Caso 89: masoquismo y sadismo

Señor X.: “La primera manifestación de mi impulso sexual se remonta a la edad de 13 años. Debido a mi pereza, me amenazaron —aunque no fuera en serio— con ponerme de aprendiz. Un día empecé a pintarme en mi fantasía el oficio de aprendiz de albañil: cómo sudaba por el esfuerzo mientras trajinaba vestido con una ropa de trabajo ligera; cómo los chicos mayores, que eran mis superiores, me cargaban de trabajo, se burlaban de mí y me imponían castigos físicos. Estas fantasías producían en mí una sensación que hoy reconozco como libidinosa. Me imaginaba que me castigaban presionándome en las zonas erógenas que rodean al ano y así tuve mi primera eyaculación. Este fenómeno me resultó totalmente incomprensible; hasta entonces yo solo había visto en el pene una vía para expulsar la orina, y tenía una idea más bien oscura o más bien ninguna idea sobre la reproducción humana, por lo que no sabía qué pensar de aquel líquido que había surgido repentinamente. Lo llamé “leche de chico” y no veía en su expulsión maldad alguna sino tan solo un curioso incidente que me propuse investigar. Describo esto tan detalladamente para poner de relieve que mi onanismo se desarrolló por puro instinto, sin ser incitado a ello y sin que hubiera mala voluntad por mi parte. No tardé en descubrir en los días siguientes que la eyaculación se lograba más fácilmente manipulando el pene con las manos. Como el sentimiento libidinoso que experimentaba con ello resultaba placentero y yo no veía en ese acto nada que no fuera la satisfacción de un placer natural (como el olfato, por ejemplo), el onanismo pronto se convirtió en costumbre.

En la línea de lo ocurrido en la primera ocasión, las fantasías que lo acompañaban eran siempre de índole perversa. Tras la lectura de su libro, he de considerar esta anomalía como una mezcla de sadismo y masoquismo acompañada de fetichismo y complicada de homosexualidad, y la única causa que se me ocurre es la excitación del impulso sexual antes de recibir una preparación al respecto. Cuando finalmente, con más de 17 años de edad, fui a dar en una enciclopedia con la historia natural de la humanidad debidamente explicada, era ya demasiado tarde, puesto que mi impulso sexual se había corrompido por efecto de los numerosos actos de onanismo.

Voy a intentar dar una idea de las fantasías que solían dar pie a mi onanismo.

El objeto de mis fantasías eran siempre chicos de entre 10 y 16 años, la edad en que empiezan a desarrollarse la inteligencia y la belleza corporal, pero solo mientras llevaban pantalones cortos. Estos eran imprescindibles. Todo chico conocido cuya contemplación en los años de los pantalones cortos me hubiera excitado pasaba a dejarme totalmente frío en cuanto empezaba a ponerse pantalones largos. Aunque yo no demostrara excitación alguna, literalmente me iba detrás del primer pantalón corto que se me cruzara por la calle, igual que otros se van detrás de unas faldas. Este impulso era universal. Yo me gustaba a mí mismo igual que mis colegas, que lo mismo podían ser mendigos descalzos y andrajosos que príncipes. Si se me pasaba un día sin ver a nadie que pudiese convertirse en objeto adecuado para mi fantasía, imaginaba todo tipo de figuras ideales y, cuando me hice mayor, me veía a mí mismo otra vez en la edad crítica, vestido con los atavíos a los que respondía mi impulso, y envuelto en todo tipo de situaciones posibles e imposibles.

Aparte de los pantalones cortos, que tenían que ser lo suficientemente cortos para dejar a la vista las hermosas formas de la pierna de rodilla para abajo, era imprescindible una ropa infantil ligera. En mi fantasía desempeñaban un importante papel las camisetas, las blusas de marinerito, las medias negras largas o también los calcetines blancos, que dejaban al aire rodilla y pantorrilla. En cuanto a los tejidos de los trajes, me gustaban sobre todo las telas de algodón ligero y tenían que estar, o bien nuevas a estreno e impolutas, o bien sucias, arrugadas y con rotos por los que asomaran los muslos. Pero también me gustaban los pantalones de loden o de paño azul y los pantalones de cuero ajustados. Los anuncios de ropa de niño me excitaban sobremanera (cuanto más barata, mejor). Si decía, por ejemplo: “Trajes completos de niño para 10-14 años a partir de 3 francos”, ya era para mí motivo de alborozo. Me imaginaba que con 14 años, y habiendo dado un estirón, recibía a cambio de esa cantidad ridícula una ropa raquítica calculada para 8 años. Por lo que respecta al cuerpo de mis objetos, estos tenían que tener el pelo corto y, a ser posible, rubio, un rostro fresco y descarado, con ojos brillantes e inteligentes y una figura esbelta y proporcionada. Las piernas, que era a lo que daba más importancia, tenían que ser gráciles: unas rodillas delgadas, unas pantorrillas firmes y unos tobillos elegantes eran imprescindibles. A menudo me sorprendía a mí mismo dibujando estos cuerpos y prendas “ideales”. Nunca pensaba en los genitales; la definición de pederastia la encontré por primera vez en su libro. Nunca se me ocurrió ni siquiera la idea de cometer un acto semejante. Las figuras completamente desnudas carecían prácticamente de efecto, es decir, producían una impresión estética pero nunca sexual en mi fantasía.

Ya he descrito, por tanto, los objetos de mi fantasía y me queda explicar lo que hacía mi espíritu excitado con estos desdichados objetos.

Llego así al verdadero núcleo de mi anomalía, esa mezcla de sadismo y masoquismo a la que ya me he referido. No puedo creer que sadismo y masoquismo sean opuestos. El masoquismo es tan solo una forma especial de sadismo, de la misma manera que el altruismo es una forma especial de egoísmo, paradoja cuya explicación dejo para el final. Los crueles actos que imaginaba mi fantasía se referían tanto a mi persona como a cualquier otra que resultara sexualmente excitante; me podía ocurrir incluso el sentirme torturado en otra persona, de modo que gozaba de mis propios dolores imaginarios mientras veía retorcerse bajo los golpes a otro chico. A menudo me veía a mí mismo junto a otro compañero entre las piernas de un implacable superior que dejaba las cuatro pantorrillas llenas de marcas anchas y sangrientas a base de latigazos. En esos momentos sentía tanto el placer de la propia humillación como la gozosa conciencia de que otro ser humano era humillado, o sea, masoquismo y sadismo en un mismo instante. Dos opuestos no se dejarían reunir sin más en tan breve lapso de tiempo. Por otra parte, tiendo a atribuirle esta estrecha mezcla a mi propio carácter, que es fuertemente objetivo, más allá de la vita sexualis. Siempre ando tratando de meterme por completo en la situación y sentimientos del otro, así como de juzgarme a mí mismo de forma exacta e implacable desde el punto de vista de un observador imparcial.

Por lo que respecta a la naturaleza de mis pensamientos sádico-masoquistas, estos consistían esencialmente, como ya he indicado, en la administración de crueles castigos físicos a un muchacho como yo o incluso a mí mismo en la edad crítica. Se alternaban aquí bofetadas, coscorrones, tirones de pelo y de orejas, azotes con palos, látigos, correas, etc., patadas y otros actos de violencia. Lo que más me impresionaba eran los latigazos cuando se asestaban en las delicadas corvas o en pantorrillas descubiertas. También me gustaban los golpes en la zona de alrededor de las orejas. También se arreaban palos a ciegas por todo el cuerpo. Las patadas asestadas con los pies descalzos me parecían más humillantes que las que se daban con calzado y por eso mismo resultaban más de mi gusto. Especialmente placentero me resultaba el arrastrar a alguien por las orejas dándole de bofetadas o de latigazos. Me gustaba que la víctima suplicara recibir el castigo para purgar alguna mala acción y diera las gracias humildemente tras recibir la paliza. También me regodeaba en la idea de obligar a las víctimas ideales a obedecer la orden de alargar la palma o el dorso de la mano para maltratárselas dolorosamente con un bastón.

He de añadir que, quitando alguna que otra bofetada en peleas con compañeros, no he sido golpeado en mi vida y tampoco he visto azotar a nadie de manera que se acerque ni de lejos a la crueldad pintada por mi fantasía.

Las personas que administraban el castigo eran de lo más diverso. Por lo general se trataba de hombres, raramente mujeres (el único caso en que se ha dado un momento heterosexual). Siempre imaginaba algún fundamento legal para la paliza. Los atormentadores contaban con una base de apariencia legal para su proceder. Esta se hallaba en un poder otorgado por el responsable legal del castigado o en un acuerdo alcanzado con este.

Especialmente sofisticado resultaba el asunto cuando no solo el castigado sino también el castigador era un muchacho como yo. Hacía plausible este caso, o bien poniendo a un chico pobre al servicio de una familia rica a la que pertenecía un chico de la misma edad o más joven, o bien mediante “normas de reforma escolar”. Cada clase tenía entonces su propio uniforme, que se describía exactamente en muchos párrafos, y los alumnos de las clases superiores poseían, de manera semejante a lo que ocurre en Inglaterra, el derecho a mandar y castigar a los de las clases inferiores; los alumnos destacados estaban por encima de los normales, estos, a su vez, por encima de los que suspendían y así sucesivamente. Los mejores en clase de gimnasia ocupaban una posición muy destacada, pues podían azotar y abofetear incluso a los primeros de la clase si hacían mal los ejercicios o si se les veía desganados. Cuando un chico más pequeño (por ejemplo, uno de doce años) castigaba a uno mayor (por ejemplo, de quince años), aquello representaba el máximo placer, lo mismo si me imaginaba en un papel activo, que pasivo o incluso neutral.

La idea del calor animal de mis favoritos tenía algo embriagador. La sensación de “estar atrapado entre las piernas” me excitaba extraordinariamente. Toda idea de sudor me resultaba agradable y encontraba enormemente atrayente el olor a pies sudados.

Cuando el castigo concluía en mi espíritu sin que consumara el onanismo, siempre volvía a la sensatez súbitamente. Sentía entonces a menudo una profunda compasión por el castigado. En ese momento hubiera estrechado en mis brazos a cualquier precio a aquel pobre muchacho azotado, enrojecido y sollozante, y le hubiera rogado que me perdonara por haberle hecho tanto daño. De manera análoga al “pajismo” que usted describe en su libro, albergaba a veces el deseo completamente puro de adoptar a un pobre huérfano, dotarle de medios para que tuviera una educación y hacer de él una nueva persona que se convertiría con los años en un fiel amigo. A menudo me acomete el deseo de educar a mis compañeros. Conozco por propia experiencia los defectos de la actual pedagogía y veo a muchachos de espíritu despejado y físicamente sanos que se encaminan a marchas forzadas hacia su propia perdición; veo cómo en cuestión de años se arrastrarán por la vida como yo, decrépitos, cínicos, degenerados, desprovistos de fuerza e idealismo. Me gustaría intervenir, dedicarme a la juventud, no para aprovecharme mezquinamente de ella —nada más lejos de mi intención en ese momento— sino para advertirlos con total rectitud y con la mejor de las intenciones. Volveré sobre esto.

Independientemente de estos deseos, que siempre son decentes, pero que están relacionados con mi perversión, me acometía frecuentemente la idea, íntimamente relacionada y de una naturaleza sucia y sexual, de convertirme en preceptor y criado de un muchacho como yo. Una familia rica me acoge por compasión en su casa a mí que soy un pobre estudiante. Mi misión consiste en estudiar con el hijo de la familia, un bribón vago y descarado, y mantenerle ocupado todo el día. Tengo que ayudarle a verstirse y a desnudarse, tengo que prestarle todos los servicios que desee, tengo que “acatar sus órdenes”, como se dice, incluso cuando por pura maldad exige que ejecute mandatos absurdos o humillantes. “Contra la insolencia, la desobediencia o la negligencia: palo”.

En esto, como en el resto de fantasías semejantes, una gran parte del atractivo residía siempre en la elección de las palabras. El subalterno tenía que dirigirse al superior como “señorito” (y si había una criada encargada de la paliza, como “señorita”). El superior, aunque fuera más joven que el esclavo, tuteaba a este, le llamaba “piojoso”, “mierda”, “pillo”, “niñato”, a menudo le “amaestraba” con un silbato y le hacía ponerse en posición de “firmes” o “de rodillas” cada vez que se dirigía a él o le soltaba una bofetada (el castigo de levantarse y arrodillarse, este último endurecido a menudo usando hierros oxidados, debería haberlo mencionado más arriba, al hablar de los azotes). Las expresiones destacadas con comillas y otras como “paliza”, “bofetada”, etc. e incluso denominaciones completamente inocuas como “chico”, “chaval”, “muchacho”, “rodilla”, etc. bastaban para excitarme cuando las leía en cualquier contexto. Inmediatamente, surgían con la correspondiente palabra fantasías libidinosas.

Tampoco me libraba de la coprolagnia. Frecuentemente, me veía a mí mismo en poder de un joven campesino descalzo al que le tenía que lamer sus sucias piernas mientras se echaba la siesta. Cuando dejaba de apetecerle tal servicio, me plantaba una patada en la cara para que le dejara en paz. También encontraba agradable el que me escupieran. Daba en las ideas más tremendas en este campo: veía mi boca convertida en escupidera e incluso en retrete. Se me llegó a ordenar lamer escupitajos del suelo, honor por el que debía dar las gracias al amo que había soltado el salivazo, algo a lo que yo solía añadir el suplicar que me siguieran humillando. Todas estas manifestaciones de coprolagnia se presentaban también en forma sádica, aunque he de hacer notar que el escupir me inspira tal aversión que no soy capaz de hacerlo ni estando acatarrado.

Los esclavos de mi fantasía suelen recibir comidas repugnantes (desperdicios, como cáscaras de patata, huesos roídos, etc.) y tenían que dormir sobre el suelo desnudo.

Tengo que hacer especial hincapié en mi afición a los chicos descalzos; por ejemplo, un chico trabajador, vestido tan solo con unos pantalones raídos, incluso rotos, y una camiseta por el estilo que tuviera que arrastrar a golpes una pesada carreta por un cenagal cayéndose al suelo cada dos por tres… ese era a menudo mi ídolo y se contaba entre los productos más poderosos de mi sucia fantasía. Superaba aquí a veces la medida habitual de mi perversión. Una vez me imaginé que a la bestia de carga humana, al vestirse, le saltaban los botones de los pantalones y se le quedaban colgando las partes pudendas, el único caso en que estas desempeñaban un papel. Otras dos veces llegué incluso a maltratar mi propia persona. Estas fueron las dos únicas ocasiones en que abandoné el marco de lo ideal. En una de ellas me quité toda la ropa menos la camisa y los calzoncillos. Estos los enrollé de forma que parecían unos pantalones cortos y anduve un rato descalzo dando vueltas por la habitación hasta que me arrodillé delante de un espejo y me lancé un chorro de mi propia orina a la cara (!) imaginándome que esto lo hacía a un chico que, habiéndome vencido en una pelea, se había puesto de rodillas encima de mí y me demostraba ante testigos de una forma tan drástica su poder y mi sometimiento. El segundo y último caso en que abandoné el ámbito de la fantasía se dio el año pasado. Me desnudé de la forma ya mencionada y empecé a golpearme febril e incesantemente las pantorrillas desnudas con un bastón. Esto lo hice con tal fuerza que, pasados ocho días, todavía me quedaban marcas y cardenales. Mientras hacía esto volví a imaginarme que un chico que vigilaba mi trabajo como bestia de carga me azotaba “por desganado”. A diferencia de la mayoría de observaciones en el ámbito del masoquismo, al ejecutar mi fantasía sentí escaso dolor y no me vi defraudado en modo alguno; antes bien, se apoderó de mí una intensa voluptuosidad. No paré de azotarme hasta quedar agotado. Por otra parte, ese día me encontraba especialmente excitado: hacía un calor enorme (25° R a la sombra [31° C, nota del traductor]) y estaba terriblemente nervioso porque al día siguiente tenía un examen difícil para el que no me veía preparado. Es interesante mencionar que a pesar de la atonía provocada por el exceso, que me incapacitó para todo trabajo intelectual durante la noche, aprobé el examen con nota. Esto es toda una imagen de nuestra cultura: energía sobrehumana junto a debilidad infrahumana, una lucha encarnizada entre el espíritu y la materia.

Lamentablemente no recuerdo con exactitud mi estado psíquico anterior y posterior al otro acto real (el de la orina).

He mencionado anteriormente que la palabra impresa solía despertar mi deseo y he de añadir ahora que los cuadros y las estatuas también podían provocar el mismo efecto.

Diré, por mencionar un solo ejemplo, que los retratos de muchachos de una exposición me mantuvieron excitado durante varios días. Estaban allí retratados dos chicos, el uno tendría unos 11 años y el otro alrededor de 14. Son chicos guapos, con ropa de andar por casa, con unos pantaloncitos azules que dejan al aire unas pantorrillas fuertes y bronceadas, cubiertas de un fino vello. Los dos chicos están ahí como si, en medio de sus travesuras en el jardín, una orden del padre los hubiera obligado a detenerse. Todavía tienen rojas las mejillas; el mayor, sobre todo, tiene cara de rebelde. Con estos chicos me inventé largas historias en las que el palo desempeñaba un papel central. Ninguna persona normal podía imaginarse que tuvieran esta influencia sobre mí.

En el teatro me gustaba ver sobre todo obras en las que hubiera papeles de chicos, y me enfadaba si, como solía ocurrir, los interpretaban muchachas, lo que imposibilitaba mi placer sexual. Una vez que vi una versión de “Flachsmann como educador” en la que el papel de escolar lo interpretaba un chico de verdad, mi entusiasmo no conocía límites. El joven artista actuaba además magníficamente. El actor interpretó a pedir de boca la mezcla de ruda obstinación y temor pueril, esos sentimientos encontrados que experimenta todo mal estudiante cuando se encuentra delante del director y que se manifiesta en la aspereza de las contestaciones. Con ello me hizo caer una vez más en el onanismo.

Pero lo que más efecto me producía siempre eran las obras impresas, donde mi fantasía disfrutaba de la máxima libertad de movimientos. No hay ningún clásico, ningún escritor de prestigio, en cuya obra no haya encontrado yo algún pasaje excitante. Esto nos llevaría, por tanto, demasiado lejos si quisiera presentarlo con todos sus pormenores. Me excitaban sobre todo desde hacía años “La cabaña del tío Tom” y uno de los viajes de “Simbad el marino” en las “Mil y una noches”. Me refiero a la aventura en que un ser monstruoso se sirve de Simbad como montura. Este relato demuestra que el masoquismo era ya conocido entre los antiguos árabes.

El “ser cabalgado” era un elemento que aparecía repetidamente en mis fantasías, igual que el “ser uncido”. Alguna vez he llegado a sentirme como un perro de tiro al que le dan patadas o como un caballo que recibe latigazos, algo que durante los momentos de excitación trataba de explicarme como recuerdos de reencarnaciones anteriores, por más que en estado normal no crea en la inmortalidad de eso que llaman alma.

Un fenómeno muy extraño es que en mi estado normal siempre pienso y siento de una forma completamente diferente a como lo hago en estado de excitación sensual. En mi estado normal, por ejemplo, soy enemigo incondicional de castigar con azotes y partidario de la teoría de que los errores humanos sólo se pueden corregir convenciendo con razones y nunca mediante la violencia o mediante prohibiciones que no hacen sino incitar a saltárselas. Soy, asimismo, un partidario convencido de la búsqueda de la libertad, un “defensor de los derechos humanos”… y, sin embargo, a pesar de todo esto, encuentro en otros momentos placer en la idea de la esclavitud, en un trato inhumano.

Por lo que hace a mis inclinaciones sexuales contrarias, tengo que proporcionar aún algunos datos sobre mi carácter y mi comportamiento social.

Espiritualmente me siento siempre como hombre; sexualmente, como neutro. Insisto en que el coito normal nunca ha sido objeto de mis fantasías, como tampoco lo ha sido el coito pederasta. Me gusta mantener trato espiritual ante todo con hombres inteligentes y serios, o sea, sobre todo con hombres mayores o también con mujeres de aspecto masculino y enérgico carácter. Apenas me trato con mis colegas; en compañía de señoras mediocres o de hombres superficiales y vanidosos me siento más cohibido —porque no sé qué es lo que le interesa a la gente— que si estoy tratando a personas que me imponen por su altura de espíritu.

La mujer no me resulta en absoluto repugnante. Admiro incluso su belleza física, pero sólo como lo haría con un hermoso paisaje, una rosa o una casa nueva. Puedo hablar con toda tranquilidad de cuestiones sexuales sin ruborizarme y sin que nadie se percate de lo que oculto en mi interior.

[Psychopathia sexualis, caso 89]