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	<title>PSYCHOPATHIA SEXUALIS &#187; fetichismo</title>
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	<description>RICHARD VON KRAFFT-EBING</description>
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		<title>Caso 129: zoofilia erótica, fetichismo</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Mar 2011 14:16:12 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Zoofilia erótica, fetichismo. Señor N. N., 21 años, procede de familia con antecedentes neuropáticos y es él mismo de constitución neuropática. Ya de niño sentía la necesidad de realizar esta o aquella acción por miedo a que, de no hacerlo, le sucediera alguna desgracia. Era buen estudiante, nunca estuvo enfermo de consideración, sentía ya de niño predilección por los animales domésticos, sobre todo por los perros y los gatos, porque cuando los acariciaba experimentaba una sensación de excitación libidinosa. Durante años se dio con perfecta inocencia a este juego con los animales que le proporcionaba tan agradable excitación. Al llegar a la pubertad se dio cuenta de que aquello era inmoral y se obligó a sí mismo a dejarlo. Lo logró, pero a partir de entonces esas situaciones se le presentaban en sueños y no tardaron en ir acompañadas de poluciones. Esto empujó al muchacho, sexualmente excitable, al onanismo. Asegura haberse aliviado al principio manualmente y que al hacerlo se presentaba con regularidad el pensamiento de acariciar animales y hacerles cariños. Al cabo de un tiempo llegó al onanismo psíquico al representarse situaciones de este tipo y lograr así el orgasmo y la eyaculación. Esto le provocó una neurastenia.</p>
<p>Asegura no haber tenido nunca pensamientos de bestialismo, que el sexus bestiarum le resultaba perfectamente indiferente tanto en la fantasía como en la realidad y que nunca había pensado en ello.</p>
<p>Afirma no haber tenido tampoco nunca sentimientos homosexuales sino heterosexuales, pero que por falta de libido (¡ex masturbatione et neurasthenia!) y por miedo a contagios, a fecha de hoy, nunca ha consumado el coito. De entre las mujeres solo se siente atraído por las de apariencia esbelta y movimientos nobles.</p>
<p>El paciente presenta los típicos síntomas de neurastenia cerebroespinal. Es de constitución delicada y anémico. Tiene gran interés en averiguar si es potente y, en su caso, en llegar a serlo, lo que elevaría considerablemente su sentimiento de dignidad, que anda por los suelos.</p>
<p>Se le dan consejos relativos a los daños derivados del onanismo psíquico, la superación de la neurastenia y el fortalecimiento de los centros sexuales, así como a la satisfacción de la vita sexualis por medios normales tan pronto como se tengan perspectivas de éxito y resulte posible.</p>
<p>Epicrisis. No se trata de bestialismo sino de fetichismo. Probablemente, las caricias a animales domésticos (con un despertar anormalmente temprano de la vita sexualis) se vieron acompañadas de una primera excitación sexual, que pudo ser provocada por sensaciones táctiles, con lo que se establecería entre ambos hechos una asociación que se asentaría como resultado de la repetición. (Zeitschrift für Psychiatrie, vol. 50).</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/" target="_blank">Psychopathia sexualis</a>, <a title="Caso 129: zoofilia erótica, fetichismo" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-129-zoofilia-erotica-fetichismo/">caso 129: zoofilia erótica, fetichismo</a>] </p>
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		<title>Caso 128: fetichismo de rosas</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Mar 2011 19:17:39 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[B., 30 años, al parecer sin taras, con una personalidad delicada y sensible, amante de las flores de toda la vida, hasta el punto de llegar a besarlas, pero sin que hubiera en ello relación o excitación sexual alguna, más bien natura frigida, sin haberse dado anteriormente al onanismo, y posteriormente tan solo de forma [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>B., 30 años, al parecer sin taras, con una personalidad delicada y sensible, amante de las flores de toda la vida, hasta el punto de llegar a besarlas, pero sin que hubiera en ello relación o excitación sexual alguna, más bien natura frigida, sin haberse dado anteriormente al onanismo, y posteriormente tan solo de forma muy episódica, conoció con 21 años a una joven dama que se había prendido unas cuantas rosas de gran tamaño a la chaqueta. Desde entonces, la rosa desempeña un importante papel en sus sentimientos sexuales. Siempre que podía se compraba rosas y las besaba. Haciendo esto llegaba incluso a la erección. Se las llevaba también a la cama, aunque sin ponerlas en contacto con sus genitales. Sus poluciones iban acompañadas desde entonces de sueños en los que aparecían rosas. Mientras soñaba con el aroma de una rosa y se le presentaba una de estas en todo su esplendor, se producía la eyaculación.</p>
<p>B. se prometió en secreto con la dama de las rosas, pero la relación, que no pasó nunca de lo platónico, se fue enfriando. Tras romper su compromiso desapareció el fetichismo de rosas repentina y definitivamente, incluso cuando B., que pasó una temporada enfermo de melancolía, se volvió a prometer. (A. Moll, Zentralblatt f. d. Krankheiten der Harn- und Sexualorgane, V. 3).</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/" target="_blank">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 128: fetichismo de rosas" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-128-fetichismo-de-rosas/" target="_blank">caso 128: fetichismo de rosas</a>] </p>
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		<title>Caso 127: fetichismo de guantes de cuero</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Feb 2011 18:52:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Señor Z., 33 años, industrial, de Estados Unidos, desde hace 8 años vive en un matrimonio feliz, bendecido con hijos, me consultó debido a un extraordinario fetichismo de guantes que dice atormentarle, que le hace despreciarse a sí mismo y que podría terminar por arrastrarle a la desesperación y la locura. Z. es, al parecer, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Señor Z., 33 años, industrial, de Estados Unidos, desde hace 8 años vive en un matrimonio feliz, bendecido con hijos, me consultó debido a un extraordinario fetichismo de guantes que dice atormentarle, que le hace despreciarse a sí mismo y que podría terminar por arrastrarle a la desesperación y la locura.</p>
<p>Z. es, al parecer, un hombre procedente de una familia perfectamente sana, pero desde su niñez es neuropático e irritable. Se describe a sí mismo como persona de natural sensual, mientras que afirma que su mujer es más bien una “natura frigida”.</p>
<p>Z. cayó con unos 9 años en la masturbación inducido por sus camaradas. Encontró en ella gran placer y se dio a ella apasionadamente.</p>
<p>Un día, hallándose en un estado de excitación libidinosa, encontró un saquito de gamuza. Se lo puso en el miembro y sintió al hacerlo una sensación enormemente agradable. Empezó a utilizarlo a partir de entonces para sus manipulaciones onanistas, se lo ponía también en el escroto y lo llevaba consigo día y noche.</p>
<p>A partir de entonces se despertó en él un gran interés por el cuero en general, pero sobre todo por los guantes de cabritilla.</p>
<p>Desde la pubertad eran ya solamente guantes de cuero de señora, pero estos le producían una sensación fascinante, le provocaban la erección y cuando podía tocar su pene con ellos, sobrevenía incluso la eyaculación.</p>
<p>Los guantes de caballero carecían de todo atractivo para él, aunque le gustaba llevarlos él mismo.</p>
<p>Lo único que le interesaba de la mujer a partir de entonces eran los guantes. Estos se convirtieron en su fetiche; tenían que ser de cabritilla y lo más largos posible, con muchos botones, pero sobre todo le interesaban cuando estaban sucios, brillantes de grasa, con manchas de sudor en la punta de los dedos. Las mujeres provistas de ellos, aunque fueran feas y viejas, no carecían para él de un cierto atractivo. Las damas con guantes de tela o de seda le dejaban perfectamente indiferente. Desde la pubertad estaba acostumbrado a mirarles a las mujeres lo primero las manos. Por lo demás, las mujeres le eran perfectamente indiferentes.</p>
<p>Si se le presentaba la ocasión de darle la mano a una mujer con guantes de cabritilla, la sensación del cuero “cálido y blando” le hacía llegar a la erección y al orgasmo.</p>
<p>Si lograba hacerse con un guante de señora de este tipo, se metía con él en el retrete, se introducía en él los genitales, se lo quitaba después y se masturbaba.</p>
<p>Más tarde, en el lupanar, llevaba unos guantes consigo, le pedía a la puella que se los pusiera y se excitaba tanto con esto que muchas veces llegaba ya con ello a la eyaculación.</p>
<p>Z. se convirtió en coleccionista de guantes de cabritilla de señora. Siempre tenía cientos de pares escondidos aquí y alla. En sus ratos de ocio los contaba y los admiraba “como un avaro con sus monedas de oro”, se los echaba sobre los genitales, enterraba su rostro en montones de guantes, se ponía a continuación uno en la mano y se masturbaba, con lo que sentía más placer que con el coito.</p>
<p>Se hacía fundas para el pene, suspensorios, sobre todo de cuero negro y blando, y los llevaba durante días. Además colgaba guantes de señora de un braguero de tal modo que cubrían sus genitales como una especie de delantal.</p>
<p>Tras casarse, su fetichismo de guantes se agravó si cabe. Por lo general, solo era potente si durante el acto conyugal yacían junto a su cabeza dos guantes de su mujer de tal forma que pudiera besarlos.</p>
<p>Su mujer le dio una gran alegría cuando se dejó convencer para ponerse guantes durante el coito y tocar previamente los genitales de su marido con ellos.</p>
<p>No obstante, Z. se sentía tremendamente desdichado con su fetichismo y hacía frecuentes (aunque siempre vanos) esfuerzos para sacudirse el “hechizo de los guantes”.</p>
<p>Si se encontraba la palabra “guante” o la imagen de uno de estos en novelas, revistas de moda, periódicos, etc., esto le producía siempre una impresión fascinante. En el teatro, su mirada se quedaba clavada en las manos de las actrices. No había forma de apartarle de los escaparates de las guanterías.</p>
<p>A menudo se veía empujado a decorar guantes largos con lana o semejantes, de modo que pareciesen brazos vestidos. Practicaba entonces tritus membri inter brachia talia artificialia hasta alcanzar su objetivo.</p>
<p>Entre sus hábitos se cuenta el llevar consigo guantes de cabritilla de señora, ponérselos por las noches en los genitales hasta sentir su pene como un gran Príapo de cuero entre las piernas.</p>
<p>En grandes ciudades compra en las lavanderías de guantes pares de señora que se quedan sin recoger, guantes que se han quedado sin dueño, sobre todo si están bien sucios y gastados. El por lo demás intachable Z. reconoce haber sucumbido en dos ocasiones al deseo de robarlos. Entre las apreturas de la gente, es incapaz de resistirse a rozar las manos de las damas; en su despacho aprovecha cualquier oportunidad de darles la mano a las damas para sentir por un momento el cuero “cálido y blando”. A su mujer le pide que siempre que sea posible lleve guantes de cabritilla o gamuza. También la provee en abundancia de tales géneros.</p>
<p>Z. tiene siempre en su despacho guantes de señora. No pasa hora sin que los toque y acaricie. Cuando está especialmente excitado sensualmente, se mete uno en la boca y lo mastica.</p>
<p>Otras prendas de vestir femeninas y otras partes del cuerpo de la mujer que no sean la mano carecen de todo atractivo para él. Z. está a menudo muy deprimido a causa de su anomalía. Se avergüenza ante los ojos inocentes de sus hijos y ruega a Dios que nunca sean como su padre.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/" target="_blank">Psychopathia sexualis</a>, <a title="Caso 127: fetichismo de guantes de cuero" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-127-fetichismo-de-guantes-de-cuero/">caso 127: fetichismo de guantes de cuero</a>] </p>
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		<title>Caso 126: fetichismo de seda</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Feb 2011 19:39:23 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El 22 de septiembre de 1881 se detuvo a V. en una calle de París por andar merodeando alrededor de damas con vestidos de seda de una forma que dio pie a que se le tomara por un ladrón. Al principio estaba completamente anonadado y solo llegó a confesar su “manía” poco a poco y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El 22 de septiembre de 1881 se detuvo a V. en una calle de París por andar merodeando alrededor de damas con vestidos de seda de una forma que dio pie a que se le tomara por un ladrón. Al principio estaba completamente anonadado y solo llegó a confesar su “manía” poco a poco y por rodeos. Trabaja de dependiente en una librería, tiene 29 años, desciende de padre bebedor y de madre de religiosidad exacerbada y caracterológicamente anormal. Esta quería que fuera eclesiástico. Desde su primera juventud siente el impulso, que él considera instintivo e innato, de tocar seda. Con 12 años cantaba en un coro, lo que le le daba ocasión de llevar un echarpe de seda que no se cansaba de tocar. La sensación que recibía al hacerlo le resulta indescriptible. Algo después conoció a una niña de 10 años por la que sentía una atracción pueril. Pero cuando la niña se presentó un domingo con un traje de fiesta de seda, él experimentó un sentimiento completamente diferente. No le quedó más remedio que darle un efusivo abrazo y aprovechar para tocar el vestido. Más tarde, su placer consistía en observar y tocar los soberbios trajes de seda que había en la tienda de una sombrerera. Si le daban trocitos de tejido de seda, se apresuraba a ponérselos sobre la piel desnuda, lo que le provocaba acto seguido erección, orgasmo y a menudo incluso eyaculación. Estos apetitos le llenaron de inquietud y le hicieron dudar de su futura carrera como religioso, por lo que abandonó el seminario. Padecía por aquel entonces una severa neurastenia provocada por la masturbación. Seguía bajo el dominio de su fetichismo de seda. Una mujer solo estaba provista de atractivo para él si llevaba un vestido de seda.</p>
<p>Al parecer, ya en los sueños de su niñez aparecían damas con vestidos de seda que desempeñaban un papel principal y más tarde estos sueños se vieron acompañados de poluciones. Debido a su timidez, no fue hasta más tarde cuando tuvo su primera cohabitación. Esta solo fue posible con una mujer con vestido de seda. Prefería tocar entre la multitud a señoras con vestido de seda y al hacerlo llegaba a la eyaculación entre un potente orgasmo y un intenso placer libidinoso. Su mayor dicha consistía en ponerse una combinación de seda por la noche antes de irse a la cama. Esto le producía más placer que la más hermosa de las mujeres.</p>
<p>El forense constató en su informe que V. era una persona aquejada de graves taras que se daba a un placer enfermizo bajo un impulso compulsivo de tipo morboso. Quedó absuelto.</p>
<p>(Dr. Garnier, Annales d’hygiène publique, 3e série, XXIX, 5).</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/" target="_blank">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 126: fetichismo de seda" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-126-fetichismo-de-seda/">caso 126: fetichismo de seda</a>] </p>
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		<title>Caso 125: fetichismo de material</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Feb 2011 13:23:16 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[En julio de 1891 Alfred Bachmann, oficial cerrajero de 25 años, compareció en Berlín ante la segunda cámara vacacional de la Audiencia Provincial I. En abril de ese mismo año, la policía había recibido diversas denuncias según las cuales, una mano malvada se dedicaba a rasgarles la ropa a las damas con un instrumento afiladísimo. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En julio de 1891 Alfred Bachmann, oficial cerrajero de 25 años, compareció en Berlín ante la segunda cámara vacacional de la Audiencia Provincial I. En abril de ese mismo año, la policía había recibido diversas denuncias según las cuales, una mano malvada se dedicaba a rasgarles la ropa a las damas con un instrumento afiladísimo. El 25 de abril por la tarde se logró identificar al vándalo en cuestión en la persona del acusado. Un agente de la brigada de investigación criminal se percató de cómo el acusado se arrimaba de manera llamativa a una dama que atravesaba una galería comercial en compañía de una caballero. El funcionario le rogó a la señora que inspeccionara su vestido mientras él sujetaba al sospechoso. Quedó de manifiesto que el vestido había recibido un corte de considerable longitud. El acusado fue conducido a comisaría, donde se practicaron las correspondientes diligencias. Además de un cuchillo afilado que reconoció haber utilizado para rajar los vestidos, se le encontraron dos cintas de seda como las que suelen usar las damas como adorno en sus vestidos; el acusado confesó, asimismo, haberlos cortado de los vestidos entre las prisas. Finalmente, el registro sacó a la luz un fular de seda de señora. El acusado aseguraba habérselo encontrado. Como no se pudo refutar su afirmación en este caso, solo se le acusó aquí de apropiación indebida de un objeto hallado, mientras que sus restantes actuaciones fueron calificadas en dos de los casos en que se había interpuesto denuncia por parte de las interesadas como daños materiales; y en otros dos, como hurto. El acusado, que ya había recibido varias condenas con anterioridad, ofreció ante el juez, con rostro pálido e inexpresivo, una inusitada explicación de su enigmático proceder. Contó que la cocinera de un comandante le había tirado escaleras abajo una vez que fue a pedir limosna y que desde entonces había concebido un odio visceral hacia todo el género femenino. Surgieron dudas sobre la plenitud de uso de sus facultades mentales y se le sometió por ello al examen de un médico de distrito. El experto dictaminó que no había motivo alguno para considerar mentalmente enfermo al acusado (por otra parte, de escasa inteligencia). Este último se defendió de extraña manera. Explicó que un impulso irrefrenable le obligaba a acercarse a las damas que llevaban vestidos de seda. El tacto de un tejido de seda —afirmaba— constituía para él una sensación placentera, hasta el punto de haberse excitado hallándose en prisión preventiva al caer en sus manos un hilo de seda mientras estaba deshilachando lana. El fiscal Müller II consideró simplemente que el acusado era un peligro social, un ser malvado al que se debía neutralizar por una buena temporada. Solicitó que se le condenara a un año de prisión. El tribunal le condenó a seis meses de prisión y un año de suspensión de derechos civiles.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/" target="_blank">Psychopathia sexualis</a>, <a title="Caso 125: fetichismo de material" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-125-fetichismo-de-material/">Caso 125: fetichismo de material</a>] </p>
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		<title>Caso 124: fetichismo de terciopelo</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Feb 2011 11:41:16 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[C. es un gran amante del terciopelo. C. se siente atraído por las mujeres hermosas de manera normal, pero lo que le excita sobremanera es encontrar a la persona con la que mantiene relaciones sexuales vestida de terciopelo. Resulta aquí especialmente llamativo que no es tanto la visión del terciopelo como su tacto lo que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>C. es un gran amante del terciopelo. C. se siente atraído por las mujeres hermosas de manera normal, pero lo que le excita sobremanera es encontrar a la persona con la que mantiene relaciones sexuales vestida de terciopelo. Resulta aquí especialmente llamativo que no es tanto la visión del terciopelo como su tacto lo que provoca la excitación. C. me explicó que acariciar la chaqueta de terciopelo de una persona de sexo femenino le produce una excitación que difícilmente podría alcanzar de otra manera (Dr. Moll op. cit., p. 127).</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/" target="_blank">Psychopathia sexualis</a>, <a title="Caso 124: fetichismo de terciopelo" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-124-fetichismo-de-terciopelo/">Caso 124: fetichismo de terciopelo</a>] </p>
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		<title>Caso 123: fetichismo de pieles</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Feb 2011 11:25:56 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Un muchacho de 12 años sintió una poderosa excitación sexual al cubrirse casualmente con un abrigo de piel de zorra. A partir de ese momento, masturbación con recurso a pieles o llevándose a la cama a un perrillo peludo, produciéndose eyaculación, en ocasiones seguida de un ataque de histeria. Sus poluciones nocturnas venían ocasionadas por [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un muchacho de 12 años sintió una poderosa excitación sexual al cubrirse casualmente con un abrigo de piel de zorra. A partir de ese momento, masturbación con recurso a pieles o llevándose a la cama a un perrillo peludo, produciéndose eyaculación, en ocasiones seguida de un ataque de histeria. Sus poluciones nocturnas venían ocasionadas por sueños en los que yacía desnudo sobre unas pieles mullidas y quedaba completamente envuelto en estas. Era perfectamente indiferente a los encantos de hombres y mujeres.</p>
<p>Se volvió neurasténico, padecía delirio de observación, le parecía que todo el mundo se daba cuenta de su anomalía sexual, tenía por ello taedium vitae y finalmente desarrolló demencia.</p>
<p>Presentaba considerables taras, con genitales de constitución irregular y otros signos de degeneración anatómica (Tarnowsky op. cit., p. 22).</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/" target="_blank">Psychopathia sexualis</a>, <a title="Caso 123: fetichismo de pieles" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-123-fetichismo-de-pieles/">Caso 123: fetichismo de pieles</a>] </p>
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		<title>Caso 122: fetichismo de pieles y terciopelo</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Jan 2011 13:01:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
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		<description><![CDATA[N. N., 37 años, procedente de familia neuropática, él mismo de constitución neuropática, ofrece el siguiente testimonio: Desde la primera juventud se halla hondamente arraigada en mí la fascinación por las pieles y el terciopelo. Quiero decir con esto que estos materiales me producen una excitación sexual, que su visión y su tacto me proporcionan [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>N. N., 37 años, procedente de familia neuropática, él mismo de constitución neuropática, ofrece el siguiente testimonio:</p>
<p>Desde la primera juventud se halla hondamente arraigada en mí la fascinación por las pieles y el terciopelo. Quiero decir con esto que estos materiales me producen una excitación sexual, que su visión y su tacto me proporcionan un placer libidinoso. No soy capaz de recordar acontecimiento alguno que haya podido dar pie a esta extraña inclinación (por ejemplo, la coincidencia en el tiempo de los primeros sentimientos sexuales con impresiones de estos materiales, o una primera excitación ocasionada por una mujer así vestida), como tampoco soy capaz de recordar el momento en que comenzó tal fascinación. No quiero con esto excluir categóricamente la posibilidad de un acontecimiento tal, es decir, de una conexión fortuita en la primera impresión y, con ello, de una asociación basada en este hecho; pero considero bastante inverosímil que algo así llegara a producirse, pues me parece que un hecho tal hubiera dejado en mí una profunda impresión.</p>
<p>Solo sé que ya siendo un niño de corta edad sentía el afán de ver y acariciar pieles y que al hacerlo experimentaba una oscura sensación de índole libidinosa. En el momento en que surgieron las primeras fantasías sexuales concretas, es decir, en que las ideas sexuales se dirigieron a la mujer, ya estaba presente esta predilección por las que iban vestidas precisamente con estos materiales. Y así se ha mantenido desde entonces hasta mi madurez viril. Una mujer vestida con pieles o terciopelo, o con lo uno y lo otro, me excita con mayor presteza e intensidad que la que se halla desprovista de tales adornos. No es que los materiales mencionados sean condición sine qua non para que me excite; el deseo se manifiesta también en su ausencia siempre que se den los estímulos ordinarios, pero la contemplación y, sobre todo, el tacto de estos fetiches potencia en mí en gran medida otros estímulos normales e intensifica el goce erótico. A menudo, la mera visión de una mujer no excesivamente bella, pero vestida con estos materiales, me produce una intensa excitación de arrebatador efecto. Me basta con ver mi fetiche para experimentar un placer que se acentúa con el contacto. (Sin embargo, el penetrante aroma de las pieles me resulta indiferente a tal efecto o, más bien, desagradable, y únicamente me resulta soportable por la asociación con sensaciones visuales y táctiles agradables). Deseo vivamente palpar estos materiales sobre el cuerpo de una mujer, acariciarlos, besarlos, enterrar en ellos mi rostro. El máximo placer consiste para mí en ver y tocar mi fetiche inter actum sobre los hombros de una mujer.</p>
<p>Basta para provocar en mí el efecto descrito, o bien con las pieles, o bien con el terciopelo, aunque resulta más potente con las primeras. Pero lo que tiene más efecto es la combinación de lo uno y lo otro. También me excitan sexualmente las prendas femeninas de piel y de terciopelo en sí mismas cuando las veo o las toco sin su portadora, o incluso — aunque en menor medida— las pieles convertidas en tapetes, sin que formen parte de la vestimenta femenina, así como el terciopelo y la felpa en muebles y cortinajes. Las meras imágenes de prendas de piel y de terciopelo constituyen ya para mí objeto de interés erótico, y hasta la mera palabra “piel” se me presenta dotada de propiedades mágicas y despierta inmediatamente mis fantasías eróticas.</p>
<p>Las pieles son hasta tal punto objeto de interés sexual para mí que si un hombre se viste unas pieles del tipo adecuado (véase más abajo) produce en mí una impresión harto desagradable, molesta y escandalosa, como la que provocaría en cualquier persona normal el verle con traje y actitudes de bailarina de ballet. De manera paredcide me repugna, por despertar sensaciones contrapuestas, la visión de una vieja o mujer fea ataviada con bellas pieles.</p>
<p>Esta complacencia erótica en las pieles y el terciopelo es completamente diferente del mero gusto estético. Poseo un sentido muy fino para la hermosura de las prendas femeninas, con marcada predilección por los encajes. Dicho sentido, no obstante, es de índole puramente estética. Una mujer resulta más bella con prendas de encaje (o, en general, vestida con elegancia y bien adornada), pero la que va ataviada con los materiales que constituyen mi fetiche sobrepuja a cualquier otra de comparables circunstancias.</p>
<p>Pero las pieles únicamente ejercen sobre mí el efecto descrito cuando el pelo es tupido, fino, liso, tieso y más bien largo. El efecto depende de estas características, como he podido constatar sin lugar a dudas. Me dejan perfectamente indiferente no solo las pieles de pelo basto, hirsuto, que se suelen considerar vulgares, sino también, entre las que se tienen por hermosas y nobles, las de pelo ralo (foca, castor) o las que lo tienen corto por naturaleza (armiño), o las que lo tienen muy largo y caído (mono, oso). El efecto específico solo lo produce el pelo tieso de marta común o cibelina, mofeta y similares. El terciopelo, por su parte, está también formado de un pelo (una fibra) tupido y derecho, lo que podría explicar que tenga el mismo efecto. El efecto parece depender de una impresión muy específica producida por las puntas de un pelo fino y tupido sobre las terminaciones de los nervios sensibles.</p>
<p>Es para mí un enigma cómo esta particular impresión en los nervios del tacto puede estar conectada con la vida sexual. El hecho es que esto mismo se da en muchas personas. He de recalcar expresamente que me gusta que una mujer tenga hermosos cabellos, pero que estos no desempeñan para mí un papel más importante que el que pueda tener cualquier otro atractivo, y que el tacto de las pieles no evoca en mí la idea del pelo de mujer. (La sensación táctil carece en sí de la más mínima semejanza). De hecho, es que no se presenta ninguna otra fantasía en ese momento. Son las pieles en sí y por sí lo que despierta mi sensualidad; el porqué me resulta inexplicable.</p>
<p>El efecto meramente estético, la belleza de unas pieles exquisitas, algo a lo que todo el mundo es más o menos sensible, que ha sido empleado por innumerables pintores como envoltorio y marco de la belleza femenina desde la Fornarina de Rafael a la Helene Fourment de Rubens, y que tan destacado papel tiene en la moda, en el arte y ciencia del vestido femenino, este efecto estético, digo, no explica nada aquí, como ya he dicho arriba. El mismo efecto estético que ejercen sobre las personas normales unas pieles hermosas lo producen en mí, como en cualquiera, las flores, los lazos, las piedras preciosas y el resto de adornos. Tales objetos, empleados con habilidad, realzan la belleza femenina y pueden por ello, en determinadas circunstancias, provocar un efecto sensual indirecto; pero nunca producen en mí un efecto sensual directo y potente como los mencionados materiales fetiches.</p>
<p>Ahora bien, aunque en mi caso y en el de todos los “fetichistas”, se han de separar claramente el efecto sensual y el estético, eso no obsta para que yo plantee toda una serie de exigencias estéticas a mi fetiche por lo que respecta a su forma, hechura, color, etc. Podría extenderme aquí ampliamente sobre las exigencias que vienen impuestas por mi gusto, pero no entraré en ello por cuanto rebasa los verdaderos límites de la cuestión. Simplemente deseo llamar la atención sobre el hecho de que el fetichismo erótico se complica además con preferencias puramente estéticas.</p>
<p>Igual que el efecto erótico específico que producen los materiales de mi fetiche no es explicable a través de su impresión estética, tampoco lo es por la asociación en la fantasía con el cuerpo de su portadora. En primer lugar, estos materiales ejercen su efecto sobre mí, como he dicho, también cuando aparecen perfectamente aislados del cuerpo, como meras materias; y en segundo lugar, prendas más íntimas (un corsé, una camisa), que sin duda despiertan asociaciones, tienen un efecto mucho más tenue. Los materiales de mi fetiche están dotados, por tanto, para mí de valor sensual independiente. El porqué constituye un enigma para mí mismo.</p>
<p>El mismo efecto erótico, de fetiche, que las pieles y el terciopelo me lo producen las plumas de los sombreros de señora, de los abanicos, etc. (se trata de una sensación táctil semejante: un cierto jugueteo, un particular cosquilleo). Por último, el efecto fetichista se da también aunque en grado muy débil, con tejidos suaves, como raso o seda, mientras que los que son ásperos, como paño basto o franela, me resultan desagradables.</p>
<p>Deseo mencionar por último que en algún lugar he leído un estudio de Karl Vogt sobre las personas microcefálicas según el cual uno de estos seres, al ver unas pieles, se lanzó sobre ellas y se puso a acariciarlas entre notables muestras de placer. Estoy lejos de ver por ello seriamente en el ampliamente extendido fetichismo de pieles una vuelta atávica a los gustos de los ancestros cubiertos de pieles del género humano. Aquel hombre afectado de cretinismo ejecutaba simplemente con la desenvoltura que le es propia un tacto que no tenía que ser por fuerza de naturaleza sexual-sensual, igual que a muchas personas normales les gusta acariciar a un gato o algo parecido, o incluso terciopelo y pieles sin que por ello experimenten precisamente una excitación sexual.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/" target="_blank">Psychopathia sexualis</a>, <a title="Caso 122: fetichismo de pieles y terciopelo" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-122-fetichismo-de-pieles-y-terciopelo/">Caso 122: fetichismo de pieles y terciopelo</a>] </p>
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		<title>Caso 120: fetichismo de gorro de dormir</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Jan 2011 08:38:47 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[L., 37 años, dependiente, de familia con fuertes taras, experimentó con cinco años su primera erección al ver a su compañero de habitación, un pariente mayor, ponerse un gorro de dormir. El mismo efecto se produjo más tarde al ver a la vieja criada de la casa ponerse su gorro de dormir. Desde entonces bastaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>L., 37 años, dependiente, de familia con fuertes taras, experimentó con cinco años su primera erección al ver a su compañero de habitación, un pariente mayor, ponerse un gorro de dormir. El mismo efecto se produjo más tarde al ver a la vieja criada de la casa ponerse su gorro de dormir. Desde entonces bastaba para que se presentara la erección con la mera representación de una cabeza de mujer vieja y fea tocada con un gorro de dormir. La mera contemplación del gorro o de la figura de una mujer desnuda o de un hombre desnudo le dejaban indiferente, pero el contacto con un gorro de noche le provocaba una erección y a veces incluso la eyaculación. L. no se masturbaba; y hasta los 32 años, cuando se casó con una hermosa muchacha a la que amaba, nunca había mantenido actividad sexual.</p>
<p>En la noche de bodas no se excitó hasta que, para salvarse del apuro, recurrió al recuerdo de la cabeza de mujer vieja y fea con el gorro de dormir. Inmediatamente se consumó el coito.</p>
<p>A partir de entonces tuvo que seguir sirviéndose de este medio. Desde la niñez tenía episodios transitorios de profunda melancolía con impulsos suicidas; de vez en cuando, también espantosas alucinaciones nocturnas. Si se asomaba a una ventana, se veía acometido de mareos y ansiedad. Se trataba de una criatura torpe, rara, solitaria y con mala disposición espiritual (Charcot y Magnan, Arch. der Neurol. 1882, n.º 12).</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/" target="_blank">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 120: fetichismo de gorro de dormir" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-120-fetichismo-de-gorro-de-dormir/">caso 120: fetichismo de gorro de dormir</a>] </p>
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		<title>Caso 119: fetichismo de zapatos</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Jan 2011 09:43:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Fetichismo de zapatos. Se trata aquí de una persona que fue caracterizada por Kurella en su “Naturgeschichte des Verbrechers” (“Historia natural del delicuente”), p. 213, como estafador que simula una interesante enfermedad nerviosa para vivir del engaño. El autor, sin embargo, llegó a otra conclusión. O., nacido en 1865, fue estudiante de teología, acabó en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Fetichismo de zapatos. Se trata aquí de una persona que fue caracterizada por Kurella en su “Naturgeschichte des Verbrechers” (“Historia natural del delicuente”), p. 213, como estafador que simula una interesante enfermedad nerviosa para vivir del engaño. El autor, sin embargo, llegó a otra conclusión.</p>
<p>O., nacido en 1865, fue estudiante de teología, acabó en los tribunales por fraude y mendicidad, procede de familia con fuertes taras, afectado de fetichismo de zapatos, desde aproximadamente los 21 años de edad presenta episodios en los que se ve acometido por un impulso irresistible de desaparecer para dedicarse a soñar y a beber, aun a riesgo de perder los bienes y perspectivas más preciadas de su vida. Incluso siendo soldado cayó en falta por desaparición, ofreció una verdadera deambulatio propia de un degenerado y constituía un enigma para sus superiores, puesto que presentaba también intervalos de comportamiento modélico.</p>
<p>Finalmente fue sometido a exploración por médicos militares que emitieron informe en el sentido de que O. padecía “demencia periódica” de índole congénita. El “criminal nato” fue por ello expulsado del servicio militar por inútil. Se fue hundiendo cada vez más a partir de aquello, se convirtió en vagabundo, andaba de acá para allá cometiendo fraudes, estuvo también repetidas veces en diversos manicomios.</p>
<p>La exploración del autor dio como resultado un alto grado de asimetría en la constitución del cráneo, mayor longitud del pie derecho que la del izquierdo, etc.</p>
<p>Según O., su fetichismo de zapato se remonta a su octavo año de vida. Por aquel entonces, solía arrojar objetos al suelo en la escuela para acercarse a los pies de la maestra. Explica de manera verosímil que episódicamente era la imagen de un zapato femenino lo que le obligaba a huir al presentársele de forma tremendamente poderosa, creándole malestar.</p>
<p>Afirma que es fundamentalmente este aciago impulso el que le empujaba al vagabundeo. En cuanto a sus acciones delictivas, se considera responsable a sí mismo.</p>
<p>El autor constató positivamente la presencia de fetichismo de zapatos poniendo a prueba a O. de una manera ingeniosa. Kurella consideró sin más que este fetichismo de zapatos era fingido y, siguiendo el modelo de quienes recientemente se han venido mostrando críticos con los avances en el ámbito de las perversiones de la vida sexual, consideró que el supuesto fenómeno se había construido probablemente a partir de la lectura de la “Psychopathia sexualis”.</p>
<p>El autor se tomó la molestia de comprobar que O. no había leído nunca este libro. Las ulteriores consideraciones acerca de los motivos que llevaron a Kurella a emitir un diagnóstico erróneo se pueden consultar en el original.</p>
<p>El proceso seguido por el autor se corresponde con las experiencias de la ciencia y se basa en taras congénitas, malformación craneal y otros signos degenerativos, perversio sexualis con manifestaciones periódicas de un estado de excepción psíquico, durante el cual el impulso perverso se torna temporalmente irresistible y adopta la forma de ideas y acciones compulsivas.</p>
<p>Pero tampoco en los restantes intervalos puede responsabilizarse a O. de sus acciones delictivas, dado que presenta, como manifestación concomitante de su constitución psicopática degenerativa, trastornos nerviosos y otras anomalías psíquicas en forma de defectos morales, etc.</p>
<p>O. sufre un trastorno psíquico degenerativo de índole hereditaria y ha de ser considerado como un peligro para la sociedad (Alzheimer, Arch. f. Psychiat. XXIVII, 2).</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/" target="_blank">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 119: fetichismo de zapatos" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-119-fetichismo-de-zapatos/">caso 119: fetichismo de zapatos</a>] </p>
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