Caso 229: sadismo del esposo

Sadismo del esposo (?).

El 28 de junio de 1886, E. R., de 20 años, esposa de un encuadernador, presentó denuncia ante las fuerzas de seguridad porque en la noche del 27, por un trabajo de encuadernación mal hecho, su esposo Karl R. la había azotado hasta tal punto con el mango de una fusta estando borracho que ella había tenido que guardar cama.

El informe médico policial dice lo siguiente: “… los hallazgos de hoy nos ofrecen un cuadro del maltrato más cruel, más brutal y más inhumano posible, como solo un loco es capaz de llevar a cabo. Ambas extremidades superiores, la espalda, el vientre, la nalga derecha, la parte posterior del muslo e incluso la cara y el cuello están cubiertos de innumerables contusiones alargadas de gran extensión y de más de un dedo de ancho…”.

La mujer maltratada se encuentra en el cuarto mes de embarazo, se la ata a menudo con objeto de este maltrato con correas en manos y pies, y ni siquiera se libra de él cuando está enferma.

La exploración médica forense efectuada el 15 de julio vuelve a confirmar en gran medida los hallazgos médicos policiales y constata todavía múltiples rastros de las anteriores lesiones. El informe resalta la gran brutalidad y constata que el perjuicio para su salud y la incapacidad laboral que se le han causado han perdurado al menos durante veinte días.

E. R. declaró lo siguiente en su conformidad:

“Me casé con R. el 17 de enero de 1886. Ya al poco de casarnos, mi marido empezó a dar muestras de una rudeza y una brutalidad terribles. No solo me maltrataba a diario dándome puñetazos, sino que además se servía repetidamente de una fusta muy dura para azotarme.

“Por ejemplo, mi marido me hizo una profunda herida en la cabeza el 10 de junio con el extremo de metal de una fusta; otra vez, a mitad de la noche y sin ningún motivo, se le ocurrió atarme encorvada con un cinturón y azotarme a continuación; el 26 de junio me mandó hacer unos trabajos de encuadernación y como no le gustó el resultado, me azotó de tal modo que me dejó llena de señales”.

En el interrogatorio, el oficial encuadernador declaró que K. R. siempre le exige a su mujer que haga trabajos de encuadernación que ella no está en condiciones de hacer y que luego empieza a discutir con ella. Él es muy irascible, pero luego, en cambio, da la impresión de ser una persona de lo más razonable.

Una testigo confirma que K. R. discutía muy a menudo con su mujer, que le gritaba y que en dos ocasiones la hizo salir corriendo a la calle.

R. es bruto, irascible y también un poco exaltado.

El acusado se justificó de la siguiente manera: entre mi suegra y mi mujer me alteraban de tal manera que ya no era dueño de mis actos y era en ese estado cuando maltrataba a mi mujer… Soy persona muy irascible y cuando me encolerizo no sé lo que hago.

La causa principal de las discusiones es la suegra… A mi mujer solamente la he atado al potro en broma…

Mis padres viven todavía, mi padre es encuadernador y tiene una casa, yo he ido a la escuela primaria, a la escuela de magisterio y a la escuela de comercio. En el ejército no he estado. Desde principios de año me he establecido como encuadernador por cuenta propia.

Las pesquisas policiales no proporcionaron nada en que apoyarse para suponer una alienación psíquica, aunque sí se constató que R. era una persona extrema y que ya se le había denunciado por maltratar a un aprendiz.

La esposa parece ser una persona bondadosa.

En la vista del 7 de septiembre de 1886, el acusado se justificó diciendo que su mujer le daba muchos disgustos y nunca hacía ningún trabajo a derechas.

La mujer explicó que había sido golpeada por él frecuentemente de la manera más inhumana posible. Una vez llegó él de noche a casa y le pidió una ensalada; como ella no pudo cumplir su deseo, la golpeó hasta hacerle sangre y luego la obligó a fregar la sangre del suelo; mientras lo hacía, la volvió a golpear y a darle patadas, y cuando por fin se fue a la cama, volvió a azotarla en el vientre y en el pecho con el látigo. El 17 o el 18 de junio, él se levantó de noche y la ató de pies y manos como en broma, pero ella no podía respirar y se quedó medio desmayada. A pesar de sus encarecidas súplicas, no la soltó, sino que se puso a golpearla con la palma de la mano en el trasero. No la liberó de este cruel estado hasta pasado mucho tiempo.

El 26 de junio la abofeteó, después la golpeó con una tabla en el vientre y luego, por la noche, le dijo que se iba con una buena moza. Volvió a media noche, la sacó de la cama y la obligó a dormir desnuda sobre el suelo helado de la cocina. Después de mucho rogárselo, la dejó volver a la habitación, pero le ordenó que se sentara en una silla y la golpeó con el látigo en pecho y vientre. Después le mandó dar cuerda al reloj de pared y, mientras lo hacía, la golpeó de nuevo en la espalda diciendo: “Si desaparecéis tu hijo y tú, desgraciada, me trae sin cuidado”.

Ella entonces se separó inmediatamente de él y pasó más de tres semanas enferma y completamente hundida.

El acusado afirmó que la cosa no era exactamente así y que, de todas formas, ella era la culpable de todo.

Se le sentenció a 13 meses de cárcel y se rechazó el recurso presentado.