Tag: fetichismo de pelo

Caso 105: fetichismo de coleta

Fetichismo de coleta. Señor X., hacia la mitad de la treintena, de clase social elevada, soltero, de familia al parecer sin taras, pero desde la niñez nervioso, caprichoso, raro, afirma haberse sentido poderosamente atraído por el pelo de mujer desde los ocho años de edad. Esto se daba sobre todo con muchachas jóvenes. Teniendo él nueve años, una muchacha de 13 cometió con él abusos deshonestos. Él no sabía lo que era aquello y no sintió excitación alguna. También la hermana de 12 años de esa misma chica se aprovechó de él, le besuqueó y le abrazó. Él se dejó hacer porque el pelo de la chica le gustaba mucho. Con unos 18 años de edad, empezó a experimentar sentimientos libidinosos al ver pelo de mujer que resultaba de su gusto. Poco a poco, tales sentimientos empezaron a presentarse también espontáneamente y enseguida empezaron a asociarse imágenes recordadas de cabello de muchachas. Con 11 años fue inducido a la masturbación por compañeros de colegio. El vínculo asociativo de sentimientos sexuales y de la fantasía fetichista ya asentada se presentaba cada vez que cometía actos deshonestos con sus camaradas. Con los años el fetiche se fue volviendo cada vez más intenso. Incluso las coletas falsas empezaron a excitarle, aunque seguía prefiriendo las de verdad. Cuando podía tocarlas o incluso besarlas se sentía tremendamente dichoso. Escribía redacciones y poesías sobre la belleza del cabello femenino, dibujaba coletas y se masturbaba al mismo tiempo. A partir de los 14 años su fetiche le excitaba tan poderosamente que experimentaba intensas erecciones. En oposición a su gusto inicial de cuando era niño, ahora ya solo le excitaban las coletas, sobre todo las negras y abundantes, trenzadas y muy apretadas. Sentía un vivo impulso de besar coletas así o incluso de chuparlas. El tacto de este pelo apenas le proporcionaba satisfacción, más bien lo hacía su contemplación y, sobre todo, el besarlo y chuparlo.

Si esto le resultaba imposible, se sentía desdichado hasta el punto del taedium vitae.

Intentaba superar este estado imaginando fantásticas “aventuras de pelo” y masturbándose al mismo tiempo.

No pocas veces, andando por la calle, entre apreturas de gente, le ocurría que no podía contenerse y le plantaba a una dama un beso en la cabeza. Se iba corriendo a casa a continuación y se masturbaba. A veces conseguía resistirse a tal impulso, pero para sustraerse al influjo de su fetiche tenía que salir huyendo a toda prisa y se sentía acometido de viva ansiedad. Solo una vez sintió el impulso de cortarle la coleta a una muchacha entre el gentío. Sintió un miedo terrible mientras lo hacía, no lo logró con una navaja y se libró por poco del peligro de ser atrapado dándose a la fuga.

Ya de adulto, intentó obtener satisfacción mediante el coito con puellis. Lograba una poderosa erección besándoles la coleta, pero no llegaba a la eyaculación. El coito le dejaba por este motivo insatisfecho. Al mismo tiempo, su fantasía favorita consistía en practicar el coito mientras besaba el cabello. Esto no le bastaba porque seguía sin llegar a la eyaculación. A falta de otra cosa mejor, en cierta ocasión le robó a una dama el pelo que se le había caído al peinarse, se lo metió en la boca y se masturbó mientras se imaginaba a la propietaria. La mujer perdía para él todo interés en la oscuridad porque no podía ver su coleta. El pelo suelto carecía también de todo atractivo para él, y lo mismo ocurría con el vello púbico. Sus sueños eróticos giraban exclusivamente en torno a las coletas. Últimamente, el paciente había llegado a tal grado de excitación sexual que había caído en una especie de satiriasis. Se encontraba incapacitado para ejercer su oficio, se sentía tan desdichado que intentaba insensibilizarse con el alcohol. Consumía este en grandes cantidades, sufrió un delirio alcóholico, un ataque de epilepsia alcohólica, tuvo que ser ingresado. Tras superar la intoxicación, la excitación sexual desapareció con gran rapidez con un tratamiento adecuado, y cuando el paciente recibió el alta, se encontraba ya liberado de su fantasía fetichista, que solamente se manifestaba ya de vez en cuando en sueños.

La exploración corporal permitió constatar la normalidad de los genitales y la ausencia de signos de degeneración.

[Psychopathia sexualis, caso 105: fetichismo de coleta]

Caso 104: cortador de coletas

Cortador de coletas. E., 25 años. Una hermana de la madre es epiléptica, el hermano ha padecido convulsiones. E. dice haber sido un niño sano y buen estudiante. Con 15 años, al ver peinarse a una belleza de su pueblo, experimentó por primera vez un sentimiento libidinoso con erección. Hasta entonces, las personas del otro sexo no le habían causado impresión alguna. Dos meses después, en París, se excitaba poderosamente cada vez que veía los cabellos que descendían sobre la nuca de las muchachas. Un buen día no pudo contenerse y, cuando se presentó la ocasión, tomó entre sus dedos la coleta de una joven. Se le detuvo por este motivo y se le condenó a tres meses.

Después sirvió como soldado durante cinco años. Las coletas no representaban un peligro para él durante este periodo, pero tampoco le resultaban demasiado accesibles. No obstante, soñaba de cuando en cuando con cabezas de mujer con coleta o con el pelo suelto. Ocasionalmente, coito con mujeres, pero sin que el pelo de estas actuara como fetiche.

De vuelta en París, vuelve a tener los sueños arriba indicados y se excita enormemente con el pelo de mujer.

Nunca sueña con la figura completa de una mujer sino solamente con cabezas con coleta.

Su excitación sexual con este fetiche se había vuelto tan poderosa últimamente que se aliviaba mediante la masturbación.

La idea de tocar cabello de mujer o, mejor todavía, de poseer coletas para poder masturbarse tocándolas iba ganando cada vez más fuerza.

Últimamente, cuando tenía cabello de mujer entre los dedos, sufría una eyaculación. Un día había conseguido ya cortarles por la calle a tres niñas pequeñas sendas coletas de unos 25 cm de longitud y ponerlas a buen recaudo cuando le detuvieron mientras intentaba cortar una cuarta. Profundo arrepentimiento y vergüenza. No hubo condena. Lleva ya bastante tiempo en el manicomio y han dejado de excitarle las coletas de las mujeres. Cuando le suelten, tiene pensado irse a su tierra, donde las mujeres acostumbran llevar el pelo recogido (Magnan, Archives de l’anthropologie criminelle, vol. 5., N.º 28).

[Psychopathia sexualis, caso 104: cortador de coletas]

Caso 103: cortador de coletas

Cortador de coletas, P., 40 años, herrero artístico, soltero, descendiente de padre transitoriamente demente y madre muy nerviosa. Se desarrolló bien, era inteligente, pero pronto empezaron a apoderarse de él tics e ideas obsesivas. Nunca se había masturbado, amaba platónicamente, se engañó a menudo a sí mismo con planes de boda, practicaba el coito raras veces y únicamente con prostitutas, pero nunca se sentía satisfecho con las relaciones que mantenía con estas, más bien le producían repugnancia. Hace tres años aproximadamente sufrió los rudos golpes del destino (ruina económica) y pasó además una enfermedad de tipo febril con delirio. Estas circunstancias dañaron gravemente el sistema nervioso central de esta persona, que ya presentaba afecciones hereditarias. El 28 de agosto de 1889, P. fue arrestado en flagrante delito cuando entre el trasiego de gente le cortó la coleta a una muchacha. Se le detuvo con la coleta en la mano y una tijera en el bolsillo. Se disculpó alegando una momentánea alteración de los sentidos y una desdichada e insoportable pasión; admitió haber cortado ya coletas en diez ocasiones y haberlas guardado en casa con deleitoso arrebato.

Al registrar su domicilio se le encontraron 65 coletas y trenzas ordenadas en paquetes. P. ya había sido detenido en similares circunstancias el 15 de diciembre de 1886, pero se le había puesto en libertad por falta de pruebas.

P. reconoce que, desde hace tres años, por las noches, mientras está en su habitación, siente malestar y se ve asediado por temores, excitación y mareos. Le acomete entonces el impulso de manosear pelo de mujer. Cuando en alguna ocasión había podido tener verdaderamente en sus manos la coleta de una muchacha, libidine vade excitatus est neque ampius puella tacta, erectio et ejaculatio evenit. De vuelta a casa, se avergonzaba del hecho, pero el deseo de poseer coletas, acompañado de un sentimiento enormemente libidinoso, iba cobrando en él cada vez más fuerza. Se sorprendía de que nunca hubiera sentido antes nada parecido en los momentos de más íntimo contacto con mujeres. Una noche no pudo resistir más el impulso de cortarle la coleta a una joven. Ya de vuelta en casa, con la coleta en la mano, se repitió el proceso libidinoso. Tenía la necesidad de pasarse la coleta por el cuerpo, envolver en ella sus genitales. Finalmente, estando ya agotado por completo, sintió vergüenza y no se atrevió a salir a la calle en varios días. Tras varios meses de calma, volvió a sentir el impulso de tener en las manos cabello de mujer, sin importarle de quién fuera. Si lograba su objetivo, se sentía como poseído por una fuerza sobrenatural, incapaz de soltar su presa. Si no lograba alcanzar el objeto de su deseo, se hundía en un profundo malestar, experimentaba un potente orgasmo y se satisfacía mediante la masturbación. Las coletas que veía expuestas en las peluquerías le dejaban perfectamente frío. Tenían que ser coletas que colgaran de la cabeza de una mujer.

Asegura que, en la cima de sus atentados contra las coletas, se encontraba en un estado de excitación tal que tan solo tenía una percepción fragmentaria (y, por tanto, también recuerdos incompletos) de lo que pasaba a su alrededor. En cuanto tocaba la coleta con la tijera, experimentaba una erección, y en el momento de cortarla sobrevenía la eyaculación.

Afirma que, desde que sufrió aquellos golpes del destino hace aproximadamente tres años, tiene mala memoria, se apodera rápidamente de él el agotamiento psíquico, sufre insomnio y miedos nocturnos. P. lamenta profundamente sus actos.

No solo se le encontraron coletas sino también gran cantidad de horquillas para el pelo, cintas y otros objetos de tocador femeninos que había conseguido que le regalaran. Siempre había tenido una verdadera manía por coleccionar objetos de ese tipo, así como periódicos, trozos de madera y otros cachivaches carentes de todo valor, de los que nunca se había querido desprender. También sentía una extraña aversión, que ni él mismo se explicaba, a pasar por cierta calle; si alguna vez lo intentaba, se apoderaba de él un gran malestar.

El dictamen evidenció el carácter compulsivo, impulsivo, decididamente no libre, de los actos de que se acusaba a este degenerado, que revestían la condición de actos compulsivos provocados por una idea obsesiva acompañada por sentimientos sexuales anormales de excepcional intensidad. Se le declara inocente. Manicomio (Voisin, Soquet y Motet, Annales d’hygiène, abril de 1890).

[Psychopathia sexualis, caso 103: cortador de coletas]

Caso 101: fetichismo de pelo

Una dama contó al Dr. Gemy que en la noche de bodas y en la noche siguiente su esposo se había contentado con besarla, revolver su no muy abundante cabello y, a continuación, echarse a dormir. A la tercera noche el señor X. sacó una peluca de largos cabellos y le rogó a su mujer que se la pusiera. Acto seguido, el hombre se puso rápidamente al corriente de los atrasos del débito conyugal. A la mañana siguiente, X. empezó nuevamente a ponerse tierno haciéndole mimos primero a la peluca. En cuanto la señora X. se quitaba la peluca, a la que ya le iba cogiendo rabia, perdía todo atractivo para su esposo. La señora X. se dio cuenta entonces de que aquí había gato encerrado, se plegó a los deseos de su marido, al que quería y cuya libido (y, al parecer, también la potencia) dependía de la peluca. Sorprendentemente, cada peluca solo resultaba efectiva durante 15 ó 20 días. Tenían que tener mucho pelo, siendo indiferente el color.

El fruto de cinco años de matrimonio fueron dos hijos y una colección de 72 pelucas.

[Psychopathia sexualis, caso 101: fetichismo de pelo]