Caso 173: ginandria

(Ginandria). Anámnesis. El 4 de noviembre de 1889, el suegro del conde de V. presentó una denuncia porque este le había sacado 800 florines con la excusa de que necesitaba una fianza como secretario de una sociedad anónima. Además se descubrió que Sandor había falsificado contratos, que la boda celebrada en la primavera de 1889 había sido una farsa y, sobre todo, que este supuesto conde no era un hombre, sino una mujer que se paseaba con ropa de hombre y se llamaba Sarolta (Charlotte), condesa de V.

S. fue detenida y se le abrió sumario por los delitos de estafa y falsificación de documentos públicos. En el primer interrogatorio, S. reconoció que había nacido el 6 de diciembre de 1866, que era de sexo femenino, católica, soltera y que trabajaba como escritora bajo el nombre de conde de V.

De la autobiografía de esta virago se desprenden los siguientes hechos, sorprendentes pero constatados.

S. procede de una vieja y prestigiosa familia de nobles caracterizada por su excentricidad. Una hermana de la abuela materna era histérica y sonámbula y pasó 17 años encamada por una parálisis imaginaria. Una segunda tía abuela pasó siete años en cama por una enfermedad mortal imaginaria, lo que, no obstante, no le impedía ofrecer bailes. Una tercera estaba afectaba por un esplín que le hacía creer que una consola que tenía en el salón estaba embrujada. Cada vez que alguien dejaba algo en esa consola, se alteraba extraordinariamente, empezaba a gritar “embrujado, embrujado” y se llevaba corriendo el objeto a un cuarto al que llamaba “la cámara negra” y cuya llave no soltaba bajo ningún concepto. Tras la muerte de esta dama, se encontró en la cámara negra una colección de pañuelos, joyas, billetes, etc. Una cuarta tía abuela no permitió que barrieran su habitación durante dos años, no se lavaba y tampoco se peinaba. No volvió a aparecer hasta pasados los dos años. Todas estas mujeres eran, por lo demás, agudas, instruidas y amables.

La madre de S. era nerviosa y no soportaba la luz de la luna.

De la familia paterna se asegura que eran orgullosos. Una rama de la familia se ocupaba casi exclusivamente del espiritismo. Dos parientes de sangre por el lado paterno se mataron de un tiro. La mayoría de los parientes masculinos están dotados de un extraordinario talento. Las mujeres son personalidades enormemente limitadas y caseras. El padre de S. ocupaba un elevado puesto, al que, sin embargo, tuvo que renunciar a causa de su excentricidad y prodigalidad (derrochó más de un millón y medio).

Uno de los caprichos del padre fue, entre otros, el de educar a S. totalmente como si fuera un chico, enseñarle a montar a caballo, a llevar un coche, a cazar; admiraba su energía como hombre y la llamaba Sandor.

Al segundo hijo, en cambio, aquel padre estúpido le hacía llevar ropa de mujer y le educó como a una chica. La farsa acabó acabó al cumplir los 15 años, cuando el hijo pasó a una institución de enseñanza superior.

Sarolta-Sandor siguió bajo la influencia del padre hasta los 12 años, después se fue a vivir con la excéntrica abuela materna a Dresde. Cuando el juego masculino empezó a resultar excesivo, la abuela la vistió de mujer y la mandó a un instituto.

Con 13 años inició allí una relación amorosa con una inglesa a la que dijo que era un chico y a la que raptó.

Sarolta se fue a vivir con su madre, que fue incapaz de enderezarla y tuvo que consentir que su hija volviera a ser Sandor, que llevase ropa de chico y que todos los años entablase como mínimo un romance con alguna persona del mismo sexo. Al mismo tiempo, S. recibió una esmerada educación, hizo grandes viajes con el padre, naturalmente siempre como joven caballero, se emancipó pronto, empezó a frecuentar los cafés, incluso locales de dudosa reputación y llegó incluso un día a vanagloriarse en el lupanar in utroque genu puellae sedisse. S. se emborrachaba con frecuencia, le apasionaban los deportes masculinos y tenía facilidad para la esgrima. S. se sentía fuertemente atraída por actrices y otras damas independientes, a ser posible, no demasiado jóvenes. Asegura no haber sentido nunca inclinación por un joven y haber ido aborreciendo a los hombres cada vez más año tras año. “Cuando me relacionaba con damas, prefería presentarme en compañía de hombres feos e insignificantes para que nadie me hiciera sombra. Si notaba que alguno despertaba la simpatía de las damas, me ponía celosa. Entre las damas prefería las inteligentes a las físicamente hermosas. A las gordas y a las que perdían la cabeza por los hombres no las podía soportar. Me encantaba cuando la pasión de una mujer se dejaba entrever bajo un velo poético. Me repugnaba la desvergüenza en las mujeres. Había en mí una idiosincrasia indescriptible que me hacía rechazar la ropa de mujer y todo lo femenino, pero solo en lo tocante a mí misma, porque luego me volvía loca por el bello sexo”.

Desde hacía 10 años, S. vivía casi siempre alejada de sus familiares y como hombre. Tuvo toda una serie de amoríos con damas, iba con ellas de viaje, derrochaba el dinero, contraía deudas.

Simultáneamente, inició una actividad literaria y era una colaboradora apreciada de dos prestigiosas revistas de la capital.

Era muy voluble en su pasión por las damas, carecía de constancia en el amor.

Solo una de esas relaciones llegó a durar tres años. Fue hace años, cuando S. conoció en el castillo de G. a Emma E., diez años mayor que ella. Se enamoró de esa dama, estableció con ella un contrato matrimonial y vivió con ella durante tres años como marido y mujer en la capital.

Un nuevo amor, que resultaría fatídico para S., la llevó a romper el “lazo conyugal” con E. Esta no quería dejarla. S. consiguió su libertad de E. pagando un alto precio. Al parecer, esta se comporta todavía como mujer separada y se considera a sí misma condesa de V. (!). S. también despertaba pasión en otras damas, como se desprende del hecho de que (antes de la “boda” con E.) se cansara de una tal señorita D. tras haberse gastado alegremente con esta unos cuantos miles de florines, y que D. la amenazara con pegarle un tiro si no le era fiel.

Fue en el verano de 1887, durante una estancia en un balneario, cuando S. conoció a una respetada familia de funcionarios. S. se enamoró inmediatamente de la hija Marie y su amor fue correspondido. La madre y la prima de esta intentaron boicotear esta relación amorosa, pero sin éxito. Durante todo el invierno las dos amantes mantuvieron correspondencia activamente. En abril de 1888 el “conde S.” fue a visitarla y en mayo de 1889 logró el objetivo de sus deseos, cuando Marie, que había dejado un puesto como maestra, fue desposada con él en Hungría por un falso sacerdote en el pabellón de un jardín y en presencia de un amigo de su amado S. El acta matrimonial la falsificó S. con su amigo. La pareja vivía alegre y feliz y, de no ser por la denuncia del malvado suegro, este falso matrimonio probablemente se hubiera prolongado durante mucho tiempo. Cabe destacar que durante el largo noviazgo S. logró engañar totalmente a la familia de la novia en cuanto a su verdadero sexo.

S. fumaba con delectación, tenía aires y pasiones perfectamente masculinos. Las cartas e incluso las notificaciones judiciales le llegaban a la dirección “conde S.”, además hablaba con frecuencia de que tenía que irse de maniobras. De las alusiones del “suegro” se desprende que S. (algo que él mismo reconoció después) conseguía marcar la forma de un escroto metiéndose pañuelos o guantes en los pantalones. El suegro también le notó una vez al futuro yerno algo así como un miembro erecto (probablemente un príapo). Este también dejó caer alguna vez que tenía que llevar suspensorio para montar a caballo. S. llevaba efectivamente un vendaje en el cuerpo, probablemente para sujetar un príapo.

Aunque S. iba a menudo a afeitarse pro forma, en el hotel estaban convencidos de que era una mujer, porque la criada había encontrado en su ropa rastros de sangre menstrual (S. dijo que procedían de unas hemorroides) y aprovechando un baño que tomó S. había comprobado a través del ojo de la cerradura que era de sexo femenino.

La familia de Marie hizo parecer creíble que estuviera engañada sobre el verdadero sexo del pseudoesposo durante todo ese tiempo.

El siguiente fragmento de una carta de Marie a S., escrita el 26 de agosto de 1889, da muestras de la increíble ingenuidad e inocencia de esta desdichada muchacha:

“Ya no quiero niños ajenos, pero una criaturita de mi Sandi, un nenito… ¡Ay, Sandi, qué alegría!”.

Hay un gran número de manuscritos que nos ilustran a propósito de la individualidad espiritual de S. Los trazos de su escritura poseen el carácter de la firmeza y la seguridad. Son trazos verdaderamente masculinos. El contenido se repite constantemente con las mismas particularidades: una pasión salvaje y desenfrenada, odio y resistencia contra todo lo que se oponga a un corazón sediento de dar y recibir amor, un amor que tiende a lo poético, sin un solo rasgo innoble, con entusiasmo por todo lo bello y noble y sentido para la ciencia y las bellas artes.

Sus escritos revelan que está extraordinariamente versada en los clásicos de todas las lenguas, contienen citas de poetas y prosistas de todos los países. Una fuente bien informada asegura incluso que las creaciones poéticas y literarias de S. no son desdeñables.

Resultan destacables desde un punto de vista psicológico las cartas y escritos relativos a la relación con Marie.

S. habla de la dicha que la asalta cuando está junto a M., del anhelo desmedido de ver a la mujer venerada, aunque solo sea por un momento. Tras semejante ignominia ya solo desea cambiar la celda por la tumba. Su mayor dolor es la conciencia de que ahora también Marie la odia. Ha llorado lágrimas ardientes por su felicidad perdida, tantas que se podría ahogar en ellas. Se dedican pliegos enteros a tratar la apoteosis de este amor, las reminiscencias de la época del primer amor y del momento en que se conocieron.

S. se queja de corazón, un corazón que no se deja domeñar por la razón, expresa explosiones de sentimiento que solo se pueden sentir, no simular. Después, nuevamente, explosiones de la más loca pasión, asegurando que no puede vivir sin Marie. “Tu preciosa y amada voz, esa voz a cuya llamada quizás sería capaz todavía de levantarme de mi tumba, cuyo sonido ha sido para mí siempre la promesa del paraíso. Tu sola presencia bastaba para aliviar mis sufrimientos físicos y morales. Era una corriente magnética, era un poder singular el que ejercía tu ser sobre el mío y que nunca fui capaz de definir por completo. Así que tuve que quedarme con la definición eternamente verdadera: la amo porque la amo.

En una noche desconsolada, yo solo tenía una estrella, la estrella del amor de Marie. Esa estrella ahora se ha apagado, ya solo queda un reflejo, el dulce y melancólico recuerdo que todavía ilumina con suave brillo la terrorífica noche del morir, un destello de esperanza…

Este escrito termina con una apóstrofe: ¡Señores, sabios juristas, psicólogos, patólogos, júzguenme! Cada paso que di iba guiado por el amor, cada una de mis acciones iba determinada por él, Dios me lo puso en el corazón. Si él me hizo así y no de otra manera, ¿soy acaso yo culpable de ello o lo son los eternamente inescrutables senderos del destino? Yo fiaba a Dios que algún día llegaría la redención, pues mi único error fue el amor mismo, que es la base, el principio fundamental de sus enseñanzas, que es su mismo reino.

Dios mío, tú que eres misericordioso, todopoderoso, tú ves mi tormento, tú sabes cómo sufro. Inclínate hacia mí y ayúdame, dame tu mano cuando el mundo entero me ha abandonado. Solo Dios es justo. De qué manera más hermosa describe esto Víctor Hugo en sus “Légendes du siècle”. Qué triste y pintoresca suena la forma en que lo dice Mendelssohn: “Allnächtlich im Traume seh’ ich dich”, “Todas las noches te veo en sueños”.

Aunque S. sabe que ninguno de sus escritos le llega a su “adorada cabeza de león”, no se cansa de poner por escrito en pliegos y más pliegos su idolatría por la persona de Marie, arrebatos de dolor y dicha amorosos, de “implorar para esa pobre alma, para ese pobre corazón que hasta el último aliento ha latido para ti, aunque sea una sola lágrima clara y brillante, llorada en una tarde de verano clara y serena, mientras el lago se incendia con la luz del atardecer como oro fundido y las campanas de Santa Ana y Maria-Wörth, fundiéndose en armónica melancolía, anuncian paz y tranquilidad”.

Exploración personal. El primer encuentro de los médicos forenses con S. fue hasta cierto punto una ocasión embarazosa para ambas partes. Para los primeros porque las maneras masculinas de S., quizás un poco forzadas y estridentes, imponían; para ella porque creía que la iban a marcar con el estigma de la “moral insanity”. Tenía un rostro inteligente y nada feo, que a pesar de una cierta delicadeza de los rasgos y de la menudez de todas sus partes, presentaba una impronta marcadamente masculina. Si no le faltara el bigote, del que tanto le había costado desprenderse… Les resultaba difícil a los mismos forenses, a pesar de la ropa de mujer, tener presente en todo momento que se trataba de una dama, mientras que el trato con el hombre Sandor se desarrollaba de manera más relajada y natural, más correcta en apariencia. La acusada tiene esta misma sensación. Se vuelve inmediatamente más abierta, habla más y se comporta con más libertad en cuanto se la empieza a tratar como un hombre.

A pesar de la inclinación que ha sentido ya desde sus primeros años de vida por el sexo femenino, asegura no haber empezado a sentir el impulso sexual hasta los 13 años, con ocasión del rapto de la inglesa pelirroja del instituto de Dresde. Este impulso se manifestó ya entonces en forma de besos, abrazos y contactos acompañdos de sensaciones libidinosas. Ya por aquel entonces se le presentaban en sueños exclusivamente imágenes femeninas y en los sueños libidinosos se sentía, como siempre le ha pasado desde entonces, en la situación de un hombre, habiendo experimentado incluso en ciertas ocasiones una eyaculación.

Afirma desconocer tanto el onanismo solitario como el mutuo. Una cosa así le resulta extremadamente repulsiva y opina que no se corresponde con la “dignidad masculina” (!). Tampoco ha dejado nunca que nadie la toque ad genitalia, aunque solo fuera por preservar su gran secreto. La regla no comenzó hasta los 17 años, siempre ha discurrido con debilidad y sin molestias. La discusión de los procesos menstruales espanta evidentemente a S., que asegura que eso es algo repugnante para su conciencia y sentimiento masculinos. Reconoce el carácter morboso de su inclinación sexual, pero no desea ser de otra forma, puesto que se siente perfectamente a gusto y feliz con este sentimiento perverso. La idea de las relaciones sexuales con hombres le produce repugnancia y tiene por imposible su realización.

Su pudor llega hasta el punto de que le resultaría más fácil dormir entre hombres que con mujeres, así que cuando tiene que hacer sus necesidades o cambiarse de ropa, tiene que pedirle a su compañera de celda que se aparte de la ventana para que no la vea.

Cuando S. entró en contacto ocasionalmente con esta compañera de celda, una persona procedente de la escoria de la sociedad, sintió una excitación libidinosa y no pudo evitar ruborizarse. S. contó incluso sin que se le preguntara que tuvo un verdadero ataque de miedo cuando la obligaron a meterse de nuevo en ropas de mujer, a las que no estaba acostumbrada. Su único consuelo fue que por lo menos le dejaron su camisa de caballero. Hay algo que cabe destacar y que resulta revelador en cuanto a la importancia de los olores en su vita sexualis. Se trata de la afirmación de que con motivo de una separación de su Marie buscaba las partes del sofá en que solía reposar la cabeza de Marie y las olía para inhalar con placer en esas zonas el olor de su cabello. De entre las mujeres no le interesan a S. precisamente las bellas o exuberantes, tampoco las que son muy jóvenes. El atractivo físico de una mujer es secundario para ella. Se siente atraída por las de unos 24 a 30 años como por un tirón “magnético”. Su satisfacción sexual la encontraba exclusivamente in corpore feminae (nunca en su propio cuerpo) en forma de manustupración de la mujer amada o cunnilingus. Ocasionalmente se servía también de una media rellena de estopa, que utilizaba como príapo. S. hace estas revelaciones a disgusto, con evidente vergüenza; tampoco se encuentra en sus escritos desvergüenza o cinismo en ningún momento.

Es religiosa, tiene un vivo interés por todo lo que es noble y hermoso, excepto por los hombres; es muy sensible a la valoración moral de los demás.

Lamenta profundamente haber hecho infeliz a Marie con su pasión, considera perversos sus sentimientos sexuales y le parece que semejante amor de una mujer por otra es moralmente reprobable en personas sanas. Tiene un gran talento literario y posee una extraordinaria memoria. Su única debilidad es su colosal ligereza y la imposibilidad de conducirse sensatamente con el dinero y con el valor de este. No obstante, es consciente de esta debilidad y ruega que no se siga hablando de ello.

S. mide 153 cm de altura, es de estructura ósea delicada, es delgada, pero, sin embargo, tiene un pecho y unos muslos llamativamente musculosos. Se mueve torpemente con ropa de mujer.

Sus movimientos son enérgicos, no carentes de hermosura, aunque tiran más a la rigidez masculina, sin gracia. Saluda con un fuerte apretón de manos. Su presencia es decidida, firme, un tanto arrogante. Mirada inteligente, expresión un tanto sombría. Pies y manos llamativamente pequeños, se han quedado en un estadio infantil. La cara de extensión de las extremidades es llamativamente velluda, mientras que no hay ni rastro de barba a pesar de todos los experimentos de afeitado. La constitución del tronco no se corresponde en modo alguno con la femenina. Falta la cintura. La pelvis es tan delgada y tan poco prominente que si se trazara el contorno desde la axila hasta la rodilla correspondiente, la línea saldría completamente recta, sin hundirse en la cintura ni abombarse en la pelvis. El cráneo es ligeramente oxicéfalo y se encuentra en todas sus dimensiones al menos un centímetro por debajo de la media femenina.

La circunferencia craneal mide 52 cm; la línea de las orejas al occipital, 24; la línea de las orejas al parietal, 23; la línea de las orejas a la frente, 28,5; perímetro a la larga, 30; línea de las orejas a la barbilla, 26,5; diámetro a la larga, 17; diámetro máximo a lo ancho, 13; distancia de los conductos auditivos, 12; de las apófisis cigomáticas, 11,2. La mandíbula superior es claramente protuberante, su apófisis alveolar sobresale 0,5 cm de la mandíbula inferior. La disposición de los dientes no es del todo normal. El canino superior derecho no ha llegado a desarrollarse. Boca llamativamente pequeña. Orejas de soplillo, lóbulos sin diferenciar que se pierden en la piel de la mejilla. Paladar duro, estrecho e inclinado. Voz áspera y profunda. Glándulas mamarias suficientemente desarrolladas, blandas, sin secreción. Mons veneris cubierto de un tupido vello negro. Genitales perfectamente femeninos sin rastro de manifestaciones de hermafroditismo, pero detenidos en el estadio de una niña de diez años. Labia majora que se tocan casi totalmente, minora con forma de cresta y además sobresalientes de los mayores. El clítoris es pequeño y extremadamente sensible. Frenulum delicado, perineo muy estrecho, introitus vaginae angosto, mucosa normal. Carece de himen (probablemente congénito), así como de carunculae myrtiformes. Vagina tan estrecha que la introducción de un membrum virile resultaría imposible; además, extremadamente sensible. Hasta ahora nunca se ha producido un coito. El útero está relleno en una proporción comparable a la de una nuez por el recto y es inmóvil y retroflexo.

La pelvis se presenta reducida en todas sus dimensiones (pelvis de enano) y es de tipo decididamente masculino. La distancia entre las espinas ilíacas anteriores es de 22,5 (en lugar de 26,3); la de las crestas ilíacas, de 26,5 (en lugar de 29,3); la de los trocánteres, 27,7 (31); conjugata exteriores, 17,2 (19-20), por lo que los interiores tendrán unos 7,7 (10,8). Debido a la insuficiente anchura de la pelvis, la posición del muslo tampoco es convergente, como es de esperar en la mujer, sino recta.

El informe puso de manifiesto que en S. se daba una inversión innata y patológica del sentimiento sexual que incluso se expresaba antropológicamente en anomalías del desarrollo físico. Dicha inversión tiene su origen en importantes taras hereditarias. En consecuencia, los actos de los que se acusa a S. tienen su fundamentación en la sexualidad patológica y compulsiva de esta.

De aquí se desprende que está plenamente justificada la afirmación de S. en el sentido de que “Dios me puso el amor en el corazón. Si él me hizo así y no de otra manera, ¿soy acaso yo culpable de ello o lo son los eternamente inescrutables senderos del destino?”.

El tribunal dictó sentencia absolutoria. La “condesa con ropa de hombre”, como la llamaban los periódicos, regresó a la capital de su patria y siguió comportándose como conde Sandor. Su única pena es la destrucción de su dicha amorosa con su muy amada Marie.

Más afortunada fue una mujer casada de Brandon (Wisconsin) cuyo caso relata el Dr. Kiernan (The Med. Standard, 1888, nov.-dic.). Esta raptó a una joven en 1883, se casó con ella y vivió como hombre con ella sin ser importunada.

Un interesante ejemplo “histórico” de androginia podría constituirlo un caso comunicado por Spitzka (Chicago Med. Review del 20 de agosto de 1881). Está relacionado con Lord Cornbury, gobernador de Nueva York que vivió durante el reinado de la reina Ana, al parecer afectado de “moral insanity”. Fue un terrible libertino y no podía evitar, a pesar de su elevada posición, pasearse por las calles vestido de mujer, coqueteando y con todos los aires de una cortesana (!).

En un retrato suyo que se conserva llaman la atención lo estrecho de la frente, la asimetría de la cara, los rasgos femeninos y la sensualidad de la boca. Lo que es seguro es que nunca se tuvo a sí mismo por mujer.