Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.
Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.
Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.
Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.
M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.
Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.
Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.
A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.
Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.
Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba… pero todo esto no servía de nada.
M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.
Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.
Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:
Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.
M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.
Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.
[Psychopathia sexualis, caso 72]
Caso 72. Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.
Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.
Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.
Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.
M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.
Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.
Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.
A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.
Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.
Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba… pero todo esto no servía de nada.
M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.
Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.
Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:
Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.
M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.
Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.
Z., 27 años, artista, constitución fuerte, de aspecto agradable, al parecer sin tara, en su juventud sano, desde los 23 años es nervioso y con predisposición a desazón hipocondriaca. En cuestión sexual, con tendencia a la fanfarronería, tampoco es demasiado potente. A pesar de ser correspondido por el sexo femenino, las relaciones del paciente con aquel se limitan a inocentes muestras de ternura. Resulta digna de mención su tendencia a desear a mujeres que se comportan con él de manera esquiva. Desde los 25 años observa que le excitan sexualmente las mujeres en cuanto descubre en ellas un rasgo autoritario, por feas que sean. Una palabra airada de la boca de una mujer así basta para provocar en él las más violentas erecciones. Así, por ejemplo, estando sentado un día en un café oyó cómo la (espantosa) cajera reñía al camarero con voz enérgica. Esta actuación le llevó a un estado de máxima excitación sexual que resultó al poco tiempo en una eyaculación. Z. exige de las mujeres con las que ha de mantener relaciones sexuales que le rechacen, le atormenten de todas las maneras posibles, etc. Dice que solo le puede resultar atractiva una mujer que se parezca a las protagonistas de las novelas de Sacher-Masoch.
[Psychopathia sexualis, caso 68]
Señor Z., 22 años, soltero, le trajo a mí su tutor por indicación médica, pues era extremadamente nervioso y, al parecer, sexualmente no normal. La madre y la madre de la madre padecieron enfermedades mentales. El padre le engendró en una época en que padecía bastante de los nervios.
Al parecer, el paciente había sido un niño muy vivaz y con mucho talento. Ya con 7 años se constató que se masturbaba. A partir de los 9 años se volvió despistado, olvidadizo, no iba bien en los estudios, necesitaba siempre ayuda con las clases y protección, le costó trabajo acabar el bachillerato y durante su año como voluntario destacó por indolente y olvidadizo, así como por cometer diversas barrabasadas.
El motivo de la consulta fue un episodio en la calle durante el cual Z. abordó a una joven dama y pretendió, con vehemencia y gran alteración, que mantuviera una conversación con él.
La explicación que dio el paciente a este comportamiento fue que deseaba excitarse hablando con una muchacha decente para ser potente después en el coito con una prostituta (!).
El padre de Z. le describe como una persona de naturaleza bondadosa, decente pero abúlica, insulsa, descontenta de sí misma, a menudo desesperada por el poco éxito que ha tenido hasta ahora en la vida, además de ser indolente e interesarse solamente por la música, para la que está dotado de un gran talento.
La apariencia del paciente da indicios de personalidad neuropatológica degenerativa por su cráneo plagiocefálico, sus orejas grandes y abiertas, la deficiente inervación del nervio facial bucal derecho, así como la expresión neuropática de sus ojos.
Z. es alto, de constitución fuerte, con un aspecto perfectamente masculino. Pelvis masculina, testículos bien desarrollados, el pene destaca por su tamaño. Mons veneris con abundante vello, el testículo derecho más alto que el izquierdo, el reflejo del cremáster es débil en ambos lados. Intelectualmente el paciente se sitúa por debajo de la media. Él mismo es consciente de su deficiencia, se lamenta de su indolencia y pide que le hagan tener más fuerza de voluntad. Su comportamiento torpe y apocado, su mirada esquiva y su postura laxa son indicios de masturbación. El paciente reconoce haberse dado a ella desde los 7 años hasta hace un año y medio, masturbándose durante años 8—12 veces diarias. Hasta hace unos años, cuando se volvió neurasténico (presión en la cabeza, incapacidad intelectual, irritación espinal, etc.), dice haber sentido siempre un gran placer con ella. A partir de entonces, este se perdió y con ello la masturbación ha perdido su interés. Se ha ido volviendo cada vez más tímido, laxo, falto de energía, miedoso, nada le interesa, despacha sus asuntos sólo por obligación, se siente extenuado. Nunca ha pensado en el coito, desde su punto de vista como onanista no entiende cómo otros pueden encontrar placer en el coito.
La búsqueda de inclinaciones sexuales contrarias arrojó un resultado negativo.
Dice no haberse sentido nunca atraído por personas de su mismo sexo. Cree más bien haber tenido de vez en cuando una leve inclinación hacia las mujeres. Afirma haber llegado por sí mismo al onanismo. Con 13 años percibió por primera vez eyaculación de esperma como resultado de manipulaciones masturbatorias.
Fue necesario convencer a Z. con largas conversaciones para que se decidiera a desvelar por completo su vita sexualis. Como muestran las siguientes manifestaciones, se le podría clasificar como un caso de masoquismo ideal con sadismo rudimentario. El paciente recuerda perfectamente que ya con 6 años y sin motivo alguno aparecieron en él “fantasías violentas”. Se imaginaba que la criada le abría de piernas y le mostraba a otro sus genitales (del paciente), que intentaba arrojarle al agua fría o caliente para provocarle dolor. Estas “fantasías violentas” iban acompañadas de un sentimiento de placer y daban lugar a manipulaciones masturbatorias. El paciente las evocaba más tarde también voluntariamente para incitarse a la masturbación. Asimismo, desempeñaron un papel en sus sueños a partir de entonces. No obstante, nunca dieron lugar a poluciones, al parecer porque el paciente se masturbaba desmedidamente durante el día.
Con el tiempo, a estas fantasías violentas de índole masoquista se les unieron otras de tipo sádico. Al principio eran imágenes de muchachos que se masturbaban mutuamente de manera violenta, que se cortaban los genitales. Era frecuente que asumiera el papel de uno de esos muchachos, tanto el activo como el pasivo.
Más tarde empezaron a acudir a él imágenes de muchachas y mujeres exhibiéndose unas frente a otras: se imaginaba situaciones como, por ejemplo, que la criada arrancaba las femora a otra muchacha o que le desgarraba el pubus, también otras en las que chicos arremetían con violencia contra muchachas, les asestaban cuchilladas, les daban pellizcos en los genitales.
También estas imágenes le excitaban sexualmente, aunque nunca experimentó el impulso de proceder de ese modo activamente o de convertirse en objeto pasivo de ellas. Le bastaba con servirse de ellas para la automasturbación. Desde hace un año y medio tales imágenes e impulsos se han ido volviendo menos frecuentes con la disminución de la fantasía y libido sexuales, pero su contenido se ha mantenido constante. Las fantasías violentas de tipo masoquista predominan frente a las de tipo sádico. Últimamente, cuando ve a una dama se le antoja que tiene las mismas ideas sexuales que él. Con esto es con lo que explica hasta cierto punto su timidez en las relaciones sociales. Como el paciente ha oído que se librará de sus fantasías sexuales, que le van resultando molestas, cuando se acostumbre a una satisfacción sexual normal, ha intentado dos veces en el último año y medio practicar el coito, aunque tan solo sentía aversión ante él y no se prometía ningún éxito. El intento acabó también en ambas ocasiones en rotundo fracaso. La segunda vez experimentó tal aversión que arrojó a la joven de su lado y salió huyendo.
[Psychopathia sexualis, caso 67]
Caso 51. Masoquismo ideal. El señor X., técnico, de 26 años, hijo de madre nerviosa, afectada de migrañas. Entre los ascendientes paternos se han dado un caso de enfermedad de médula espinal y otro de psicosis.
Un hermano es “nervioso”.
El señor X. superó enfermedades infantiles carentes de importancia, estudió sin problemas, se desarrolló normalmente. Su aspecto es perfectamente masculino, aunque algo enfermizo y con talla por debajo de la media. El descenso del testículo derecho quedó incompleto, y se puede palpar en el canal inguinal. El pene es de constitución normal, aunque algo pequeño.
Con 5 años X. descubrió sensaciones libidinosos mientras se balanceaba agarrado a unas pequeñas barras paralelas con las piernas extendidas y cruzadas. Repitió el proceso unas cuantas veces, olvidó después el efecto, y cuando lo recordó siendo ya un muchacho más maduro y lo repitió, no obtuvo el éxito esperado.
Con 7 años presenció una pelea de chicos en el patio del colegio en la que los ganadores acabaron sentados encima de los vencidos, que se quedaron tumbados de espaldas.
Esto le impresionó.
La posición del sometido se le antojaba agradable, se ponía en su lugar con la imaginación y se pintaba a sí mismo cómo lograr, haciendo como que se levantaba, que el rival que tenía encima se le fuera acercando cada vez más a la cara hasta quedar sentado encima de ella y hacerle sentir los efluvios de sus genitales. Desde entonces empezó a imaginarse estas escenas con frecuencia. Iban acompañadas de sensaciones libidinosas, pero nunca experimentó con ellas verdadera voluptuosidad, tenía esos pensamientos por perniciosos y pecaminosos y procuraba reprimirlos. Dice no haber tenido por aquel entonces ni idea de cuestiones sexuales. Cabe destacar que hasta los 20 años el paciente sufría enuresis nocturna ocasional.
Hasta la pubertad, las fantasías masoquistas recurrentes de estar bajo los muslos de otra persona tenían por objeto tanto chicos como chicas. A partir de entonces, prevalecen los individuos femeninos, y al término de la pubertad ya solamente aparecen estos. Paulatinamente, estas situaciones fueron cambiando de contenido. Culminaban con la conciencia de encontrarse totalmente sometido a la voluntad y caprichos de una joven, con las correspondientes acciones y situaciones humillantes.
X. cita estas como ejemplo:
“Estoy de espaldas en el suelo. A la altura de mi cabeza está el ama, que me ha puesto un pie en el pecho, o me sujeta la cabeza entre los pies, de modo que tengo la cara justo debajo de su pubes. O la tengo sentada en el pecho, o en la cara, y come utilizando mi cuerpo de mesa. Si no cumplo una orden a su entera satisfacción o simplemente si así se le antoja a mi ama, me encierra en un cuarto oscuro y se marcha en busca de placeres. Me enseña a sus amigas como esclavo, me presta a ellas como tal.
“Me emplea en servicios ínfimos, tengo que servirla al levantarse, al bañarse, durante la mictio. Para esto último utiliza también mi cara de vez en cuando, obligándome a beber su lotium”.
X. asegura no haber puesto nunca en práctica esta idea, pues al mismo tiempo tenía de alguna forma la sensación de que su realización no le proporcionaría el placer esperado.
Tan sólo una vez se coló en el cuarto de una hermosa criada, movido por tales fantasías, ut urinam puellae bibat. Pero se abstuvo por repugnancia.
X. afirma haber luchado en vano contra este círculo de fantasías masoquistas, que despiertan en él vergüenza y repugnancia. Pero siguen siendo igual de poderosas a pesar de todo. Hace constar que la humillación es lo que desempeña el papel principal y que el placer nunca se mezcla con la causación de dolor.
Le gusta imaginarse al “ama” de unos 20 años, virgen, de exquisita figura, rostro delicado y hermoso, y, a ser posible, con ropa corta de color claro.
X. afirma no haber experimentado hasta ahora gusto alguno por la forma normal de acercarse a las jóvenes, en bailes y actos sociales. Desde la pubertad, las fantasías masoquistas iban acompañadas ocasionalmente de poluciones con cierto sentimiento libidinoso.
El paciente realizó en cierta ocasión fricciones del glans, pero no logró erección ni eyaculación, y en lugar de un sentimiento placentero, experimentó uno desagradable, parálgico. Esto evitó que se diera a la masturbación. Sin embargo, a partir de los 20 años de edad, era frecuente que al hacer gimnasia en barra fija, al trepar por cuerdas y barras, tuviera una eyaculación a la que se asociaba un intenso sentimiento de placer. Nunca ha sentido deseos de mantener relaciones sexuales con mujeres (sentimientos sexuales contrarios no ha tenido nunca). Con 26 años, un amigo se empeñó en que tenía que practicar el coito, pero ya camino del lupanar experimentó “una intranquilidad mezclada con miedo y acusada repugnancia”, y con la excitación, el temblor generalizado de sus miembros y el arrebato de sudor no logró la erección. Volvió a intentarlo varias veces y cosechó siempre el mismo fracaso, aunque las manifestaciones de excitación física y psíquica no llegaron a ser tan fuertes como la primera vez.
Nunca ha tenido libido. No ha sido capaz de servirse de sus fantasías masoquistas para consumar el acto porque sus facultades espirituales “están como paralizadas” en tal situación y no consigue formar imágenes suficientemente intensas como para lograr una erección. En consecuencia, renunció a ulteriores tentativas de coito, en parte por falta de libido, en parte por falta de confianza en el éxito. Desde entonces tan solo satisfacía de vez en cuando su débil libido con ejercicios gimnásticos. A veces sufría una erección provocada por fantasías masoquistas espontáneas o intencionadas (en estado de vigilia), pero no volvió a llegar a la eyaculación.
Tenía poluciones cada seis semanas.
El paciente es una persona que destaca intelectualmente, es sensible y algo neurasténico. Se lamenta de que cuando está en sociedad suele asaltarle la sensación de que llama la atención, de ser observado, por lo que llega a sentirse atemorizado, aunque es consciente de que todo son imaginaciones suyas. Por eso ama la soledad, y sobre todo porque teme que se descubra su anomalía sexual.
Se avergüenza de su impotencia, pues su libido es prácticamente nula, no obstante, considera que llegar a una vita sexualis sana sería lo mejor que le podría pasar, teniendo en cuenta cuántas cosas dependen de esto en la vida social. Cree que así podría desenvolverse en sociedad con más seguridad y masculinidad.
Su actual existencia le resulta un tormento; una vida así, una carga.
Epicirisis: tara (hereditaria). Vida sexual que se despierta en una etapa anormalmente temprana. Ya con 7 años contemplación libidinosa y decididamente masoquista de muchachos sentados sobre otros (énfasis sexual y perverso de una situación que en sí no resulta sexualmente excitante para una persona normal), acompañada de fantasías olfativas.
Posteriormente, estas situaciones se convierten en objeto de fantasías, al principio no diferenciadas sexualmente, a partir de la pubertad, heterosexuales.
Desembocan en un claro masoquismo ideal (ideas de humillación, de sometimiento), en el que la única relación con los genitales femeninos es la fantasía de ser utilizado para la mictio, incluso bibere urinam.
Carece de atracción sexual normal hacia la mujer, lo que se debe fundamentalmente a su masoquismo.
[Psychopathia sexualis, caso 51]
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