N. N., 37 años, procedente de familia neuropática, él mismo de constitución neuropática, ofrece el siguiente testimonio:
Desde la primera juventud se halla hondamente arraigada en mí la fascinación por las pieles y el terciopelo. Quiero decir con esto que estos materiales me producen una excitación sexual, que su visión y su tacto me proporcionan un placer libidinoso. No soy capaz de recordar acontecimiento alguno que haya podido dar pie a esta extraña inclinación (por ejemplo, la coincidencia en el tiempo de los primeros sentimientos sexuales con impresiones de estos materiales, o una primera excitación ocasionada por una mujer así vestida), como tampoco soy capaz de recordar el momento en que comenzó tal fascinación. No quiero con esto excluir categóricamente la posibilidad de un acontecimiento tal, es decir, de una conexión fortuita en la primera impresión y, con ello, de una asociación basada en este hecho; pero considero bastante inverosímil que algo así llegara a producirse, pues me parece que un hecho tal hubiera dejado en mí una profunda impresión.
Solo sé que ya siendo un niño de corta edad sentía el afán de ver y acariciar pieles y que al hacerlo experimentaba una oscura sensación de índole libidinosa. En el momento en que surgieron las primeras fantasías sexuales concretas, es decir, en que las ideas sexuales se dirigieron a la mujer, ya estaba presente esta predilección por las que iban vestidas precisamente con estos materiales. Y así se ha mantenido desde entonces hasta mi madurez viril. Una mujer vestida con pieles o terciopelo, o con lo uno y lo otro, me excita con mayor presteza e intensidad que la que se halla desprovista de tales adornos. No es que los materiales mencionados sean condición sine qua non para que me excite; el deseo se manifiesta también en su ausencia siempre que se den los estímulos ordinarios, pero la contemplación y, sobre todo, el tacto de estos fetiches potencia en mí en gran medida otros estímulos normales e intensifica el goce erótico. A menudo, la mera visión de una mujer no excesivamente bella, pero vestida con estos materiales, me produce una intensa excitación de arrebatador efecto. Me basta con ver mi fetiche para experimentar un placer que se acentúa con el contacto. (Sin embargo, el penetrante aroma de las pieles me resulta indiferente a tal efecto o, más bien, desagradable, y únicamente me resulta soportable por la asociación con sensaciones visuales y táctiles agradables). Deseo vivamente palpar estos materiales sobre el cuerpo de una mujer, acariciarlos, besarlos, enterrar en ellos mi rostro. El máximo placer consiste para mí en ver y tocar mi fetiche inter actum sobre los hombros de una mujer.
Basta para provocar en mí el efecto descrito, o bien con las pieles, o bien con el terciopelo, aunque resulta más potente con las primeras. Pero lo que tiene más efecto es la combinación de lo uno y lo otro. También me excitan sexualmente las prendas femeninas de piel y de terciopelo en sí mismas cuando las veo o las toco sin su portadora, o incluso — aunque en menor medida— las pieles convertidas en tapetes, sin que formen parte de la vestimenta femenina, así como el terciopelo y la felpa en muebles y cortinajes. Las meras imágenes de prendas de piel y de terciopelo constituyen ya para mí objeto de interés erótico, y hasta la mera palabra “piel” se me presenta dotada de propiedades mágicas y despierta inmediatamente mis fantasías eróticas.
Las pieles son hasta tal punto objeto de interés sexual para mí que si un hombre se viste unas pieles del tipo adecuado (véase más abajo) produce en mí una impresión harto desagradable, molesta y escandalosa, como la que provocaría en cualquier persona normal el verle con traje y actitudes de bailarina de ballet. De manera paredcide me repugna, por despertar sensaciones contrapuestas, la visión de una vieja o mujer fea ataviada con bellas pieles.
Esta complacencia erótica en las pieles y el terciopelo es completamente diferente del mero gusto estético. Poseo un sentido muy fino para la hermosura de las prendas femeninas, con marcada predilección por los encajes. Dicho sentido, no obstante, es de índole puramente estética. Una mujer resulta más bella con prendas de encaje (o, en general, vestida con elegancia y bien adornada), pero la que va ataviada con los materiales que constituyen mi fetiche sobrepuja a cualquier otra de comparables circunstancias.
Pero las pieles únicamente ejercen sobre mí el efecto descrito cuando el pelo es tupido, fino, liso, tieso y más bien largo. El efecto depende de estas características, como he podido constatar sin lugar a dudas. Me dejan perfectamente indiferente no solo las pieles de pelo basto, hirsuto, que se suelen considerar vulgares, sino también, entre las que se tienen por hermosas y nobles, las de pelo ralo (foca, castor) o las que lo tienen corto por naturaleza (armiño), o las que lo tienen muy largo y caído (mono, oso). El efecto específico solo lo produce el pelo tieso de marta común o cibelina, mofeta y similares. El terciopelo, por su parte, está también formado de un pelo (una fibra) tupido y derecho, lo que podría explicar que tenga el mismo efecto. El efecto parece depender de una impresión muy específica producida por las puntas de un pelo fino y tupido sobre las terminaciones de los nervios sensibles.
Es para mí un enigma cómo esta particular impresión en los nervios del tacto puede estar conectada con la vida sexual. El hecho es que esto mismo se da en muchas personas. He de recalcar expresamente que me gusta que una mujer tenga hermosos cabellos, pero que estos no desempeñan para mí un papel más importante que el que pueda tener cualquier otro atractivo, y que el tacto de las pieles no evoca en mí la idea del pelo de mujer. (La sensación táctil carece en sí de la más mínima semejanza). De hecho, es que no se presenta ninguna otra fantasía en ese momento. Son las pieles en sí y por sí lo que despierta mi sensualidad; el porqué me resulta inexplicable.
El efecto meramente estético, la belleza de unas pieles exquisitas, algo a lo que todo el mundo es más o menos sensible, que ha sido empleado por innumerables pintores como envoltorio y marco de la belleza femenina desde la Fornarina de Rafael a la Helene Fourment de Rubens, y que tan destacado papel tiene en la moda, en el arte y ciencia del vestido femenino, este efecto estético, digo, no explica nada aquí, como ya he dicho arriba. El mismo efecto estético que ejercen sobre las personas normales unas pieles hermosas lo producen en mí, como en cualquiera, las flores, los lazos, las piedras preciosas y el resto de adornos. Tales objetos, empleados con habilidad, realzan la belleza femenina y pueden por ello, en determinadas circunstancias, provocar un efecto sensual indirecto; pero nunca producen en mí un efecto sensual directo y potente como los mencionados materiales fetiches.
Ahora bien, aunque en mi caso y en el de todos los “fetichistas”, se han de separar claramente el efecto sensual y el estético, eso no obsta para que yo plantee toda una serie de exigencias estéticas a mi fetiche por lo que respecta a su forma, hechura, color, etc. Podría extenderme aquí ampliamente sobre las exigencias que vienen impuestas por mi gusto, pero no entraré en ello por cuanto rebasa los verdaderos límites de la cuestión. Simplemente deseo llamar la atención sobre el hecho de que el fetichismo erótico se complica además con preferencias puramente estéticas.
Igual que el efecto erótico específico que producen los materiales de mi fetiche no es explicable a través de su impresión estética, tampoco lo es por la asociación en la fantasía con el cuerpo de su portadora. En primer lugar, estos materiales ejercen su efecto sobre mí, como he dicho, también cuando aparecen perfectamente aislados del cuerpo, como meras materias; y en segundo lugar, prendas más íntimas (un corsé, una camisa), que sin duda despiertan asociaciones, tienen un efecto mucho más tenue. Los materiales de mi fetiche están dotados, por tanto, para mí de valor sensual independiente. El porqué constituye un enigma para mí mismo.
El mismo efecto erótico, de fetiche, que las pieles y el terciopelo me lo producen las plumas de los sombreros de señora, de los abanicos, etc. (se trata de una sensación táctil semejante: un cierto jugueteo, un particular cosquilleo). Por último, el efecto fetichista se da también aunque en grado muy débil, con tejidos suaves, como raso o seda, mientras que los que son ásperos, como paño basto o franela, me resultan desagradables.
Deseo mencionar por último que en algún lugar he leído un estudio de Karl Vogt sobre las personas microcefálicas según el cual uno de estos seres, al ver unas pieles, se lanzó sobre ellas y se puso a acariciarlas entre notables muestras de placer. Estoy lejos de ver por ello seriamente en el ampliamente extendido fetichismo de pieles una vuelta atávica a los gustos de los ancestros cubiertos de pieles del género humano. Aquel hombre afectado de cretinismo ejecutaba simplemente con la desenvoltura que le es propia un tacto que no tenía que ser por fuerza de naturaleza sexual-sensual, igual que a muchas personas normales les gusta acariciar a un gato o algo parecido, o incluso terciopelo y pieles sin que por ello experimenten precisamente una excitación sexual.
[Psychopathia sexualis, Caso 122: fetichismo de pieles y terciopelo]