Caso 218: exhibicionismo

X., ayudante de barbero, 35 años, condenado repetidamente por atentado contra la moral, ha sido detenido una vez más por merodear desde hace tres semanas por los alrededores de un colegio femenino intentando llamar la atención de las niñas y, una vez conseguido esto, exhibirse. Ocasionalmente les prometía también dinero con estas palabras: “Habeo mentulam pulcherrimam, venite ad me ut eam lambatis”.

X. lo admite todo en el juicio, pero no sabe cómo ha llegado a ello. Afirma ser, por lo demás, la persona más juiciosa del mundo, pero lleva dentro la predisposición a cometer estos delitos y no lo puede evitar.

Ya en 1879, siendo soldado, cuando salía del cuartel, andaba por la ciudad exhibiéndose ante niños. Un año de cárcel. En 1881, el mismo delito. Perseguía corriendo a los niños, que salían gritando, y los miraba “fijamente”. Un año y tres meses de prisión. Dos días después de salir de prisión les dijo a dos niñas pequeñas: “Si mentulam meam videre vultis mecum in hanc tabernam veniatis”. Él negó haber pronunciado esas palabras, alegó embriaguez. Tres meses de cárcel.

En 1883 nueva exhibición. No dijo nada en esta ocasión, afirmó en el juicio padecer este tipo de excitación patológica desde que sufrió una grave enfermedad ocho años antes. Un mes de cárcel.

En 1884 exhibición ante niñas en un cementerio; en 1885, nuevamente. Él declaró lo siguiente: “Sé que está mal lo que hago, pero es como una enfermedad. Cuando me viene, no puedo evitar esos actos. A veces pasa bastante tiempo hasta que me libro de esas inclinaciones”. Seis meses de cárcel.

El 12 de agosto de 1885 fue liberado y el 15 de agosto ya había reincidido. La misma justificación. Esta vez, exploración médica. No se halló trastorno psíquico alguno. Tres años de prisión.

En cuanto salió de allí, nueva serie de exhibiciones.

La nueva exploración obtuvo los siguientes resultados:

El padre padecía alcoholismo crónico y, al parecer, cometía los mismos actos deshonestos. La madre y una hermana, enfermas de los nervios; la familia entera, de temperamento arrebatado.

X. padeció entre los 7 y los 18 años convulsiones epilépticas. Con 16 años, primera cohabitación. Posteriormente, gonorrea y, al parecer, sífilis. A partir de ahí, relaciones sexuales normales hasta los 21 años. Por aquel entonces tenía que pasar a menudo cerca de un lugar de juegos y en alguna ocasión satisfizo la necesidad de orinar. Al hacer esto, los niños miraban con curiosidad.

En algún momento notó que esas miradas le excitaban sexualmente, que le provocaban una erección e incluso eyaculación. Empezó a encontrarle gusto a esta forma de satisfacción sexual, se fue volviendo más indiferente hacia el coito, pasó a satisfacerse de esa forma, su pensamiento entero se encontraba dominado por ello, soñaba entre poluciones con tales exhibiciones. Su lucha contra este impulso exhibicionista se fue volviendo cada vez más inútil. Este le acomete siempre con tal violencia que no atiende a nada más, no ve ni oye nada, se encuentra completamente “fuera de juicio”, “como un toro que se lanza de cabeza contra un muro”.

X. presenta un cráneo anormalmente ancho, pene pequeño, testículo izquierdo atrofiado. Reflejo patelar inexistente. Síntomas de neurastenia, sobre todo cerebral. Frecuentes poluciones. Los sueños giran por lo general en torno al acto sexual normal, raramente en torno a la exhibición ante niñas pequeñas.

Por lo que respecta a sus actos sexuales perversos, asegura que el impulso de buscar a niñas y atraerlas hacia sí es el primario y que solo cuando lo ha logrado earum intentionem in sua genitalia nudata transferre, erectionem et ejaculationem fieri. No pierde la conciencia durante el acto. Posteriormente se siente molesto con el hecho y, si no le cogen, se dice: “Otra vez nos hemos escapado del fiscal”.

En prisión no tiene este impulso; aquí únicamente le importunan los sueños y las poluciones. Estando en libertad, buscaba diariamente la ocasión de satisfacerse mediante la exhibición. Daría diez años de su vida por librarse de esto; “vivir constantemente con miedo, andar siempre entre la libertad y la falta de libertad… es insoportable”.

El dictamen dio asumió que existía una perversión innata (?) del sentimiento sexual con indudables taras hereditarias, constitución neuropática, asimetría craneal y deficiente desarrollo de los genitales.

Cabe destacar, asimismo, que al aparecer el exhibicionismo cesaron los trastornos epilépticos, por lo que se podría pensar en una manifestación vicaria.

La perversión sexual se desarrolló sobre la base de una predisposición preexistente por asociación fortuita de ideas de contenido sexual (miradas curiosas de los niños mientras orinaba) con una acción insignificante en sí. El enfermo no fue condenado y se le ingresó en un manicomio. (Dr. Freyer, Zeitschrift für Medizinalbeamte, año 3, n.º 8).