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Caso 80: masoquismo, coprolagnia

Masoquismo. Coprolagnia. Z., 52 años, de clase social elevada, padre tísico, familia supuestamente sin tara, desde siempre nervioso, hijo único, asegura haber sentido una extraña excitación ya desde los 7 años al ser espectador por casualidad de cómo las criadas de la casa se quitaban zapatos y medias para limpiar las habitaciones. En una ocasión le pidió a una de las muchachas que antes de ponerse a fregar le enseñara las suelas de los zapatos y hasta los dedos de los pies. Cuando empezó a ir a la escuela y a leer libros, se veía atraído por lecturas en las que se describían crueldades refinadas, torturas, sobre todo cuando se ejecutaban por orden de mujeres. Devoraba novelas sobre esclavitud, servidumbre, etc. y experimentaba tal excitación sexual con estas lecturas que empezó a masturbarse. Pero sobre todo le excitaba la idea de ser esclavo de alguna joven y hermosa dama de su entorno, tras un largo paseo con ella poder pedes lambere, praecipue plantus et spatia inter digitos. Se imaginaba a la dama en cuestión muy cruel, se representaba en su fantasía cómo esta se regodeaba en las torturas y flagelaciones que le imponía. Se masturbaba deleitándose en estas fantasías. Con 15 años se le ocurrió hacer que un caniche le lamiera los pies mientras se entregaba a estas fantasías. Un día observó cómo una hermosa criada de la casa dejaba que ese caniche le lamiera los dedos de los pies mientras leía. Esta visión produjo en Z. erección y eyaculación. Convenció entonces a la muchacha de que se dejara lamer los pies por el caniche a menudo en su presencia. Finalmente ocupó él el puesto del caniche, eyaculando cada vez que lo hacía. Entre los 15 y los 18 años estuvo interno, por lo que carecía de ocasión para tales prácticas. Se limitaba a excitarse cada par de semanas con la lectura de atrocidades cometidas por mujeres, imaginándose que a una de estas mujeres crueles tenía que digitos pedum sugere, con lo que lograba la eyaculación, acompañada de un intenso placer. Los genitales femeninos nunca presentaron el más mínimo interés para él, como tampoco se sentía atraído sexualmente por los hombres. Ya de adulto acudía a puellas y practicaba el coito con ellas, después de haberles practicado succio pedum. También hacía esto inter actum y hacía que la puella le contase con qué martirios le atormentaría hasta la muerte si no le dejaba los dedos de los pies bien limpios a base de lametazos. Z. asegura haber alcanzado su objetivo infinitas veces y que esta succio resultaba muy agradable para las personas implicadas. Los pies de damas educadas, oprimidos y deformados por zapatos estrechos, que llevaran varios días sin lavar, tenían para él un especial atractivo, pero solo le gustaba “la fina película natural que se forma con damas limpias y educadas”, también el desteñido de las medias. Los pies sudados, en cambio, solo le excitaban en su fantasía, pero en la realidad le repugnaban. También las “atroces torturas” existían para él solamente en la fantasía, como medio para excitarse; en la realidad le horrorizaban y nunca intentó ponerlas en práctica. Aun así desempeñaban un papel destacado en su fantasía y nunca dejaba de instruir a las mujeres con las que simpatizaba y con las que mantenía una relación masoquista sobre cómo debían escribirle cartas amenazadoras (que él les encargaba e inspiraba). Presentaré aquí el contenido de una de esas cartas, procedente de una colección que Z. puso a mi disposición, pues en ella se encierra la totalidad del pensamiento y sentimiento de este masoquista: “Lambitor sudoris pedum meorum!” “Me imagino con placer el momento en que me lamerá usted los dedos de los pies, sobre todo después de un largo paseo… próximamente recibirá un retrato de mi pie. Me embriagará como néctar el que usted lama el sudor de mis pies. Y si no quiere, le obligaré, le azotaré como al más bajo de mis esclavos. Tendrás que ver cómo alius favoritus sudorem pedum mihi lambit, mientras que tú gimoteas como un perro bajo los latigazos de los sirvientes. Te declararé libre como un pájaro; me producirá una cruel alegría verte sufrir, exhalando tu alma en medio de los más espantosos tormentos, lamiéndome los pies en plena agonía… Me desafía usted a ser cruel —bien, le aplastaré como a un gusano… Me pide una de mis medias. La llevaré más tiempo del que suelo, pero exijo que la bese, la lama y que ponga en remojo la parte del pie y se beba luego el agua. Si no hace todo lo que exige mi deseo, le castigaré con la fusta. Exijo obediencia incondicional. De lo contrario le haré azotar con látigos, le haré andar por una era con el suelo lleno de pinchos de hierro, o haré que le den de bastonazos y después le arrojaré a la jaula de los leones y me deleitaré contemplando cómo saborean su carne las fieras”.

A pesar de esta palabrería ridícula, encargada por él mismo, Z. tiene en gran estima esta carta como medio para el objetivo de satisfacer una sexualidad perversa. Según asegura, su abominación sexual, que considera una anomalía congénita, no le parece antinatural, aunque no le queda más remedio que admitir que despierta la repugnancia de las personas normales. Por lo demás es una persona honesta y de delicados sentimientos, pero sus reparos estéticos (por otra parte, pequeños) se ven superados con creces por el placer que obtiene al satisfacer sus perversos deseos.

Z. me dio acceso a su correspondencia con el representante literario del masoquismo: Sacher-Masoch.

Una de estas cartas, fechada en el año 1888, tiene como emblema la imagen de una mujer de generosas formas, con expresión masculina, medio cubierta con una piel y con una fusta en la mano, como si se estuviera preparando para azotar. Sacher-Masoch afirma que “la pasión de interpretar el papel de esclavo” está muy extendida, sobre todo entre alemanes y rusos. En la carta se cuenta la historia de un distinguido ruso a quien le gustaba que varias mujeres hermosas le ataran y azotaran. Un día encontró su ideal (sádico) personificado de tal manera en una hermosa joven francesa que se llevó a esta consigo a su país.

Según Sacher-Masoch, había una dama danesa que no le concedía a ningún hombre sus favores si antes no se dejaba tratar como su esclavo durante algún tiempo. Amantes coagere solebat, ut ei pedes et podicem lambeant. Hacía encadenar y azotar a sus amantes hasta que la obedecían lambendo pedes. Una vez dejó al esclavo atado a los postes de su cama con dosel y le hizo ser testigo de cómo le concedía a otro su más precioso favor. Después de que este los dejara, el esclavo amarrado fue azotado por las sirvientas hasta que accedió a lambere podicem dominae.

Si estas informaciones fueran verdaderas, lo que tampoco se puede creer sin más viniendo de un poeta del masoquismo, constituirían valiosos testimonios de sadismus feminarum. En cualquier caso, son ejemplos psicológicamente interesantes de la idiosincrasia de los pensamientos y sentimientos masoquistas (observación propia, Zentralblatt für die Krankheiten der Harn- und Sexualorgane IV. 7).

[Psychopathia sexualis, caso 80]

Caso 74: fetichismo de pies y zapatos

Hombre joven, fuerte, 26 años. No encuentra en el bello sexo atractivo sensual alguno que sea comparable con una elegante bota en el pie de una hermosa dama, sobre todo si es de cuero negro y está provista de tacones altos. Le basta con la bota sin la dueña. Le produce el máximo placer mirarla, tocarla, besarla. El pie de una dama desnudo o simplemente con una media le deja perfectamente frío. Desde la niñez siente debilidad por las botas de señora elegantes.

X. es potente; durante el acto sexual, la persona tiene que estar vestida elegantemente y, sobre todo, llevar botas elegantes. En la cumbre del abandono sexual se unen pensamientos crueles a la admiración de las botas. No puede evitar pensar con placer en la agonía del animal del que ha salido el cuero para las botas. A veces no le queda más remedio que llevarle a su Friné gallinas y otros animales vivos para que esta los pise con sus elegantes botas, a fin de intensificar el placer. A esto lo llama “sacrificio a los pies de Venus”. Otra veces, la mujer tiene que pisotearle a él con sus botas, cuanto más, mejor.

Hasta hace un año, dado que no encontraba atractivo alguno en la mujer, se conformaba con acariciar botas de señora que fueran de su gusto, con lo que llegaba a la eyaculación y la plena satisfaccion (Lombroso, Arch. di psichiatria IX, fascic. III).

[Psychopathia sexualis, caso 74]

Caso 46: actos sádicos con animales

Caso 46. (Dr. Pascal, Igiene dell’amore). Un caballero se presentaba ante prostitutas, les hacía comprar aves vivas o un conejo y les mandaba martirizar al animal. Su objetivo eran las cabezas, arrancar los ojos, sacar las entrañas. Si encontraba una puella que le complacía en esto y procedía con verdadera crueldad, se volvía loco de alegría, pagaba y seguía su camino sin exigir nada más de ella o tocarla siquiera.

[Psychopathia sexualis, caso 46]

Caso 25: heridas a mujeres

Caso 25. el señor X., de 25 años, hijo de padre sifilítico, fallecido de demencia paralítica y de madre de constitución histero-neurasténica. Él es un individuo endeble, de constitución neuropática, con múltiples signos de degeneración anatómica. Ya de niño arrebatos hipocondriacos y obsesiones. Más tarde, constante alternancia entre estados de ánimo exaltados y deprimidos. Ya como niño de 10 años, el paciente sentía un extraño deseo libidinoso de ver brotar la sangre de sus dedos. Por ello se cortaba o pinchaba con frecuencia en los dedos, lo que le hacía feliz. Esto pronto se vio acompañado de erecciones, lo mismo le ocurría al ver sangre ajena, por ejemplo, si una criada se hacía un corte en un dedo. Eso le producía unas sensaciones especialmente libidinosas. Su vita sexualis se manifestaba de forma cada vez más poderosa. Sin incitación alguna empezó a masturbarse y al hacerlo recordaba siempre de imágenes de mujeres sangrando. Ya no le bastaba con ver correr su propia sangre. Anhelaba ver la sangre de mujeres jóvenes, sobre todo de las que le resultaban simpáticas. A menudo, apenas podía contener el impulso de herir a dos primas y una criada. Pero también mujeres por las que no sentía la más mínima simpatía despertaban este impulso en él si le excitaban por su forma de arreglarse, por sus adornos, sobre todo si eran de coral. Lograba controlar estos deseos, pero su fantasía estaba constantemente ocupada por pensamientos sangrientos que le producían una excitación libidinosa. Se daba una relación interna entre estos pensamientos y sentimientos. A menudo le asaltaban otras fantasías truculentas, por ejemplo, se imaginaba a sí mismo en el papel de un tirano que ordena disparar contra el pueblo. Se imaginaba una ciudad asaltada por enemigos que abusaban de las doncellas, las martirizaban, mataban, robaban. En momentos de calma el paciente se avergonzaba de estas fantasías cruelmente libidinosas y sentía repugnancia, pues por lo demás era bondadoso y no presentaba deficiencia moral. También pasaban inmediatamente a estado latente en cuanto saciaba su excitación sexual mediante la masturbación.
En pocos años, el paciente se volvió neurasténico. Le bastaba ya con imaginar sangre y escenas sangrientas para llegar a la eyaculación. Para librarse de su vicio y de sus cínicas y crueles fantasías, el paciente mantuvo contactos sexuales con individuos femeninos. El coito era posible, pero sólo si el paciente se imaginaba que a la joven le sangraban los dedos. No lograba la erección sin recurrir a estas fantasías. La cruel idea de cortar se limitaba a la mano de la mujer. En momentos de excitación sexual extrema, le bastaba con ver la mano de una mujer que le resultara simpática para alcanzar una violenta erección. Las lecturas populares sobre las perniciosas consecuencias del onanismo le hicieron asustarse y mantener la abstinencia. El paciente cayó en un estado de profunda neurastenia general con distimia hipocondriaca, taed. vitae. Un complicado y meticuloso tratamiento médico logró que el enfermo se repusiera en el plazo de un año. Desde hace tres años se encuentra psíquicamente sano, sigue sintiendo un gran deseo sexual, pero raramente le acometen sus anteriores ideas sangrientas. X. ha renunciado por completo a la masturbación. Ahora encuentra satisfacción en el disfrute sexual natural, es perfectamente potente y no tiene necesidad de recurrir a ideas sangrientas.

[Psychopathia sexualis, caso 25]