Caso 35. B., 29 años, comerciante, casado, con graves taras hereditarias, masturbándose desde los 16 años de edad con un aparato eléctrico de bolsillo, neurasténico, impotente desde los 18, bebedor de absenta durante una época tras un amor desdichado, es decir, no correspondido. Se encuentra un día por la calle a una criada con un delantal blanco como el que solía llevar su amada. No es capaz de resistirse y roba el delantal. Se lo lleva a casa, se masturba con él, lo quema a continuación mientras se masturba de nuevo. Vuelve a salir a la calle, ve a una mujer con un vestido blanco, se le ocurre la idea libidinosa de manchárselo de tinta, lo ejecuta en un estado de excitación libidinosa y disfruta, ya en casa, masturbándose mientras recuerda esta situación. En otra ocasión al ver a unas mujeres por la calle se le ocurre estropearles la ropa con una navaja. Mientras lo hace es detenido como presunto carterista. En otra ocasión le bastó con ver manchas en la ropa de una señora para alcanzar el orgasmo y hasta la eyaculación.
El mismo efecto lograba quemando con el cigarro la ropa de las mujeres que pasaban cerca de él. (Magnan, citado por Thoinot, Attentats aux moeurs, p. 434 y detalladamente por Garnier, Annales d’hygiène publ., 1900, marzo, p. 237).
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Caso 30. En junio de 1896 numerosas jóvenes fueron acuchilladas ad nates en la calle a plena luz del día. El 2 de julio se sorprendió al agresor in flagranti.
Era un tal V., de 20 años, con graves taras hereditarias, que con 15 años había experimentado un buen día una gran excitación sexual al contemplar las posteriora de una mujer. Desde entonces, solo se sentía atraído sensualmente por esa parte del cuerpo femenino, la cual se convirtió en objeto de fantasías eróticas y de sueños acompañados de polución. Enseguida se añadió a esto el deseo libidinoso de golpear, pellizcar y pinchar nates femeninas. En cuanto sucedía esto en el sueño llegaba la polución. Poco a poco sintió el deseo de poner esto en práctica. A veces lograba resistirse a costa de un miedo descontrolado acompañado de sudores. Pero si el orgasmo y la erección eran intensos, se adueñaban de tal temor y zozobra que no le quedaba más remedio que asestar una puñalada. Entonces llegaba la eyaculación, sentía alivio en el pecho y se le volvía a despejar la cabeza. (Magnan, citado por Thoinot, op. cit. p. 451, descrito con mayor detalle por Garnier en Annales d’hygiène publique, 1900, febr. p. 112).