guantes de cuero]

Caso 122: fetichismo de pieles y terciopelo

N. N., 37 años, procedente de familia neuropática, él mismo de constitución neuropática, ofrece el siguiente testimonio:

Desde la primera juventud se halla hondamente arraigada en mí la fascinación por las pieles y el terciopelo. Quiero decir con esto que estos materiales me producen una excitación sexual, que su visión y su tacto me proporcionan un placer libidinoso. No soy capaz de recordar acontecimiento alguno que haya podido dar pie a esta extraña inclinación (por ejemplo, la coincidencia en el tiempo de los primeros sentimientos sexuales con impresiones de estos materiales, o una primera excitación ocasionada por una mujer así vestida), como tampoco soy capaz de recordar el momento en que comenzó tal fascinación. No quiero con esto excluir categóricamente la posibilidad de un acontecimiento tal, es decir, de una conexión fortuita en la primera impresión y, con ello, de una asociación basada en este hecho; pero considero bastante inverosímil que algo así llegara a producirse, pues me parece que un hecho tal hubiera dejado en mí una profunda impresión.

Solo sé que ya siendo un niño de corta edad sentía el afán de ver y acariciar pieles y que al hacerlo experimentaba una oscura sensación de índole libidinosa. En el momento en que surgieron las primeras fantasías sexuales concretas, es decir, en que las ideas sexuales se dirigieron a la mujer, ya estaba presente esta predilección por las que iban vestidas precisamente con estos materiales. Y así se ha mantenido desde entonces hasta mi madurez viril. Una mujer vestida con pieles o terciopelo, o con lo uno y lo otro, me excita con mayor presteza e intensidad que la que se halla desprovista de tales adornos. No es que los materiales mencionados sean condición sine qua non para que me excite; el deseo se manifiesta también en su ausencia siempre que se den los estímulos ordinarios, pero la contemplación y, sobre todo, el tacto de estos fetiches potencia en mí en gran medida otros estímulos normales e intensifica el goce erótico. A menudo, la mera visión de una mujer no excesivamente bella, pero vestida con estos materiales, me produce una intensa excitación de arrebatador efecto. Me basta con ver mi fetiche para experimentar un placer que se acentúa con el contacto. (Sin embargo, el penetrante aroma de las pieles me resulta indiferente a tal efecto o, más bien, desagradable, y únicamente me resulta soportable por la asociación con sensaciones visuales y táctiles agradables). Deseo vivamente palpar estos materiales sobre el cuerpo de una mujer, acariciarlos, besarlos, enterrar en ellos mi rostro. El máximo placer consiste para mí en ver y tocar mi fetiche inter actum sobre los hombros de una mujer.

Basta para provocar en mí el efecto descrito, o bien con las pieles, o bien con el terciopelo, aunque resulta más potente con las primeras. Pero lo que tiene más efecto es la combinación de lo uno y lo otro. También me excitan sexualmente las prendas femeninas de piel y de terciopelo en sí mismas cuando las veo o las toco sin su portadora, o incluso — aunque en menor medida— las pieles convertidas en tapetes, sin que formen parte de la vestimenta femenina, así como el terciopelo y la felpa en muebles y cortinajes. Las meras imágenes de prendas de piel y de terciopelo constituyen ya para mí objeto de interés erótico, y hasta la mera palabra “piel” se me presenta dotada de propiedades mágicas y despierta inmediatamente mis fantasías eróticas.

Las pieles son hasta tal punto objeto de interés sexual para mí que si un hombre se viste unas pieles del tipo adecuado (véase más abajo) produce en mí una impresión harto desagradable, molesta y escandalosa, como la que provocaría en cualquier persona normal el verle con traje y actitudes de bailarina de ballet. De manera paredcide me repugna, por despertar sensaciones contrapuestas, la visión de una vieja o mujer fea ataviada con bellas pieles.

Esta complacencia erótica en las pieles y el terciopelo es completamente diferente del mero gusto estético. Poseo un sentido muy fino para la hermosura de las prendas femeninas, con marcada predilección por los encajes. Dicho sentido, no obstante, es de índole puramente estética. Una mujer resulta más bella con prendas de encaje (o, en general, vestida con elegancia y bien adornada), pero la que va ataviada con los materiales que constituyen mi fetiche sobrepuja a cualquier otra de comparables circunstancias.

Pero las pieles únicamente ejercen sobre mí el efecto descrito cuando el pelo es tupido, fino, liso, tieso y más bien largo. El efecto depende de estas características, como he podido constatar sin lugar a dudas. Me dejan perfectamente indiferente no solo las pieles de pelo basto, hirsuto, que se suelen considerar vulgares, sino también, entre las que se tienen por hermosas y nobles, las de pelo ralo (foca, castor) o las que lo tienen corto por naturaleza (armiño), o las que lo tienen muy largo y caído (mono, oso). El efecto específico solo lo produce el pelo tieso de marta común o cibelina, mofeta y similares. El terciopelo, por su parte, está también formado de un pelo (una fibra) tupido y derecho, lo que podría explicar que tenga el mismo efecto. El efecto parece depender de una impresión muy específica producida por las puntas de un pelo fino y tupido sobre las terminaciones de los nervios sensibles.

Es para mí un enigma cómo esta particular impresión en los nervios del tacto puede estar conectada con la vida sexual. El hecho es que esto mismo se da en muchas personas. He de recalcar expresamente que me gusta que una mujer tenga hermosos cabellos, pero que estos no desempeñan para mí un papel más importante que el que pueda tener cualquier otro atractivo, y que el tacto de las pieles no evoca en mí la idea del pelo de mujer. (La sensación táctil carece en sí de la más mínima semejanza). De hecho, es que no se presenta ninguna otra fantasía en ese momento. Son las pieles en sí y por sí lo que despierta mi sensualidad; el porqué me resulta inexplicable.

El efecto meramente estético, la belleza de unas pieles exquisitas, algo a lo que todo el mundo es más o menos sensible, que ha sido empleado por innumerables pintores como envoltorio y marco de la belleza femenina desde la Fornarina de Rafael a la Helene Fourment de Rubens, y que tan destacado papel tiene en la moda, en el arte y ciencia del vestido femenino, este efecto estético, digo, no explica nada aquí, como ya he dicho arriba. El mismo efecto estético que ejercen sobre las personas normales unas pieles hermosas lo producen en mí, como en cualquiera, las flores, los lazos, las piedras preciosas y el resto de adornos. Tales objetos, empleados con habilidad, realzan la belleza femenina y pueden por ello, en determinadas circunstancias, provocar un efecto sensual indirecto; pero nunca producen en mí un efecto sensual directo y potente como los mencionados materiales fetiches.

Ahora bien, aunque en mi caso y en el de todos los “fetichistas”, se han de separar claramente el efecto sensual y el estético, eso no obsta para que yo plantee toda una serie de exigencias estéticas a mi fetiche por lo que respecta a su forma, hechura, color, etc. Podría extenderme aquí ampliamente sobre las exigencias que vienen impuestas por mi gusto, pero no entraré en ello por cuanto rebasa los verdaderos límites de la cuestión. Simplemente deseo llamar la atención sobre el hecho de que el fetichismo erótico se complica además con preferencias puramente estéticas.

Igual que el efecto erótico específico que producen los materiales de mi fetiche no es explicable a través de su impresión estética, tampoco lo es por la asociación en la fantasía con el cuerpo de su portadora. En primer lugar, estos materiales ejercen su efecto sobre mí, como he dicho, también cuando aparecen perfectamente aislados del cuerpo, como meras materias; y en segundo lugar, prendas más íntimas (un corsé, una camisa), que sin duda despiertan asociaciones, tienen un efecto mucho más tenue. Los materiales de mi fetiche están dotados, por tanto, para mí de valor sensual independiente. El porqué constituye un enigma para mí mismo.

El mismo efecto erótico, de fetiche, que las pieles y el terciopelo me lo producen las plumas de los sombreros de señora, de los abanicos, etc. (se trata de una sensación táctil semejante: un cierto jugueteo, un particular cosquilleo). Por último, el efecto fetichista se da también aunque en grado muy débil, con tejidos suaves, como raso o seda, mientras que los que son ásperos, como paño basto o franela, me resultan desagradables.

Deseo mencionar por último que en algún lugar he leído un estudio de Karl Vogt sobre las personas microcefálicas según el cual uno de estos seres, al ver unas pieles, se lanzó sobre ellas y se puso a acariciarlas entre notables muestras de placer. Estoy lejos de ver por ello seriamente en el ampliamente extendido fetichismo de pieles una vuelta atávica a los gustos de los ancestros cubiertos de pieles del género humano. Aquel hombre afectado de cretinismo ejecutaba simplemente con la desenvoltura que le es propia un tacto que no tenía que ser por fuerza de naturaleza sexual-sensual, igual que a muchas personas normales les gusta acariciar a un gato o algo parecido, o incluso terciopelo y pieles sin que por ello experimenten precisamente una excitación sexual.

[Psychopathia sexualis, Caso 122: fetichismo de pieles y terciopelo]

Caso 112: fetichismo de ropa mojada

Señor Z., 35 años, funcionario, hijo único de madre nerviosa y padre sano. Desde la niñez era “nervioso”, durante la consulta llaman la atención sus ojos neuropáticos, su cuerpo delicado y flaco, sus rasgos delicados, su voz extremadamente fina, su escasa barba. Con excepción de una leve neurastenia, ausencia de hallazgos morbosos en el paciente. Genitales normales, funciones sexuales también normales. El paciente asegura haberse masturbado únicamente 4 ó 5 veces, de niño.

Ya con 13 años, el paciente experimentaba una intensa excitación sexual con la visión de ropa de mujer húmeda, mientras que esa misma ropa pero seca no le excitaba lo más mínimo. Su máximo placer consistía en mirar a mujeres empapadas cuando llovía. Si daba con una y además la mujer en cuestión tenía un rostro que le resultaba simpático, experimentaba intensos sentimientos libidinosos, una potente erección y se sentía impulsado al coito.

Afirma no haber tenido nunca el deseo de hacerse con faldas mojadas o de echarle agua a una mujer. El paciente no fue capaz de dar ninguna pista sobre el origen de su afición.

Es posible que, en este caso, el impulso sexual surgiera por primera vez al ver a una mujer alzándose las faldas un día de lluvia y mostrando sus encantos. El oscuro impulso, que todavía no era consciente de su objeto, se proyectaría a continuación sobre las faldas mojadas, como en otros casos.

[Psychopathia sexualis, caso 112: fetichismo de ropa mojada]