Amor a las viejas, sadismo, posible asesinato por motivos sexuales.
Datos obtenidos de la documentación.
El 1 de mayo de 1900 se encontró en F…dorf (Alta Austria) a Sch., vecina de unos 64 años de edad, muerta en el suelo de su casa.
Las circunstancias concretas indicaban sin dejar lugar a dudas que Sch. había sufrido una muerte violenta.
Alrededor del cuello de la víctima se encontró un basto pañuelo de campesino con un nudo simple a la altura de la laringe. Este estaba tan apretado que alrededor del cuello entero se había formado un surco de estrangulamiento de unos 2 cm de ancho correspondiente al pañuelo que se le había atado. La autopsia puso de manifiesto que la muerte se había producido por asfixia.
Asimismo, se hallaron en el cadáver signos que apuntaban a una lucha previa al estrangulamiento.
K. R. fue interrogado como presunto culpable y el 25 de junio de 1900 se le detuvo en Ober-Sch. (Alta Austria).
En cuanto al presunto motivo del crimen cometido de K., se daban circunstancias que arrojaban luz sobre este y que se pusieron de relieve nada más detenérsele. K. también había sido procesado por el tribunal del distrito de P. por dos delitos de violación cometidos el 16 de julio y el 8 de agosto de 1899.
Ambos hechos ocurrieron de la siguiente manera. El 16 de julio, K. había bebido bastante durante el día, con lo que por la tarde se encontraba algo borracho. Estaba, asimismo, bastante excitado sexualmente, pues volviendo a casa por el pueblo de Pr. quiso ya abusar de dos mujeres, que le rechazaron enérgicamente. Cuando llegó al asilo del pueblo, entró en este y se sentó junto a la interna de 64 años A. N., que se hallaba en el vestíbulo. Comenzó a agredirla, conminándola a mantener relaciones sexuales con él. Al defenderse ella e intentar irse, K. la arrojó al suelo, se tendió sobre ella, le levantó las faldas y quiso abusar de ella. No la soltó hasta que una mujer acudió en su ayuda, alertada por los gritos.
K. se justificó durante el primer interrogatorio diciendo que estaba completamente borracho y que no sabía nada de todo aquello.
Por lo que respecta al estado de conciencia de K., resulta significativo el hecho de que, habiéndose encontrado en la calle a dos muchachos inmediatamente después de esta escena, les preguntara si no habían oído gritos.
La segunda violación tuvo lugar como sigue. K. había bebido también ese día, 8 de agosto de 1899. Al marcharse de una taberna en el pueblo de L., junto al Danubio, robó una gabarra y navegó con ella siguiendo la corriente hasta llegar a E. Allí desembarcó y trabó conversación con E., campesina de 76 años que se encontraba trabajando en una tierra no alejada de la orilla. En el transcurso de dicha conversación, K. trató de persuadir a E. de que se acostara con él prometiéndole a cambio 20 cruceros.
Al negarse E., la tiró al suelo, se tumbó sobre ella, sacó su miembro del pantalón y trató de descubrir la parte inferior del cuerpo de esta.
E. se defendió y pidió auxilio, por lo que K. la golpeó. A los gritos de ella acudió un hombre, por lo que K. la soltó (asestándole todavía un par de golpes) y huyó de allí en la gabarra.
En un primer momento, K. admitió ante el gendarme que le detuvo que había golpeado a E., pero solo por ira. Posteriormente, sin embargo, volvió a disculparse sosteniendo que no sabía nada de aquello, aunque esta vez ni siquiera afirmó haber estado completamente borracho en el momento de cometer el delito, sino que declaró no haberse emborrachado hasta después. Recordaba, asimismo, sus acciones posteriores al intento de violación, de las cuales se da cuenta seguidamente.
Efectivamente, K. navegó a favor de la corriente hasta llegar a U.; allí atracó junto a una taberna y vendió por cuatro florines la gabarra robada, negocio durante el cual no dio la sensación de estar borracho. Además, K. afirmó todavía durante un interrogatorio posterior que se acordaba de la oferta de los 20 cruceros.
Mucho antes habían tenido lugar los siguientes hechos en relación con K.: el 11 de septiembre de 1894 había intervenido como bombero en un incendio declarado en R. y había bebido abundantemente del vino ofrecido por los campesinos de R. De regreso a su pueblo (Ro.) con la bomba de incendios, se hallaba borracho. Hay discordancia, no obstante, en los testimonios referidos al grado de su borrachera.
K. entró entonces en una casa de Ro. en la que solo se encontraban algunos niños y se comportó de manera extraña, sin que quedara claro el verdadero motivo de su venida.
A continuación se presentó en casa de una mujer de 64 años llamada Ko., que estaba en cama por un dolor de muelas y a la que se le hizo rara esa visita a tales horas. Se puso primero a hablar del incendio, para pedir a continuación un descalzador de botas. Cuando Ko. le dijo que no tenía descalzador, K. se puso a secarse las botas. Acto seguido, cerró la puerta por dentro. Tras recorrer la habitación varias veces de arriba abajo, echó mano a la colcha de Ko., probablemente para retirarla. Al prohibirle ella que lo hiciera, K. la agarró por el cuello y empezó a estrangularla, acción en la que no cejó hasta que otra habitante de la casa, a los gritos de Ko., se asomó a la ventana y le gritó a K. que qué hacía.
K. soltó entonces a Ko., abrió la puerta y, tras un breve intercambio verbal, se marchó.
Ko. creía que K. andaba detrás de su dinero. Sin embargo, se constató que K. llevaba abierta la bragueta, lo que aclara suficientemente sus verdaderas intenciones.
K. fue condenado en aquella ocasión a cuatro semanas de arresto.
Estos hechos permitían colegir que el asesinato de Sch. también podría tener un trasfondo sexual, suposición que, como se comprobó poco después, estaba justificada.
K. negó durante largo tiempo con toda tenacidad haber cometido el asesinato de Sch.
Sin embargo, al llegar al juicio oral el 11 de marzo de 1901, K. intentó inicialmente mantenerse en su negación de los hechos, defendiéndose para ello con gran serenidad; pero al segundo día de juicio, tras haber sido reconocido por casi todas las personas que habían visto al presunto asesino de Sch. el 1 de mayo de 1900, confesó por completo al ser requerido para ello por el presidente del tribunal.
Reconoció que el 1 de mayo por la mañana había entrado en casa de Sch. y había pedido algo de comer, petición que fue atendida. Mientras estaba sentado charlando con Sch., se empezó a excitar sexualmente y le pidió que se acostara con él. Al negarse Sch., la tiró al suelo y, como ella se defendiera y gritara, le pegó un par de manotazos en la cabeza. Al seguir ella gritando, la estranguló por rabia con un pañuelo.
No fue capaz de explicar con exactitud cómo había atado el pañuelo porque, según afirma, se encontraba fuera de sí.
Tras asesinar a Sch., se marchó llevándose unas botas que se hallaban junto a la puerta.
K. detalla seguidamente cómo vendió las botas, cómo tomó el transbordador para llegar a E., donde fue a afeitarse, y lo que hizo aún ese mismo día.
Tras esta confesión y a petición del fiscal, se dispuso un examen del estado mental del acusado.
En un interrogatorio practicado el 12 de marzo de 1901, K. ofreció información más detallada sobre el delito. Afirma que, estando sentado con Sch., sintió deseo sexual; que empezó a atacarla y que le exigió acostarse con ella. Al negarse ella, la arrojó al suelo, le levantó las faldas, se sacó el miembro, le separó las piernas y se echó sobre ella. Como ella seguía gritando, intentaba quitársele de encima y se echaba a uno y otro lado, él le asestó un par de golpes y empezó a estrangularla. No recordaba si había llegado a penetrar en los órganos sexuales de ella; tampoco se acordaba de si había llegado a eyacular.
Tras ahogarla (en este interrogatorio K. no mencionó el pañuelo), ella intentó aún tomar aire un par de veces y murió. Una vez muerta, afirma no haberse ocupado ya de ella, pues los muertos le dan pavor. Solamente le bajó las faldas y se guardó el miembro.
En este interrogatorio pretendía no recordar de dónde había sacado las botas; tenía tres pares de botas y no sabía exactamente de dónde habían salido. Después del asesinato, sencillamente, todo le daba vueltas en la cabeza. Niega categóricamente haber tenido intención de matar a la mujer, simplemente deseaba atontarla para que dejara de gritar y poder mantener relaciones con ella.
El delito de K. se sitúa en un trasfondo macabro, pues en el periodo que va de 1897 a 1900 se había asesinado en la Alta Austria a siete mujeres de edades comprendidas entre los 53 y los 68 años. Todas ellas habían sido halladas al aire libre y estranguladas; dos habían recibido además una puñalada en el corazón. En todos los casos se sospechaba que podía tratarse de asesinatos por motivos sexuales; en tres casos se hallaron rastros de la consumación del acto sexual: en uno de ellos, los genitales estaban desgarrados, mientras que en los otros dos el vientre estaba rajado desde los genitales al ombligo, faltando en uno de ellos incluso un trozo de los genitales.
La situación se tornó más siniestra si cabe cuando el 19 de marzo un compañero de celda de K. declaró haber oído hablar en sueños a K. una noche y que este mencionó el pueblo de G. (en G. se había producido precisamente uno de los asesinatos antes mencionados), y a continuación decir algo de dos asesinatos de índole sexual que no debían descubrirse si no querían que los colgaran a los dos (K. hablaba como si se dirigiera a un compañero); después venía algo de lavarse las manos y, a continuación: “Mírala, qué cacho c… tiene”.
Por lo que respecta al asesinato cometido en G., pronto quedó de manifiesto que no podía ser obra de K., pues cuando tuvo lugar, este se encontraba detenido en Y. por orden del juzgado de distrito.
Posteriores investigaciones no arrojaron un resultado decisivo, pues algunas de las personas que habían visto al presunto asesino creían reconocer en él a K., mientras que otras, en cambio, rechazaban decididamente esta posibilidad.
Al ser interrogado K. a propósito de estos asesinatos, ofreció datos concretos sobre el periodo transcurrido desde la finalización de su servicio militar, indicando cuándo, dónde y para quién había trabajado y precisando fechas, lugares y personas.
El 9 de junio de 1901 se le apremió tanto durante un interrogatorio, exigiéndole que lo confesara todo y leyéndole un testimonio inculpatorio, que K. se alteró sobremanera, se echó a llorar y empezó a proferir gritos quejándose de modo un tanto confuso de las acusaciones de las que se le hacía objeto.
Por lo que respecta a la vida anterior de K., se pudo averiguar lo siguiente: nació en 1873, siendo, por tanto de 29 años de edad; sus padres tenían en el momento de su nacimiento ya una edad avanzada (el padre, 63 años; la madre, 40); no se hallaron indicios de taras hereditarias. Asistió a la escuela durante ocho años con aplicación; si bien hizo escasos progresos, al parecer porque era incapaz de mantener nada en la memoria. Según consta en el certificado escolar, K. terminó con suspenso en Historia Natural y Ciencias Naturales, aprobó por la mínima en Cálculo y en Geografía e Historia, estudiando con suficiente aplicación. Su comportamiento, eso sí, fue perfectamente satisfactorio durante esta etapa.
Tras terminar la escuela, K. entró a trabajar de aprendiz con un fabricante de cepillos, pero demostró ser inútil; se hizo entonces picapedrero y a partir de entonces trabajó ya siempre como jornalero o como barquero.
Con 20 años ingresó en el ejército. No consiguió ni un ascenso en tres años de servicio. Acudió a la escuela militar con resultados insuficientes. Fue sancionado en once ocasiones durante su estancia en el ejército.
K. fue objeto también de diversos castigos civiles.
En septiembre se le licenció en el ejército. Desde entonces y hasta su detención llevó una vida irregular, huyendo en lo posible del trabajo. En ese periodo, es decir, en menos de tres años, según propios testimonios que se hallan dispersos por las actas, tuvo como mínimo 15 trabajos diferentes, en muchos de los cuales solo duró un tiempo mínimo; entre unos y otros se dedicó a menudo a vagabundear. Ha podido estar unas seis veces en el hospital, con un periodo total de internamiento de unos siete meses; al menos dos meses los pasó detenido.
La capacidad de trabajar de K., o sea, sobre todo su aptitud para el aprendizaje parece haber sido muy limitada; siempre se le empleaba como jornalero en trabajos ínfimos; era incapaz incluso de desarrollar un trabajo en el campo que requiriera unan mínimas habilidades, es decir, que se tuviera que aprender.
Los médicos forenses emitieron un informe sobre K. en el que concluían que el acusado parecía afectado de una leve imbecilidad y que, debido a la deficiencia moral derivada de este defecto de su inteligencia, no era plenamente responsable de sus actos o, lo que es lo mismo, que no era responsable de su delito. Durante la vista oral, los expertos indicaron que con la expresión “imbecilidad” solo se referían a una cierta debilidad mental, un defecto; para ser más precisos, se trataba de un grado de debilidad mental que no excluía la responsabilidad de sus actos.
K. reconoció en el transcurso de los exámenes a que fue sometido que había intentado y consumado repetidamente las relaciones sexuales con ancianas; asimismo, informó sobre un hecho relevante y esclarecedor, a saber, que sus primeras relaciones sexuales, consumadas a la edad de 17 años, se llevaron a cabo al ser seducido por una anciana.
El informe (que se puede consultar en Wien. Klin. Wochenschr. 1. c.) llegaba a las siguientes conclusiones:
1. K. es un individuo afectado de una debilidad mental en grado leve y de un defecto de índole psicopática; no obstante, su defecto mental no es tal como para excluir responsabilidades penales.
2. No se puede demostrar que en el momento de cometer el asesinato de Sch. se diera en K. una alteración de la conciencia de tipo patológico.
3. En la actualidad K. padece histeria y —en tanto en cuanto no entren aquí en juego elementos arbitrarios— las actuales alteraciones de la marcha y del lenguaje, así como sus defectos psíquicos, se han de considerar manifestaciones de dicha histeria.
La histeria de K. es una afección incurable y, si bien no incapacita al inculpado para cumplir condena, sí que se ha de tener en consideración en cuanto a dicho cumplimiento.
K. ingresó el 10 de mayo de 1902 en el penal de G. y el 13 de junio de 1906 en el de S. para dar cumplimiento a su pena de cadena perpetua.
El médico del penal de S. informa de que K. es un individuo afectado de una leve debilidad mental; que habla poco y se lleva bien con los otros reclusos.
Considera asimismo notable el siguiente comentario de K., emitido mientras se hallaba sentado junto a la ventana al ver a una anciana pasar, creyendo no ser observado, y para sí mismo: “Esa no está mal, todavía se le podía meter”.
Los informes del director de la institución, que durante tres años y medio en G. y S. tuvo ocasión de observar a K., revelan además lo siguiente:
K. dio muestras durante su internamiento de un comportamiento verdaderamente ejemplar. No se le tuvo que llamar la atención por quebrantamiento alguno de las normas y tampoco —algo excepcional— tuvo que ser sometido nunca a castigo disciplinar alguno.
Daba la impresión de ser una persona perfectamente consciente de la magnitud de su crimen, que encuentra proporcionada la dureza de la pena y que, por ello, ha aceptado su situación, logrando así, aunque solo sea hasta cierto punto, naturalmente, una paz interior.
Nunca se constataron signos de pérdidas memoria o alteraciones de esta, ni de trastornos del lenguaje o similares. Nunca se dudó de que estuviera en pleno uso de sus facultades mentales. Tampoco se constató en ningún momento aberración sexual alguna.
Se ha de destacar asimismo el gran apego de K. hacia su madre. Logró a base de sacrificios económicos el traslado desde G. a S. para estar más cerca de ella y así poder recibir sus visitas.