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Caso 109: fetichismo de ropa de mujer

J., hombre joven, carnicero de oficio, fue detenido un buen día. Bajo el abrigo llevaba un corsé, un corpiño, una camiseta, una chaquetilla, un cuello, un suéter y una camisa de señora. Además llevaba puestas una medias finas con ligas.

Desde que tenía 11 años le acosaba el deseo de ponerse una camisa de su hermana mayor. En cuanto podía hacerlo sin que nadie se diera cuenta, se procuraba este placer y desde la pubertad llegaba a la eyaculación al ponerse estas camisas. Cuando empezó a vivir por su cuenta, comenzó a comprar camisas y otras prendas de señora. Se le encontró todo un vestuario femenino. Vestirse con tales prendas era alfa y omega de sus sentimientos e impulsos sexuales. Llegó a arruinarse por culpa de su fetichismo. En el hospital le suplicaba al médico que le dejara ponerse ropa de mujer. No se da en J. sentimiento sexual contrario (Garnier, Les fétischistes, p. 62).

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Caso 104: cortador de coletas

Cortador de coletas. E., 25 años. Una hermana de la madre es epiléptica, el hermano ha padecido convulsiones. E. dice haber sido un niño sano y buen estudiante. Con 15 años, al ver peinarse a una belleza de su pueblo, experimentó por primera vez un sentimiento libidinoso con erección. Hasta entonces, las personas del otro sexo no le habían causado impresión alguna. Dos meses después, en París, se excitaba poderosamente cada vez que veía los cabellos que descendían sobre la nuca de las muchachas. Un buen día no pudo contenerse y, cuando se presentó la ocasión, tomó entre sus dedos la coleta de una joven. Se le detuvo por este motivo y se le condenó a tres meses.

Después sirvió como soldado durante cinco años. Las coletas no representaban un peligro para él durante este periodo, pero tampoco le resultaban demasiado accesibles. No obstante, soñaba de cuando en cuando con cabezas de mujer con coleta o con el pelo suelto. Ocasionalmente, coito con mujeres, pero sin que el pelo de estas actuara como fetiche.

De vuelta en París, vuelve a tener los sueños arriba indicados y se excita enormemente con el pelo de mujer.

Nunca sueña con la figura completa de una mujer sino solamente con cabezas con coleta.

Su excitación sexual con este fetiche se había vuelto tan poderosa últimamente que se aliviaba mediante la masturbación.

La idea de tocar cabello de mujer o, mejor todavía, de poseer coletas para poder masturbarse tocándolas iba ganando cada vez más fuerza.

Últimamente, cuando tenía cabello de mujer entre los dedos, sufría una eyaculación. Un día había conseguido ya cortarles por la calle a tres niñas pequeñas sendas coletas de unos 25 cm de longitud y ponerlas a buen recaudo cuando le detuvieron mientras intentaba cortar una cuarta. Profundo arrepentimiento y vergüenza. No hubo condena. Lleva ya bastante tiempo en el manicomio y han dejado de excitarle las coletas de las mujeres. Cuando le suelten, tiene pensado irse a su tierra, donde las mujeres acostumbran llevar el pelo recogido (Magnan, Archives de l’anthropologie criminelle, vol. 5., N.º 28).

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Caso 103: cortador de coletas

Cortador de coletas, P., 40 años, herrero artístico, soltero, descendiente de padre transitoriamente demente y madre muy nerviosa. Se desarrolló bien, era inteligente, pero pronto empezaron a apoderarse de él tics e ideas obsesivas. Nunca se había masturbado, amaba platónicamente, se engañó a menudo a sí mismo con planes de boda, practicaba el coito raras veces y únicamente con prostitutas, pero nunca se sentía satisfecho con las relaciones que mantenía con estas, más bien le producían repugnancia. Hace tres años aproximadamente sufrió los rudos golpes del destino (ruina económica) y pasó además una enfermedad de tipo febril con delirio. Estas circunstancias dañaron gravemente el sistema nervioso central de esta persona, que ya presentaba afecciones hereditarias. El 28 de agosto de 1889, P. fue arrestado en flagrante delito cuando entre el trasiego de gente le cortó la coleta a una muchacha. Se le detuvo con la coleta en la mano y una tijera en el bolsillo. Se disculpó alegando una momentánea alteración de los sentidos y una desdichada e insoportable pasión; admitió haber cortado ya coletas en diez ocasiones y haberlas guardado en casa con deleitoso arrebato.

Al registrar su domicilio se le encontraron 65 coletas y trenzas ordenadas en paquetes. P. ya había sido detenido en similares circunstancias el 15 de diciembre de 1886, pero se le había puesto en libertad por falta de pruebas.

P. reconoce que, desde hace tres años, por las noches, mientras está en su habitación, siente malestar y se ve asediado por temores, excitación y mareos. Le acomete entonces el impulso de manosear pelo de mujer. Cuando en alguna ocasión había podido tener verdaderamente en sus manos la coleta de una muchacha, libidine vade excitatus est neque ampius puella tacta, erectio et ejaculatio evenit. De vuelta a casa, se avergonzaba del hecho, pero el deseo de poseer coletas, acompañado de un sentimiento enormemente libidinoso, iba cobrando en él cada vez más fuerza. Se sorprendía de que nunca hubiera sentido antes nada parecido en los momentos de más íntimo contacto con mujeres. Una noche no pudo resistir más el impulso de cortarle la coleta a una joven. Ya de vuelta en casa, con la coleta en la mano, se repitió el proceso libidinoso. Tenía la necesidad de pasarse la coleta por el cuerpo, envolver en ella sus genitales. Finalmente, estando ya agotado por completo, sintió vergüenza y no se atrevió a salir a la calle en varios días. Tras varios meses de calma, volvió a sentir el impulso de tener en las manos cabello de mujer, sin importarle de quién fuera. Si lograba su objetivo, se sentía como poseído por una fuerza sobrenatural, incapaz de soltar su presa. Si no lograba alcanzar el objeto de su deseo, se hundía en un profundo malestar, experimentaba un potente orgasmo y se satisfacía mediante la masturbación. Las coletas que veía expuestas en las peluquerías le dejaban perfectamente frío. Tenían que ser coletas que colgaran de la cabeza de una mujer.

Asegura que, en la cima de sus atentados contra las coletas, se encontraba en un estado de excitación tal que tan solo tenía una percepción fragmentaria (y, por tanto, también recuerdos incompletos) de lo que pasaba a su alrededor. En cuanto tocaba la coleta con la tijera, experimentaba una erección, y en el momento de cortarla sobrevenía la eyaculación.

Afirma que, desde que sufrió aquellos golpes del destino hace aproximadamente tres años, tiene mala memoria, se apodera rápidamente de él el agotamiento psíquico, sufre insomnio y miedos nocturnos. P. lamenta profundamente sus actos.

No solo se le encontraron coletas sino también gran cantidad de horquillas para el pelo, cintas y otros objetos de tocador femeninos que había conseguido que le regalaran. Siempre había tenido una verdadera manía por coleccionar objetos de ese tipo, así como periódicos, trozos de madera y otros cachivaches carentes de todo valor, de los que nunca se había querido desprender. También sentía una extraña aversión, que ni él mismo se explicaba, a pasar por cierta calle; si alguna vez lo intentaba, se apoderaba de él un gran malestar.

El dictamen evidenció el carácter compulsivo, impulsivo, decididamente no libre, de los actos de que se acusaba a este degenerado, que revestían la condición de actos compulsivos provocados por una idea obsesiva acompañada por sentimientos sexuales anormales de excepcional intensidad. Se le declara inocente. Manicomio (Voisin, Soquet y Motet, Annales d’hygiène, abril de 1890).

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Caso 100: fetichismo de piel de muchacha

L., jornalero, fue detenido por amputarse un gran trozo de carne del antebrazo izquierdo con una tijera en un lugar público.

Declara que desde hace mucho tiempo tiene el impulso de comerse un trozo de la blanca y delicada carne de una muchacha, que siguió con ese fin a una víctima con una tijera que ya llevaba preparada, pero que ante el sinsentido de este propósito renunció a él y se cortó él mismo en sustitución (!).

L. desciende de padre epiléptico. Una hermana es débil mental.

L. sufrió hasta los 17 años de enuresis nocturna, le temían en todas partes por su forma de ser grosera e irritable, fue expulsado de la escuela por su indisciplina y maldad.

Pronto se dio al onanismo. Le gustaba leer libros religiosos, presentaba en su carácter rasgos supersticiosos, tendencia al misticismo y una llamativa devoción.

Con 13 años, la visión de una bella joven con piel blanca y delicada hacía que se manifestara en él el impulso con connotaciones libidinosas de arrancarle a una joven así un trozo de carne de un bocado y comérselo. Este impulso era todo su afán. No había nada más en la mujer que le excitara. Nunca sintió deseo de mantener ningún tipo de relaciones sexuales con una de ellas y nunca hizo el correspondiente intento.

Como esperaba conseguir su objetivo más fácilmente con unas tijeras que con los dientes, llevaba siempre unas encima desde hacía años. Varias veces estuvo a punto de satisfacer su anormal deseo. Desde hacía un año le resultaba ya casi insoportable la falta de satisfacción de este, por lo que había dado con un sucedáneo que consistía en que, tras perseguir infructuosamente a una muchacha, se cortaba él mismo un trozo de piel de los brazos, los muslos o el vientre y se lo comía. Apoyándose en la fantasía de que se trataba de piel de la muchacha perseguida, llegaba al orgasmo y la eyaculación mientras se comía el trozo de su propia piel.

En el cuerpo de L. se encuentran numerosas marcas y heridas en la piel, algunas de ellas extensas y profundas.

Durante su automutilación y durante un periodo prolongado posterior a esta sufría agudos dolores, pero estos se veían compensados con creces por la voluptuosidad que experimentaba al disfrutar de los trozos de piel, especialmente cuando sangraba intensamente y conseguía hacerse la ilusión hasta cierto punto de que se trataba de cutis virginis. La simple visión de un cuchillo o una tijera le basta para evocar su perverso impulso. Cae entonces en un extraño estado de miedo con sudoración, mareos, palpitaciones, deseo de cutis feminae. Tiene entonces que perseguir tijera en mano a mujeres que le resulten simpáticas, pero no pierde ni la conciencia ni un resto de autocontrol, pues en plena culminación de la crisis toma de sí mismo lo que lo que se le niega en el cuerpo de una muchacha. Durante toda esta crisis se dan erección y orgasmo; en el momento en que mastica su piel entre los dientes, llega la eyaculación. A continuación siente una gran satisfacción y alivio. Sus genitales son normales.

L. es perfectamente consciente de lo patológico de su estado. Naturalmente, este degenerado peligroso para la sociedad fue a parar al manicomio. Allí cometió un intento de suicidio. (Magnan, Psychiatrische Vorlesungen, traducción al alemán de Möbius, cuaderno IV-V, p. 49).

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Caso 89: masoquismo y sadismo

Señor X.: “La primera manifestación de mi impulso sexual se remonta a la edad de 13 años. Debido a mi pereza, me amenazaron —aunque no fuera en serio— con ponerme de aprendiz. Un día empecé a pintarme en mi fantasía el oficio de aprendiz de albañil: cómo sudaba por el esfuerzo mientras trajinaba vestido con una ropa de trabajo ligera; cómo los chicos mayores, que eran mis superiores, me cargaban de trabajo, se burlaban de mí y me imponían castigos físicos. Estas fantasías producían en mí una sensación que hoy reconozco como libidinosa. Me imaginaba que me castigaban presionándome en las zonas erógenas que rodean al ano y así tuve mi primera eyaculación. Este fenómeno me resultó totalmente incomprensible; hasta entonces yo solo había visto en el pene una vía para expulsar la orina, y tenía una idea más bien oscura o más bien ninguna idea sobre la reproducción humana, por lo que no sabía qué pensar de aquel líquido que había surgido repentinamente. Lo llamé “leche de chico” y no veía en su expulsión maldad alguna sino tan solo un curioso incidente que me propuse investigar. Describo esto tan detalladamente para poner de relieve que mi onanismo se desarrolló por puro instinto, sin ser incitado a ello y sin que hubiera mala voluntad por mi parte. No tardé en descubrir en los días siguientes que la eyaculación se lograba más fácilmente manipulando el pene con las manos. Como el sentimiento libidinoso que experimentaba con ello resultaba placentero y yo no veía en ese acto nada que no fuera la satisfacción de un placer natural (como el olfato, por ejemplo), el onanismo pronto se convirtió en costumbre.

En la línea de lo ocurrido en la primera ocasión, las fantasías que lo acompañaban eran siempre de índole perversa. Tras la lectura de su libro, he de considerar esta anomalía como una mezcla de sadismo y masoquismo acompañada de fetichismo y complicada de homosexualidad, y la única causa que se me ocurre es la excitación del impulso sexual antes de recibir una preparación al respecto. Cuando finalmente, con más de 17 años de edad, fui a dar en una enciclopedia con la historia natural de la humanidad debidamente explicada, era ya demasiado tarde, puesto que mi impulso sexual se había corrompido por efecto de los numerosos actos de onanismo.

Voy a intentar dar una idea de las fantasías que solían dar pie a mi onanismo.

El objeto de mis fantasías eran siempre chicos de entre 10 y 16 años, la edad en que empiezan a desarrollarse la inteligencia y la belleza corporal, pero solo mientras llevaban pantalones cortos. Estos eran imprescindibles. Todo chico conocido cuya contemplación en los años de los pantalones cortos me hubiera excitado pasaba a dejarme totalmente frío en cuanto empezaba a ponerse pantalones largos. Aunque yo no demostrara excitación alguna, literalmente me iba detrás del primer pantalón corto que se me cruzara por la calle, igual que otros se van detrás de unas faldas. Este impulso era universal. Yo me gustaba a mí mismo igual que mis colegas, que lo mismo podían ser mendigos descalzos y andrajosos que príncipes. Si se me pasaba un día sin ver a nadie que pudiese convertirse en objeto adecuado para mi fantasía, imaginaba todo tipo de figuras ideales y, cuando me hice mayor, me veía a mí mismo otra vez en la edad crítica, vestido con los atavíos a los que respondía mi impulso, y envuelto en todo tipo de situaciones posibles e imposibles.

Aparte de los pantalones cortos, que tenían que ser lo suficientemente cortos para dejar a la vista las hermosas formas de la pierna de rodilla para abajo, era imprescindible una ropa infantil ligera. En mi fantasía desempeñaban un importante papel las camisetas, las blusas de marinerito, las medias negras largas o también los calcetines blancos, que dejaban al aire rodilla y pantorrilla. En cuanto a los tejidos de los trajes, me gustaban sobre todo las telas de algodón ligero y tenían que estar, o bien nuevas a estreno e impolutas, o bien sucias, arrugadas y con rotos por los que asomaran los muslos. Pero también me gustaban los pantalones de loden o de paño azul y los pantalones de cuero ajustados. Los anuncios de ropa de niño me excitaban sobremanera (cuanto más barata, mejor). Si decía, por ejemplo: “Trajes completos de niño para 10-14 años a partir de 3 francos”, ya era para mí motivo de alborozo. Me imaginaba que con 14 años, y habiendo dado un estirón, recibía a cambio de esa cantidad ridícula una ropa raquítica calculada para 8 años. Por lo que respecta al cuerpo de mis objetos, estos tenían que tener el pelo corto y, a ser posible, rubio, un rostro fresco y descarado, con ojos brillantes e inteligentes y una figura esbelta y proporcionada. Las piernas, que era a lo que daba más importancia, tenían que ser gráciles: unas rodillas delgadas, unas pantorrillas firmes y unos tobillos elegantes eran imprescindibles. A menudo me sorprendía a mí mismo dibujando estos cuerpos y prendas “ideales”. Nunca pensaba en los genitales; la definición de pederastia la encontré por primera vez en su libro. Nunca se me ocurrió ni siquiera la idea de cometer un acto semejante. Las figuras completamente desnudas carecían prácticamente de efecto, es decir, producían una impresión estética pero nunca sexual en mi fantasía.

Ya he descrito, por tanto, los objetos de mi fantasía y me queda explicar lo que hacía mi espíritu excitado con estos desdichados objetos.

Llego así al verdadero núcleo de mi anomalía, esa mezcla de sadismo y masoquismo a la que ya me he referido. No puedo creer que sadismo y masoquismo sean opuestos. El masoquismo es tan solo una forma especial de sadismo, de la misma manera que el altruismo es una forma especial de egoísmo, paradoja cuya explicación dejo para el final. Los crueles actos que imaginaba mi fantasía se referían tanto a mi persona como a cualquier otra que resultara sexualmente excitante; me podía ocurrir incluso el sentirme torturado en otra persona, de modo que gozaba de mis propios dolores imaginarios mientras veía retorcerse bajo los golpes a otro chico. A menudo me veía a mí mismo junto a otro compañero entre las piernas de un implacable superior que dejaba las cuatro pantorrillas llenas de marcas anchas y sangrientas a base de latigazos. En esos momentos sentía tanto el placer de la propia humillación como la gozosa conciencia de que otro ser humano era humillado, o sea, masoquismo y sadismo en un mismo instante. Dos opuestos no se dejarían reunir sin más en tan breve lapso de tiempo. Por otra parte, tiendo a atribuirle esta estrecha mezcla a mi propio carácter, que es fuertemente objetivo, más allá de la vita sexualis. Siempre ando tratando de meterme por completo en la situación y sentimientos del otro, así como de juzgarme a mí mismo de forma exacta e implacable desde el punto de vista de un observador imparcial.

Por lo que respecta a la naturaleza de mis pensamientos sádico-masoquistas, estos consistían esencialmente, como ya he indicado, en la administración de crueles castigos físicos a un muchacho como yo o incluso a mí mismo en la edad crítica. Se alternaban aquí bofetadas, coscorrones, tirones de pelo y de orejas, azotes con palos, látigos, correas, etc., patadas y otros actos de violencia. Lo que más me impresionaba eran los latigazos cuando se asestaban en las delicadas corvas o en pantorrillas descubiertas. También me gustaban los golpes en la zona de alrededor de las orejas. También se arreaban palos a ciegas por todo el cuerpo. Las patadas asestadas con los pies descalzos me parecían más humillantes que las que se daban con calzado y por eso mismo resultaban más de mi gusto. Especialmente placentero me resultaba el arrastrar a alguien por las orejas dándole de bofetadas o de latigazos. Me gustaba que la víctima suplicara recibir el castigo para purgar alguna mala acción y diera las gracias humildemente tras recibir la paliza. También me regodeaba en la idea de obligar a las víctimas ideales a obedecer la orden de alargar la palma o el dorso de la mano para maltratárselas dolorosamente con un bastón.

He de añadir que, quitando alguna que otra bofetada en peleas con compañeros, no he sido golpeado en mi vida y tampoco he visto azotar a nadie de manera que se acerque ni de lejos a la crueldad pintada por mi fantasía.

Las personas que administraban el castigo eran de lo más diverso. Por lo general se trataba de hombres, raramente mujeres (el único caso en que se ha dado un momento heterosexual). Siempre imaginaba algún fundamento legal para la paliza. Los atormentadores contaban con una base de apariencia legal para su proceder. Esta se hallaba en un poder otorgado por el responsable legal del castigado o en un acuerdo alcanzado con este.

Especialmente sofisticado resultaba el asunto cuando no solo el castigado sino también el castigador era un muchacho como yo. Hacía plausible este caso, o bien poniendo a un chico pobre al servicio de una familia rica a la que pertenecía un chico de la misma edad o más joven, o bien mediante “normas de reforma escolar”. Cada clase tenía entonces su propio uniforme, que se describía exactamente en muchos párrafos, y los alumnos de las clases superiores poseían, de manera semejante a lo que ocurre en Inglaterra, el derecho a mandar y castigar a los de las clases inferiores; los alumnos destacados estaban por encima de los normales, estos, a su vez, por encima de los que suspendían y así sucesivamente. Los mejores en clase de gimnasia ocupaban una posición muy destacada, pues podían azotar y abofetear incluso a los primeros de la clase si hacían mal los ejercicios o si se les veía desganados. Cuando un chico más pequeño (por ejemplo, uno de doce años) castigaba a uno mayor (por ejemplo, de quince años), aquello representaba el máximo placer, lo mismo si me imaginaba en un papel activo, que pasivo o incluso neutral.

La idea del calor animal de mis favoritos tenía algo embriagador. La sensación de “estar atrapado entre las piernas” me excitaba extraordinariamente. Toda idea de sudor me resultaba agradable y encontraba enormemente atrayente el olor a pies sudados.

Cuando el castigo concluía en mi espíritu sin que consumara el onanismo, siempre volvía a la sensatez súbitamente. Sentía entonces a menudo una profunda compasión por el castigado. En ese momento hubiera estrechado en mis brazos a cualquier precio a aquel pobre muchacho azotado, enrojecido y sollozante, y le hubiera rogado que me perdonara por haberle hecho tanto daño. De manera análoga al “pajismo” que usted describe en su libro, albergaba a veces el deseo completamente puro de adoptar a un pobre huérfano, dotarle de medios para que tuviera una educación y hacer de él una nueva persona que se convertiría con los años en un fiel amigo. A menudo me acomete el deseo de educar a mis compañeros. Conozco por propia experiencia los defectos de la actual pedagogía y veo a muchachos de espíritu despejado y físicamente sanos que se encaminan a marchas forzadas hacia su propia perdición; veo cómo en cuestión de años se arrastrarán por la vida como yo, decrépitos, cínicos, degenerados, desprovistos de fuerza e idealismo. Me gustaría intervenir, dedicarme a la juventud, no para aprovecharme mezquinamente de ella —nada más lejos de mi intención en ese momento— sino para advertirlos con total rectitud y con la mejor de las intenciones. Volveré sobre esto.

Independientemente de estos deseos, que siempre son decentes, pero que están relacionados con mi perversión, me acometía frecuentemente la idea, íntimamente relacionada y de una naturaleza sucia y sexual, de convertirme en preceptor y criado de un muchacho como yo. Una familia rica me acoge por compasión en su casa a mí que soy un pobre estudiante. Mi misión consiste en estudiar con el hijo de la familia, un bribón vago y descarado, y mantenerle ocupado todo el día. Tengo que ayudarle a verstirse y a desnudarse, tengo que prestarle todos los servicios que desee, tengo que “acatar sus órdenes”, como se dice, incluso cuando por pura maldad exige que ejecute mandatos absurdos o humillantes. “Contra la insolencia, la desobediencia o la negligencia: palo”.

En esto, como en el resto de fantasías semejantes, una gran parte del atractivo residía siempre en la elección de las palabras. El subalterno tenía que dirigirse al superior como “señorito” (y si había una criada encargada de la paliza, como “señorita”). El superior, aunque fuera más joven que el esclavo, tuteaba a este, le llamaba “piojoso”, “mierda”, “pillo”, “niñato”, a menudo le “amaestraba” con un silbato y le hacía ponerse en posición de “firmes” o “de rodillas” cada vez que se dirigía a él o le soltaba una bofetada (el castigo de levantarse y arrodillarse, este último endurecido a menudo usando hierros oxidados, debería haberlo mencionado más arriba, al hablar de los azotes). Las expresiones destacadas con comillas y otras como “paliza”, “bofetada”, etc. e incluso denominaciones completamente inocuas como “chico”, “chaval”, “muchacho”, “rodilla”, etc. bastaban para excitarme cuando las leía en cualquier contexto. Inmediatamente, surgían con la correspondiente palabra fantasías libidinosas.

Tampoco me libraba de la coprolagnia. Frecuentemente, me veía a mí mismo en poder de un joven campesino descalzo al que le tenía que lamer sus sucias piernas mientras se echaba la siesta. Cuando dejaba de apetecerle tal servicio, me plantaba una patada en la cara para que le dejara en paz. También encontraba agradable el que me escupieran. Daba en las ideas más tremendas en este campo: veía mi boca convertida en escupidera e incluso en retrete. Se me llegó a ordenar lamer escupitajos del suelo, honor por el que debía dar las gracias al amo que había soltado el salivazo, algo a lo que yo solía añadir el suplicar que me siguieran humillando. Todas estas manifestaciones de coprolagnia se presentaban también en forma sádica, aunque he de hacer notar que el escupir me inspira tal aversión que no soy capaz de hacerlo ni estando acatarrado.

Los esclavos de mi fantasía suelen recibir comidas repugnantes (desperdicios, como cáscaras de patata, huesos roídos, etc.) y tenían que dormir sobre el suelo desnudo.

Tengo que hacer especial hincapié en mi afición a los chicos descalzos; por ejemplo, un chico trabajador, vestido tan solo con unos pantalones raídos, incluso rotos, y una camiseta por el estilo que tuviera que arrastrar a golpes una pesada carreta por un cenagal cayéndose al suelo cada dos por tres… ese era a menudo mi ídolo y se contaba entre los productos más poderosos de mi sucia fantasía. Superaba aquí a veces la medida habitual de mi perversión. Una vez me imaginé que a la bestia de carga humana, al vestirse, le saltaban los botones de los pantalones y se le quedaban colgando las partes pudendas, el único caso en que estas desempeñaban un papel. Otras dos veces llegué incluso a maltratar mi propia persona. Estas fueron las dos únicas ocasiones en que abandoné el marco de lo ideal. En una de ellas me quité toda la ropa menos la camisa y los calzoncillos. Estos los enrollé de forma que parecían unos pantalones cortos y anduve un rato descalzo dando vueltas por la habitación hasta que me arrodillé delante de un espejo y me lancé un chorro de mi propia orina a la cara (!) imaginándome que esto lo hacía a un chico que, habiéndome vencido en una pelea, se había puesto de rodillas encima de mí y me demostraba ante testigos de una forma tan drástica su poder y mi sometimiento. El segundo y último caso en que abandoné el ámbito de la fantasía se dio el año pasado. Me desnudé de la forma ya mencionada y empecé a golpearme febril e incesantemente las pantorrillas desnudas con un bastón. Esto lo hice con tal fuerza que, pasados ocho días, todavía me quedaban marcas y cardenales. Mientras hacía esto volví a imaginarme que un chico que vigilaba mi trabajo como bestia de carga me azotaba “por desganado”. A diferencia de la mayoría de observaciones en el ámbito del masoquismo, al ejecutar mi fantasía sentí escaso dolor y no me vi defraudado en modo alguno; antes bien, se apoderó de mí una intensa voluptuosidad. No paré de azotarme hasta quedar agotado. Por otra parte, ese día me encontraba especialmente excitado: hacía un calor enorme (25° R a la sombra [31° C, nota del traductor]) y estaba terriblemente nervioso porque al día siguiente tenía un examen difícil para el que no me veía preparado. Es interesante mencionar que a pesar de la atonía provocada por el exceso, que me incapacitó para todo trabajo intelectual durante la noche, aprobé el examen con nota. Esto es toda una imagen de nuestra cultura: energía sobrehumana junto a debilidad infrahumana, una lucha encarnizada entre el espíritu y la materia.

Lamentablemente no recuerdo con exactitud mi estado psíquico anterior y posterior al otro acto real (el de la orina).

He mencionado anteriormente que la palabra impresa solía despertar mi deseo y he de añadir ahora que los cuadros y las estatuas también podían provocar el mismo efecto.

Diré, por mencionar un solo ejemplo, que los retratos de muchachos de una exposición me mantuvieron excitado durante varios días. Estaban allí retratados dos chicos, el uno tendría unos 11 años y el otro alrededor de 14. Son chicos guapos, con ropa de andar por casa, con unos pantaloncitos azules que dejan al aire unas pantorrillas fuertes y bronceadas, cubiertas de un fino vello. Los dos chicos están ahí como si, en medio de sus travesuras en el jardín, una orden del padre los hubiera obligado a detenerse. Todavía tienen rojas las mejillas; el mayor, sobre todo, tiene cara de rebelde. Con estos chicos me inventé largas historias en las que el palo desempeñaba un papel central. Ninguna persona normal podía imaginarse que tuvieran esta influencia sobre mí.

En el teatro me gustaba ver sobre todo obras en las que hubiera papeles de chicos, y me enfadaba si, como solía ocurrir, los interpretaban muchachas, lo que imposibilitaba mi placer sexual. Una vez que vi una versión de “Flachsmann como educador” en la que el papel de escolar lo interpretaba un chico de verdad, mi entusiasmo no conocía límites. El joven artista actuaba además magníficamente. El actor interpretó a pedir de boca la mezcla de ruda obstinación y temor pueril, esos sentimientos encontrados que experimenta todo mal estudiante cuando se encuentra delante del director y que se manifiesta en la aspereza de las contestaciones. Con ello me hizo caer una vez más en el onanismo.

Pero lo que más efecto me producía siempre eran las obras impresas, donde mi fantasía disfrutaba de la máxima libertad de movimientos. No hay ningún clásico, ningún escritor de prestigio, en cuya obra no haya encontrado yo algún pasaje excitante. Esto nos llevaría, por tanto, demasiado lejos si quisiera presentarlo con todos sus pormenores. Me excitaban sobre todo desde hacía años “La cabaña del tío Tom” y uno de los viajes de “Simbad el marino” en las “Mil y una noches”. Me refiero a la aventura en que un ser monstruoso se sirve de Simbad como montura. Este relato demuestra que el masoquismo era ya conocido entre los antiguos árabes.

El “ser cabalgado” era un elemento que aparecía repetidamente en mis fantasías, igual que el “ser uncido”. Alguna vez he llegado a sentirme como un perro de tiro al que le dan patadas o como un caballo que recibe latigazos, algo que durante los momentos de excitación trataba de explicarme como recuerdos de reencarnaciones anteriores, por más que en estado normal no crea en la inmortalidad de eso que llaman alma.

Un fenómeno muy extraño es que en mi estado normal siempre pienso y siento de una forma completamente diferente a como lo hago en estado de excitación sensual. En mi estado normal, por ejemplo, soy enemigo incondicional de castigar con azotes y partidario de la teoría de que los errores humanos sólo se pueden corregir convenciendo con razones y nunca mediante la violencia o mediante prohibiciones que no hacen sino incitar a saltárselas. Soy, asimismo, un partidario convencido de la búsqueda de la libertad, un “defensor de los derechos humanos”… y, sin embargo, a pesar de todo esto, encuentro en otros momentos placer en la idea de la esclavitud, en un trato inhumano.

Por lo que hace a mis inclinaciones sexuales contrarias, tengo que proporcionar aún algunos datos sobre mi carácter y mi comportamiento social.

Espiritualmente me siento siempre como hombre; sexualmente, como neutro. Insisto en que el coito normal nunca ha sido objeto de mis fantasías, como tampoco lo ha sido el coito pederasta. Me gusta mantener trato espiritual ante todo con hombres inteligentes y serios, o sea, sobre todo con hombres mayores o también con mujeres de aspecto masculino y enérgico carácter. Apenas me trato con mis colegas; en compañía de señoras mediocres o de hombres superficiales y vanidosos me siento más cohibido —porque no sé qué es lo que le interesa a la gente— que si estoy tratando a personas que me imponen por su altura de espíritu.

La mujer no me resulta en absoluto repugnante. Admiro incluso su belleza física, pero sólo como lo haría con un hermoso paisaje, una rosa o una casa nueva. Puedo hablar con toda tranquilidad de cuestiones sexuales sin ruborizarme y sin que nadie se percate de lo que oculto en mi interior.

[Psychopathia sexualis, caso 89]