Fetichismo de coleta. Señor X., hacia la mitad de la treintena, de clase social elevada, soltero, de familia al parecer sin taras, pero desde la niñez nervioso, caprichoso, raro, afirma haberse sentido poderosamente atraído por el pelo de mujer desde los ocho años de edad. Esto se daba sobre todo con muchachas jóvenes. Teniendo él nueve años, una muchacha de 13 cometió con él abusos deshonestos. Él no sabía lo que era aquello y no sintió excitación alguna. También la hermana de 12 años de esa misma chica se aprovechó de él, le besuqueó y le abrazó. Él se dejó hacer porque el pelo de la chica le gustaba mucho. Con unos 18 años de edad, empezó a experimentar sentimientos libidinosos al ver pelo de mujer que resultaba de su gusto. Poco a poco, tales sentimientos empezaron a presentarse también espontáneamente y enseguida empezaron a asociarse imágenes recordadas de cabello de muchachas. Con 11 años fue inducido a la masturbación por compañeros de colegio. El vínculo asociativo de sentimientos sexuales y de la fantasía fetichista ya asentada se presentaba cada vez que cometía actos deshonestos con sus camaradas. Con los años el fetiche se fue volviendo cada vez más intenso. Incluso las coletas falsas empezaron a excitarle, aunque seguía prefiriendo las de verdad. Cuando podía tocarlas o incluso besarlas se sentía tremendamente dichoso. Escribía redacciones y poesías sobre la belleza del cabello femenino, dibujaba coletas y se masturbaba al mismo tiempo. A partir de los 14 años su fetiche le excitaba tan poderosamente que experimentaba intensas erecciones. En oposición a su gusto inicial de cuando era niño, ahora ya solo le excitaban las coletas, sobre todo las negras y abundantes, trenzadas y muy apretadas. Sentía un vivo impulso de besar coletas así o incluso de chuparlas. El tacto de este pelo apenas le proporcionaba satisfacción, más bien lo hacía su contemplación y, sobre todo, el besarlo y chuparlo.
Si esto le resultaba imposible, se sentía desdichado hasta el punto del taedium vitae.
Intentaba superar este estado imaginando fantásticas “aventuras de pelo” y masturbándose al mismo tiempo.
No pocas veces, andando por la calle, entre apreturas de gente, le ocurría que no podía contenerse y le plantaba a una dama un beso en la cabeza. Se iba corriendo a casa a continuación y se masturbaba. A veces conseguía resistirse a tal impulso, pero para sustraerse al influjo de su fetiche tenía que salir huyendo a toda prisa y se sentía acometido de viva ansiedad. Solo una vez sintió el impulso de cortarle la coleta a una muchacha entre el gentío. Sintió un miedo terrible mientras lo hacía, no lo logró con una navaja y se libró por poco del peligro de ser atrapado dándose a la fuga.
Ya de adulto, intentó obtener satisfacción mediante el coito con puellis. Lograba una poderosa erección besándoles la coleta, pero no llegaba a la eyaculación. El coito le dejaba por este motivo insatisfecho. Al mismo tiempo, su fantasía favorita consistía en practicar el coito mientras besaba el cabello. Esto no le bastaba porque seguía sin llegar a la eyaculación. A falta de otra cosa mejor, en cierta ocasión le robó a una dama el pelo que se le había caído al peinarse, se lo metió en la boca y se masturbó mientras se imaginaba a la propietaria. La mujer perdía para él todo interés en la oscuridad porque no podía ver su coleta. El pelo suelto carecía también de todo atractivo para él, y lo mismo ocurría con el vello púbico. Sus sueños eróticos giraban exclusivamente en torno a las coletas. Últimamente, el paciente había llegado a tal grado de excitación sexual que había caído en una especie de satiriasis. Se encontraba incapacitado para ejercer su oficio, se sentía tan desdichado que intentaba insensibilizarse con el alcohol. Consumía este en grandes cantidades, sufrió un delirio alcóholico, un ataque de epilepsia alcohólica, tuvo que ser ingresado. Tras superar la intoxicación, la excitación sexual desapareció con gran rapidez con un tratamiento adecuado, y cuando el paciente recibió el alta, se encontraba ya liberado de su fantasía fetichista, que solamente se manifestaba ya de vez en cuando en sueños.
La exploración corporal permitió constatar la normalidad de los genitales y la ausencia de signos de degeneración.