Caso 167: homosexualidad en transición hacia viraginidad

(Homosexualidad en transición hacia viraginidad). Señora von T., esposa de un industrial, 26 años, casada desde hace unos pocos meses, fue traída a consulta conmigo por su marido en 1896 porque tras una cena en un salón se había lanzado al cuello de una dama de la buena sociedad, la había besado, acariciado y provocado con ello un escándalo. La señora T. asegura que ya había advertido a su marido antes de la boda sobre sus sentimientos sexuales contrarios, así como que solo le apreciaba por sus cualidades espirituales. Aun así, T. se había sometido a las obligaciones sexuales en tanto en cuanto no le había sido posible evitarlas. Solamente ponía la condición de ser incubus y asegura incluso haber sentido algo de satisfacción echando mano de su fantasía e imaginándose a una mujer amada como súcubo. El padre de esta dama es neuropático, de tipo más bien femenino, sufrió ataques de histeria y, al parecer, nunca estuvo dotado de un gran apetito sexual; parece ser que la hermana se liberó del débito conyugal pagándole una cantidad al marido y dándole libertad para desquitarse en otro lugar. La madre de T. fue hipersexual, debió de ser una Mesalina. Dejó que la hija durmiera con ella en la cama hasta los 14 años. Hasta los 15 años no se separó de la madre. Comenzó entonces su educación en un instituto. Poseía grandes dotes intelectuales, aprendía con facilidad, desempeñaba un papel dominante en la clase. Con siete años sufrió un trauma psíquico cuando un amigo de la familia, en un arrebato, realizó ante ella un acto de exhibicionismo. Periodo con 12 años, a partir de entonces, con regularidad y sin síntomas nerviosos. T. asegura haberse sentido atraída por otras chicas ya con 12 años; pero que, así y todo, durante años siguió sin ser consciente de sentimiento sexual alguno, aunque desde el principio había percibido en esta atracción por el propio sexo una anomalía. Asegura que solo le daba vergüenza desnudarse ante personas del mismo sexo. El verdadero impulso sexual no habría despertado hasta los 20 años aproximadamente. Nunca se orientó hacia los hombres, sino que desde el principio estuvo dirigido a las chicas y las mujeres jóvenes. Vino a continuación una serie de amoríos de este tipo extremadamente sensuales. De vuelta en casa de sus padres tras el paso por el internado, se encontró con escasa vigilancia y abundante dinero, y no le resultó difícil satisfacer sus deseos. Siempre se ha sentido como hombre respecto de la mujer. Encontraba su satisfacción sexual en masturbatio feminae dilectae, más tarde, tras ser iniciada por una de sus primas en el amor lésbico, que hasta entonces desconocía, empezó a practicar también el cunnilingus. Su papel era en todas las ocasiones única y exclusivamente activo y era incapaz de permitirles a otras personas que obtuvieran satisfacción sexual en su propio cuerpo. Además, amaba tan solo a mujeres heterosexuales. Las mujeres homosexuales la horrorizaban. Únicamente le gustaban las damas solteras de elevada posición, con dotes espirituales destacadas, bellezas más bien duras, figuras de Diana, castas, reservadas, nada sensuales.

Si daba con una personalidad de este tipo, T., persona hipersexual y con fuertes taras, se excitaba hasta tal punto que era incapaz de controlar su deseo y se abalanzaba impulsivamente sobre la persona en cuestión. Afirma que en tales momentos lo veía todo rojo y que se le nublaba la conciencia. La señora T. reconoció ser muy excitable y que le costaba trabajo dominar sus afectos.

Con 23 años, debido al contacto con una joven que al parecer no era homosexual pero sí hipersexual y que no podía obtener satisfacción por la impotencia de su marido, la homosexualidad y apetito de T. aumentaron extraordinariamente. Alquiló un picadero en el que celebraba verdaderas orgías, se satisfacía cum digito et lingua, incluso durante horas, hasta llegar a menudo al agotamiento absoluto. Durante un tiempo tuvo una relación estable con una maniquí y se hizo fotografiar vestida de hombre junto a ella, se presentaba también así vestida y acompañada de ella en locales públicos sin llamar precisamente la atención, excepto en una ocasión, ante el ojo avezado de un policía que la detuvo.

Escapó de aquella con una simple amonestación y a partir de entonces dejó de andar por la calle vestida de hombre.

Un año antes de la boda, T. pasó por una melancolía transitoria. Escribió, con intención de quitarse la vida, una carta de despedida a una antigua amiga, una especie de confesión, de la cual se puede reproducir aquí el siguiente fragmento, que resulta característico:

“Nací chica, pero una educación inadecuada hizo que mi encendida fantasía tomara pronto un camino erróneo. Ya con 12 años tenía la manía de hacerme pasar por chico y atraer la atención de las damas. Yo me daba cuenta de que esta manía era un disparate, pero fue creciendo con los años como si fuera mi sino. Se me agotaron las fuerzas que debían librarme de ella. Era mi hachís, mi felicidad. Se convirtió en una intensa pasión. Me sentía masculina y no me veía inclinada a entregarme pasivamente sino a la acción. Con mi temperamento desbordante, mi sensualidad encendida y este instinto perverso tan profundamente arraigado, me fui viendo subyugada paulatinamente por la denominada pasión lésbica hasta acabar sometida del todo. Tenía algún interés por los hombres, pero el más leve roce con una mujer bastaba para hacer vibrar a todo mi sistema nervioso. Sufría lo indecible con ello.

„La lectura de autores franceses y las amistades livianas hicieron que pronto me familiarizara con los misterios de un erotismo insano, con lo que el deseo sordo se convirtió en perversidad consciente. La naturaleza ha cometido en mi caso un error en la elección de sexo y ese fallo lo tendré que pagar durante toda mi vida, ya que me faltó la fuerza moral necesaria para asumir con dignidad lo inevitable, con lo que me vi arrastrada irremisiblemente por el torbellino de mis pasiones y engullida por ellas.

„Estaba sedienta de tu dulce cuerpo. Sentía celos de tu Viktor como un rival ante otro. Pasé por todos los tormentos del infierno de los celos. Odiaba a aquel hombre y hubiera estado encantada de matarle. Maldecía mi destino, que no me había hecho hombre. Me conformaba con representar ante ti una absurda comedia, con ponerme un miembro artificial que encendía más aún mi deseo. No tenía valor para confesarte la verdad, porque hubiera sido patética y ridícula. Ahora lo sabes todo. No me despreciarás, únicamente te darás cuenta de lo que he sufrido. Todas mis alegrías se parecen más a una embriaguez pasajera que al verdadero oro del amor. Todo era oro falso y nada más. Me he burlado de la vida y ella se ha burlado de mí. Ahora estamos en paz. Me despido. Acuérdate solamente de vez en cuando en tus momentos de felicidad de esta pobre loca, tan ridícula, que te ha querido con un amor fiel y profundo”.

Por lo que respecta a la vita sexualis de esta contraria, ha de mencionarse aún que presenta rasgos de masoquismo y sadismo. Así, la señora T. explica que cada insulto de alguna de sus amadas le resultaba un placer y que incluso una bofetada la hubiera llenado de delectación. Además, cuando se hallaba sexualmente excitada habría preferido morder a besar.

Encontré en la señora T. una personalidad que podríamos calificar de “dégénérée superieure”. Poseía una gran formación e inteligencia. La fatal situación en que se encontraba le resultaba penosa, pero, al parecer, solamente por su familia. Su comportamiento lo veía como un sino al que no se podía sustraer. Su inteligencia se mantenía intacta. Lamentaba su sexualidad contraria y afirmaba estar dispuesta a lo que fuera con tal de librarse de ella y convertirse en una mujer honesta y una buena madre que no educara a sus hijos de manera tan insensata como la habían educado a ella. Está dispuesta a cuanto sea necesario para reconciliarse con su esposo, tenerle contento y cumplir el débito conyugal (el bigote es lo único que le resulta insoportable). Dice que, sobre todo, necesita desprenderse de su desdichada e impulsiva manera de ser.

Los caracteres secundarios psíquicos y físicos son en parte masculinos y en parte femeninos. Es masculina la inclinación por el deporte, el tabaco, la bebida, la predilección por las prendas de corte más masculino, la falta de habilidad y gusto por las labores manuales femeninas, la preferencia por las lecturas serias, incluso filosóficas, los andares, la posición, lo marcado de las líneas de su rostro, la gravedad de la voz, el sólido desarrollo del esqueleto, la musculatura fuerte y desarrollada y la escasez de grasa corporal. También la pelvis (estrechez de caderas, distantia spinarum 22 cm, cristarum 26, trochanterum 31) tiende más hacia lo masculino. Vagina, útero y ovarios, normales; clítoris de gran tamaño. Mammae bien desarrolladas, mons veneris con vellosidad femenina.

Un colega experimentado logró durante una estancia de varios meses en un balneario librar a la paciente por completo de homosexualidad y hacer de ella una personalidad decente y por lo menos neutral en lo sexual, que lleva ya un tiempo considerable con su familia y se comporta de manera extremadamente correcta. Esto se logró mediante una terapia hídrica y de sugestión.