Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.
Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.
Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.
Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.
M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.
Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.
Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.
A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.
Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.
Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba… pero todo esto no servía de nada.
M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.
Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.
Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:
Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.
M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.
Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.
[Psychopathia sexualis, caso 72]
Caso 72. Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.
Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.
Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.
Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.
M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.
Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.
Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.
A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.
Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.
Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba… pero todo esto no servía de nada.
M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.
Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.
Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:
Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.
M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.
Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.
Señor L., artista, 29 años, de familia en la que se han dado diversos casos de enfermedades nerviosas y tuberculosis, acude a consulta porque le preocupan ciertas anomalías de su vita sexualis.
Despertó a esta repentinamente con 7 años con motivo de un castigo ad podicem con vara. A partir de los 10 años se dio a la masturbación. Durante este acto pensaba siempre en figuras flagelantes. Asimismo, en años posteriores, las poluciones nocturnas solo iban acompañadas de sueños flagelatorios. También en estado de vigilia tenía constantemente desde los 10 años de edad el deseo de ser flagelado.
Entre los 11 y los 18 años tuvo inclinación por su propio sexo. No obstante, nunca fue más allá de lo que es una apasionada amistad juvenil. También durante este episodio homosexual sentía constantes deseos de ser flagelado por un amigo querido.
A partir de los 19 años, coito, pero sin verdadero sentimiento libidinoso y con deficiente erección. Su inclinación ya exclusivamente heterosexual tenía siempre por objeto a mujeres mayores que el paciente. Las jóvenes le eran indiferentes. Los deseos flagelatorios se iban volviendo cada vez más intensos.
A partir de los 25 años y hasta la fecha, amor efusivo por una mujer mayor. Vínculo matrimonial descartado. Reconocimiento de su estado. Al parecer, intentos por parte de la mujer de conducir al paciente a relaciones sexuales normales. A pesar de aborrecer este estado, a pesar del profundo amor por esa mujer, a pesar de los remordimientos, de la vergüenza, de los buenos propósitos, siempre recaía. El paciente declara que sus sentimientos sexuales por esa mujer son exclusivamente masoquistas. De vez en cuando consigue que la mujer le flagele.
Dotado de un gran apetito sexual, se hizo azotar también por puellis. Considera la flagelación el acto sexual adecuado para él. Así es como llega más fácilmente a una eyaculación acompañada de intenso placer. El coito es secundario para él. Sólo lo ha probado excepcionalmente tras satisfacerse por medio de la flagelación, y, a consecuencia de una relativa impotencia psíquica, en escasas ocasiones ha tenido éxito.
Además encuentra que uno y otro acto sexual tienen diferentes efectos espirituales y físicos. Tras el coito se siente moralmente elevado y fresco físicamente, mientras que el acto flagelatorio representa una agresión para su cuerpo y le hace sentir después remordimientos. Percibe su masoquismo como patológico. Por eso busca ayuda.
L. es de aspecto perfectamente masculino, exquisita decencia e impecable comportamiento. En cuanto a afecciones físicas, se queja de síntomas que apuntan a una neurastenia cerebral (falta de memoria y voluntad, distracción, irritabilidad, timidez, cobardía, opresión en la cabeza, etc.). Neurastenia. Genitales normales. Las erecciones solo se presentan por la mañana.
El paciente está convencido de que si pudiera casarse con una mujer a la que quisiera, se libraría de su masoquismo.
Como recomendaciones terapéuticas se dan las siguientes: combatir por sí mismo ideas, impulsos y actos masoquistas, si es necesario con ayuda de un tratamiento sugestivo-hipnótico; fortalecer el sistema nervioso; y librarse de los síntomas de debilidad irritativa mediante un tratamiento antineurasténico.
[Psychopathia sexualis, caso 61]
Caballero de elevada posición, 66 años, de padre hipersexual. Dos hermanos presuntamente afectados de masoquismo. El paciente asegura convencido que su masoquismo se remonta a la infancia. Con cinco años les pedía a niñas que le desnudaran y le flagelaran ad podicem. Algo después se las arreglaba para que chicos o chicas jugaran a hacer de maestros con él y le azotaran. Con unos 15 años se imaginaba que las chicas le tendían una emboscada y le golpeaban. No tenía por aquel entonces idea alguna del significado sexual de tales fantasías y no sabía absolutamente nada de la vita sexualis. Su deseo de ser azotado por mujeres era cada vez mayor. Con 18 años consiguió satisfacerlo y logró así la primera polución. Con 19 años tuvo su primer coito con plena satisfacción y potencia sin que intervinieran fantasías masoquistas. A partir de entonces mantuvo relaciones sexuales normales hasta los 21 años, momento en el que una puella le propuso una escena masoquista. Él aceptó, quedó enormemente satisfecho y a partir de entonces no dejó de hacer que una aventura masoquista precediera al coito. Pronto se dio cuenta de que la excitación no estaba en los golpes sino en la idea de hallarse en poder de una mujer. El paciente se ha casado. Ha logrado llevar un buen matrimonio y mantener las ideas masoquistas apartadas de sus relaciones conyugales, pero reconoce con dolor que de cuando en cuando no ha podido resistirse a buscar una compensación de tipo masoquista con una puella. Esto sigue ocurriendo a veces, aunque ya es abuelo. La escena masoquista es siempre un juego que precede al coito. El paciente está libre de psicopatías y de perversiones de otro tipo. Él hace hincapié en lo frecuente que es el masoquismo y el hábil papel que desempeñan aquí muchas masajistas. Según su experiencia el masoquismo está especialmente extendido en Inglaterra y es frecuente que las mujeres inglesas se presten a él.
[Psychopathia sexualis, caso 60]
Un señor de 28 años, de elevada posición, se presenta cada 3-4 semanas en un lupanar, anunciándose primero con una tarjeta con el siguiente contenido: “Querida Gretchen: Llegaré mañana por la tarde entre las 8 y las 9. Fusta y látigo. Un cordial saludo…”.
X. se presenta a la hora fijada, con correas de cuero, fusta y látigo. Se desnuda, le atan pies y manos con las correas que ha traído y a continuación la puella le azota con los correspondiente instrumentos en plantas de los pies, pantorrillas y podex hasta que se produce la eyaculación. Nunca manifestó otro deseo.
Para este hombre la flagelación no es sino un medio que sirve al objetivo de satisfacer deseos masoquistas. No se trata de un truco para proporcionarle potencia, como deja patente el que se haga atar y, simplemente, desprecie el coito.
En su círculo de ideas masoquistas, la situación de sometimiento que ha preparado es bastante, como equivalente de un acto sexual normal, para alcanzar el necesario orgasmo por medio de la fantasía. Evidentemente, la flagelación desempeña aquí el papel principal en tanto que máxima expresión de la situación de sometimiento a la voluntad de otra persona. No obstante, todo parece indicar que la flagelación contribuye en alguna medida, mediante la estimulación refleja del centro eyaculatorio espinal, a la consumación del acto sustitutivo del coito.
[Psychopathia sexualis, caso 56]
Un enfermo de Tarnowsky le pidió a una persona de confianza que alquilara una casa mientras duraban sus ataques y que instruyera exactamente al personal (3 prostitutas) sobre lo que habían de hacer. Él pasaba por allí de vez en cuando y le desnudaban, masturbaban y flagelaban como se les había ordenado. Él simulaba resistencia y pedía piedad. Después le daban de comer como se había ordenado, le dejaban dormir, pero le retenían a pesar de sus protestas y le golpeaban si no se conformaba. Así lo hicieron varias veces. Cuando se le pasaba el ataque le dejaban marchar y volvía con su mujer y sus hijos, que no tenían ni idea de su enfermedad. El ataque se repetía 1 ó 2 veces al año. (Tarnowsky — op. cit.).
[Psychopathia sexualis, caso 54]
D., 32 años, escultor, con tara hereditaria, con signos de degeneración, de constitución neuropática, neurasténico, endeble y delicado en su juventud, no experimentó las primeras manifestaciones de su sexualidad hasta los 17 años. Esta nunca se desarrolló poderosamente, adquirió una conformación exclusivamente heterosexual pero de tipo masoquista.
Deseaba ser flagelado a manos de una hermosa mujer, aunque esto no dio lugar a fetichismo de manos. También le atraían poderosamente las mujeres orgullosas y con señorío. Nunca trató de poner en práctica sus deseos masoquistas. No era capaz de explicarlos.
Cuatro veces trató sin éxito de realizar el coito. Por lo demás practicaba la masturbación. Acudió al médico por una grave neurastenia acompañada de fobias, provocada por este motivo y por agotamiento.
[Psychopathia sexualis, caso 53]
Caso 52. X., 28 años, literato, con tara, desde niño sexualmente hiperestésico, con 6 años soñaba que una mujer le azotaba ad nates. Se despertaba siempre en estado de máxima excitación libidinosa e incurría así en onanismo. Una vez, con 8 años, le pidió a la cocinera que le azotase. Desde los 10 años de edad, neurastenia. Hasta los 25, sueños de flagelación o también fantasías de este tipo durante la vigilia con onanismo. Hace tres años sintió la necesidad de ser azotado por una puella. El paciente sufrió una decepción, pues la erección y la eyaculación no se presentaron. Nuevo intento con 27 años, con la intención de forzar así la erección y el coito. Lo logró, aunque paulatinamente, con la siguiente táctica. Mientras él intentaba el coito, la puella tenía que contarle cómo azotaba inmisericordemente a otros impotentes y amenazarle con hacerle lo mismo. Además se tuvo que imaginar que estaba atado, bajo el control absoluto de la mujer, indefenso, y que esta le azotaba hasta provocarle un dolor extremo. Alguna vez tuvo que hacer que le ataran de verdad para ser potente. Así lograba consumar el coito. Las poluciones solo iban acompañadas de sentimientos de placer en las (raras) ocasiones en que soñaba que le maltrataban o cuando contemplaba a una puella flagelando a otros. Durante el coito nunca experimentó una sensación verdaderamente placentera. De la mujer solamente le interesan las manos. Las mujeres fuertes, robustas y con poderosos puños son sus preferidas. No obstante, su necesidad de ser flagelado es solamente ideal, pues la gran sensibilidad de su piel hace que le baste con unos pocos golpes en el peor de los casos. Afirma que los azotes de un hombre le repugnarían. Le gustaría casarse. La imposibilidad de exigirle a una mujer honesta que le azote y las dudas sobre su potencia en ausencia de esto son la causa de su turbación y necesidad de curación.
[Psychopathia sexualis, caso 52]
Caso 50. El señor Z., de 29 años, técnico, acude a consulta por presunta tabes. El padre era nervioso y padecía una fuerte tabes, la hermana del padre era demente. Varios parientes son extremadamente nerviosos y gente peculiar.
Un examen más detenido revela que el paciente sufre astenia sexual, espinal y cerebral. No presenta síntomas que hagan pensar en tabes dorsalis amnésica o presente. La obvia cuestión del posible abuso de los órganos genitales queda aclarada con la masturbación practicada desde la juventud. En el transcurso de la exploración se constataron algunas anomalías psicosexuales interesantes.
Con 5 años despertó la vita sexualis en forma de un afán percibido como libidinoso de azotarse a sí mismo, acompañado del deseo de ser azotado por otros. El paciente no pensaba a tal efecto en individuos de un determinado sexo. A falta de otra cosa, practicaba la autoflagelación y con el paso de los años llegó a alcanzar la eyaculación.
Ya había empezado mucho antes a satisfacerse mediante la masturbación, durante la cual pensaba en escenas de flagelación.
Ya adulto, acudió a un lupanar para ser azotado allí por meretrices. Escogió para ello a la muchacha más hermosa, pero quedó decepcionado, sin lograr la erección, por no hablar de la eyaculación.
Se dio cuenta de que el ser azotado era algo secundario, que lo principal era la idea de hallarse sometido a la voluntad de una mujer. No se había dado cuenta la primera vez, pero la segunda sí. Como tenía la “idea de la sumisión”, tuvo un rotundo éxito.
Con el tiempo logró, a base de forzar sus fantasías en el ámbito de las representaciones masoquistas, incluso el coito sin flagelación, pero obtenía poca satisfacción, por lo que prefería mantener relaciones sexuales de índole masoquista. En consonancia con sus deseos flagelatorios originarios, tan solo encontraba placer en las escenas masoquistas si se le flagelaba ad podicem o por lo menos se representaba una situación de este tipo en su fantasía. En momentos de gran excitación le bastaba incluso con poder relatarle tales escenas a una muchacha hermosa. Alcanzaba así el orgasmo y solía llegar a la eyaculación.
Enseguida se sumó a esto una representación fetischista sumamente efectiva. Se dio cuenta de que solo le atraían y satisfacían las mujeres con botas altas y falda corta (“a la húngara”). No es capaz de explicar cómo llegó a tal representación fetichista. También le excitan unas piernas de chico enfundadas en unas botas altas, pero esta excitación es puramente estética, desprovista de todo tono sensual, al igual que afirma no haber percibido nunca en sí mismo ningún tipo de inclinación homosexual. El paciente dio como explicación para su fetichismo su gusto por las pantorrillas. Pero solo le excita una pantorrilla de mujer envuelta en una bota elegante. Las pantorrillas desnudas y en general las desnudeces femeninas no provocan en él la más mínima excitación sexual. La oreja humana constituye para el paciente una representación fetichista subordinada. Le produce una sensación libidinosa acariciar las orejas de personas hermosas, es decir, personas que tienen orejas hermosas. Esto le produce un placer más bien escaso si son hombres, pero muy elevado cuando se trata de mujeres.
También tiene debilidad por los gatos. Los encuentra sencillamente hermosos, todos y cada uno de sus movimientos le resultan simpáticos. La visión de un gato es capaz incluso de sacarle de la más honda depresión. Los gatos son para él sagrados, ve en ellos seres divinos. No es consciente del motivo de tal idiosincrasia.
Últimamente tiene también con frecuencia ideas sádicas que tienen que ver con azotar a muchachos. En estas fantasías flagelatorias intervienen tanto hombres como mujeres, pero sobre todo las segundas y entonces su placer es mucho mayor.
El paciente opina que además de lo que él conoce y percibe como masoquismo hay algo más a lo que él llama “pajismo”.
Mientras que sus actos de desenfreno masoquista poseen una naturaleza y un tono de torpe sensualidad, su “pajismo” consiste en la idea de servir como paje a una hermosa joven. Se lo imagina como algo completamente casto, aunque picante, su posición respecto a ella es la de un esclavo, pero manteniendo una relación de total castidad, de entrega puramente “platónica”. El deleitarse en la idea de ser paje de una “bella criatura” está para él cargado de un sentimiento placentero pero en modo alguno sexual. Experimenta con él una exquisita satisfacción moral en contraste con el tono sensual del masoquismo y por eso considera su “pajismo” como algo diferente.
El paciente no presenta en su apariencia externa nada llamativo a primera vista, pero su pelvis es anormalmente amplia, la pala del hueso ilíaco es plana, está ladeado de forma anormal y resulta decididamente femenino. Ojo neuropático. Explica también que siente frecuentemente cosquilleos y excitación libidinosa en el ano y que por ello puede obtener satisfacción ope digiti (zona erógena).
El paciente tiene dudas en cuanto a su futuro. Cree que solamente se le podría ayudar si lograra interesarse verdaderamente por las mujeres, pero que su voluntad y fantasía son demasiado débiles para ello.
[Psychopathia sexualis, caso 50]
Caso 42. Sadismo transitorio. N., estudiante. Acude a observación en diciembre de 1800. Practica el onanismo desde la primera juventud. Según sus informaciones se excitaba sexualmente viendo azotar a sus hermanos por su padre, más tarde a compañeros de clase por el profesor. Como espectador de tales actos siempre tenía sentimientos libidinosos. No es capaz de decir con exactitud cuándo sucedió esto por primera vez; con unos 6 años ya le pasaba. Tampoco sabe ya exactamente cuándo empezó con el onanismo; pero afirma con determinación que su deseo sexual se despertó viendo azotar a otros y que por ahí fue a dar inconscientemente en el onanismo. El paciente recuerda claramente que del cuarto al octavo año de edad le azotaban en podex con frecuencia, pero eso solamente le hizo sentir dolor y no lascivia.
Como no siempre tenía oportunidad de ver azotar a otros, se representaba en su fantasía cómo los azotaban. Eso excitaba su deseo y se masturbaba entonces. En la escuela, siempre que podía procuraba colocarse de forma que cuando azotaban a otros pudiera verlo. De vez en cuanto también sentía deseos de azotar él a otros. Con 12 años convenció a un compañero de que se dejara azotar por él. Experimentó así una intensa lascivia. Pero cuando el otro le azotó a él a su vez solamente sintió dolor.
El impulso de azotar a otros nunca fue demasiado intenso. El paciente obtenía mayor satisfacción dejando a su fantasía regodearse en escenas de flagelación. Nunca tuvo otros impulsos sádicos. Nunca impulso de ver sangre o similares.
Hasta los 15 años, su disfrute sexual consistía en onanismo tras las fantasías mencionadas.
A partir de entonces (clases de baile, trato con muchachas) desaparecieron las fantasías anteriores casi del todo y ya solo se veían acompañadas más débilmente de sentimientos libidinosos, con lo que el paciente se apartó de ellas por completo. En su lugar aparecieron fantasías de coito en forma natural, no sádica.
El paciente realizó el coito por primera vez por “motivos de salud”. Fue potente y quedó satisfecho con el acto. Procuró a partir de entonces abstenerse del onanismo, pero no lo consiguió a pesar de practicar el coito con frecuencia y obtener con él más placer que con el onanismo.
Deseaba apartarse del onanismo como algo indigno. No ha notado consecuencias nocivas a causa de este. Practica el coito una vez al mes, pero se masturba 1-2 veces todas las noches. Ahora es completamente normal en lo sexual, excepto por el onanismo. No hay rastro de neurastenia. Genitales normales.
[Psychopathia sexualis, caso 42]
Caso 41. K., 25 años, comerciante, acudió a mí en busca de consejo en el otoño de 1889 a causa de una anomalía de su vita sexualis, que le hacía temer una enfermedad y el fracaso en su futura felicidad conyugal.
El paciente procede de familia nerviosa, de niño fue delicado, débil, nervioso, sano excepto sarampión, después creció fuerte.
Con 8 años, en el colegio, fue testigo de cómo el maestro azotaba a los niños sujetándoles la cabeza entre los muslos y dándoles con una vara en el trasero.
Este espectáculo provocó en el paciente excitación libidinosa. “Sin tener ni idea de la peligrosidad y monstruosidad del onanismo” se satisfacía por este medio y se masturbaba desde entonces con frecuencia representándose el recuerdo de chicos a los que estaban azotando.
Así llegó a los 20 años. Tuvo conocimiento entonces de la importancia del onanismo, se asustó enormemente, procuró reprimir su tendencia a la masturbación, pero incurrió en onanismo psíquico, que en su opinión era inocuo y moralmente justificable, sirviéndose para ello de los mencionados recuerdos de muchachos azotados.
El paciente se volvió entonces neurasténico, padecía poluciones, intentó curarse frecuentando casas públicas, pero no alcanzaba la erección.
Se esforzaba en lograr sentimientos sexuales normales relacionándose socialmente con mujeres decentes, pero se dio cuenta de que era totalmente insensible a los encantos del sexo bello.
El paciente es un hombre inteligente, desarrollado normalmente, con inclinaciones artísticas. No se siente atraído por las personas de su mismo sexo.
Mis indicaciones como médico consistieron en medidas para combatir la neurastenia y las poluciones, prohibición del onanismo psíquico y manual, alejamiento de todo estímulo sexual, considerar la perspectiva de un tratamiento hipnótico tendente a una sucesiva reeducación a la normalidad de la vita sexualis.
[Psychopathia sexualis, caso 41]
|