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Caso 85: masoquismo femenino

Señorita X., 21 años, desciende de madre morfinómana fallecida hace unos años de una enfermedad nerviosa. El hermano de esta mujer es también morfinómano. Uno de los hermanos de la joven es neurasténico; otro, masoquista (desea que damas distinguidas y orgullosas le asesten bastonazos). La señorita X. nunca ha estado enferma de gravedad, sufre tan solo dolores de cabeza ordinarios. Se considera físicamente sana, aunque se tiene a veces por loca, a saber, cuando se le presentan las fantasías que se describen a continuación.

Desde su más temprana juventud se imagina que la castigan y la azotan. Se regodea literalmente en semejantes ideas. Su deseo más anhelado consiste entonces en ser golpeada reciamente con un bastón.

Dice que este deseo surgió a raíz de que un amigo de su padre, cuando ella tenía 5 años, se la puso encima de las rodillas y la azotó en broma. Desde entonces deseaba que se presentara la ocasión de ser azotada, aunque, muy a su pesar, no se cumplía este deseo. En sus fantasías se representa a sí misma desvalida, atada. Las palabras “bastón” y “azotar” producen en ella una poderosa excitación. Únicamente ha comenzado a poner sus ideas en relación con el sexo masculino desde hace un año aproximadamente. Antes de eso se imaginaba una maestra severa o simplemente una mano que la castigaba.

Ahora desea ser la esclava de un hombre al que ame; desea besarle los pies mientras la azota.

La dama no sabe que estos sentimientos son de índole sexual.

Algunos fragmentos de sus cartas resultan característicos en el sentido de una interpretación masoquista del caso:

“Antes pensaba seriamente en meterme en el manicomio si no conseguía librarme de estas fantasías. Esto se me ocurrió al leer la historia del director de una institución mental que había azotado a una dama con bastón y fusta después de sacarla de la cama tirándole de los pelos. Esperaba que me trataran a mí así también en una institución de ese tipo, así que inconscientemente me representaba mis fantasías con hombres. Pero sobre todo me gustaba imaginarme que me azotaban despiadadamente enfermeras groseras e incultas”.

“Pienso que estoy tumbada ante él y me pone un pie en la nuca mientras que yo beso el otro. Me deleito en tal idea, en la que no me golpea, pero varía mucho, y me imagino escenas completamente diferentes en las que me golpea. A veces pienso que los golpes son muestras de amor: él es muy bueno y cariñoso conmigo y a continuación me golpea por un exceso amoroso. Me imagino que su máximo deseo es golpearme por puro amor. Muchas veces he soñado también que soy un esclavo —es extraño, pero nunca una esclava—. Así, por ejemplo, me he imaginado que él es Robinsón y yo el salvaje que le sirve. Contemplo a menudo el dibujo en el que Robinsón le pone el pie en la nuca al salvaje. Ya tengo una explicación para la fantasía mencionada arriba: me imagino a la mujer en general como baja, inferior al hombre; aunque por lo demás tengo mucho orgullo y no me dejo dominar a ningún precio, por eso me veo como hombre (que por naturaleza es orgulloso y está por encima), la humillación ante el hombre amado es así mayor. También me he imaginado que soy su esclava; pero no me bastaba, al fin y al cabo, cualquier mujer vale para servir a su hombre como esclava”.

[Psychopathia sexualis, caso 85]

Caso 83: masoquismo, fetichismo, coprolagnia

B., 31 años, funcionario, procede de familia con antecedentes neuropáticos, desde niño era nervioso, endeble, padecía temores nocturnos. Con 16 años tuvo la primera polución. Con 17 años se enamoró de una francesa de 28 no muy agraciada. Tenían especial interés para él sus zapatos. En cuanto tenía ocasión de hacerlo sin que nadie se diera cuenta, los cubría de besos y se estremecía de placer con ello. No llegaba a la eyaculación durante estas escenas con zapatos. B. asegura que por aquel entonces aún no tenía ni idea de la diferencia de sexos. Su admiración por los zapatos resultaba un enigma para él mismo. A partir de los 22 años practicaba el coito aproximadamente una vez al mes. B., aunque era libidinoso, se sentía siempre totalmente insatisfecho espiritualmente al hacerlo. Un día encontró a una hetera que le causó una extraña impresión por su orgullosa actitud, sus fascinantes ojos, su ser desafiante. Era como si tuviera que arrojarse al suelo ante esta soberbia criatura, besarle los pies y seguirla como un perro o esclavo. Especialmente le impresionó el “majestuoso” pie con su zapato de charol. La idea de servir como esclavo a una mujer así le hizo estremecerse de placer. Esa noche no pudo domir pensando en ello, y mientras yacía boca abajo besando en su fantasía los pies de esta mujer, tuvo una eyaculación. Como B. era tímido por naturaleza, no confiaba demasiado en su potencia y además sentía repulsión hacia las meretrices, se sirvió en adelante de su descubrimiento de la masturbación psíquica para satisfacerse y renunció por completo a tener verdaderas relaciones con las mujeres. Durante esta satisfacción solitaria pensaba en el magnífico pie de la soberbia mujer, a cuyo recuerdo óptico se asoció con el tiempo la fantasía olfativa de un pie o zapato de dama. En sus éxtasis eróticos nocturnos cubría el imaginario pie de mujer con innumerables besos. En sueños eróticos seguía a autoritarias mujeres. Llovía. La dómina se levantaba mucho el vestido, él “veía el dulce pie, sentía casi su forma elástica, blanda y, sin embargo, firme y cálida, veía un trozo de pantorrilla cubierto por una media de seda roja”; llegaba entonces por lo general a la polución. Era todo un placer para B. salir a dar vueltas por la calle mientras llovía para ver así sus sueños hechos realidad; si lo conseguía, la persona en cuestión se convertía en objeto de sus sueños y fetiche de sus actos de masturbación psíquica. Para potenciar la ilusión de estos últimos, se le ocurrió ponerse en la nariz su propio calcetín impregnado de la secreción de sus pies. Con este auxilio, su fantasía casi adquiría realidad en la culminación del éxtasis: estaba embriagado por el olor del imaginario pie de dama, que con intenso deseo besaba, chupaba y mordía hasta que por fin se producía la eyaculación. Pero concurrían también en el sueño o en el éxtasis libidinoso imágenes genuinamente masoquistas, por ejemplo, “la soberbia mujer, apenas cubierta y con un látigo en la mano, estaba en pie ante él, mientras que él, como esclavo, se arrodillaba en tierra ante ella. Ella empezaba a asestarle latigazos, le plantaba el pie en el cuello, en la cara, en la boca, hasta que accedía a secretum inter digitos nudos pedis ejus bene olens exsugere”. Para completar la ilusión utilizaba propria secreta pedum llevándoselas a la nariz. Durante este éxtasis experimentaba un delicioso aroma, mientras que fuera del paroxismo encontraba sudorem proprium non bene olentem. Durante largo tiempo, estos fetichismos se vieron desplazados por fetichismo de podex, para lo que B. recurría en ayuda de su ilusión a unas bragas y stercus proprium naribus appositum. A esto le siguió una época en que su fetiche era cunnus feminae y en que practicaba cunnilingus ideal. Se ayudaba para ello con trozos de la zona axilar de un corpiño de punto de señora, medias, zapatos de la misma proveniencia. Tras 6 años, al aumentar la neurastenia y paralizarse la fantasía (?), B. perdió la capacidad para este tipo de onanismo ejecutado psíquicamente y se convirtió en masturbador normal. Así siguió durante varios años. El progreso de su neurastenia precisó un tratatamiento en un balneario. Durante su convalecencia, B. conoció a una joven que respondía a sus sentimientos masoquistas, consumó finalmente el coito con auxilio de situaciones masoquistas y se sintió satisfecho. Pero a partir de entonces se reavivaron sus viejas fascinaciones fetichistas y deseos masoquistas y en la satisfacción de estas apetencias B. halló, con diferencia, más placer que en el coito, al que se había prestado únicamente honoris causa y como episodio de las mencionadas abominaciones. El fin de esta cínica existencia sexual fue… el matrimonio, por el que se decidió B. tras abandonarle su amante. B., que ya es padre de familia, asegura que procede con su esposa como con aquella y que tanto él como ella están satisfechos (!) con esta forma de relaciones conyugales (Zentralblatt für Krankheiten der Harn – und Sexualorgane, VI, 7).

Se han de incluir aquí también varios casos de Cantarano I. c. (mictio, en otro caso incluso defaecatio puellae ad linguam viri ante actum), degustación de dulce con olor a heces para ser potente; así como el siguiente caso, que me fue comunicado por un médico:

Un príncipe ruso completamente decrépito hacía que su amante se le sentara encima dándole la espalda y defecara sobre su pecho, siendo esta la única manera en que todavía se excitaban los restos de su libido.

Otro mantiene a una amante de forma insólitamente espléndida con la obligación de comer únicamente mazapán. Ut libidinosus fiat et eiaculare possit excrementa feminae ore excipit. — Un médico brasileño me contó varios casos de defaecatio feminae in os viri de los que había tenido conocimiento.

Casos de este tipo se dan por todas partes y no son precisamente escasos. Todas las secreciones posibles, saliva, mocos, incluso el cerumen se utilizan a este propósito, se ingieren con ansia, se dan oscula ad nates e incluso ad anum. (El Dr. Moll op. cit. p. 135 informa de esto mismo a propósito de personas de sexualidad contraria). El perverso deseo de realizar activamente el cunnilingus, que está muy extendido, podría también tener a menudo su origen en tales impulsos.

Se ha de incluir aquí probablemente el horrendo caso de Cantarano (“La Psichiatria”, año. V, p. 207), en el que el coito va precedido de morsus et succio de los dedos de los pies de la puella, que debían llevar sin lavar el mayor tiempo posible, también un caso análogo del que yo mismo daba cuenta en la 8.ª edición de este libro (caso 68).

Stefanowski (Archives de l’Anthropologie criminelle, 1892, vol. VII) conoce a un anciano comerciante ruso qui valde delectatus fuit bibendo ea quae puellae lupanarii jusso suo in vas spuerunt.

Neri, Archiv. delle psicopatie sessuali, p. 108: trabajador de 27 años, con importantes taras, con tic en la cara, fobias (sobre todo, agorafobia) y aquejado de alcoholismo. Summa ei fit voluptas, si meretrices in os eius faeces et urinas deponunt. Vinum supra corpus scortorum effusum defluenz ore ad meretricis cunnum adposito excipit. Valde delectatur, si sanguinem menstrualem ex vagina effluentem sugere potest. Fetichista de guantes de señora y botines, osculatur calceos sororis, pedes cuius sudore madent. Libido eius tum demum maxime satiatur, si a puellis insultatur, immo vero verberatur, ut sanguis exeat. Dum verberatur, genibus nixus veniam et clementiam puellae expetit, deinde masturbare incipit.

[Psychopathia sexualis, caso 83]

Caso 70: fetichismo de pies y zapatos

Señor X., 25 años, de padres sanos, anteriormente nunca enfermo de consideración, puso a mi disposición la siguiente autobiografía: “Empecé a masturbarme con 10 años sin que esto fuera nunca acompañado de pensamientos libidinosos. Ya por aquella época —esto lo sé con certeza—, la visión y el tacto de unas botas elegantes de mujer ejercían sobre mí un embrujo sin igual; mi mayor deseo era poder llevar también unas botas así, deseo que pude realizar también de vez en cuando en bailes de disfraces. Después fue un pensamiento completamente diferente el que comenzó a atormentarme: mi ideal consistía en verme en una situación humillante, me hubiera gustado ser esclavo, deseaba ser castigado, en definitiva, recibir el trato que se describe en las numerosas historias de esclavos. No sabría decir si este deseo surgió en mí por la lectura de estos libros o de forma espontánea.

“Con 13 años llegó la pubertad; con la aparición de las eyaculaciones aumentó el placer y me masturbaba con más frecuencia, a menudo 2 ó 3 veces al día. Durante el periodo de los 12 a los 16 años tenía siempre la fantasía durante el acto onanista de que me obligaban a llevar botas de chica. La visión de una bota elegante en el pie de una chica medianamente guapa me enloquecía, yo buscaba con ansia llevar el olor a cuero a mi nariz. Para oler el cuero también durante el onanismo me compraba manguitos de cuero, que olfateaba mientras me masturbaba. Mi pasión por las botas de cuero de mujer sigue siendo hoy la misma, solo que desde que cumplí los 17 años se le ha unido el deseo de convertirme en criado, limpiarles las botas a damas distinguidas, tener que ayudarlas a vestirse y desnudarse, y similares.

“Mis sueños nocturnos consisten siempre en escenas con zapatos: estoy ante el escaparate de una zapatería, a veces miro el elegante calzado de señora, sobre todo los zapatos con botones, o ad pedes feminae jaceo et olfacio et lambo calceoles eius. Hace más o menos un año que he dejado el onanismo y acudo ad puellas; el coito se consuma concentrando mi pensamiento en botas de señora con botones, a veces me llevo el zapato de la puella conmigo a la cama. Nunca he sufrido trastornos debidos a mi anterior onanismo. Se me da bien estudiar, tengo buena memoria, no he tenido en mi vida dolor de cabeza. Esto es lo que tenía que contar sobre mí.

“Un par de palabras aún a propósito de mi hermano: estoy convencido de que él también es fetichista de zapatos; entre muchos otros hechos que me lo demuestran, destacaré solamente uno: para él es todo un placer que le aseste patadas una de nuestras primas (increíblemente guapa). Por lo demás, me comprometo a decir de cualquier hombre que se para ante una zapatería y se queda mirando los zapatos si es ‘amigo de los zapatos’ o no. Esta anomalía es enormemente frecuente; si hablando con conocidos saco el tema de qué es lo que los atrae en una mujer, se oye con gran frecuencia que resulta más atractiva la mujer vestida que la desnuda; aunque todo el mundo tiene mucho cuidado de no nombrar su fetiche especial. Tengo un tío que también creo que es fetichista de zapatos”.

[Psychopathia sexualis, caso 70]

Caso 57: masoquismo

Tengo 35 años, soy normal física y psíquicamente. No tengo conocimiento de ningún caso de trastorno psíquico en mi círculo familiar más amplio, ni en la línea directa ni en la colateral. Mi padre, que tenía unos 30 años cuando nací, tenía predilección hasta donde sé por las mujeres grandes y de formas generosas.

Ya desde mi más tierna infancia me deleitaba en escenas que tenían como contenido el dominio absoluto de una persona sobre otra. La idea de la esclavitud tenía para mí algo enormemente excitante e igual de intenso desde la perspectiva del amo que desde la del sirviente. El que una persona pudiera poseer a otra, venderla, golpearla, me excitaba sobremanera, y leyendo “La cabaña del tío Tom” (lo que coincidió más o menos con el inicio de mi pubertad) tenía erecciones. Me excitaba especialmente la idea de uncir a una persona a un carro en el que estuviera sentada otra persona con un látigo que guiara a la primera y la hiciera avanzar a latigazos.

Hasta que cumplí los 20, estas ideas eran puramente objetivas y asexuales, es decir, la persona sometida que aparecía en mis imágenes era un tercero (o sea, no yo), la persona que ejercía el control tampoco era necesariamente una mujer.

Por tanto, estas ideas no influían en mi impulso sexual ni en la práctica de este. Aunque estas ideas me producían erecciones, no me he masturbado en mi vida. Asimismo, practicaba el coito desde los 19 años de edad sin ayudarme de dichas ideas y sin relación alguna con ellas. Tenía predilección por mujeres mayores, exuberantes y grandes, aunque tampoco les hacía ascos a las más jóvenes.

A partir de los 21 años de edad, las ideas empezaron a objetivarse y surgió como elemento esencial que el “ama” tenía que ser una mujer de más de 40 años, grande, fuerte. Desde entonces yo siempre era —en mi imaginación— el sumiso; el “ama” era una mujer tosca, que se aprovechaba de mí en todos los sentidos, incluido el sexual, que me enganchaba a su carro y me hacía llevarla de paseo, a la que tenía que seguir como un perro, a cuyos pies tenía que yacer desnudo, y que me golpeaba y azotaba. Este era el esqueleto fijo de mis fantasías, alrededor de las cuales giraban todas las demás.

Encontraba siempre en estas fantasías un infinito placer que me provocaba erecciones pero nunca eyaculaciones. De resultas de la excitación sexual despertada, buscaba a continuación alguna mujer, prefererentemente una cuya apariencia respondiera a mi ideal y practicaba el coito con ella, sin parafernalia alguna, a veces incluso sin entregarme a dichas fantasías durante el coito. Además me sentía atraído por mujeres de otro tipo y realizaba también el coito sin que me viera empujado a ello por fantasías.

Con eso y con todo, llevaba una vida que no resultaba demasiado anormal sexualmente, pero las fantasías se presentaban sin falta, de manera regular, y eran siempre las mismas en lo esencial. Según iba aumentando mi deseo sexual se iban reduciendo los periodos intermedios. Actualmente, las fantasías se presentan cada 15 días o 3 semanas aproximadamente. Quizás si realizara el coito previamente evitaría que aparecieran. Nunca he intentado realizar estas fantasías que se presentan con tanta regularidad y con una forma tan característica, es decir, no he tratado de llevarlas al mundo exterior, sino que me he contentado siempre con deleitarme en mis pensamientos porque estoy plenamente convencido de que mis “ideales” nunca se dejarían llevar a la práctica ni siquiera de manera aproximada. La idea de una farsa con prostitutas siempre me pareció ridícula y carente de todo sentido, puesto que una persona pagada por mí nunca podría ocupar el lugar de una “cruel ama” en mi fantasía. Dudo de que existan mujeres con tendencias sádicas como las heroínas de Sacher-Masoch. Aun cuando existieran y hubiera tenido la suerte (!) de encontrar a una de ellas, una relación con ella en medio del mundo real no dejaría de parecerme una farsa. Así es: a veces me digo que aunque hubiera sido esclavizado por una Mesalina, probablemente me hubiera cansado enseguida de las restantes privaciones de esa vida buscada por mí, y en mis intervalos lúcidos hubiera buscado la libertad por todos los medios.

No obstante, he encontrado la forma de lograr hasta cierto punto su realización. Cuando mi deseo sexual se encuentra muy excitado por estas fantasías, acudo a una prostituta y me imagino con gran viveza alguna historia con ese tipo de contenido en la que soy el protagonista. Cuando llevo como media hora representándome en mi interior tales situaciones (con una erección constante), realizo el coito con un extraordinario deseo y con una potente eyaculación. Cuando llega esta desaparece el espectro. Avergonzado, me marcho cuanto antes y evito volver a pensar en lo ocurrido. Después no tengo fantasías durante 15 días más o menos; si el coito es especialmente placentero, ni siquiera entiendo las situaciones masoquistas hasta el próximo ataque. Pero el siguiente ataque se presenta con toda seguridad antes o después. Debo decir, no obstante, que también practico el coito sin prepararme con tales fantasías, sobre todo con mujeres que me conocen a mí y conocen perfectamente mi condición burguesa y en cuya presencia siento pánico de esas fantasías. Sin embargo, en este caso no siempre soy potente, mientras que la potencia bajo el influjo de las fantasías masoquistas es absoluta. No me parece ocioso destacar que por lo demás en mi pensamiento y sentimiento tengo una predisposición estética y que detesto de por sí en grado extremo el maltrato a las personas. Por último, no quiero dejar de mencionar que la forma de los tratamientos con que nos dirigimos el uno a la otra también tiene su importancia. Es esencial en mis fantasías que el “ama” me trate de “tú” y yo a ella de “usted”. El ser tuteado por una persona capaz de ello, como expresión de dominio absoluto, me ha excitado desde mi más temprana juventud y sigue haciéndolo hoy.

He tenido la suerte de encontrar una mujer que ha convenido conmigo en todo, y sobre todo también en lo sexual, aunque (es ocioso decirlo) en modo alguno se aproxima a los ideales masoquistas.

Mi mujer es apacible, aunque exuberante, una cualidad sin la cual no puedo imaginarme atracción sexual alguna.

Los primeros meses de matrimonio transcurrieron normales en lo sexual, los ataques masoquistas brillaron por su ausencia, prácticamente había perdido el gusto por el masoquismo. Luego llegó el primer embarazo y, en consecuencia, la abstinencia forzosa. Con ello volvieron a acometerme los arrebatos masoquistas al aparecer la libido. Esto me conducía inexorablemente al coito extramarital con fantasías masoquistas —a pesar del enorme amor que sentía por mi mujer—.

También merece atención el hecho de que más tarde, cuando retomé el coito marital, este resultó insuficiente para desplazar las fantasías masoquistas, a diferencia de lo que sucede normalmente con un coito masoquista.

Por lo que respecta a la naturaleza del masoquismo, soy de la opinión de que las fantasías, o sea, la parte mental, representan el objetivo principal y son un fin en sí mismo.

Si el objetivo fuera la realizacion de las ideas masoquistas (es decir, la flagelación pasiva y similares), esto entraría en contradicción con el hecho de que gran parte de los masoquistas nunca dan el paso de la realización o, cuando lo intentan a pesar de todo, suelen quedar desencantados o, en cualquier caso, no logran la satisfacción esperada.

Por último, no quiero dejar de mencionar que me consta que el numero de masoquistas, sobre todo en las grandes ciudades, parece ser en realidad bastante grande. La única fuente de tales averiguaciones —dado que no se suele hablar de esto entre hombres— son las afirmaciones de las prostitutas. Teniendo en cuenta que estas coinciden en lo esencial, se pueden tomar por ciertos algunos hechos.

Entre estos se cuenta, para empezar, el que toda prostituta experimentada suele poseer algún instrumento adecuado para la flagelación (normalmente una vara), aunque hay que tener en cuenta que hay algunos hombres que simplemente se dejan azotar para aumentar su deseo sexual, es decir, que —a diferencia de los masoquistas— consideran la flagelación simplemente como un medio.

En cambio, casi todas las prostitutas coinciden en que hay hombres a los que les gusta hacer de “esclavos”, es decir, a los que les gusta que los llamen así, los insulten, los pisen y los golpeen. Como decía, el número de masoquistas es mayor de lo que se pudiera uno imaginar.

Como puede suponer, la lectura de su capítulo sobre este tema me produjo una gran impresión. Me gustaría pensar que hay cura, por decirlo de algún modo, una cura mediante la lógica, siguiendo la máxima: “tout comprendre c’est tout guerir”.

Naturalmente, la palabra “cura” hay que entenderla dentro de unos límites. Hay que diferenciar sentimientos generales y fantasías concretas. Los primeros no se pueden eliminar nunca. Aparecen como un relámpago y están ahí, uno no sabe de dónde han venido ni cómo.

Pero la práctica del masoquismo mediante la delectación en fantasías concretas y estructuradas se puede evitar o cuando menos limitar.

Ahora todo cambia. Yo me digo: ¿Cómo? ¿Tú te entusiasmas con cosas que resultan reprobables no solo para el sentido estético de los demás sino también para el tuyo? ¿Encuentras hermoso y deseable algo que, por otro lado, según tu propio juicio, es al mismo tiempo feo, bajo, ridículo e imposible? ¿Anhelas una situación en la que en realidad nunca te querrías encontrar? Esta idea opuesta produce inmediatamente inhibición, devuelve la sensatez, y quita su aguijón a las fantasías. De hecho, tras la lectura de su libro (hacia principios de año) no he vuelto a recrearme en esas ideas, aunque los ataques masoquistas seguían presentándose a intervalos regulares.

Por lo demás tengo que confesar que el masoquismo, a pesar de su carácter marcadamente patológico, no solo no consigue amargarme la vida, sino que tampoco afecta a mi vida externa en lo más mínimo. En estado no masoquista soy una persona de lo más normal por lo que hace a mis sentimientos y acciones. Es verdad que durante mis arrebatos masoquistas tiene lugar toda una revolución en mi vida sentimental, pero aun así mi forma de vida externa no sufre alteración alguna. Por mi profesión tengo que moverme mucho en público. Sigo ejerciéndola incluso en estado masoquista de forma normal.

El autor de las notas anteriores me envió además las siguientes observaciones:

I. El masoquismo es, según mi experiencia, congénito bajo todas las circunstancias y en modo alguno cultivado por el individuo. Sé positivamente que nunca me azotaron en el trasero y que mis fantasías masoquistas se manifestaron desde la más temprana juventud y que yo albergaba estos pensamientos hasta donde soy capaz de recordar. Si su aparición fuera consecuencia de un acontecimiento determinado, sobre todo de un azote, no cabe duda de que no habría perdido el recuerdo de este. Es característico que las fantasías estuvieran ya presentes con anterioridad a la libido. Por aquel entonces las fantasías eran completamente asexuales. Recuerdo que de muchacho me resultaba muy estimulante (por no decir excitante), que un chico mayor que yo me tuteara mientras que yo le trataba de usted. Procuraba entonces mantener una conversación con él arreglándomelas para que el tratamiento mutuo apareciese con la mayor frecuencia posible. Con el tiempo, conforme me fui volviendo más sexual, estas cosas solo me excitaban cuando estaban relacionadas con una mujer, que además tenía que ser (relativamente) mayor.

II. Mi disposición física y psíquica es completamente masculina. Tengo una barba cerrada y mucho vello por todo el cuerpo. En mis relaciones no masoquistas con el sexo femenino, la posición dominante del hombre es para mí una condición indispensable, y rechazaría enérgicamente cualquier tentativa de limitarla. Soy enérgico, aunque no demasiado atrevido, si bien la falta de atrevimiento se ve compensada cuando entramos en cuestiones que tocan al orgullo. Los fenómenos de la naturaleza (tormentas, tempestades, etc.) no me afectan en lo más mínimo.

En mis inclinaciones masoquistas tampoco hay nada que pudiéramos llamar femenino o afeminado (?). Sin embargo, aquí predomina el deseo de ser requerido o deseado por la mujer, aunque la relación general con el “ama”, tal como se desea, no es la que mantiene una mujer con un hombre, sino la relación del esclavo con el amo, de la mascota con su dueño. Si se extraen las consecuencias del masoquismo sin entrar en otras consideraciones, no se puede decir sino que el ideal de este es la posición de un perro o un caballo. Ambos son propiedad de otro, que los maltrata cuando le viene en gana y sin tener que rendir cuentas a nadie.

Precisamente este señorío ilimitado sobre vida y muerte, como solo se da con esclavos y animales, es alfa y omega de todas las fantasías masoquistas.

III. La base de todas las fantasías masoquistas es la libido, y aquellas siguen los flujos y reflujos de esta. Por otro lado, las fantasías acrecientan la libido considerablemente en cuanto aparecen. Por naturaleza no tengo un excesivo apetito sexual. Sin embargo, si se presentan las fantasías masoquistas, me veo arrastrado a realizar el coito a cualquier precio (por lo general me veo empujado hacia mujeres de la más baja condición), y si no se atiende pronto a este impulso, la libido se convierte enseguida prácticamente en satiriasis. Se podría hablar aquí casi de un círculo vicioso.

La libido aparece por el paso del tiempo o por una especial excitación (también de naturaleza no masoquista; por ejemplo, besos). A pesar de su origen, esta libido se vuelve enseguida masoquista e impura debido a las fantasías masoquistas que genera.

Por otra parte, tampoco cabe duda de que el deseo se ve incrementado considerablemente por impresiones externas fruto del azar, sobre todo por hallarse en las calles de una gran ciudad. La visión de mujeres hermosas e imponentes, en persona o en efigie, tiene un efecto excitante. Para el que se halla bajo el signo del masoquismo —por lo menos mientras dura el arrebato— todos las manifestaciones externas tienen un tinte masoquista. La bofetada que la maestra le administra al aprendiz, el fustazo del coche de caballos… todo causa una profunda impresión en el masoquista, mientras que en estado no masoquista le resulta indiferente o incluso le repugna.

IV. Ya leyendo a Sacher-Masoch me llamó la atención que los masoquistas también experimentan de vez en cuando sentimientos sádicos. También en mí he descubierto sentimientos sádicos esporádicos, aunque he de decir que estos no son tan marcados como los masoquistas y que, además de presentarse de manera poco frecuente y en cierto modo accesoria, nunca salen del marco de los sentimientos abstractos y sobre todo no adoptan la forma de fantasías concretas y coherentes. El efecto sobre la libido es el mismo.

[Psychopathia sexualis, caso 57]