Caso 21. Vinzenz Verzeni, nacido en 1849, desde el 11 de enero de 1872 en prisión, acusado de: 1. intento de estrangulamiento de su tía Marianne hace cuatro años mientras esta yacía enferma en la cama; 2. del mismo delito contra Arsuffi, mujer casada de 27 años; 3. de intento de estrangulamiento de Gala, mujer casada, apretándole el cuello mientras estaba de rodillas sobre su cuerpo; además, sospechoso de los siguientes asesinatos:
En diciembre, Johanna Motta, de 14 años, se encaminó una mañana entre las 7 y las 8 hacia un pueblo vecino. Como no regresaba, su jefe salió en su busca y halló el cadáver en los alrededores del pueblo, junto a un camino, atrozmente mutilado, con innumerables heridas. Los intestinos y genitales habían sido extraídos del cuerpo abierto y se hallaron en las inmediaciones. La desnudez del cadáver y las erosiones en los muslos apuntaban a una agresión deshonesta, la boca llena de tierra indicaba asfixia. Cerca del cadáver, bajo un montón de paja, se encontró un trozo arrancado de la pantorrilla derecha y jirones de ropa. No se pudo dar con el culpable.
El 28 de agosto de 1871, Frigeni, mujer casada de 28 años, salió temprano al campo. Como eran las 8 y no volvía, el marido salió a buscarla. Encontró el cadáver desnudo en el campo, con marcas de una cuerda en el cuello que indicaban que había sido estrangulada, cubierta de heridas, desventrada y con los intestinos fuera.
El 29 de agosto a mediodía, cuando Maria Previtali, de 19 años, salió al campo, fue seguida por su primo Verzeni, que la arrastró a un campo de cereales, la arrojó al suelo y le oprimió el cuello. En un momento en que la soltó para cerciorarse de si andaba alguien por allí, la muchacha se levantó y consiguió con sus súplicas que V. la dejara irse después de tenerla todavía un rato haciéndole presión con las manos.
V. fue llevado a juicio. Tiene 22 años, el cráneo es de tamaño superior a la media, asimétrico. El hueso frontal derecho es más estrecho y bajo que el izquierdo, la protuberancia frontal derecha está poco desarrollada, la oreja derecha es más pequeña que la izquierda (alrededor de 1 cm en vertical y 3 en anchura); en ambas orejas falta la mitad inferior de la hélice, la arteria temporal derecha presenta una cierta ateromatosis. Cerviguillo, enorme desarrollo del hueso cigomático y de la mandíbula inferior, pene muy desarrollado, sin frenillo; ligero estrabismo alternante divergente (insuficiencia de los mm. recti interni y miopía). Lombroso infiere a partir de estos signos degenerativos una atrofia congénita del lóbulo frontal derecho. Al parecer, Verzeni presenta degeneración hereditaria: dos de sus tíos son cretinos, un tercero es microcefálico, imberbe, le falta un testículo y tiene el otro atrofiado. El padre presenta vestigios de degeneración pelagrosa y sufrió un ataque de hipocondria pelagrosa. Un primo padeció hiperemia cerebral, otro es ladrón habitual.
La familia de Verzeni es mojigata, de una avaricia repulsiva. Él presenta una inteligencia común, sabe defenderse bien, procura demostrar su coartada, arrojar sospechas sobre otros. En su pasado no hay indicios de enfermedad psíquica; por lo demás es raro de carácter; es una persona callada, amante de la soledad. En prisión, cínico, se masturba; procura ver mujeres por todos los medios.
V. confesó finalmente sus crímenes y los motivos de estos. Al cometerlos experimentó una sensación indescriptiblemente agradable (libidinosa), acompañada de erección y eyaculación. Le bastaba con rozar apenas el cuello de sus víctimas para que le asaltaran sensaciones sexuales. Le daba igual, por lo que respecta a estas sensaciones, que las mujeres fueran viejas, jóvenes, feas o guapas. Por lo general, le bastaba con oprimirles el cuello para obtener placer y después las dejaba con vida -en los dos casos mencionados, la satisfacción sexual se hizo esperar y él siguió apretando hasta que sus víctimas murieron-. Su placer en estos estrangulamientos superaba al de la masturbación. Las excoriaciones en los muslos de Motta fueron producidas por sus dientes mientras chupaba la sangre con delectación. Succionó un trozo de pantorrilla y después se lo llevó a casa para asarlo, pero por el camino lo ocultó bajo un montón de paja por miedo a que le descubriera su madre. También transportó consigo la ropa y las entrañas durante un trecho porque disfrutaba olfateándolas y manoseándolas. La fuerza que tenía en estos momentos de máxima libidinosidad era enorme. Nunca ha sido un loco; mientras cometía sus crímenes no veía nada más (probablemente, suspensión de la percepción y actuación instintiva provocadas por excitación sexual extrema). Después tenía siempre una sensación muy placentera, un sentimiento de gran satisfacción; nunca sintió remordimientos de conciencia. En ningún momento se le ocurrió tocar los órganos sexuales de las mujeres agredidas o violar a sus víctimas, le bastaba con estrangularlas y chuparles la sangre. Parece que la información proporcionada por este vampiro moderno se basa en hechos reales. Al parecer, los impulsos sexuales normales le eran ajenos -tuvo dos queridas a las que se conformaba con mirar- él mismo se sorprende de no haber sentido ganas de estrangularlas o de oprimirlas con sus manos, pero tampoco obtuvo de ellas el mismo placer que con sus víctimas. No se halló en él rastro de sentido moral, arrepentimiento ni nada parecido.
Verzeni mismo dice que convendría mantenerle encerrado porque en libertad es incapaz de resistirse a sus deseos.
V. fue condenado a cadena perpetua. (Lombroso: Verzeni e Agnoletti, Roma, 1873).
Son interesantes las confesiones de V. tras la condena.
“Incredibilem voluptatem habui feminas suffocans, erectiones tum sensi atque vera libidine affectus sum. Vel vestimenta mulierum olfacere voluptatem mihi adtulit. In suffocando feminas maiorem voluptatem inveni quam in masturbando. Al beber la sangre de Motta sentí un gran bienestar. También me producía gran placer quitarles a las asesinadas las horquillas del pelo.
“La ropa y las entrañas me las llevé por deseo de olerlas y tocarlas. Mi madre me pilló al final porque después de cada asesinato o intento de asesinato me encontraba manchas de semen en la camisa. No estoy loco, pero en el instante del estrangulamiento ya no veía otra cosa. Después de cometer los asesinatos me quedaba satisfecho, a gusto. Nunca se me ocurrió tocar los órganos sexuales y demás o contemplarlos. Me bastaba con oprimirles el cuello a las mujeres y chuparles la sangre. A día de hoy sigo sin saber cómo está hecha una mujer.
“Durante el estrangulamiento y después de este, me tocaba por todo el cuerpo sin prestar más atención a una parte que a otra”.
V. llegó a sus actos perversos por sí solo tras percatarse con 12 años de que le acometía una extraña sensación libidinosa al retorcerles el pescuezo a las gallinas. Por eso a veces las mataba en masa y contaba luego que se había colado una comadreja en el corral. (Lombroso, Goltdammers Archiv, vol. 30, p. 13).