Una dama contó al Dr. Gemy que en la noche de bodas y en la noche siguiente su esposo se había contentado con besarla, revolver su no muy abundante cabello y, a continuación, echarse a dormir. A la tercera noche el señor X. sacó una peluca de largos cabellos y le rogó a su mujer que se la pusiera. Acto seguido, el hombre se puso rápidamente al corriente de los atrasos del débito conyugal. A la mañana siguiente, X. empezó nuevamente a ponerse tierno haciéndole mimos primero a la peluca. En cuanto la señora X. se quitaba la peluca, a la que ya le iba cogiendo rabia, perdía todo atractivo para su esposo. La señora X. se dio cuenta entonces de que aquí había gato encerrado, se plegó a los deseos de su marido, al que quería y cuya libido (y, al parecer, también la potencia) dependía de la peluca. Sorprendentemente, cada peluca solo resultaba efectiva durante 15 ó 20 días. Tenían que tener mucho pelo, siendo indiferente el color.
El fruto de cinco años de matrimonio fueron dos hijos y una colección de 72 pelucas.