Hombre joven, fuerte, 26 años. No encuentra en el bello sexo atractivo sensual alguno que sea comparable con una elegante bota en el pie de una hermosa dama, sobre todo si es de cuero negro y está provista de tacones altos. Le basta con la bota sin la dueña. Le produce el máximo placer mirarla, tocarla, besarla. El pie de una dama desnudo o simplemente con una media le deja perfectamente frío. Desde la niñez siente debilidad por las botas de señora elegantes.
X. es potente; durante el acto sexual, la persona tiene que estar vestida elegantemente y, sobre todo, llevar botas elegantes. En la cumbre del abandono sexual se unen pensamientos crueles a la admiración de las botas. No puede evitar pensar con placer en la agonía del animal del que ha salido el cuero para las botas. A veces no le queda más remedio que llevarle a su Friné gallinas y otros animales vivos para que esta los pise con sus elegantes botas, a fin de intensificar el placer. A esto lo llama “sacrificio a los pies de Venus”. Otra veces, la mujer tiene que pisotearle a él con sus botas, cuanto más, mejor.
Hasta hace un año, dado que no encontraba atractivo alguno en la mujer, se conformaba con acariciar botas de señora que fueran de su gusto, con lo que llegaba a la eyaculación y la plena satisfaccion (Lombroso, Arch. di psichiatria IX, fascic. III).
[Psychopathia sexualis, caso 74]
Comunicado por Mantegazza en sus “Estudios antropológicos”, 1886, p. 110. X., americano, de buena familia, buena constitución física y moral; desde la época del despertar de su pubertad, solo lograba excitarse sexualmente con el zapato de una mujer. El cuerpo de esta o también, sobre todo, su pie desnudo o cubierto con una media, no le causaban impresión alguna, pero el pie enfundado en un zapato o hasta el zapato por sí solo le producían una erección e incluso una eyaculación. Le bastaba con la mera visión, en caso de que hubiera botas elegantes a su disposición, es decir, de cuero negro, de las que se abrochan a un lado y con tacones lo más altos posible. Su impulso genital se excita poderosamente cuando toca, besa o se calza unas botas de estas. Para incrementar su placer, traspasa las suelas con clavos, de modo que las puntas se le claven en la carne al andar. Experimenta así dolores espantosos, pero al mismo tiempo verdadero placer. Su máximo gozo consiste en arrodillarse a los pies de una dama, hermosos y elegantemente calzados, y recibir patadas de ellos. Si quien lleva los zapatos es una mujer fea, esto no surte efecto y su fantasía se enfría. Si el paciente solo tiene los zapatos a su disposición, su fantasía les añade una bella mujer y logra así la eyaculación. Sus sueños nocturnos giran alrededor de los botines de mujeres hermosas. La visión de los zapatos de señora en los escaparates le parece inmoral, mientras que hablar sobre la naturaleza de la mujer le parece inofensivo y de poco gusto. X. ha intentado el coito en diversas ocasiones, pero sin éxito. Nunca llegó a la eyaculación.
[Psychopathia sexualis, caso 73]
Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.
Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.
Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.
Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.
M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.
Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.
Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.
A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.
Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.
Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba… pero todo esto no servía de nada.
M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.
Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.
Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:
Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.
M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.
Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.
[Psychopathia sexualis, caso 72]
Caso 72. Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.
Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.
Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.
Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.
M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.
Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.
Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.
A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.
Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.
Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba… pero todo esto no servía de nada.
M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.
Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.
Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:
Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.
M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.
Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.
Z., 28 años, funcionario, procedente de madre neuropática. No es posible averiguar las circunstancias de salud y familiares del padre, prematuramente muerto. Z. era desde la infancia nervioso, impresionable, llegó enseguida sin necesidad de incitación a la masturbación, a partir de la pubertad se volvió neurasténico, abandonó por un tiempo el onanismo, tuvo innumerables poluciones, se recuperó algo en un sanatorio con curas de agua fría, sentía una intensa libido hacia las mujeres, pero hasta ahora no ha llegado al coito, en parte por falta de confianza en su potencia, en parte por miedo a contagios, lo cual le afecta mucho, sobre todo porque, faute de mieux, ha recaído en su vicio secreto.
Z. se revela como fetichista y masoquista al mismo tiempo cuando discutimos su vita sexualis con detenimiento y presenta interesantes relaciones entre ambas anomalías de la vita sexualis.
Asegura haber sentido debilidad por los zapatos de mujer desde los 9 años de edad.
Atribuye este fetichismo a haber visto en aquel entonces a una dama subiendo a un caballo mientras un criado le sujetaba el estribo. Esta visión le excitó poderosamente, se ha reproducido siempre en su fantasía y cada vez ha ido acompañada de sentimientos libidinosos. Las sentimientos de sus poluciones giraban después alrededor de mujeres con zapatos. Le encantaban los zapatos de cordón con tacones altos. A esto se le unió enseguida la fantasía libidinosa de dejar que una mujer le pisara con sus tacones y besar arrodillado el zapato de esta. De la mujer solo le interesa el zapato. Las fantasías olfativas no desempeñan aquí papel alguno. El zapato por sí solo no le basta. Tiene que estar puesto. Cuando Z. ve a una dama con semejante calzado se excita tanto que se tiene que masturbar. Cree que sólo sería potente con una mujer que estuviera calzada así.
Faute de mieux se ha dibujado un zapato de ese tipo y se complace en contemplar el dibujo mientras se masturba.
[Psychopathia sexualis, caso 71]
Z., 28 años, hereditaria y constitucionalmente neuropático, afirma haber tenido una polución ya con 11 años. En aquella época sufrió un castigo de su madre ad podicem que en aquel momento sintió únicamente como doloroso, pero que en su memoria quedó asociado con sentimientos placenteros. Esto le llevó a reproducir su recuerdo cada vez más frecuentemente y a asestarse así él mismo verbera ad podicem. Con unos 13 años empezó a sentir debilidad por las botas de señora elegantes de tacón alto. Alcanzaba la eyaculación presionando con ellas inter femora. Poco a poco le iba bastando para ello tan solo con pensarlo. A estas fantasías con botas se les unió pronto un conjunto de ideas masoquistas más placenteras todavía. Se recreaba en la idea de yacer a los pies de una dama joven y hermosa y que esta le pisara con sus hermosas botas. Esto iba acompañado de eyaculación. Así llegó a los 21 años sin haber deseado nunca el coito o haber sentido interés por los genitales femeninos. Entre los 21 y los 25 años, durante una grave tuberculosis, vuelta a las inclinaciones masoquistas. Ya curado, Z. mantuvo un encuentro en una única ocasión con una puella. Este fue desafortunado, pues cuando la vio denudata, desapareció toda libido y no hubo forma de alcanzar la erección. Volvió a partir de entonces a su mundo masoquista-fetichista. Su esperanza sigue siendo encontrar algún día el ideal de sus fantasías masoquistas —una mujer sádica— y llegar con su ayuda a mantener relaciones sexuales normales.
[Psychopathia sexualis, caso 69]
Z., 27 años, artista, constitución fuerte, de aspecto agradable, al parecer sin tara, en su juventud sano, desde los 23 años es nervioso y con predisposición a desazón hipocondriaca. En cuestión sexual, con tendencia a la fanfarronería, tampoco es demasiado potente. A pesar de ser correspondido por el sexo femenino, las relaciones del paciente con aquel se limitan a inocentes muestras de ternura. Resulta digna de mención su tendencia a desear a mujeres que se comportan con él de manera esquiva. Desde los 25 años observa que le excitan sexualmente las mujeres en cuanto descubre en ellas un rasgo autoritario, por feas que sean. Una palabra airada de la boca de una mujer así basta para provocar en él las más violentas erecciones. Así, por ejemplo, estando sentado un día en un café oyó cómo la (espantosa) cajera reñía al camarero con voz enérgica. Esta actuación le llevó a un estado de máxima excitación sexual que resultó al poco tiempo en una eyaculación. Z. exige de las mujeres con las que ha de mantener relaciones sexuales que le rechacen, le atormenten de todas las maneras posibles, etc. Dice que solo le puede resultar atractiva una mujer que se parezca a las protagonistas de las novelas de Sacher-Masoch.
[Psychopathia sexualis, caso 68]
Señor Z., 22 años, soltero, le trajo a mí su tutor por indicación médica, pues era extremadamente nervioso y, al parecer, sexualmente no normal. La madre y la madre de la madre padecieron enfermedades mentales. El padre le engendró en una época en que padecía bastante de los nervios.
Al parecer, el paciente había sido un niño muy vivaz y con mucho talento. Ya con 7 años se constató que se masturbaba. A partir de los 9 años se volvió despistado, olvidadizo, no iba bien en los estudios, necesitaba siempre ayuda con las clases y protección, le costó trabajo acabar el bachillerato y durante su año como voluntario destacó por indolente y olvidadizo, así como por cometer diversas barrabasadas.
El motivo de la consulta fue un episodio en la calle durante el cual Z. abordó a una joven dama y pretendió, con vehemencia y gran alteración, que mantuviera una conversación con él.
La explicación que dio el paciente a este comportamiento fue que deseaba excitarse hablando con una muchacha decente para ser potente después en el coito con una prostituta (!).
El padre de Z. le describe como una persona de naturaleza bondadosa, decente pero abúlica, insulsa, descontenta de sí misma, a menudo desesperada por el poco éxito que ha tenido hasta ahora en la vida, además de ser indolente e interesarse solamente por la música, para la que está dotado de un gran talento.
La apariencia del paciente da indicios de personalidad neuropatológica degenerativa por su cráneo plagiocefálico, sus orejas grandes y abiertas, la deficiente inervación del nervio facial bucal derecho, así como la expresión neuropática de sus ojos.
Z. es alto, de constitución fuerte, con un aspecto perfectamente masculino. Pelvis masculina, testículos bien desarrollados, el pene destaca por su tamaño. Mons veneris con abundante vello, el testículo derecho más alto que el izquierdo, el reflejo del cremáster es débil en ambos lados. Intelectualmente el paciente se sitúa por debajo de la media. Él mismo es consciente de su deficiencia, se lamenta de su indolencia y pide que le hagan tener más fuerza de voluntad. Su comportamiento torpe y apocado, su mirada esquiva y su postura laxa son indicios de masturbación. El paciente reconoce haberse dado a ella desde los 7 años hasta hace un año y medio, masturbándose durante años 8—12 veces diarias. Hasta hace unos años, cuando se volvió neurasténico (presión en la cabeza, incapacidad intelectual, irritación espinal, etc.), dice haber sentido siempre un gran placer con ella. A partir de entonces, este se perdió y con ello la masturbación ha perdido su interés. Se ha ido volviendo cada vez más tímido, laxo, falto de energía, miedoso, nada le interesa, despacha sus asuntos sólo por obligación, se siente extenuado. Nunca ha pensado en el coito, desde su punto de vista como onanista no entiende cómo otros pueden encontrar placer en el coito.
La búsqueda de inclinaciones sexuales contrarias arrojó un resultado negativo.
Dice no haberse sentido nunca atraído por personas de su mismo sexo. Cree más bien haber tenido de vez en cuando una leve inclinación hacia las mujeres. Afirma haber llegado por sí mismo al onanismo. Con 13 años percibió por primera vez eyaculación de esperma como resultado de manipulaciones masturbatorias.
Fue necesario convencer a Z. con largas conversaciones para que se decidiera a desvelar por completo su vita sexualis. Como muestran las siguientes manifestaciones, se le podría clasificar como un caso de masoquismo ideal con sadismo rudimentario. El paciente recuerda perfectamente que ya con 6 años y sin motivo alguno aparecieron en él “fantasías violentas”. Se imaginaba que la criada le abría de piernas y le mostraba a otro sus genitales (del paciente), que intentaba arrojarle al agua fría o caliente para provocarle dolor. Estas “fantasías violentas” iban acompañadas de un sentimiento de placer y daban lugar a manipulaciones masturbatorias. El paciente las evocaba más tarde también voluntariamente para incitarse a la masturbación. Asimismo, desempeñaron un papel en sus sueños a partir de entonces. No obstante, nunca dieron lugar a poluciones, al parecer porque el paciente se masturbaba desmedidamente durante el día.
Con el tiempo, a estas fantasías violentas de índole masoquista se les unieron otras de tipo sádico. Al principio eran imágenes de muchachos que se masturbaban mutuamente de manera violenta, que se cortaban los genitales. Era frecuente que asumiera el papel de uno de esos muchachos, tanto el activo como el pasivo.
Más tarde empezaron a acudir a él imágenes de muchachas y mujeres exhibiéndose unas frente a otras: se imaginaba situaciones como, por ejemplo, que la criada arrancaba las femora a otra muchacha o que le desgarraba el pubus, también otras en las que chicos arremetían con violencia contra muchachas, les asestaban cuchilladas, les daban pellizcos en los genitales.
También estas imágenes le excitaban sexualmente, aunque nunca experimentó el impulso de proceder de ese modo activamente o de convertirse en objeto pasivo de ellas. Le bastaba con servirse de ellas para la automasturbación. Desde hace un año y medio tales imágenes e impulsos se han ido volviendo menos frecuentes con la disminución de la fantasía y libido sexuales, pero su contenido se ha mantenido constante. Las fantasías violentas de tipo masoquista predominan frente a las de tipo sádico. Últimamente, cuando ve a una dama se le antoja que tiene las mismas ideas sexuales que él. Con esto es con lo que explica hasta cierto punto su timidez en las relaciones sociales. Como el paciente ha oído que se librará de sus fantasías sexuales, que le van resultando molestas, cuando se acostumbre a una satisfacción sexual normal, ha intentado dos veces en el último año y medio practicar el coito, aunque tan solo sentía aversión ante él y no se prometía ningún éxito. El intento acabó también en ambas ocasiones en rotundo fracaso. La segunda vez experimentó tal aversión que arrojó a la joven de su lado y salió huyendo.
[Psychopathia sexualis, caso 67]
X., 38 años, ingeniero, casado, padre de 3 hijos, aunque está felizmente casado, no es capaz de resistirse al impulso de acudir de vez en cuando a una prostituta instruida por él y representar la siguiente comedia masoquista como preliminar de un coito. En cuanto se halla en presencia de la puella, esta tiene que agarrarle por las orejas, arrastrarle por la habitación a base de tirones de oreja y regañarle: “¿Qué haces aquí? ¿No sabes que tienes que estar en el colegio? ¿Por qué no vas al colegio?”. Al mismo tiempo le abofetea y le golpea, hasta que él se pone de rodillas y pide perdón. A continuación ella le da una canastita con pan y fruta como se hace con los niños cuando se los manda al colegio, le levanta por las orejas y le vuelve a ordenar que vaya al colegio. X. vuelve a hacerse el rebelde hasta que, bajo el estímulo de los tirones de oreja, golpes y regañinas de la puella, llega al orgasmo. En ese momento grita: “Ya voy, ya voy” y consuma el coito. Es probable, aunque no está demostrado, que esta comedia masoquista tenga que ver con el hecho de que las primeras manifestaciones de excitación sexual se dieran en su época de escolar con motivo de estos castigos y que la libido se haya vinculado a ellos por asociación. Por lo demás se desconoce la vita sexualis de X. (Dr. Carrara, en Archivio di Psichiatria XIX. 4.).
[Psychopathia sexualis, caso 66]
(Dr. Pascal, ibid. [Igiene dell'amore, A.B]) En París un caballero acudía algunas tardes a una casa cuya dueña se prestaba a satisfacer su extraña inclinación. Se presentaba vestido de gala en el salón de esta dama, que tenía que recibirle vestida de baile y con expresión severa. Él la trataba de marquesa, ella tenía que recibirle diciendo “querido conde”. A continuación él hablaba del placer que le producía encontrarse a solas con ella, del amor que sentía por ella y de su idilio. A continuación la dama tenía que hacerse la ofendida. El pseudoconde se iba apasionando cada vez más y pedía a la pseudomarquesa que le permitiera depositar un beso sobre sus hombros. Viene después una escena de gran indignación, se toca el timbre, un criado contratado para la ocasión aparece y echa de allí al conde, que se va tan satisfecho y recompensa generosamente a los personajes de la comedia.
[Psychopathia sexualis, caso 65]
(Pascal, Igiene dell’amore.) Un hombre de unos 45 años acudía cada tres semanas a ver a una prostituta y le pagaba 10 francos por llevar a cabo el siguiente procedimiento. La puella tenía que desnudarle, atarle de pies y manos, vendarle los ojos y además tapar las ventanas. Luego sentaba a su huésped en un sofá y tenía que dejarle solo en su estado de indefensión. Al cabo de media hora tenía que regresar y liberarle de sus ataduras. Tras esto el hombre pagaba y se iba completamente satisfecho, para repetir visita a los tres meses más o menos.
[Psychopathia sexualis, caso 64]
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