Caso 142: hermafroditismo psíquico

Hermafroditismo psíquico. La sensibilidad heterosexual pronto queda atrofiada por la masturbación, aunque esporádicamente resulta intensa. Sensibilidad homosexual perversa ab origine (excitación sensual con botas de caballero).

El señor X., de 28 años, acude a mí en septiembre de 1887 en un estado de ánimo desesperado con el fin de consultarme acerca de cierta perversión de su vita sexualis que le hace la vida prácticamente insoportable y que en repetidas ocasiones le ha llevado al borde del suicidio.

El paciente procede de una familia en la que son frecuentes las neurosis y psicosis. En la familia paterna se llevaban practicando matrimonios entre primos desde hacía tres generaciones. Al parecer el padre es una persona sana y ha tenido un matrimonio armonioso. No obstante, al hijo le llama la atención la predilección de su padre por las criadas guapas. La rama materna es presentada como una familia de gente rara. El abuelo y el bisabuelo maternos murieron melancólicos, la hermana de la madre estaba loca. Una hija del hermano del abuelo era histérica y ninfómana. De los 12 hermanos de la madre, solo tres se casaron. De estos, un hermano era de sexualidad contraria y padecía constantes enfermedades nerviosas a consecuencia de excesos en la masturbación. Al parecer, la madre del paciente era mojigata, psíquicamente limitada, nerviosa, irritable, con tendencia a la melancolía. Murió cuando el paciente tenía 14 años.

El paciente tiene dos hermanos: un hermano neuropático, que sufre frecuentemente de abatimiento melancólico y que aunque es adulto nunca ha dado muestras de movimientos sexuales y una hermana, belleza reconocida, que es literalmente objeto de veneración en el mundo masculino.

Esta dama está casada pero sin hijos, según parece por impotencia del marido. Siempre se mostró fría frente a los homenajes que le rendían los hombres, pero es una apasionada de la belleza femenina y se enamora locamente de algunas de sus amigas.

El paciente comunica a propósito de su propia personalidad que ya con cuatro años soñaba con palafreneros jóvenes y hermosos con botas relucientes. Asegura que tampoco al hacerse mayor empezó a soñar con mujeres. Sus poluciones nocturnas venían provocadas indefectiblemente por “sueños de botas”.

Ya a partir del cuarto año de edad empezó a sentir una singular inclinación hacia los hombres o, mejor dicho, los lacayos con botas relucientes. Al principio le resultaban simplemente simpáticos, pero según se iba desarrollando su vida sexual, su visión le iba provocando fuertes erecciones y una excitación libidinosa. Unas botas brillantes y relucientes solo le excitaban cuando las llevaba un sirviente. Ese mismo objeto pero en una persona de su misma posición social le dejaba indiferente.

No se asociaba a estas situaciones un impulso sexual del tipo del amor entre hombres. La mera idea de tal posibilidad le resultaba ya de por sí repugnante. Pero sí que se daban fantasías de tono libidinoso consistentes en ser criado de su criado, poder quitarle las botas en su condición de tal, pero sobre todo que le dieran patadas con ellas o que le dejaran limpiarlas. El orgullo del aristócrata se rebelaba contra semejantes pensamientos. Estas ideas de botas le resultaban extremadamente repugnantes y penosas.

El sentimiento sexual se desarrolló pronto y con fuerza. Al principio se manifestó en forma de delectación en pensamientos libidinosos relacionados con botas y, a partir de la pubertad, en poluciones acompañadas de sueños análogos.

Por lo demás, el desarrollo físico y espiritual se fue completando sin perturbaciones. El paciente tenía grandes dotes, aprendía con facilidad, terminó con éxito sus estudios, se hizo oficial, y se convirtió gracias a su presencia distinguida y perfectamente viril, así como a su elevada posición, en una personalidad popular en sociedad.

Él se describe a sí mismo como una persona bondadosa, tranquila, con fuerza de voluntad pero superficial. Asegura ser un apasionado cazador y jinete y no haber tenido nunca afición por las ocupaciones femeninas. En compañía de damas siempre se ha sentido cohibido; en los bailes siempre se ha aburrido. Nunca ha sentido interés por una dama de la alta sociedad. De las mujeres solo le han interesado las campesinas rollizas como las que hacen de modelo para los pintores en Roma. Pero tampoco ha sentido nunca una verdadera excitación sensual por estas representantes del sexo femenino. En el teatro o en el circo solo ha sentido interés por los actores masculinos. Pero tampoco estos han despertado en él una sensibilidad sensual. Lo único que le excita de un hombre son las botas, y solamente si el portador pertenece a la servidumbre y es guapo. Los hombres de su misma posición le resultan perfectamente indiferentes por muy bonitas que sean las botas que calcen.

Por lo que respecta a sus inclinaciones sexuales, el paciente sigue sin tener claro si siente más simpatía por el sexo opuesto o por el propio.

En su opinión, al principio tenía más bien sensibilidad para las mujeres, pero en cualquier caso esta simpatía era más bien débil. Asegura decididamente que no le resulta simpático en modo alguno adspectus viri nudi y que el de los genitales masculinos sencillamente le repele. No era este precisamente el caso con las mujeres, pero ni siquiera el más bello corpus femininum es capaz de excitarle. Siendo un oficial joven a veces se veía obligado a ir con sus compañeros a los prostíbulos. No era demasiado difícil convencerle porque esperaba con ello desembarazarse de sus incómodas fantasías de botas. Era impotente hasta que recurría a sus fantasías de botas. El acto de la cohabitación transcurría entonces con total normalidad, aunque sin sentimiento libidinoso. El paciente nunca ha experimentado el impulso de mantener relaciones con mujeres, siempre ha sido necesaria una ocasión o inducción externa. Cuando quedaba abandonado a sí mismo, su vita sexualis consistía en fantasías de botas y en los correspondientes sueños y poluciones. Como esto iba acompañado de manera cada vez más intensa del impulso de besarles las botas a sus criados, calzarlos, etc., el paciente decidió poner todos los medios para librarse de este repugnante impulso que tanto lastimaba su amor propio. Tenía por aquel entonces 20 años y se encontraba en París; se acordó entonces de una bellísima campesina de su lejana patria. Concibió la esperanza de librarse con ayuda de ella de su perversa orientación sexual, se puso inmediatamente en camino hacia casa y solicitó los favores de la muchacha. Asegura que en aquel momento se enamoró profundamente de aquella persona, que ya la visión, el tacto de su ropa le excitaban y que en cierta ocasión en que ella le dio un beso sufrió una fuerte erección. El paciente tardó un año y medio en alcanzar el objetivo de sus deseos con esta persona.

Era muy potente, pero tardaba en eyacular (entre 10 y 20 minutos) y nunca experimentó un sentimiento libidinoso durante el acto.

Tras aproximadamente un año y medio de trato sexual con esta joven, su amor por ella se enfrió, pues no lo encontró tan “hermoso y puro” como deseaba. A partir de ese momento tuvo que volver a echar mano de sus fantasías de botas, que habían pasado a un estado latente, para seguir siendo potente en sus relaciones con esta muchacha. Estas se presentaron de manera espontánea en la misma medida en que su potencia iba disminuyendo. Posteriormente, el paciente practicó el coito también con otras mujeres. De vez en cuando, dependiendo de si la mujer le resultaba simpática, este se desarrollaba sin intromisión de las fantasías de botas.

En cierta ocasión le aconteció incluso al paciente el cometer un estupro. Curiosamente esta fue la única vez en que tuvo durante el acto (forzado) un sentimiento libidinoso. Inmediatamente después del hecho sintió repugnancia. Cuando una hora después del estupro volvió a practicar el coito con la misma mujer, esta vez con su consentimiento, ya no tenía sentimiento libidinoso. Según iba disminuyendo su potencia, es decir, a medida que esta solo se lograba mantener mediante las fantasías de botas, también iba decayendo la libido hacia el otro sexo. Resulta revelador de la escasa libido y débil predisposición del paciente hacia la mujer el hecho de que fuera a dar en la masturbación mientras todavía mantenía relaciones sexuales con la campesina. Tuvo conocimiento de esta práctica por medio de las “Confesiones” de Rousseau, obra que fue a parar en sus manos por casualidad. Las fantasías de botas comenzaron a asociarse inmediatamente con los impulsos correspondientes. Experimentaba entonces potentes erecciones, se masturbaba, tenía un vivo sentimiento libidinoso al eyacular que no se presentaba en el coito y al principio se sentía con la masturbación más despejado y animado espiritualmente.

Con el tiempo, no obstante, se presentaron los síntomas de una neurastenia primero sexual y después general con irritación espinal. Se abstuvo entonces transitoriamente de la masturbación y acudió a su antigua amada. Pero esta le resultaba ya perfectamente indiferente y como ya al final ni siquiera con ayuda de escenas de botas lograba triunfar, se apartó de esta mujer y cayó nuevamente en la masturbación, con la que se sentía protegido del impulso de besarles, limpiarles, etc. las botas a los criados. Su posición sexual le resultaba, no obstante, penosa. Ocasionalmente volvió a intentar el coito e incluso tenía éxito en cuanto se imaginaba unas botas relucientes. Tras abstenerse de la masturbación durante un prolongado periodo, logró también consumar el coito de vez en cuando sin ayudas artificiales.

El paciente se describe a sí mismo como dotado de un gran apetito sexual. Cuando lleva tiempo sin eyacular, se congestiona, experimenta una intensa excitación psíquica y le asaltan las repugnantes imágenes de botas, de manera que no le queda más remedio que practicar el coito o, mejor todavía, masturbarse.

Desde hace un año, su situación moral se ha complicado de manera penosa porque, siendo el último de una rica y distinguida estirpe y por deseos imperiosos de su padre, tiene que casarse de una vez por todas. La novia que se le tiene destinada es de extraordinaria belleza y le resulta extremadamente simpática espiritualmente. Pero como mujer le resulta indiferente como cualquier otra mujer. Le satisface estéticamente como una “obra de arte” cualquiera. Ella aparece a sus ojos como un ser ideal. Adorarla platónicamente constituiría para él un tipo de dicha que merecería la pena perseguir, pero poseerla como mujer le resulta una idea penosa. Sabe de antemano que solo podría ser potente con ella recurriendo a fantasías de botas. Sin embargo, echar mano de tales medios entra en oposición con la elevada estima en que tiene a esta dama, sus sentimientos morales y estéticos hacia ella. Si la mancillara pensando en botas, ella perdería ante los ojos de él su valor estético y entonces él se volvería impotente y ella le resultaría repugnante. El paciente considera su situación desesperada y confiesa haber andado últimamente al borde del suicidio.

Es un hombre muy inteligente con un aspecto perfectamente masculino, barba poblada, voz grave, genitales normales. El ojo tiene una expresión neuropática. No hay signos de degeneración. Síntomas de neurastenia espinal. Se logra tranquilizar al paciente e inspirarle confianza en el futuro.

Los consejos médicos consistieron en remedios para combatir la neurastenia, la prohibición de seguir masturbándose, así como de seguir entregándose a las fantasías de botas; perspectiva de que al eliminar la neurastenia la cohabitación sin ideas de botas será posible y el paciente con el tiempo estará en condiciones morales y físicas de casarse.

A finales de octubre de 1888 el paciente me escribió para contarme que venía resistiéndose desde entonces a la masturbación y a las fantasías de botas con todas sus fuerzas. Ya solo había vuelto a tener un único sueño de botas y prácticamente no había tenido poluciones. Se encontraba libre de impulsos homosexuales, pero, a pesar de una excitación sexual que a menudo era importante, seguía sin experimentar libido alguna hacia las mujeres. En esta fatal situación, las circunstancias le obligaban ahora a casarse dentro de tres meses.