Caso 247: zooerastia

Señor X., 47 años, de elevada posición social, acude a mí en busca de consejo y ayuda a propósito de una anomalía de su vita sexualis que le resulta penosa, sobre todo teniendo en cuenta que finalmente se ha decidido a casarse y en su situación actual considera moralmente imposible contraer matrimonio. X. presenta claramente graves taras: su padre, dos hermanas y un hermano sufren enfermedades nerviosas en un grado elevado. Al parecer, la madre está perfectamente sana.

Muy pronto despertó en X. la vita sexualis, pues ya como muchacho de unos 11 años llegó a la masturbación sin ser inducido a ello en forma alguna.

Decididamente hipersexual, se dio a partir de entonces a la masturbación de manera apasionada y a partir de los 14 años perdió el control de sí mismo hasta tal punto que llegó a penetrar perras, yeguas y otras hembras de animal. Él motiva esto con su desproporcionado impulso sexual y la falta de ocasiones de darle satisfacción de manera natural (pasó su niñez y primera juventud solitario en el campo y después en una institución educativa).

X. asegura haber sido perfectamente consciente de lo abominable de sus acciones y haber luchado con toda la fuerza de su voluntad contra sus impulsos bestiales. Pero el ansia, el deseo, el placer que sentía al satisfacerlos eran abrumadores. Al hacerse mayor, no tuvo nunca sentimientos homosexuales ni se sintió tampoco atraído hacia las mujeres.

Hasta esta confesión, uno ve justificado el considerar el bestialismo de X. no como una perversión, sino como una perversidad hondamente arraigada por la costumbre.

Resulta llamativo que sus sueños eróticos girasen exclusivamente en torno a relaciones bestiales y que cuando por fin se decidió con 25 años a acometer el saneamiento de su vita sexualis mediante coitus cum muliere no experimentase la más mínima satisfacción a pesar de encontrar un objeto bastante pasable para su intento y de ser potente.

La misma experiencia tuvo en otros nueve intentos de coito que llevó a cabo en el transcurso de los 22 años siguientes. Siempre actuaba de manera puramente “mecánica”, nunca con excitación libidinosa, como si estuviera practicando el coito con un trozo de madera, incluso con asco, mientras que cum bestia sentía la máxima voluptuosidad.

La mera visión de animales bastaba a menudo para despertar en él un fuerte celo, mientras que en compañía de damas permanecía frío y aburrido y la puella del lupanar tenía que recurrir a manipulaciones especiales para prepararle para el acto.

Desde dos meses antes de acudir a mí, había estado resistiéndose a los actos masturbatorios y bestiales poniendo en ello toda su fuerza de voluntad.

Psíquicamente es un ser peculiar, claramente un “dégénéré supérieur”. No se encuentran en él signos de degeneración anatómica ni rastros de neurastenia.

Realicé fuertes sugestiones despiertas contra la masturbación y el bestialismo y a favor de una aproximación al sexo femenino, empleé antiafrodisiacos, aconsejé una vida frugal, hidroterapia suave, abundante movimiento, ocupaciones que le distrajeran y tuve la satisfacción de que el paciente, tras diez meses de irse acostumbrando a las féminas, sintiera una leve satisfacción en las relaciones sexuales con estas y que se sintiera liberado en gran medida de sus anteriores deseos perversos.

Moll relata un caso análogo al anterior en su obra sobre Libido sexualis, p. 431.

Es destacable también un caso de zooerastia publicado por Howard (Alienist und Neurologist, 1896, vol. XVII, 1). Tiene que ver con un joven de 16 años que tan solo se excitaba sexualmente con cerdos y que encontraba su satisfacción sexual acariciándolos.