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Caso 153: effeminatio

Señor E., 31 años, hijo de un potator strenuus. No se encuentran por lo demás taras en la familia. E. creció solitario en un pueblo. Ya con seis años se sentía feliz estando junto a hombres barbudos. A partir de los 11 años se ruborizaba cuando coincidía con hombres hermosos y no se atrevía a mirarlos. En compañía femenina se hallaba desinhibido. Hasta los siete años llevó ropa de chica. Se sintió muy desdichado cuando tuvo que desprenderse de ella. Lo que más le gustaba era ayudar en la cocina y en la casa.

Los años de colegio transcurrieron tranquilos. De vez en cuando, E. sentía un interés profundo pero no duradero por algún compañero.

Por la noche soñaba cada vez más con hombres con trajes azules y bigote.

Ya de mayor entró en una asociación deportiva para relacionarse con hombres, motivo por el que también iba a los bailes: no por las muchachas, que le eran perfectamente indiferentes, sino por los bailarines, imaginándose a sí mismo cogido del brazo de alguno de ellos. Pero siempre se sentía solitario, insatisfecho y poco a poco se fue dando cuenta de que no estaba hecho como los otros chicos. Todo su afán consistía en encontrar a un hombre que pudiera quererle.

Con 17 años, un hombre le indujo a la masturbación mutua. La reacción en su conciencia fue un placer estremecedor, miedo y vergüenza. Se dio cuenta entonces de la anormalidad de su sentimiento sexual, se deprimió al principio, llegó a estar una vez incluso cerca del suicidio, pero luego se adaptó a su nueva situación, deseaba a los hombres, pero con su timidez de muchacha fue incapaz durante años de entablar relaciones con ellos, se masturbaba “faute de mieux”, pero no con frecuencia porque no era especialmente libidinoso. Le resultaba extremadamente penoso cuando las muchachas trataban de lograr su favor, cosa que sucedía con frecuencia.

Con 26 años E. llegó a una gran ciudad y a partir de entonces se presentaron sobradas oportunidades para las relaciones homosexuales. Vive desde hace algún tiempo con un hombre de su misma edad compartiendo hogar como marido y mujer. Se siente feliz así y se ve en un papel femenino. Su satisfacción sexual consiste en masturbación mutua y coitus inter femora.

E. es un trabajador muy apreciado y valorado, es perfectamente viril en su comportamiento y carácter, tiene genitales normales, sin signos de degeneración.

Me proporcionó pruebas de que su hermano pequeño, que huye de las mujeres y se queja de que externamente es un hombre pero en realidad no lo es, también es de sensibilidad homosexual.

Llama la atención también que dos hermanas de E. que murieron jóvenes, evitaban a los hombres jóvenes, no entraban en la cocina y andaban siempre, en cambio, en la cuadra y cada vez que podían hacían trabajos de hombre, para los que demostraron una especial habilidad.

Caso 152: homosexualidad o uranismo

Una tarde de verano, ya al anochecer, X. Y., Dr. med., fue sorprendido por un vigilante en una ciudad del norte de Alemania mientras practicaba actos deshonestos en un camino rural con un vagabundo al que masturbó y a continuación mentulam ejus in os suum immisit. X. evitó una persecución judicial dándose a la fuga. La fiscalía se desentendió de la denuncia porque no se había producido escándalo público y tampoco immissio membri in anum. Se halló en posesión de X. una amplia correspondencia uranista que permitió demostrar que se venían manteniendo desde hacía años intensas relaciones uranistas que abarcaban todas las capas sociales.

X. procede de una familia con taras. El padre de su padre puso fin a su vida al suicidarse en estado de locura. El padre fue un hombre débil y raro. Un hermano del paciente se masturbaba ya con dos años. Un primo fue de sexualidad contraria, cometió ya de joven los mismos actos indecentes que X., se vio aquejado de debilidad psíquica y murió como consecuencia de una enfermedad de la médula espinal. Un tío abuelo por parte de padre era hermafrodita. La hermana de la madre estaba loca. A la madre se la tenía por sana. El hermano de X. es nervioso e irascible.

X. mismo fue también un niño nervioso. El maullido de un gato le atemorizaba y bastaba con que alguien imitara el sonido de un gato para que se echara a llorar desconsoladamente y se abrazara muerto de miedo a lo primero que encontrara.

Enfermedades menores le producían fiebres intensas. Era un niño callado y soñador, con una viva fantasía, pero escasas dotes psíquicas. No practicaba los juegos de chicos. Le encantaban las ocupaciones femeninas. Encontraba un especial placer en peinar a la criada o incluso al hermano.

Con 13 años ingresó en un instituto. Allí practicaba la masturbación mutua, seducía a los compañeros y se hizo insoportable con su comportamiento cínico, por lo que hubo que mandarle a casa. Ya por aquel entonces cayeron en manos de sus padres cartas de amor de sexualidad contraria y contenido extremadamente lascivo. A partir de los 17 años estudió bajo la estricta disciplina de un profesor de instituto. Su progreso en los estudios fue pobre. Solo estaba dotado para la música. Tras terminar el instituto, con 19 años, el paciente entró en la universidad. Allí destacó por su naturaleza cínica y por codearse con gente joven sobre la que circulaba todo tipo de rumores respectivos al amor entre hombres. Empezó a arreglarse, le gustaban las corbatas llamativas, llevaba camisas escotadas, calzaba a duras penas sus pies con botas ajustadas y se peinaba de forma llamativa. Esta tendencia desapareció cuando terminó la universidad y regresó a casa.

Con 24 años pasó una temporada de fuerte neurastenia. Desde entonces hasta los 29 años parecía una persona seria y se mostraba diligente en el trabajo, pero evitaba la compañía del bello sexo y andaba siempre con hombres de dudosa reputación.

El paciente no consintió en una exploración personal. La rechazó por escrito con la excusa de que la consideraba inútil porque el deseo por el propio sexo estaba presente en él desde la niñez y era congénito. Siempre había sentido horror feminae, nunca había logrado forzarse a sí mismo a disfrutar los encantos de una mujer. Respecto del hombre se siente en un papel masculino. Reconoce que su deseo por el propio sexo es anormal, disculpa sus desmanes sexuales con su morbosa constitución natural.

Desde que huyó de Alemania, X. vive en el sur de Italia y, según se desprende de una de sus cartas, se mantiene fiel al amor uranista. X. es un hombre serio y apuesto, de rasgos perfectamente masculinos, barba poblada, genitales desarrollados normalmente. X. puso recientemente a mi disposición su autobiografía, de la cual merece recogerse aquí lo siguiente: cuando entré con 7 años en una escuela privada me sentí muy a disgusto y encontré poca aceptación por parte de mis compañeros. Solo me sentía atraído por uno de ellos, que era un niño muy guapo al que amaba casi apasionadamente. En nuestros juegos de niños siempre me las apañaba para poder presentarme vestido de chica y mi mayor placer consistía en hacerles peinados muy complicados a nuestras criadas. A menudo lamentaba no ser una chica.

Mi impulso sexual se despertó con 13 años y se orientó desde el mismo instante de su aparición hacia los hombres jóvenes y fuertes. Al principio no tenía ni idea de que esto era anormal; tuve conciencia de ello por primera vez cuando vi y oí cómo eran los chicos de mi edad en cuestiones sexuales. Empecé a masturbarme con 13 años. Con 17 salí de casa de mis padres para ir al instituto en la capital, donde estuve alojado como pensionista en casa de un profesor de instituto casado, con cuyo hijo mantuve relaciones sexuales a partir de entonces. Fue la primera vez que experimenté satisfacción sexual. Después conocí allí a un joven artista que enseguida se dio cuenta de mi constitución anormal y que me confesó que lo mismo le ocurría a él. Supe por él que esta anomalía era muy frecuente y esta noticia disipó la idea de que yo era el único anormal, que era algo que a menudo me apesadumbraba. Este joven tenía un amplio círculo de conocidos que eran como él y en el que me introdujo. Allí me convertí en objeto de atención generalizada porque, según afirmaban todos, yo era físicamente muy prometedor. Pronto empezó a idolatrarme un señor mayor, pero yo no le encontraba de mi gusto y solo le hice caso durante un corto tiempo, hasta que un oficial joven y hermoso cayó rendido a mis pies y yo empecé a corresponderle. Este fue mi primer amor verdadero.

Tras pasar con 19 años el examen de madurez, y una vez liberado de las obligaciones del instituto, conocí a mucha gente que era como yo o parecida, entre ellos a Karl Ulrichs (Numa Numantius).

Más tarde, cuando empecé a estudiar medicina y a relacionarme con muchos jóvenes normales, me encontré a menudo en la situación de tener que aceptar propuestas de ir de prostitutas. Tras quedar en evidencia con diversas mujeres, algunas de ellas muy hermosas, empezó a extenderse entre mis amigos la opinión de que era impotente y yo di pábulo a ese rumor con historias inventadas de anteriores y exageradas proezas con mujeres. Yo me relacionaba por aquel entonces con mucha gente de otros sitios que alababan de tal forma en sus círculos la disposición de mi cuerpo que me gané fama de gran belleza en lugares muy lejanos. La consecuencia fue que cada dos por tres se presentaba alguien aquí y recibía tal cantidad de cartas de amor que a menudo me veía en apuros. La situación culminó cuando más tarde, llevando un año de médico, estuve viviendo en un hospital militar. Aquello era como si hubiera llegado una celebridad y las escenas de celos que se desarrollaron por mi causa a punto estuvieron de hacer que se descubriera todo. Poco después sufrí una inflamación de la articulación del húmero de la que tardé tres meses en recuperarme. En el transcurso de esta, me tuvieron que poner todos los días varias inyecciones subcutáneas de morfina que después me retiraron de pronto, pero que yo continué a escondidas una vez curado. Antes de abrir mi propia consulta pasé varios meses en Viena para hacer unos estudios de especialización. Allí conseguí entrar gracias a algunas recomendaciones en diferentes círculos de personas como yo. Constaté entonces que la anomalía en cuestión se halla extendida por igual y en toda la amplitud de su gama lo mismo entre las clases inferiores que entre las superiores, y que aquellos que lo tienen por oficio y a los que se puede acceder por dinero, no escasean tampoco entre las clases altas.

Cuando me establecí como médico en el campo, tenía la esperanza de librarme de la morfina mediante la cocaína y me volví cocainómano, de lo que por fin conseguí librarme (hace un año y 3/4) después de recaer en tres ocasiones. En mi posición me resultaba imposible conseguir satisfacción sexual y me alegré al descubrir que una de las consecuencias del consumo de cocaína es la desaparición del deseo. Cuando conseguí por primera vez dejar la cocaína bajo los enérgicos cuidados de mi tía, me fui varias semanas de viaje para recuperarme. Los perversos deseos habían vuelto a despertar con toda su intensidad, y unos días después de haberme estado divirtiendo una tarde con un hombre en las afueras de la ciudad, el fiscal me comunicó que me habían visto y que tenía una denuncia, pero que la acción que se me imputaba no estaba penada según una decisión del tribunal superior del Imperio Alemán. Me advertía, eso sí, que tuviera cuidado, porque la noticia del caso ya se había propagado en amplios círculos. Después de este acontecimiento me vi obligado a marcharme de Alemania y buscar una nueva patria donde ni la ley ni la opinión pública se opusiesen a lo que, como probablemente ocurre con todos los impulsos anormales, la voluntad era incapaz de reprimir. Como siempre tuve claro que mis inclinaciones entraban en conflicto con los puntos de vista sociales, intenté repetidamente dominarlas, pero solo conseguí que se intensificaran y personas conocidas me han contado que ellos han tenido la misma experiencia. Como solo me sentía atraído por individuos fuertes, jóvenes y completamente masculinos, pero estos raramente se mostraban predispuestos a complacer mis deseos, no me quedaba más remedio que recurrir al dinero. Dado que mis deseos se limitan a personas de clase baja, siempre encontraba a alguien que se dejara comprar. Espero que las revelaciones siguientes no despierten su indignación, al principio pensé en omitirlas, pero tengo que incluirlas aquí para que el relato esté completo, pues podrían servir para enriquecer la casuística. Yo siento la necesidad de consumar el acto sexual como sigue:

Pene iuvenis in os recepto, ita ut commovendo ore meo effecerim, ut is quem cupio, semen eiaculaverit, sperma in perinaeum exspuo, femora comprimi jubeo et penem meum adversus et intra femora compressa immitto. Dum haec fiunt, necesse est, ut iuvenis me, quantum potest, amplectatur. Quae prius me fecisse narravi, eandem mihi afferunt voluptatem, acsi ipse ejaculo. Ejaculationem pene in anum immittendo vel manu terendo assequi, mihi nequaqum amoenum est.

Sed inveni, qui penem meum receperint atque ea facientes quae supra exposui, effecerint, ut libidines meae plane sint saturatae.

Por lo que respecta a mi persona, debo mencionar lo siguiente: mido 186 cm, tengo un aspecto completamente masculino y, quitando una anormal sensibilidad de la piel, estoy sano. Tengo un cabello poblado y rubio, y lo mismo se puede decir de la barba. Mis órganos sexuales son de tamaño medio y de constitución normal. Soy capaz de consumar el acto sexual descrito entre cuatro y seis veces en un periodo de 24 horas sin sentir cansancio. Llevo una vida bastante ordenada. El alcohol y el tabaco los consumo con mucha moderación. Toco bastante bien el piano y algunas composiciones menores que he hecho han tenido bastante éxito. Hace poco he terminado una novela, que ha tenido buena acogida en mis círculos para tratarse de una primera obra. Esta tiene por tema diversos problemas de la vida de las personas de sexualidad contraria.

Dada la gran cantidad de compañeros de desdicha que me son personalmente conocidos, he tenido, naturalmente, oportunidad de observar los diferentes tipos de anormalidades. Quizás le sirvan a usted de algo las informaciones siguientes.

La mayor anormalidad que he conocido es la costumbre de un caballero de los alrededores de Berlín. Is iuvenes sordidos pedes habentes aliis praefert, pedes eorum quasi furibundus lambit. De forma muy parecida se comporta un señor de Leipzig qui linguam in anum coeno iniquatum, quod ei gratissimum est, immittere narratur. En París hay un señor que obligó a un amigo mío ut in os ei mingat. Según me cuentan, parece ser que hay algunos que al ver botas de montar y uniformes militares entran en un estado de éxtasis tal que sufren emisiones espontáneas de semen.

Hay dos personajes en Viena que constituyen un ejemplo de hasta qué punto algunos se sienten mujeres, cosa que a mí no me sucede. Se han puesto nombre de mujer; una es un peluquero que se llama a sí mismo “Laura la francesa”, la otra es un antiguo carnicero que se llama “Fanny la ahumadora”. Estos no dejan pasar oportunidad en los carnavales de ponerse unos disfraces femeninos de lo más exagerados. En Hamburgo existe un personaje que algunos creeen que es una mujer, porque siempre anda por casa vestida de mujer y solo sale de casa de vez en cuando y vestida de esta misma forma. Este señor quiso incluso hacer de madrina en un bautizo y provocó con ello un gran escándalo.

Estos individuos suelen presentar todos los defectos femeninos, les encanta cotorrear, son informales y débiles de carácter.

Sé de varios casos de orientación sexual perversa que presentan epilepsia y psicosis; llama la atención lo frecuentes que son las hernias. A mi consulta han acudido, por recomendación de amigos, varias personas con enfermedades del ano. He visto dos chancros sifilíticos y uno local, así como varias fisuras y en estos momentos estoy tratando a un caballero con unos condilomas puntiagudos junto al ano que forman un tumor como una especie de coliflor y casi del tamaño de un puño. En Viena vi un caso de afección primaria del paladar blando en un joven que acudía a bailes de disfraces vestido de mujer y se llevaba a un aparte a hombres jóvenes. Decía luego que tenía la regla y conseguía así que los otros se sirvieran de su boca. Parece ser que de esta forma llegó a conseguir atraer a 14 hombres en una sola noche. Como en ninguna de las publicaciones sobre sexualidad contraria que han caído en mis manos he encontrado nada sobre la forma en que se relacionan estas personas entre sí, me gustaría contarle algo al respecto.

En cuanto las personas de sexualidad contraria traban conocimiento, tiene lugar una pormenorizada discusión de sus anteriores experiencias, amores y conquistas, siempre que las diferencias sociales no impidan tal conversación. Es raro que deje de producirse esta conversación entre quienes acaban de conocerse. Las personas de sexualidad contraria se llaman entre sí “tías”; en Viena, “hermanas”, y dos prostitutas vienesas de aspecto muy masculino a las que conocí por casualidad y que mantenían una relación sexual contraria entre ellas me contaron que la denominación equivalente entre mujeres es “tío”. Desde que tengo conciencia de mi deseo anormal, he entrado en contacto con más de mil personas como yo. Casi todas las ciudades grandes tienen algún lugar de reunión, así como una “carrera”. En las ciudades pequeñas se encuentran relativamente pocas “tías”, aunque una vez encontré ocho en un pueblo de 2300 habitantes y 18 en uno de 7000 (estos, de los que tuviera certeza, y sin contar aquellos de los que sospechaba). En mi ciudad natal, que tiene unos 30 000 habitantes, conozco personalmente a unas 120 “tías”. La mayoría tienen la capacidad de discernir inmediatamente si un tercero es como ellos (capacidad que yo, sobre todo, poseo en grado extremo) o, como se dice en el “lenguaje de las tías”, si es “sensato” o “insensato”. Quienes me conocen se quedan muchas veces sorprendidos del buen ojo que tengo. He reconocido como “tías” nada más verlos a individuos que parecían de organización totalmente masculina. Por otra parte, poseo la capacidad de comportarme de manera tan masculina que en círculos en los que se me admitió a través de conocidos llegaron a dudar de mi “autenticidad”. Cuando quiero, me puede comportar totalmente como una mujer.

La mayoría de las “tías” (incluyéndome a mí) no ven en absoluto su anomalía como una desgracia, sino que lamentarían que se alterase su estado. Como además, en mi opinión y en la de todos los demás, no hay forma de cambiar este estado innato, tenemos puesta toda nuestra esperanza en una reforma de los artículos correpondientes del código penal, de modo que solo se consideren punibles la violación o el escándalo público, siempre que estos se puedan constatar.

Caso 151: homosexualidad o uranismo

Señor N., 41 años, soltero, desciende de un matrimonio entre parientes. Al parecer los padres eran psíquicamente normales, un hermano del padre estuvo en el manicomio. Según parece, los hermanos de N. son hipersexuales pero heterosexuales. Ya con 9 años N. se sentía sensualmente atraído por compañeros. Con 15 años empezó a practicar la masturbación mutua, más tarde también coitus inter femora.

Con 16 años empezó una relación amorosa con un joven. Su amor se desarrolló hacia su propio sexo de la misma manera en que lo encontraba retratado entre un hombre y una mujer en las novelas.

Solo le atraían los hombres jóvenes y bellos de entre 20 y 24 años aproximadamente. Sus sueños eróticos eran exclusivamente homosexuales. Se sentía en ellos en un papel femenino, y lo mismo en las relaciones con hombres.

Asegura haber tenido un alma más bien femenina desde la infancia. No se interesaba por los juegos de chicos, sino por la cocina y los trabajos femeninos. Más tarde tampoco le atraían los deportes masculinos, no le gustaba fumar ni beber. En su ajetreada vida ha tenido un episodio como cocinero en un país de ultramar en el que su desempeño fue totalmente satisfactorio. Perdió el puesto al iniciar una relación amorosa con el hijo del jefe.

Con 22 años se dio cuenta de que se movía por terrenos sexualmente anormales. Esto le intranquilizó, intentó modificar sus sentimientos obligándose a frecuentar los prostíbulos, pero solo sintió repungnacia con ello y no consiguió ni una sola erección. Un buen día cometió un intento de suicidio, desesperado ante su situación y por el descubrimiento de su vergüenza por parte de su familia. Una vez curado de sus heridas, se marchó a tierras extranjeras, se siguió sintiendo muy desdichado, enemigo de sí mismo y rechazado por su familia. Solo le quedaba la esperanza de que con los años su inclinación por los hombres le abandonara.

Solicitó ayuda contra su sentimiento sexual contrario por su “honor y tranquilidad”. Los caracteres sexuales secundarios físicos de este desdichado son perfectamente viriles. Genitales normales.

N. anda dándole vueltas a la idea de ingresar en un convento o hacerse castrar. Se le aconseja un tratamiento sugestivo.

Caso 150: homosexualidad o uranismo

Señor P., 37 años, desciende de una madre muy nerviosa y aquejada de migraña constitucional. Él mismo ha sufrido de niño de hysteria gravis, desde siempre se ha sentido atraído exclusivamente por jóvenes hermosos y se ha excitado mucho con la contemplación de sus genitales. Poco después de la llegada de la pubertad comenzó a practicar la masturbación mutua con hombres. Solo le atraen los de 25 a 30 años aproximadamente. Se siente en un papel femenino en el acto homosexual, asegura que ama de manera femenina, con toda la pasión de su alma, que solo mantiene la pose de hombre como un actor. Ya de niño sufrió burlas por sus gestos y actitudes femeninos. Las muchachas nunca le impresionaron. Se casó sin inclinación hace unos años creyendo poder sanear su vita sexualis. Se obligó al coito cum uxore, fue incluso potente imaginándose a un joven en lugar de su mujer y engendró un hijo. Sin embargo, poco a poco se fue volviendo neurasténico, su fantasía fue perdiendo fuerza y, con ella, su potencia. Desde hace dos años evita el coitus maritalis, ha retomado las relaciones homosexuales y se le descubrió recientemente en un lugar público inter masturbationem mutuam con un joven.

Él se disculpa diciendo que la larga abstinencia le había vuelto altamente libidinoso, que la visión de los genitales de un hombre le había puesto en un estado de ánimo “como borracho” y que sufría en aquel momento una especie de ofuscación de los sentidos.

No presentaba amnesia para este periodo.

Pena menor de privación de libertad.

Personalidad perfectamente viril y decente. Genitales normales.

Caso 149: homosexualidad o uranismo

Z., 28 años, vendedor, desciende de un padre enormemente nervioso y excitable y de una madre histeropática. Es de constitución nerviosa, sufrió enuresis hasta los 18 años, era débil y no tuvo un desarrollo físico satisfactorio hasta los 20 años. Afirma haber sentido los primeros movimientos sexuales con ocho años al contemplar cómo castigaban en la escuela a compañeros de clase ad podicem. A pesar de su compasión, afirma haber sentido un sentimiento libidinoso hasta entonces desconocido que hizo estremecerse todo su cuerpo. Algún tiempo después, yendo al colegio y dándose cuenta de que se le hacía tarde acudió a él repentinamente el pensamiento, acompañado de un intenso sentimiento libidinoso, de que el maestro le castigara azotándole ad podicem por llegar tarde. De pura excitación estuvo un rato sin poder moverse y sintió al parecer la primera erección.

Con 11 años se enamoró de un chico guapo y rubio con unos ojos hermosísimos, inteligentes, vivos.

Era feliz si podía acompañarle a casa de vez en cuando y le hubiera gustado besarle y abrazarle. Z. afirma haber sentido ya entonces lo inapropiado de semejante inclinación y haber procurado que no se le notase nada.

Por aquella misma época hubo una chica dos años más joven que él que le gustaba tanto que la besó de pronto. Esto quedó como un impulso aislado.

Con 13 años un compañero de clase indujo a Z. al onanismo. Pero no disfrutó demasiado con esto porque sus “nobles sentimientos” por los jóvenes le protegían de actos groseros y él no quería “arrastrar por el fango su amor puro y elevado”.

Con 17 años, Z. se enamoró locamente de un compañero de clase con “unos ojos castaños preciosos, nobles rasgos y tez oscura”. Sufrió indeciblemente a causa de este amor desdichado durante dos años y medio, es decir, hasta que se separó de este compañero y asegura que si hoy le volviera a ver, la vieja llama volvería a encenderse. Volvió a enamorarse de compañeros en otras dos ocasiones, pero ya no tan intensamente. Con 20 años primer coito en el lupanar con escasa potencia y poco placer. Prolonga estas relaciones cum femina por “motivos de salud”, para protegerse del onanismo y para aparecer potente, así como para enmascarar su vita homosexualis.

Z. no siente horror feminae, pero las mujeres le dejan frío, las ve más bien “como una obra de arte, como una estatua”. Z., que tiene gran fuerza de voluntad y no es excesivamente libidinoso, ha conseguido hasta el momento controlar por completo su inclinación por el propio sexo. Sin embargo, su posición sexual le resulta insatisfactoria sobre todo porque en los últimos años la excitación meramente sensual del coito parece que va debilitándose cada vez más y la erección va dejando bastante que desear. Este es el motivo por el que Z. acudió al médico.

No presenta nada anormal en su apariencia y comportamiento, tiene un aspecto perfectamente viril y espiritualmente sano.

Caso 148: homosexualidad o uranismo

T., 34 años, vendedor, desciende de madre neuropática y enfermiza y de padre sano.

Con 9 años un compañero de clase le indujo a la masturbación. A partir de entonces la practicó mutuamente con su hermano, con el que dormía en la misma cama, llegando incluso a receptio membri in os. Siendo todavía un niño llegó a ocurrirle en una ocasión quod lambit locum quo prius miles urinaverat (!). Con 14 años primer amor por un compañero de colegio de 10 años.

A partir de los 17 años ya no era la belleza juvenil lo que le impresionaba sino, extrañamente, los viejos decrépitos.

T. atribuye esto al hecho de que en cierta ocasión, siendo de noche oyó en la habitación de al lado a su padre, ya de edad avanzada, jadear con lujuria. Sintió con esto una enorme excitación sensual, pues se imaginó a su padre practicando el coito. A partir de entonces desempeñaron un papel destacado en sus sueños con poluciones y al masturbarse viejos que practicaban actos homosexuales. Pero también durante el día le excitaba hasta tal punto la visión de un viejo, sobre todo si este era verdaderamente decrépito y sucio, que a veces llegaba incluso a la eyaculación.

Con 23 años intentó repetidamente corregir su vita sexualis en el lupanar. A pesar de poner en ello una determinada voluntad, no logró llegar a la erección y se abstuvo de seguir intentándolo porque se dio cuenta de que las mujeres, hasta la más bella, le eran indiferentes. Lo mismo valía para sus sentimientos respecto a los hombres jóvenes y a los muchachos.

A partir de los 29 años tuvo un profundo amor por un viejo, al que acompañó a diario durante años en sus paseos. Un acercamiento íntimo no era posible. T. eyaculaba a menudo durante estos paseos. Para escapar a esta deshonrosa situación, volvió a visitar el lupanar con el mismo éxito de antes. Se le ocurrió entonces la idea de pagar a un viejo decrépito para que le acompañara. Este tenía que practicar el coito en su cercanía. Entonces fue potente también él. El coito no le proporcionaba ningún placer, pero sí una gran satisfacción moral, sobre todo cuando dejó de necesitar al viejo. La alegría no duró mucho. T. sufrió una fuerte neurastenia sexual y general, se deprimió, rehuía a la gente, se volvió impotente y se dio al onanismo psíquico imaginándose a viejos en situaciones homosexuales.

Físicamente, T. no presentaba nada destacable, aparte de una acusada neurasthenia sexualis, y su presencia era perfectamente viril.

Caso 147: homosexualidad o uranismo

Señor Y., 40 años, industrial, desciende de padre neuropático fallecido como consecuencia de una apoplexia cerebri. En la familia materna se han dado varios casos de enfermedades cerebrales cuyo foco no se ha podido determinar. Dos de los hermanos del paciente son sexualmente normales, pero, al igual que el paciente, constitucionalmente neuropáticos. Este afirma haber llegado a la masturbación con ocho años sin ser inducido por nadie. Desde los 15 años se siente atraído por muchachos hermosos de su misma edad, a varios de los cuales induce a la masturbación mutua. Ya de mayor, se interesaba exclusivamente por jóvenes de 17 a 20 años, barbilampiños, de bellos rasgos femeninos, mientras que el sexo femenino carecía de todo atractivo para él.

Y. pronto se dio cuenta de que su vita sexualis debía tener una constitución patológica; sin embargo, percibía la satisfacción de sus necesidades anormales como natural y se explica de este modo a sí mismo que, aun siendo persona sensible y de moralidad estricta, superara los reparos a entregarse a tales impulsos. Lo único que le resultaba repugnante era el contacto con las mujeres, que solo intentó en dos ocasiones y en vano, así como la automasturbación, que, estando dotado de gran apetito sensual, practicaba faute de mieux sin obtener satisfacción espiritual. Asegura haber luchado denodadamente contra este espantoso impulso que le convierte en un forajido y que horroriza a todo el mundo; pero que esto ha sido en vano porque en su satisfacción solo ha encontrado algo prescrito a su naturaleza. Siempre se ha sentido en un papel activo respecto de los hombres y se ha limitado a las prácticas toleradas por la ley. Así y todo, Y. se vio envuelto en chantajes, perdió un puesto respetable y bien remunerado, llevó una desdichada existencia como vagabundo hasta que se decidió a empezar de nuevo al otro lado del océano, cosa que logró gracias a su habilidad y honradez.

Cuando conocí a Y., se hallaba al borde de la desesperación y el suicidio, sobre todo porque un tratamiento sugestivo en el que había cifrado sus últimas esperanzas y que había sido puesto en práctica por un experimentado médico había resultado en un completo fracaso al no poder hipnotizársele.

Aparte de signos de constitución neurasténica, en parte por predisposición y en parte por la abstinencia y las alteraciones del ánimo, y de un pene pequeño con genitales por lo demás bien formados, no encontré nada de patológico en Y. Los caracteres sexuales secundarios físicos y psíquicos eran perfectamente masculinos.

Caso 146: homosexualidad o uranismo

Señor H., 30 años, perteneciente a estamentos elevados, desciende de madre neuropática. Sus hermanos sufren enfermedades nerviosas, él mismo es constitucionalmente neurasténico desde la pubertad.

Ya de niño se sentía atraído hacia sus compañeros de clase. Con 14 años un compañero mayor que él le penetró analmente. Él consintió con gusto, pero después sintió fuertes remordimientos y no volvió nunca a entregarse a tales aberraciones. Ya de mayor practicó la masturbación mutua. Al ir aumentando su neurastenia, le bastaba ya con abrazar y apretar contra sí a una persona de su mismo sexo para llegar a la eyaculación. Esto se convirtió a partir de entonces en su forma de satisfacerse. Nunca se ha sentido atraído por personas femeninas. Era consciente de su anomalía. A partir de los 20 años puso en práctica enérgicos intentos apud puellas para sanear su vita sexualis. Hasta entonces había tomado sus anormales deseos por simples extravíos juveniles. Logró consumar el coito cum muliere, pero se sintió totalmente insatisfecho y volvió a los hombres. Su debilidad son los hombres de 18 a 20 años. Los hombres mayores no le resultan simpáticos. No se siente en un papel sexual determinado en relación con la otra persona. A H. le resulta penosa su situación social. Teme constantemente que se descubra su perversión y afirma que no sobreviviría a tal vergüenza. Nada en su presencia y comportamiento delata al invertido sexual. Genitales normalmente desarrollados, no se presenta signo alguno de degeneración. No cree posible una modificación de su sexualidad anormal. El sexo femenino no presenta para él el más mínimo interés.

Caso 145: homosexualidad o uranismo

Señor V., 36 años, vendedor, desciende de madre psicótica, su hermana está sana, su hermano es neuropsicopático.

V. asegura que desde su más temprana infancia se ha sentido atraído por personas del mismo sexo, al principio, compañeros de juegos o de clase, a partir de la pubertad, adultos; nunca ha sentido interés alguno por personas femeninas y sus encantos. Ya con seis años le molestaba no ser una chica. Se entregaba apasionadamente a los juegos de chicas y a las muñecas.

Con 12 años un compañero de clase le indujo a la masturbación. Sus sueños con poluciones han sido exclusivamente homosexuales desde la pubertad. Ha practicado con hombres la masturbación mutua, coitus inter femora, excepcionalmente succio membri alterius. En estas relaciones homosexuales nunca se ha sentido en un papel claramente activo o pasivo. Excepcionalmente y faute de mieux, coitus cum muliere. Plenamente potente cuando ponía en su lugar un hombre en su fantasía, pero sin obtener nunca una verdadera satisfacción, por lo que esta forma de relaciones sexuales solo le parecía un lamentable sucedáneo de las homosexuales. En los últimos años, relación íntima con un joven.

V. reconoce que su vita sexualis es anormal.

Genitales normales. Caracteres sexuales secundarios físicos y psíquicos perfectamente viriles. Pese a una prolongada exploración, no se halla nada patológico en su psique. A pesar de que solo había incurrido en masturbación mutua in camera caritatis, se le declaró culpable en un procedimiento penal en que se vio envuelto y fue condenado a una pena mayor de privación de libertad. V., que transmite una impresión de extrema decencia, lamenta esta sentencia únicamente por la deshonra que supone para él y para su familia. No es capaz de sentir ni de actuar de manera diferente.

Caso 144: homosexualidad o uranismo

Señor X.: “Tengo actualmente 31 años, soy delgado, aunque fuerte, dado al amor entre hombres y por ello soltero. Todos mis parientes han sido sanos, espiritualmente normales, por parte de madre hubo dos suicidios. El impulso sexual se despertó en mí en el séptimo año de vida, sobre todo al ver vientres desnudos. Satisfacía mis impulsos dejando correr mi saliva por la tripa. Teniendo yo ocho años, tuvimos una criadita de 13. Me producía gran placer poner mis genitales en contacto con los suyos, aunque yo aún era incapaz de practicar el coito. Con nueve años me fui a vivir con desconocidos y empecé el instituto. Un compañero de clase me enseñó sus genitales, algo que tan solo me produjo asco. Pero en la familia con la que me habían mandado mis padres había una muchacha hermosísima que me sedujo para que nos acostáramos juntos —yo tendría algo más de nueve años—. Esto me hizo sentir gran placer. Mi pene, aunque aún era pequeño, se ponía tieso y yo consumaba el concúbito casi a diario. Esto duró varios meses. Después mis padres me mandaron a otro instituto; echaba mucho de menos a aquella chica y empecé a masturbarme con 10 años. A todo esto, el onanismo me llenaba de repugnancia, únicamente lo practicaba con moderación, sentía siempre profundos remordimientos, aunque no percibía consecuencias indeseables.

Con 14 años se encendió en mí el amor por un compañero de clase, un año después, por otro. Nos enamoramos el uno del otro y disfrutábamos intercambiando besos apasionados. En ninguno de los dos casos tuve pensamientos libidinosos. En el último caso me he mantenido como fiel amigo hasta el día de hoy, aunque dejamos de besarnos con veinte años y quedamos simplemente como buenos amigos, sin que nunca me haya asaltado un pensamiento perverso respecto de este amigo. Con 15 años le vi los genitales a un cochero. Me fui corriendo hacia él y puso mis genitales con los suyos lleno de deseo. Desde entonces me gustaba andar por los establos, me hice amigo de los cocheros, jugaba con sus genitales, los hacía eyacular y todavía hoy mi máximo placer consiste en que el esperma de un ser querido se deslice por mi pene. Esto es lo que me causa el mayor placer, sobre todo cuando se une el esperma de los dos. Si me viera manchado por el esperma de un ser que me resultara repugnante, me moriría de asco. Solo amo a muchachos que ya han dejado atrás la niñez, aunque también siento simpatía por hombres bellos y fuertes de hasta 35 años. Si son mayores de esa edad, solo me entrego a disgusto y llego como máximo al onanismo simultáneo sin llegar a tocar sus genitales. Me repugna sobre todo el sudor y no puedo soportar a mi alrededor a un hombre con las manos sudadas o que siempre esté sudando, por muy bello que sea. Por mi parte, amo la limpieza en grado extremo, uso los perfumes más finos y unos genitales que huelan solo un poco me resultan ya repugnantes; por lo que los encuentros en casas de baños me resultan muy agradables. Siempre me lavo los genitales meticulosamente después de cada mezcla de esperma y, quitando una gonorrea, nunca he tenido enfermedades venéreas. Mi amigo de 15 años, al que conozco desde hace medio año, es el único con el que no me lavo los genitales después de mezclar el esperma; es para mí todo un gozo el saber que todavía llevo una gota de su semen en mis genitales. Podría escribir libros enteros sobre mis conocidos, que pasan de 500. Tras terminar el instituto, consumé mi primer coito en un prostíbulo y además disfruté mucho con él. Repetía esto tres o cuatro veces al año, pero por lo general pensando en amigos amados. Varias veces pagué a soldados bien plantados para que me dejaran practicar el coito inmediatamente después de ellos. Puellae publicae me excitaban siempre porque pensaba en todos los genitales masculinos con los que entraban en contacto. Sin embargo, no soy capaz de besar a una mujer sin que me dé asco; a mis parientes solo los beso en la mejilla. Los besos de los amigos a los que amo, en cambio, son para mí el paraíso.

Hasta los 22 años prácticamente solo me enamoré de compañeros de clase hermosos y que me resultaban simpáticos y tuve algunas penas de amor por amores imposibles. A partir de entonces tuve predilección por el ejército. Mis conocidos militares me costaron una fortuna y aun así tenía miedo al chantaje. Si veía en cualquier parte a un joven que me gustaba, tenía toda la facilidad del mundo para conquistarlo. Hasta el presente he amado mucho y muy deprisa, pero nunca a muchachas o mujeres, solo chicos y hombres jóvenes. Es raro que una relación dure más allá de un año. Nunca había me imaginado un amor como el que ahora tengo. Mi bellísimo quinceañero me ama sin medida; no hay poema donde se encuentre un amor así. Él está completamente desarrollado, tanto física como espiritualmente, aparenta 18 años, aunque no es muy alto. Después de conocerle en una ocasión propicia, le llené de besos y poco después me declaré a él. Él al principio se sorprendió un poco, pero correspondió a mis besos y me dijo que aunque solo me quería platónicamente, se entregaba a mí por el afecto que me tenía. No fumo ni bebo, pongo cuidado en mi ropa, pero sin caer en lo ridículo y tengo un aspecto y una presencia perfectamente masculinos. Me desagradan los uranistas conocidos; procuro relacionarme solamente con los que nunca han hecho algo así. Nunca he sentido amor por hombres casados, por muy simpáticos que me resultaran, la idea de mezclar mi esperma con el suyo me hubiera repugnado. Semel solum mentulam amici in os recepi, neque oscula dedi ad genitalia amicorum. Lo he hecho una o dos veces con mi actual amigo porque él lo hizo conmigo, pero lo hice sin sentir un especial deseo, solamente como prueba de amor. Por lo que respecta a las visitas a los prostíbulos, es algo que normalmente he hecho cuando he estado buscando durante horas sin éxito una oportunidad de conocer a alguien de manera momentánea, porque con individuos de los que no estuviera enamorado las relaciones que he mantenido se han limitado siempre a una única vez. Tras buscar en vano, el impulso se volvía tan fuerte que me iba a un burdel en busca de satisfacción. Raramente he repetido las eyaculaciones con amigos en el mismo día, solo cuando un amigo muy querido lo deseaba y aun en ese caso sin disfrutar con ello. De niño me encantaba jugar con muñecas, hacía trabajos manuales y bordaba y me encantaba peinar a mi hermana. Me encantaba vestirme de chica y a menudo deseaba ser de sexo femenino. Todavía hoy, durante la unión con mis amigos me siento muchas veces como mujer. Me repugna el sexo anal; nunca he consentido en él; y además, la única vez que lo intenté me dolió. Varias veces he intentado suicidarme por desengaños amorosos. Por diversos motivos tendré que casarme; si mi actual amigo me dejara, me casaría en venganza. En cualquier caso, soy capaz de consumar el coito con una mujer y creo que no tendré un matrimonio demasiado desgraciado; además quiero tener hijos. No busco remedio a este rasgo morboso de mi ser porque le debo demasiadas horas inolvidablemente dulces.