Caso 216: exhibicionismo

G., 29 años, camarero en un café, en 1888 se exhibió por debajo de la puerta de la iglesia ante varias muchachas que estaban trabajando en un sótano. Reconoce el hecho y también haber cometido el mismo delito varias veces en el mismo lugar y a la misma hora, por lo cual ya fue condenado el año anterior a un mes de prisión.

G. tiene unos padres muy nerviosos. Su padre no está psíquicamente equilibrado y es extremadamente colérico. Su madre sufre enfermedades psíquicas periódicamente y padece una grave enfermedad nerviosa.

G. siempre ha tenido un tic nervioso en la cara, oscila constantemente entre un malhumor inmotivado con taedium vitae y periodos de excitación festiva. Con 10 y 15 años quiso matarse por motivos nimios. En cuanto se le alteraba el ánimo, tenía sacudidas en las extremidades. Presenta constantemente analgesia general. En la cárcel, al principio estaba fuera de sí por la vergüenza que le causaba el oprobio que había arrojado sobre su familia, decía ser una persona malísima y merecer las penas más duras.

Hasta los 19 años, G. se había satisfecho con masturbación solitaria o mutua y había llegado a masturbar a alguna muchacha. A partir de entonces, estando empleado en un café, la clientela femenina le excitaba hasta tal punto que llegaba muchas veces a la eyaculación. Sufría casi todo el tiempo priapismo, y según asegura su mujer, este llegaba a perturbar el descanso nocturno del marido a pesar de practicar el coito. Llevaba siete años exhibiéndose repetidamente por la ventana, así como exponiéndose nudatus feminis vicinis.

En 1883 contrajo matrimonio por sentir inclinación hacia ello. Las relaciones conyugales no bastaron para satisfacer sus excesivas necesidades. La excitación sexual era a veces tan fuerte que le causaba dolor de cabeza, se le veía desorientado, como borracho y llamaba la atención en el trabajo, donde era inservible.

El 12 de mayo de 1887, encontrándose en tal estado, se exhibió ante damas por dos veces consecutivas en sendas calles de París. Desde entonces mantenía una lucha desesperada contra este impulso morboso que le perseguía casi permanentemente y en cuyo clímax se encontraba melancólico y alterado y se pasaba las noches llorando. Así y todo, siempre recaía. Dictamen: queda probada la degeneración hereditaria con obsesión e impulsos irresistibles (“perversion delirante du sens genital”). Absolución. (Magnan, Arch. de l’Anthropologie Criminelle V, vol. n.º 28).