Caso 126: fetichismo de seda

El 22 de septiembre de 1881 se detuvo a V. en una calle de París por andar merodeando alrededor de damas con vestidos de seda de una forma que dio pie a que se le tomara por un ladrón. Al principio estaba completamente anonadado y solo llegó a confesar su “manía” poco a poco y por rodeos. Trabaja de dependiente en una librería, tiene 29 años, desciende de padre bebedor y de madre de religiosidad exacerbada y caracterológicamente anormal. Esta quería que fuera eclesiástico. Desde su primera juventud siente el impulso, que él considera instintivo e innato, de tocar seda. Con 12 años cantaba en un coro, lo que le le daba ocasión de llevar un echarpe de seda que no se cansaba de tocar. La sensación que recibía al hacerlo le resulta indescriptible. Algo después conoció a una niña de 10 años por la que sentía una atracción pueril. Pero cuando la niña se presentó un domingo con un traje de fiesta de seda, él experimentó un sentimiento completamente diferente. No le quedó más remedio que darle un efusivo abrazo y aprovechar para tocar el vestido. Más tarde, su placer consistía en observar y tocar los soberbios trajes de seda que había en la tienda de una sombrerera. Si le daban trocitos de tejido de seda, se apresuraba a ponérselos sobre la piel desnuda, lo que le provocaba acto seguido erección, orgasmo y a menudo incluso eyaculación. Estos apetitos le llenaron de inquietud y le hicieron dudar de su futura carrera como religioso, por lo que abandonó el seminario. Padecía por aquel entonces una severa neurastenia provocada por la masturbación. Seguía bajo el dominio de su fetichismo de seda. Una mujer solo estaba provista de atractivo para él si llevaba un vestido de seda.

Al parecer, ya en los sueños de su niñez aparecían damas con vestidos de seda que desempeñaban un papel principal y más tarde estos sueños se vieron acompañados de poluciones. Debido a su timidez, no fue hasta más tarde cuando tuvo su primera cohabitación. Esta solo fue posible con una mujer con vestido de seda. Prefería tocar entre la multitud a señoras con vestido de seda y al hacerlo llegaba a la eyaculación entre un potente orgasmo y un intenso placer libidinoso. Su mayor dicha consistía en ponerse una combinación de seda por la noche antes de irse a la cama. Esto le producía más placer que la más hermosa de las mujeres.

El forense constató en su informe que V. era una persona aquejada de graves taras que se daba a un placer enfermizo bajo un impulso compulsivo de tipo morboso. Quedó absuelto.

(Dr. Garnier, Annales d’hygiène publique, 3e série, XXIX, 5).

[Psychopathia sexualis, caso 126: fetichismo de seda]