Caso 76: fetichismo de pies y zapatos

(Dr. Pascal, Igiene dell’amore.) X., comerciante, de cuando en cuando, sobre todo cuando hacía mal tiempo, le acometía el siguiente deseo: se ponía al habla con una prostituta cualquiera y le pedía que le acompañara a una zapatería, donde le compraba el par de botines de charol más hermoso que hubiera, con la condición de que se los calzara inmediatamente. Tras esto, la mencionada tenía que pisar cuantos excrementos y charcos encontrara por la calle para ensuciar las botas lo más posible. Una vez hecho esto, X. llevaba a esa persona a un hotel. Apenas entraban a la habitación, se arrojaba a sus pies y experimentaba un placer extraordinario restregando los labios por ellos. Una vez limpias las botas por tal procedimiento, entregaba un dinero y seguía su camino.

[Psychopathia sexualis, caso 76]

Caso 75: fetichismo de pies y zapatos

X., 34 años, casado, de padres neuropáticos, de niño sufrió severas convulsiones, sorprendente precocidad intelectual (¡sabía leer ya con 3 años!), pero con un desarrollo desequilibrado, nervioso desde la infancia, con 7 años empieza a sentir la necesidad de manejar zapatos de mujer o los clavos de estos. La visión o, más aún, el tacto de los clavos, el contarlos, le proporcionaba un indescriptible placer.

Por las noches se imaginaba que sus primas iban a tomarse las medidas para los zapatos y que él fabricaba las herraduras para estos o cortaba el material.

Con el tiempo empezaron a acometerle las escenas de zapatos también durante el día, y sin que él lo buscara le provocaban erección y eyaculación. A menudo tomaba zapatos de mujeres de la casa y con tocarlos con el pene ya tenía una eyaculación. Durante un tiempo, en su época de estudiante, consiguió dominar estas ideas y deseos. Luego vino una etapa en que se dedicaba a escuchar los pasos de las mujeres por la calle, con lo que se estremecía de placer, igual que cuando veía poner clavos en las suelas de los zapatos de señora o contemplaba los zapatos en los escaparates.

Se casó y durante los primeros meses de matrimonio estuvo libre de estos impulsos. Poco a poco se fue volviendo histeropático y neurasténico.

En ese estadio bastaba para que le entraran ataques de histeria con que el zapatero le hablara de clavos en zapatos de señora o de clavar las suelas de los zapatos de señora. Mayor aún era la reacción cuando veía a una bella dama que llevaba zapatos con muchos clavos. Para llegar a la eyaculación le bastaba con recortar suelas de zapatos de señora en un cartón y clavetearlas. También compraba zapatos de señora y pedía que les pusieran clavos en la tienda. Arañaba el suelo con ellos en casa y tocaba finalmente con ellos la punta de su pene. Pero también se presentaban espontáneamente situaciones libidinosas con zapatos en las que se satisfacía mediante la masturbación.

X. es por lo demás inteligente, aplicado en su oficio, pero lucha en vano contra sus deseos perversos. Presenta fimosis; pene corto, de paredes convexas, sin ser plenamente capaz de erección. Un día el paciente se puso a masturbarse ante una zapatería al ver una suela de zapato de señora claveteada y fue condenado por ello (Blanche, Archives de Neurologie, 1882, Nr. 22).

[Psychopathia sexualis, caso 75]

Caso 74: fetichismo de pies y zapatos

Hombre joven, fuerte, 26 años. No encuentra en el bello sexo atractivo sensual alguno que sea comparable con una elegante bota en el pie de una hermosa dama, sobre todo si es de cuero negro y está provista de tacones altos. Le basta con la bota sin la dueña. Le produce el máximo placer mirarla, tocarla, besarla. El pie de una dama desnudo o simplemente con una media le deja perfectamente frío. Desde la niñez siente debilidad por las botas de señora elegantes.

X. es potente; durante el acto sexual, la persona tiene que estar vestida elegantemente y, sobre todo, llevar botas elegantes. En la cumbre del abandono sexual se unen pensamientos crueles a la admiración de las botas. No puede evitar pensar con placer en la agonía del animal del que ha salido el cuero para las botas. A veces no le queda más remedio que llevarle a su Friné gallinas y otros animales vivos para que esta los pise con sus elegantes botas, a fin de intensificar el placer. A esto lo llama “sacrificio a los pies de Venus”. Otra veces, la mujer tiene que pisotearle a él con sus botas, cuanto más, mejor.

Hasta hace un año, dado que no encontraba atractivo alguno en la mujer, se conformaba con acariciar botas de señora que fueran de su gusto, con lo que llegaba a la eyaculación y la plena satisfaccion (Lombroso, Arch. di psichiatria IX, fascic. III).

[Psychopathia sexualis, caso 74]

Caso 73: fetichismo de pies y zapatos

Comunicado por Mantegazza en sus “Estudios antropológicos”, 1886, p. 110. X., americano, de buena familia, buena constitución física y moral; desde la época del despertar de su pubertad, solo lograba excitarse sexualmente con el zapato de una mujer. El cuerpo de esta o también, sobre todo, su pie desnudo o cubierto con una media, no le causaban impresión alguna, pero el pie enfundado en un zapato o hasta el zapato por sí solo le producían una erección e incluso una eyaculación. Le bastaba con la mera visión, en caso de que hubiera botas elegantes a su disposición, es decir, de cuero negro, de las que se abrochan a un lado y con tacones lo más altos posible. Su impulso genital se excita poderosamente cuando toca, besa o se calza unas botas de estas. Para incrementar su placer, traspasa las suelas con clavos, de modo que las puntas se le claven en la carne al andar. Experimenta así dolores espantosos, pero al mismo tiempo verdadero placer. Su máximo gozo consiste en arrodillarse a los pies de una dama, hermosos y elegantemente calzados, y recibir patadas de ellos. Si quien lleva los zapatos es una mujer fea, esto no surte efecto y su fantasía se enfría. Si el paciente solo tiene los zapatos a su disposición, su fantasía les añade una bella mujer y logra así la eyaculación. Sus sueños nocturnos giran alrededor de los botines de mujeres hermosas. La visión de los zapatos de señora en los escaparates le parece inmoral, mientras que hablar sobre la naturaleza de la mujer le parece inofensivo y de poco gusto. X. ha intentado el coito en diversas ocasiones, pero sin éxito. Nunca llegó a la eyaculación.

[Psychopathia sexualis, caso 73]

Caso 72: fetichismo de pies y zapatos

Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.

Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.

Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.

Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.

M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.

Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.

Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.

A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.

Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.

Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba… pero todo esto no servía de nada.

M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.

Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.

Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:

Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.

M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.

Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.

[Psychopathia sexualis, caso 72]

Caso 72. Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.

Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.

Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.

Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.

M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.

Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.

Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.

A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.

Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.

Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba… pero todo esto no servía de nada.

M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.

Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.

Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:

Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.

M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.

Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.

Caso 71: fetichismo de pies y zapatos

Z., 28 años, funcionario, procedente de madre neuropática. No es posible averiguar las circunstancias de salud y familiares del padre, prematuramente muerto. Z. era desde la infancia nervioso, impresionable, llegó enseguida sin necesidad de incitación a la masturbación, a partir de la pubertad se volvió neurasténico, abandonó por un tiempo el onanismo, tuvo innumerables poluciones, se recuperó algo en un sanatorio con curas de agua fría, sentía una intensa libido hacia las mujeres, pero hasta ahora no ha llegado al coito, en parte por falta de confianza en su potencia, en parte por miedo a contagios, lo cual le afecta mucho, sobre todo porque, faute de mieux, ha recaído en su vicio secreto.

Z. se revela como fetichista y masoquista al mismo tiempo cuando discutimos su vita sexualis con detenimiento y presenta interesantes relaciones entre ambas anomalías de la vita sexualis.

Asegura haber sentido debilidad por los zapatos de mujer desde los 9 años de edad.

Atribuye este fetichismo a haber visto en aquel entonces a una dama subiendo a un caballo mientras un criado le sujetaba el estribo. Esta visión le excitó poderosamente, se ha reproducido siempre en su fantasía y cada vez ha ido acompañada de sentimientos libidinosos. Las sentimientos de sus poluciones giraban después alrededor de mujeres con zapatos. Le encantaban los zapatos de cordón con tacones altos. A esto se le unió enseguida la fantasía libidinosa de dejar que una mujer le pisara con sus tacones y besar arrodillado el zapato de esta. De la mujer solo le interesa el zapato. Las fantasías olfativas no desempeñan aquí papel alguno. El zapato por sí solo no le basta. Tiene que estar puesto. Cuando Z. ve a una dama con semejante calzado se excita tanto que se tiene que masturbar. Cree que sólo sería potente con una mujer que estuviera calzada así.

Faute de mieux se ha dibujado un zapato de ese tipo y se complace en contemplar el dibujo mientras se masturba.

[Psychopathia sexualis, caso 71]

Caso 70: fetichismo de pies y zapatos

Señor X., 25 años, de padres sanos, anteriormente nunca enfermo de consideración, puso a mi disposición la siguiente autobiografía: “Empecé a masturbarme con 10 años sin que esto fuera nunca acompañado de pensamientos libidinosos. Ya por aquella época —esto lo sé con certeza—, la visión y el tacto de unas botas elegantes de mujer ejercían sobre mí un embrujo sin igual; mi mayor deseo era poder llevar también unas botas así, deseo que pude realizar también de vez en cuando en bailes de disfraces. Después fue un pensamiento completamente diferente el que comenzó a atormentarme: mi ideal consistía en verme en una situación humillante, me hubiera gustado ser esclavo, deseaba ser castigado, en definitiva, recibir el trato que se describe en las numerosas historias de esclavos. No sabría decir si este deseo surgió en mí por la lectura de estos libros o de forma espontánea.

“Con 13 años llegó la pubertad; con la aparición de las eyaculaciones aumentó el placer y me masturbaba con más frecuencia, a menudo 2 ó 3 veces al día. Durante el periodo de los 12 a los 16 años tenía siempre la fantasía durante el acto onanista de que me obligaban a llevar botas de chica. La visión de una bota elegante en el pie de una chica medianamente guapa me enloquecía, yo buscaba con ansia llevar el olor a cuero a mi nariz. Para oler el cuero también durante el onanismo me compraba manguitos de cuero, que olfateaba mientras me masturbaba. Mi pasión por las botas de cuero de mujer sigue siendo hoy la misma, solo que desde que cumplí los 17 años se le ha unido el deseo de convertirme en criado, limpiarles las botas a damas distinguidas, tener que ayudarlas a vestirse y desnudarse, y similares.

“Mis sueños nocturnos consisten siempre en escenas con zapatos: estoy ante el escaparate de una zapatería, a veces miro el elegante calzado de señora, sobre todo los zapatos con botones, o ad pedes feminae jaceo et olfacio et lambo calceoles eius. Hace más o menos un año que he dejado el onanismo y acudo ad puellas; el coito se consuma concentrando mi pensamiento en botas de señora con botones, a veces me llevo el zapato de la puella conmigo a la cama. Nunca he sufrido trastornos debidos a mi anterior onanismo. Se me da bien estudiar, tengo buena memoria, no he tenido en mi vida dolor de cabeza. Esto es lo que tenía que contar sobre mí.

“Un par de palabras aún a propósito de mi hermano: estoy convencido de que él también es fetichista de zapatos; entre muchos otros hechos que me lo demuestran, destacaré solamente uno: para él es todo un placer que le aseste patadas una de nuestras primas (increíblemente guapa). Por lo demás, me comprometo a decir de cualquier hombre que se para ante una zapatería y se queda mirando los zapatos si es ‘amigo de los zapatos’ o no. Esta anomalía es enormemente frecuente; si hablando con conocidos saco el tema de qué es lo que los atrae en una mujer, se oye con gran frecuencia que resulta más atractiva la mujer vestida que la desnuda; aunque todo el mundo tiene mucho cuidado de no nombrar su fetiche especial. Tengo un tío que también creo que es fetichista de zapatos”.

[Psychopathia sexualis, caso 70]

Caso 69: fetichismo de pies y zapatos

Z., 28 años, hereditaria y constitucionalmente neuropático, afirma haber tenido una polución ya con 11 años. En aquella época sufrió un castigo de su madre ad podicem que en aquel momento sintió únicamente como doloroso, pero que en su memoria quedó asociado con sentimientos placenteros. Esto le llevó a reproducir su recuerdo cada vez más frecuentemente y a asestarse así él mismo verbera ad podicem. Con unos 13 años empezó a sentir debilidad por las botas de señora elegantes de tacón alto. Alcanzaba la eyaculación presionando con ellas inter femora. Poco a poco le iba bastando para ello tan solo con pensarlo. A estas fantasías con botas se les unió pronto un conjunto de ideas masoquistas más placenteras todavía. Se recreaba en la idea de yacer a los pies de una dama joven y hermosa y que esta le pisara con sus hermosas botas. Esto iba acompañado de eyaculación. Así llegó a los 21 años sin haber deseado nunca el coito o haber sentido interés por los genitales femeninos. Entre los 21 y los 25 años, durante una grave tuberculosis, vuelta a las inclinaciones masoquistas. Ya curado, Z. mantuvo un encuentro en una única ocasión con una puella. Este fue desafortunado, pues cuando la vio denudata, desapareció toda libido y no hubo forma de alcanzar la erección. Volvió a partir de entonces a su mundo masoquista-fetichista. Su esperanza sigue siendo encontrar algún día el ideal de sus fantasías masoquistas —una mujer sádica— y llegar con su ayuda a mantener relaciones sexuales normales.

[Psychopathia sexualis, caso 69]

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Caso 50: masoquismo

Caso 50. El señor Z., de 29 años, técnico, acude a consulta por presunta tabes. El padre era nervioso y padecía una fuerte tabes, la hermana del padre era demente. Varios parientes son extremadamente nerviosos y gente peculiar.
Un examen más detenido revela que el paciente sufre astenia sexual, espinal y cerebral. No presenta síntomas que hagan pensar en tabes dorsalis amnésica o presente. La obvia cuestión del posible abuso de los órganos genitales queda aclarada con la masturbación practicada desde la juventud. En el transcurso de la exploración se constataron algunas anomalías psicosexuales interesantes.
Con 5 años despertó la vita sexualis en forma de un afán percibido como libidinoso de azotarse a sí mismo, acompañado del deseo de ser azotado por otros. El paciente no pensaba a tal efecto en individuos de un determinado sexo. A falta de otra cosa, practicaba la autoflagelación y con el paso de los años llegó a alcanzar la eyaculación.
Ya había empezado mucho antes a satisfacerse mediante la masturbación, durante la cual pensaba en escenas de flagelación.
Ya adulto, acudió a un lupanar para ser azotado allí por meretrices. Escogió para ello a la muchacha más hermosa, pero quedó decepcionado, sin lograr la erección, por no hablar de la eyaculación.
Se dio cuenta de que el ser azotado era algo secundario, que lo principal era la idea de hallarse sometido a la voluntad de una mujer. No se había dado cuenta la primera vez, pero la segunda sí. Como tenía la “idea de la sumisión”, tuvo un rotundo éxito.
Con el tiempo logró, a base de forzar sus fantasías en el ámbito de las representaciones masoquistas, incluso el coito sin flagelación, pero obtenía poca satisfacción, por lo que prefería mantener relaciones sexuales de índole masoquista. En consonancia con sus deseos flagelatorios originarios, tan solo encontraba placer en las escenas masoquistas si se le flagelaba ad podicem o por lo menos se representaba una situación de este tipo en su fantasía. En momentos de gran excitación le bastaba incluso con poder relatarle tales escenas a una muchacha hermosa. Alcanzaba así el orgasmo y solía llegar a la eyaculación.
Enseguida se sumó a esto una representación fetischista sumamente efectiva. Se dio cuenta de que solo le atraían y satisfacían las mujeres con botas altas y falda corta (“a la húngara”). No es capaz de explicar cómo llegó a tal representación fetichista. También le excitan unas piernas de chico enfundadas en unas botas altas, pero esta excitación es puramente estética, desprovista de todo tono sensual, al igual que afirma no haber percibido nunca en sí mismo ningún tipo de inclinación homosexual. El paciente dio como explicación para su fetichismo su gusto por las pantorrillas. Pero solo le excita una pantorrilla de mujer envuelta en una bota elegante. Las pantorrillas desnudas y en general las desnudeces femeninas no provocan en él la más mínima excitación sexual. La oreja humana constituye para el paciente una representación fetichista subordinada. Le produce una sensación libidinosa acariciar las orejas de personas hermosas, es decir, personas que tienen orejas hermosas. Esto le produce un placer más bien escaso si son hombres, pero muy elevado cuando se trata de mujeres.
También tiene debilidad por los gatos. Los encuentra sencillamente hermosos, todos y cada uno de sus movimientos le resultan simpáticos. La visión de un gato es capaz incluso de sacarle de la más honda depresión. Los gatos son para él sagrados, ve en ellos seres divinos. No es consciente del motivo de tal idiosincrasia.
Últimamente tiene también con frecuencia ideas sádicas que tienen que ver con azotar a muchachos. En estas fantasías flagelatorias intervienen tanto hombres como mujeres, pero sobre todo las segundas y entonces su placer es mucho mayor.
El paciente opina que además de lo que él conoce y percibe como masoquismo hay algo más a lo que él llama “pajismo”.
Mientras que sus actos de desenfreno masoquista poseen una naturaleza y un tono de torpe sensualidad, su “pajismo” consiste en la idea de servir como paje a una hermosa joven. Se lo imagina como algo completamente casto, aunque picante, su posición respecto a ella es la de un esclavo, pero manteniendo una relación de total castidad, de entrega puramente “platónica”. El deleitarse en la idea de ser paje de una “bella criatura” está para él cargado de un sentimiento placentero pero en modo alguno sexual. Experimenta con él una exquisita satisfacción moral en contraste con el tono sensual del masoquismo y por eso considera su “pajismo” como algo diferente.
El paciente no presenta en su apariencia externa nada llamativo a primera vista, pero su pelvis es anormalmente amplia, la pala del hueso ilíaco es plana, está ladeado de forma anormal y resulta decididamente femenino. Ojo neuropático. Explica también que siente frecuentemente cosquilleos y excitación libidinosa en el ano y que por ello puede obtener satisfacción ope digiti (zona erógena).
El paciente tiene dudas en cuanto a su futuro. Cree que solamente se le podría ayudar si lograra interesarse verdaderamente por las mujeres, pero que su voluntad y fantasía son demasiado débiles para ello.

[Psychopathia sexualis, caso 50]

Caso 39: sadismo ideal con fetichismo de podex

Caso 39. Sadismo ideal con fetichismo de podex.
P., 22 años, particular, con fuertes taras hereditarias, con cinco años vio por casualidad a la institutriz castigando a su hermana de 14 años ad podicem inter genua. P. quedó muy impresionado, a partir de entonces sólo deseaba ver y tocar las nates de la hermana, lo que consiguió con cierto ingenio sin llamar la atención. Con 7 años J. se convirtió en compañero de juegos de dos niñas. Una era pequeña y delgada y la otra todo lo contrario. Él interpretaba el papel de padre severo; con la primera, que no le llamaba la atención, solamente pro forma y sin quitarle la ropa; con la otra, de 10 años, que se prestaba gustosa a sus deseos, desnudando las nates, con extraños sentimientos libidinosos e incluso erección.
Un día, tras una escena de castigo, la niña le dejó ver sus anteriora. Él la rechazó por completa falta de interés. Con unos 9 años P. se hizo amigo de un chico algo mayor que él. Un día encontraron una imagen que representaba una flagelación en un convento masculino. A P. no le costó demasiado trabajo convencer a su amigo para imitarla. Este era siempre pasivo y disfrutaba mucho con ello. Una vez P. se dejó azotar por su amigo para probar, pero solamente experimentó malestar. Esta relación duró con interrupciones hasta que los dos se hicieron adultos. Ya en la pubertad, P. eyaculaba en estos actos de flagelación.
Dominaba por completo al amigo, que le veía como un ser superior. Durante el transcurso de aquella amistad P. solamente se atrevió a ponerles la mano encima a otras personas en dos ocasiones; una vez a una joven criada, a la que azotó ad nates; la otra, a una chica de 11 años en la calle, antes cuyos gritos echó a correr despavorido.
Nunca se sintió inclinado a la masturbación, al coito con muchachas, tampoco sentimientos sexuales contrarios. Se contentaba con tocar las nates de las mujeres en lugares concurridos, rozar las posteriora de las niñas en los lugares de juego, mirar a las señoras bajo la falda al bajar del autobús o similares y ver a niños mientras los azotaban. Además practicaba sadismo-fetichismo ideal. Gozaba con situaciones fantásticas, en que azotaba a un hermano pequeño, una criada o una monja; inventaba historias que terminaban en flagelación, lo mismo con obras de teatro; respondía a anuncios del tipo “Dame sévère demande élève” y disfrutaba con la correspondencia resultante, dibujaba escenas de flagelación y de nates nudae con este mismo propósito, rebuscaba en las bibliotecas libros de contenido sádico, se hacía resúmenes de toda la literatura de este tipo, coleccionaba afanosamente ilustraciones en las que aparecía representado su fetiche y realizó él mismo algunas que expresaban su perversión con un nivel cada vez más elevado. Satisfacía su perversión por todos estos medios.
Sus fantasías iban siendo cada vez peores -desde la exhibición de nates femeninas, golpes y azotes, hasta el destrozo sangriento de estas e incluso el asesinato, lo que le espantaba a él mismo. En todo momento, lo único que le interesaba eran posteriora feminae. Se complacía en representarlas con formas hipertrofiadas. Con el tiempo, debido a las innumerables eyaculaciones ocasionadas por sus fantasías sádico-fetichistas, P. cayó en una grave neurastenia. No se decidía a buscar un tratamiento para su perversión. Recientemente, encontró a una mujer con la que podía realizar el coito porque le permitía que la flagelara inter actum.
(Regis, Archives d’Anthropologie criminelle, n.º 82, julio de 1899).

[Psychopathia sexualis, caso 39]