Caso 243: bestialismo impulsivo

Bestialismo impulsivo. A., 16 años, aprendiz de jardinero, soltero, padre desconocido, madre con fuertes taras, histeroepiléptico. A. presenta deformidad y asimetría en neurocráneo y viscerocráneo, el esqueleto es pequeño. A. es masturbador desde la niñez, siempre malhumorado, apático, amante de la soledad, enormemente irritable, con reacciones verdaderamente patológicas en sus pasiones. Es imbécil, neurasténico y está muy decaído físicamente, probablemente a causa de la masturbación. Presenta además síntomas histeropáticos (limitación del campo visual, daltonismo, reducción del olfato y el gusto, así como de la audición del oído derecho, anaesthesia testiculi dextr., callosidades, etc.).

Se ha demostrado que A. ha masturbado y penetrado a perros y conejos. Con 12 años, vio a unos chicos masturbar a un perro. Él los imitó y a partir de ahí ya no pudo abstenerse de abusar de las formas más repugnantes de perros, gatos y conejos, aunque más frecuentemente penetraba conejas, que eran los únicos animales que presentaban atractivo para él. A la caída de la noche se dirigía al corral donde guardaba su amo los conejos para satisfacer su repugnante impulso. Se hallaron una y otra conejos con el recto desgarrado. Los actos de bestialismo se practicaban siempre de la misma forma. Se trataba de verdaderos ataques que se producían cada ocho semanas aproximadamente, siempre por la noche y siguiendo un mismo patrón. A. experimentaba una gran desazón, un sentimiento como si le machacaran la cabeza con un martillo. Notaba como si perdiera el sentido. Luchaba contra las ideas obsesivas que le empujaban a penetrar conejos, sentía un temor creciente, el dolor de cabeza se intensificaba hasta hacerse insoportable. En el momento culminante de este estado, campanadas, sudor frío, temblor en las rodillas, finalmente cesación de la capacidad de resistencia y ejecución impulsiva de la acción perversa. En cuanto esta se lleva a efecto, queda libre de la angustia. La crisis nerviosa desaparece, vuelve a ser dueño de sí mismo, siente una profunda vergüenza por lo ocurrido y teme que se repitan tales situaciones. A. asegura que si en una crisis de estas le dieran a elegir entre una mujer y una coneja, no le quedaría más remedio que decidirse por la segunda. A intervalos sucede que los únicos animales domésticos por los que se siente atraído son los conejos. Normalmente, en sus estados de excepción le basta para la satisfacción sexual con apretar contra sí al conejo, besarlo, etc., pero a veces entra en tal estado de furor sexual mientras hace esto que no le queda más remedio que penetrar impetuosamente al animal.

Los actos de bestialismo mencionados son los únicos que le proporcionan satisfacción sexual, y constituyen el único tipo de actividad sexual que le resulta posible. A. asegura que nunca ha tenido sentimientos libidinosos con ello, sino que la única satisfacción consiste en verse liberado de la situación angustiosa creada por la necesidad impulsiva.

Resultó fácil demostrar en la epicrisis médica que este monstruo humano era un degenerado psíquico, un enfermo sin libertad y no un criminal. (Boeteau, La France médicale, año 38, n.º 38).