Caso 162: homosexualidad

Homosexualidad. Señorita L., 55 años. Falta información sobre la familia del padre. Los padres de la madre son descritos como irascibles, alterables y nerviosos. Un hermano de la madre es epiléptico; otro, excéntrico y psíquicamente no normal.

La madre era sexualmente hiperestésica y durante mucho tiempo se comportó como una Mesalina. Se la tenía por psicopática y murió con 69 años de una enfermedad cerebral.

La señorita L. se desarrolló normalmente, solo pasó enfermedades infantiles sin importancia, tenía grandes dotes espirituales, pero era de constitución neuropática, emotiva y se veía aquejada por todo tipo de tics.

Con 13 años, cuando faltaban todavía dos para la primera menstruación, se despertó en ella la primera pasión amorosa por una muchacha de su edad, “un sentimiento soñador, todavía completamente desprovisto de sensualidad”.

El segundo amor fue para una joven de más edad que ya estaba prometida. Apareció aquí un anhelo sensual y atormentado, celos y “un sentimiento todavía poco claro de misteriosa inconvenencia”; rechazada por esta dama, la paciente se enamoró de una mujer que le sacaba veinte años y que era una feliz esposa y madre. Logró dominar sus sentimientos sensuales de modo que esta mujer nunca llegase a imaginar el verdadero motivo de esta apasionada “amistad”, que la otra, por su parte, correspondió durante 12 años. La paciente describe ese largo tiempo como un verdadero martirio.

En los últimos años, desde los 25, había empezado a satisfacerse mediante la masturbación. La paciente pensó por aquel entonces seriamente si una boda no podría ser su salvación, pero su conciencia se oponía, pues podría haber transmitido su desgracia a su descendencia o haber hecho infeliz a un marido que hubiera depositado su confianza en ella.

Con 27 años una muchacha le hizo proposiciones sin ambages, le explicó que rechazarlas era una tontería y la iluminó sobre el impulso homosexual que la dominaba. La paciente se encontró atormentada. Toleraba las caricias de esta muchacha, pero no consintió en relación sexual alguna, pues el placer sensual le resultaba repugnante en ausencia de pasión amorosa.

Insatisfecha física y psíquicamente, se le fueron pasando los años con la conciencia de vivir una vida frustrada. Se entusiasmaba de vez en cuando con damas procedentes de su círculo de conocidos, pero conseguía dominarse. También consiguió liberarse de la masturbación.

Con 38 años, la señorita L. conoció a una muchacha 19 años más joven que ella, de singular belleza, pero procedente de una familia desmoralizada, y empujada desde temprana edad por sus primas a la masturbación mutua. No es posible saber si esta señorita A. representaba un caso de hermafroditismo psíquico o de sentimiento sexual contrario. Lo primero es lo que parece más probable.

De la autobiografía de L. se desprende lo siguiente:

“A. era alumna mía y comenzó a hacerme objeto de un amor idólatra. Yo sentía por ella simpatía en un alto grado. Sabía que mantenía con un libertino una relación amorosa que no conducía a ninguna parte y que tenía una estrecha relación con sus primas, personas desmoralizadas, así que no quise rechazarla. La compasión y el convencimiento de que, en caso contrario, estaba abocada a la ruina moral me llevaron a tolerar que se fuera aproximando.

Su inclinación hacia mí no me parecía peligrosa porque no me parecía posible que (por lo que hace a su relació amorosa) dos pasiones (por un hombre y una mujer al mismo tiempo) pudieran coexistir en un alma; por otra parte, me veía segura de mi capacidad de resistencia. La mantuve, por tanto, en mi cercanía y renové mis propósitos morales. Consideraba que era mi obligación servirme del amor que A. sentía por mí para ennoblecerla. Qué poco tardaría en descubrir que todo esto era una vana locura. Un buen día, mientras yo me encontraba dormitando, A. se las arregló para saciar su deseo en mí. Me desperté a tiempo, y si hubiera tenido la suficiente fortaleza moral, todavía hubiera podido rechazarla. Pero me hallaba terriblemente excitada, como embriagada… ella venció.

Los sentimientos que vinieron a continuación son indescriptibles: aflicción por los propósitos rotos, que hasta aquel momento había mantenido con gran esfuerzo; miedo a ser descubierta y despreciada; gozo por haberme librado al fin del tormento de la vigilancia y la lucha constantes; una sensualidad indecible; irritación hacia mi desdichada amiga y, al mismo tiempo, un profundo sentimiento de ternura. A. se reía con toda tranquilidad de mi excitación y procuraba calmarme con sus caricias.

Me acostumbré a la nueva situación. Nuestra unión duró largos años. Nos masturbábamos mutuamente, pero nunca en exceso ni con cinismo.

Poco a poco el trato sensual entre nosotras fue desapareciendo. La ternura de A. se fue apagando. La mía, en cambio, se mantuvo, aunque ya no sentía un deseo sensual. A. empezó a hacer planes de matrimonio, en parte para resolverse la vida, pero más que nada porque su sensualidad iba volviendo a los cauces normales. Consiguió encontrar esposo. Ojalá le haga feliz, aunque lo dudo. Así, la perspectiva que tengo es ir pasando la vejez sin alegría y sin paz, igual que me ocurrió con mi juventud.

Recuerdo con nostalgia los años que pasé con mi amada. No me pesa en la conciencia el haber mantenido relaciones sexuales con ella porque fue ella quien me sedujo y yo intenté por todos los medios salvarla de la ruina moral y hacer de ella una persona instruida y de buenas costumbres, cosa que además conseguí. Además, me tranquiliza la idea de que las leyes de la moral están pensadas solamente para las personas normales y no pueden ser vinculantes para las anormales. Por otra parte, un ser de delicados sentimientos que se sabe rechazado por la naturaleza y despreciado por la cultura no puede ser nunca completamente feliz. Aun así, en mi interior había una paz melancólica y cuando, por momentos, me parecía que A. era feliz, también lo era yo fugazmente.

Esta es la historia de una desdichada, a la que un siniestro capricho de la naturaleza desposeyó de toda alegría y la puso en manos de la congoja”.

Tuve ocasión de conocer a la autora de esta historia de su vida y de sus sufrimientos. Era una personalidad de exquisita formación, con rasgos rudos y constitución huesuda pero perfectamente femenina. Hace ya algunos años que pasó el climaterio sin grandes molestias. Se siente desde entonces libre de movimientos sensuales. Nunca se ha sentido en un papel determinado respecto de la amada. Nunca ha experimentado atracción sensual alguna por los hombres.

Preguntada acerca de las circunstancias familiares y de salud de la que fue su amada, la señorita L. proporcionó información que no deja lugar a dudas sobre la presencia de importantes taras en A., en tanto en cuanto su padre falleció en el manicomio, su madre sufrió alienación durante el climaterio, las neurosis abundaban en la familia y A. se vio aquejada durante largo tiempo de una grave histeropatía con episodios de delirio alucinatorio transitorio.