Caso 238: fetichismo de pañuelos

Fetichismo de pañuelos. Robos continuados de pañuelos de mujeres.

D., 42 años, mozo de labranza, soltero, fue conducido por las autoridades el 11 de marzo de 1892 al manicomio del distrito de Deggendorf (Baja Baviera) para la observación de su estado psíquico.

Es un hombre de 1,62 m de altura, fuerte, bien nutrido. El cráneo es submicrocefálico; la expresión facial, de imbecilidad. La expresión de los ojos es perfectamente neuropática. Los órganos genitales son completamente normales. Dejando de lado una neurastenia en grado leve y un reflejo patelar excesivo, no hay nada físicamente anormal en el sistema nervioso de D.

En 1878 D. fue condenado por primera vez por el tribunal de Straubing a un año y medio de prisión por robo con violencia y hurto de pañuelos.

En 1880 robó un pañuelo en el patio de una taberna a la mujer de un comerciante y fue condenado por ello a 14 días de prisión.

En 1882 intentó quitarle el pañuelo de la mano a una campesina joven en medio de un camino. Fue denunciado por intento de robo con violencia, pero quedó absuelto teniendo en cuenta el informe médico oficial, que constataba su elevado grado de debilidad mental y una perturbación patológica de la actividad psíquica tempore delicti.

En 1884 el tribunal de jurados le condenó a cuatro meses de prisión por el robo con violencia de un pañuelo de mujer cometido en idénticas circunstancias que el anterior, pero esta vez consumado.

En 1888 le quitó el pañuelo del bolso a una mujer en pleno mercado. Condena de cuatro meses.

En 1889, a causa del mismo tipo de robo, nueve meses de cárcel.

En 1891, lo mismo: diez meses. Por lo demás, su historial de delitos solo presenta unas cuantas multas de pequeña cuantía y penas de arresto menor por llevar cuchillos sin autorización y por vagabundear.

Todas las sustracciones de pañuelos se produjeron sin excepción con mujeres jóvenes y en la mayor parte de los casos a plena luz del día, en presencia de otras personas y de manera tan burda y brutal que D. fue arrestado inmediatamente en todos los casos. No consta en las actas por ningún lugar que D. haya robado nunca alguna otra cosa por pequeña que fuera.

El 9 de diciembre de 1891, D. volvió a salir de prisión. El 14 fue sorprendido sacándole el pañuelo del bolso a una campesina entre las apreturas de la feria.

Se le detuvo inmediatamente y se le hallaron otros dos pañuelos blancos pertenecientes a mujeres.

También en los hurtos anteriores se le encontraron colecciones completas de pañuelos de señora (en 1880, 32 pañuelos; en 1882, 14, de los cuales 9 los llevaba pegados al cuerpo; en otra ocasión, 25; en la detención de 1891 se le encontraron siete pañuelos blancos durante el cacheo).

En los interrogatorios D. siempre explicaba que el motivo de los robos era simplemente que estaba muy borracho y quería permitirse una pequeña diversión.

Aseguraba que los pañuelos que se le encontraban los había comprado o cambiado, o que los había recibido de muchachas con las que había tenido relaciones.

Durante la observación D. da muestras de limitaciones psíquicas en un grado elevado, a lo que se añaden los estragos del vagabundeo, la bebida y la masturbación; no obstante, parece bondadoso, obediente y en modo alguno vago.

No sabe nada de sus padres, creció sin control de ningún tipo, de niño vivía de las limosnas, con 13 años se hizo mozo de cuadra, con 14 sufrió abusos en forma de sexo anal. Asegura haber sentido su impulso sexual de manera temprana y con intensidad, haber practicado pronto el coito y también la masturbación. Con 15 años, un cochero le contó que se podía obtener un gran placer de los pañuelos de mujeres jóvenes aplicándoselos ad genitalia. Él probó, confirmó lo que le habían dicho y procuró a partir de entonces hacerse con pañuelos de ese tipo por todos los medios. Su deseo se volvió tan poderoso que, en cuanto veía a una mujer que le resultaba atractiva con un pañuelo en la mano o asomando en el bolso, sentía una violenta excitación sexual y le asaltaba el impulso de acercarse a la persona en cuestión y quitarle el pañuelo.

En estado sobrio, la mayoría de las veces lograba resistirse a este deseo por miedo al castigo; pero si había bebido, su capacidad de resistencia se desvanecía. Ya en el ejército, conseguía que le dieran pañuelos usados mujeres jóvenes que le resultaban atractivas y después los cambiaba cuando ya los había llevado un tiempo. Si pasaba la noche con alguna muchacha, solía cambiar su pañuelo por el de ella. Muchas veces compraba pañuelos para cambiárselos a las mujeres.

Los pañuelos no ejercían efecto alguno sobre él mientras estaban nuevos y sin usar. Solo le excitaban sexualmente si los había llevado alguna muchacha.

Según se desprende de las actas, para que los pañuelos sin usar entraran en contacto con mujeres, muchas veces los ponía en el suelo y procuraba que las mujeres que pasaban los pisaran. Una vez se lanzó sobre una joven, le puso el pañuelo en el cuello y salió corriendo.

Si se hacía con un pañuelo tocado por una mujer, se producía en él erección y orgasmo. Colocaba la tela en cuestión ad corpus nudum, preferentemente ad genitalia, y lograba así una eyaculación satisfactoria.

Nunca ha deseado practicar el coito con mujeres, en parte por miedo a que le rechazaran, pero sobre todo “porque le gustaba más el pañuelo que la chica”.

D. únicamente confesó con gran timidez y poco a poco. Se echó a llorar en repetidas ocasiones y no quería seguir hablando porque decía que se avergonzaba mucho. Asegura que no es un ladrón, que nunca ha robado ni siquiera por valor de un céntimo, ni aun encontrándose en la mayor de las necesidades. Nunca ha logrado decidirse a vender los pañuelos.

Asegura con tono sincero: “No soy mala persona. Lo que pasa es que cuando hago esas tonterías estoy fuera de mí”.

El certero informe de la institución hacía hincapié en la existencia de un impulso irresistible de índole patológica con raíz en una predisposición anormal, junto con una demencia en grado moderado. Los delitos se habrían cometido bajo este impulso. Absolución de robo.