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	<title>PSYCHOPATHIA SEXUALIS &#187; azotes</title>
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	<description>RICHARD VON KRAFFT-EBING</description>
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		<title>Caso 149: homosexualidad o uranismo</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Sep 2011 08:53:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Z., 28 años, vendedor, desciende de un padre enormemente nervioso y excitable y de una madre histeropática. Es de constitución nerviosa, sufrió enuresis hasta los 18 años, era débil y no tuvo un desarrollo físico satisfactorio hasta los 20 años. Afirma haber sentido los primeros movimientos sexuales con ocho años al contemplar cómo castigaban en la escuela a compañeros de clase ad podicem. A pesar de su compasión, afirma haber sentido un sentimiento libidinoso hasta entonces desconocido que hizo estremecerse todo su cuerpo. Algún tiempo después, yendo al colegio y dándose cuenta de que se le hacía tarde acudió a él repentinamente el pensamiento, acompañado de un intenso sentimiento libidinoso, de que el maestro le castigara azotándole ad podicem por llegar tarde. De pura excitación estuvo un rato sin poder moverse y sintió al parecer la primera erección.</p>
<p>Con 11 años se enamoró de un chico guapo y rubio con unos ojos hermosísimos, inteligentes, vivos.</p>
<p>Era feliz si podía acompañarle a casa de vez en cuando y le hubiera gustado besarle y abrazarle. Z. afirma haber sentido ya entonces lo inapropiado de semejante inclinación y haber procurado que no se le notase nada.</p>
<p>Por aquella misma época hubo una chica dos años más joven que él que le gustaba tanto que la besó de pronto. Esto quedó como un impulso aislado.</p>
<p>Con 13 años un compañero de clase indujo a Z. al onanismo. Pero no disfrutó demasiado con esto porque sus “nobles sentimientos” por los jóvenes le protegían de actos groseros y él no quería “arrastrar por el fango su amor puro y elevado”.</p>
<p>Con 17 años, Z. se enamoró locamente de un compañero de clase con “unos ojos castaños preciosos, nobles rasgos y tez oscura”. Sufrió indeciblemente a causa de este amor desdichado durante dos años y medio, es decir, hasta que se separó de este compañero y asegura que si hoy le volviera a ver, la vieja llama volvería a encenderse. Volvió a enamorarse de compañeros en otras dos ocasiones, pero ya no tan intensamente. Con 20 años primer coito en el lupanar con escasa potencia y poco placer. Prolonga estas relaciones cum femina por “motivos de salud”, para protegerse del onanismo y para aparecer potente, así como para enmascarar su vita homosexualis.</p>
<p>Z. no siente horror feminae, pero las mujeres le dejan frío, las ve más bien “como una obra de arte, como una estatua”. Z., que tiene gran fuerza de voluntad y no es excesivamente libidinoso, ha conseguido hasta el momento controlar por completo su inclinación por el propio sexo. Sin embargo, su posición sexual le resulta insatisfactoria sobre todo porque en los últimos años la excitación meramente sensual del coito parece que va debilitándose cada vez más y la erección va dejando bastante que desear. Este es el motivo por el que Z. acudió al médico.</p>
<p>No presenta nada anormal en su apariencia y comportamiento, tiene un aspecto perfectamente viril y espiritualmente sano.</p>
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		<title>Caso 90: masoquismo y sadismo</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Jun 2010 08:10:57 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Señor X., 28 años. “Ya siendo un niño de 6 ó 7 años tenía pensamientos de contenido sexual-perverso: me imaginaba que tenía una casa en la que mantenía cautivas a chicas jóvenes y guapas cuyas posaderas desnudas azotaba a diario. Poco después encontré a unos cuantos chicos y chicas con mis mismos gustos. Solíamos jugar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Señor X., 28 años. “Ya siendo un niño de 6 ó 7 años tenía pensamientos de contenido sexual-perverso: me imaginaba que tenía una casa en la que mantenía cautivas a chicas jóvenes y guapas cuyas posaderas desnudas azotaba a diario. Poco después encontré a unos cuantos chicos y chicas con mis mismos gustos. Solíamos jugar a soldados y ladrones. A los ladrones a los que atrapábamos los subíamos a la azotea y allí les azotábamos las posaderas desnudas, tras lo cual a veces también se las acariciábamos. Soy perfectamente consciente de que en aquel entonces sólo sentía placer cuando azotaba a chicas. Al hacerme mayor (10-12 años), apareció en mí, sin que nada diera pie a ello, el deseo opuesto: me imaginaba que una chica me azotaba en el trasero desnudo. Muchas veces me quedaba parado ante los carteles de casas de fieras en los que aparecía una robusta domadora que lanzaba su látigo contra un león. Me imaginaba entonces que yo era el león y que la domadora me azotaba; me pasaba las horas muertas plantado frente a los anuncios de un grupo de indios donde se representaba a una india medio desnuda, y me imaginaba que yo era un esclavo y tenía que realizar para mi ama los servicios más repugnantes. Si me negaba a ello, recibía el más cruel de los maltratos posibles, lo que en mi caso significaba siempre recibir azotes en el trasero desnudo. En aquella época leía sobre todo historias de torturas y me detenía especialmente en aquellos pasajes en que se golpeaba a la gente. Hasta entonces nunca había sido golpeado de verdad, algo que me hubiera disgustado enormemente. Cuando cumplí los 15 años, un amigo me hizo caer en el onanismo, vicio al que me di a partir de entonces con bastante frecuencia, sobre todo en conexión con mis ideas sexuales perversas. El impulso de llevar a la práctica estas ideas mías iba siendo cada vez más poderoso, y con 16 años le pedí a una muchacha del servicio por la que sentía una cierta simpatía y con la que mantenía una relación de amor platónico, que me azotara con una caña. Lo que le dije fue que era mal estudiante, que mis padres no me castigaban nunca y que no me vendría mal un castigo suyo. Aunque se lo rogué de rodillas, se negó a mis pretensiones; pero me propuso, en cambio, acostarse conmigo, a lo que yo me negué por repugnancia. Aunque no conseguí que me azotara, sí que consintió en todas mis otras ideas: me ordenó ad podicem lambere, se puso terrones de azúcar entre las nalgas y me hizo comerlos, etc. Después jugaba siempre con mis órganos sexuales, y se los metía en la boca hasta que se producía la eyaculación. Al cabo de un año, poco más o menos, despidieron a la muchacha. Mi deseo, mientras tanto, iba en aumento hasta que llegó al punto en que ya no lo podía soportar, así que me fui a un prostíbulo, donde hice que una prostituta me trabajara el trasero desnudo con una vara. Hice que me tumbara sobre sus muslos descubiertos y me reprochara mi maldad. A todo esto, yo insistía en que no lo haría más, que por favor me perdonara por esa vez. Otra vez hice que me sujetara la cabeza entre los muslos mientras me azotaba el trasero desnudo como se hace con los niños pequeños. Una vez hice que me ataran a un banco y me azotaran 25 veces con una caña. Como me dolía demasiado y pedí que pararan al llegar al golpe 14, a la siguiente vez le dije antes a la prostituta que no le daría ni cinco como no me plantara los 25 cañazos. El dolor que sentía y el alto precio que tenía que pagar me determinaron a renunciar en el futuro a castigos semejantes y empecé a partir de entonces a azotarme yo mismo en las nalgas desnudas con correas, varas, bastones e incluso alguna vez con ortigas. Me tumbaba para ello en un banco o me arrodillaba y me imaginaba que me azotaba mi ama por alguna falta que hubiera cometido. No contento con ello, solía introducirme en el ano jabón, pimienta, pimentón y también objetos angulosos. Alguna vez mi deseo se hizo tan imperioso que llegué a clavarme agujas en las nalgas llegando hasta 3 cm de profundidad. Así continué hasta el año pasado, cuando trabé conocimiento en extrañas circunstancias con una muchacha que también tiene una sexualidad perversa. Sucedió que fui a visitar a una familia conocida mía, pero no estaban y solo encontré en casa a la institutriz y los niños. Me quedé, y mientras hablaba con la muchacha los niños empezaron a portarse mal. Ella se llevó entonces a dos de los niños a la habitación de al lado y los azotó allí con una vara, tras lo cual regresó enormemente excitada. Le brillaban los ojos, tenía el rostro completamente enrojecido y le temblaba la voz. Esta acción también me había excitado mucho a mí. Empecé a llevar la conversación hacia castigos y palizas. Poco a poco nos fuimos acercando, hasta que al cabo de algunas semanas nos empezamos a entender. Ella dejó su puesto y nos fuimos a vivir juntos a un piso en el que satisfacíamos juntos nuestros vicios. Pero como esta mujer me desagrada en todo lo demás, voy teniendo cada vez más momentos en los que recapacito y siento repugnancia de mí mismo y de lo que he hecho, y pienso a diario en cómo escapar de la perdición. Debo recalcar, asimismo, que he tratado de librarme de este vicio por diversos medios sin que ninguno de ellos me sirviera de nada. Y así contemplo mi futuro con apatía, puesto que mi fuerza moral es insuficiente para sustraerme a tal vicio”.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 90" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-90-masoquismo-y-sadismo/">caso 90</a>] </p>
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		<title>Caso 89: masoquismo y sadismo</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Jun 2010 09:12:57 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Señor X.: “La primera manifestación de mi impulso sexual se remonta a la edad de 13 años. Debido a mi pereza, me amenazaron —aunque no fuera en serio— con ponerme de aprendiz. Un día empecé a pintarme en mi fantasía el oficio de aprendiz de albañil: cómo sudaba por el esfuerzo mientras trajinaba vestido con una ropa de trabajo ligera; cómo los chicos mayores, que eran mis superiores, me cargaban de trabajo, se burlaban de mí y me imponían castigos físicos. Estas fantasías producían en mí una sensación que hoy reconozco como libidinosa. Me imaginaba que me castigaban presionándome en las zonas erógenas que rodean al ano y así tuve mi primera eyaculación. Este fenómeno me resultó totalmente incomprensible; hasta entonces yo solo había visto en el pene una vía para expulsar la orina, y tenía una idea más bien oscura o más bien ninguna idea sobre la reproducción humana, por lo que no sabía qué pensar de aquel líquido que había surgido repentinamente. Lo llamé “leche de chico” y no veía en su expulsión maldad alguna sino tan solo un curioso incidente que me propuse investigar. Describo esto tan detalladamente para poner de relieve que mi onanismo se desarrolló por puro instinto, sin ser incitado a ello y sin que hubiera mala voluntad por mi parte. No tardé en descubrir en los días siguientes que la eyaculación se lograba más fácilmente manipulando el pene con las manos. Como el sentimiento libidinoso que experimentaba con ello resultaba placentero y yo no veía en ese acto nada que no fuera la satisfacción de un placer natural (como el olfato, por ejemplo), el onanismo pronto se convirtió en costumbre.</p>
<p>En la línea de lo ocurrido en la primera ocasión, las fantasías que lo acompañaban eran siempre de índole perversa. Tras la lectura de su libro, he de considerar esta anomalía como una mezcla de sadismo y masoquismo acompañada de fetichismo y complicada de homosexualidad, y la única causa que se me ocurre es la excitación del impulso sexual antes de recibir una preparación al respecto. Cuando finalmente, con más de 17 años de edad, fui a dar en una enciclopedia con la historia natural de la humanidad debidamente explicada, era ya demasiado tarde, puesto que mi impulso sexual se había corrompido por efecto de los numerosos actos de onanismo.</p>
<p>Voy a intentar dar una idea de las fantasías que solían dar pie a mi onanismo.</p>
<p>El objeto de mis fantasías eran siempre chicos de entre 10 y 16 años, la edad en que empiezan a desarrollarse la inteligencia y la belleza corporal, pero solo mientras llevaban pantalones cortos. Estos eran imprescindibles. Todo chico conocido cuya contemplación en los años de los pantalones cortos me hubiera excitado pasaba a dejarme totalmente frío en cuanto empezaba a ponerse pantalones largos. Aunque yo no demostrara excitación alguna, literalmente me iba detrás del primer pantalón corto que se me cruzara por la calle, igual que otros se van detrás de unas faldas. Este impulso era universal. Yo me gustaba a mí mismo igual que mis colegas, que lo mismo podían ser mendigos descalzos y andrajosos que príncipes. Si se me pasaba un día sin ver a nadie que pudiese convertirse en objeto adecuado para mi fantasía, imaginaba todo tipo de figuras ideales y, cuando me hice mayor, me veía a mí mismo otra vez en la edad crítica, vestido con los atavíos a los que respondía mi impulso, y envuelto en todo tipo de situaciones posibles e imposibles.</p>
<p>Aparte de los pantalones cortos, que tenían que ser lo suficientemente cortos para dejar a la vista las hermosas formas de la pierna de rodilla para abajo, era imprescindible una ropa infantil ligera. En mi fantasía desempeñaban un importante papel las camisetas, las blusas de marinerito, las medias negras largas o también los calcetines blancos, que dejaban al aire rodilla y pantorrilla. En cuanto a los tejidos de los trajes, me gustaban sobre todo las telas de algodón ligero y tenían que estar, o bien nuevas a estreno e impolutas, o bien sucias, arrugadas y con rotos por los que asomaran los muslos. Pero también me gustaban los pantalones de loden o de paño azul y los pantalones de cuero ajustados. Los anuncios de ropa de niño me excitaban sobremanera (cuanto más barata, mejor). Si decía, por ejemplo: “Trajes completos de niño para 10-14 años a partir de 3 francos”, ya era para mí motivo de alborozo. Me imaginaba que con 14 años, y habiendo dado un estirón, recibía a cambio de esa cantidad ridícula una ropa raquítica calculada para 8 años. Por lo que respecta al cuerpo de mis objetos, estos tenían que tener el pelo corto y, a ser posible, rubio, un rostro fresco y descarado, con ojos brillantes e inteligentes y una figura esbelta y proporcionada. Las piernas, que era a lo que daba más importancia, tenían que ser gráciles: unas rodillas delgadas, unas pantorrillas firmes y unos tobillos elegantes eran imprescindibles. A menudo me sorprendía a mí mismo dibujando estos cuerpos y prendas “ideales”. Nunca pensaba en los genitales; la definición de pederastia la encontré por primera vez en su libro. Nunca se me ocurrió ni siquiera la idea de cometer un acto semejante. Las figuras completamente desnudas carecían prácticamente de efecto, es decir, producían una impresión estética pero nunca sexual en mi fantasía.</p>
<p>Ya he descrito, por tanto, los objetos de mi fantasía y me queda explicar lo que hacía mi espíritu excitado con estos desdichados objetos.</p>
<p>Llego así al verdadero núcleo de mi anomalía, esa mezcla de sadismo y masoquismo a la que ya me he referido. No puedo creer que sadismo y masoquismo sean opuestos. El masoquismo es tan solo una forma especial de sadismo, de la misma manera que el altruismo es una forma especial de egoísmo, paradoja cuya explicación dejo para el final. Los crueles actos que imaginaba mi fantasía se referían tanto a mi persona como a cualquier otra que resultara sexualmente excitante; me podía ocurrir incluso el sentirme torturado en otra persona, de modo que gozaba de mis propios dolores imaginarios mientras veía retorcerse bajo los golpes a otro chico. A menudo me veía a mí mismo junto a otro compañero entre las piernas de un implacable superior que dejaba las cuatro pantorrillas llenas de marcas anchas y sangrientas a base de latigazos. En esos momentos sentía tanto el placer de la propia humillación como la gozosa conciencia de que otro ser humano era humillado, o sea, masoquismo y sadismo en un mismo instante. Dos opuestos no se dejarían reunir sin más en tan breve lapso de tiempo. Por otra parte, tiendo a atribuirle esta estrecha mezcla a mi propio carácter, que es fuertemente objetivo, más allá de la vita sexualis. Siempre ando tratando de meterme por completo en la situación y sentimientos del otro, así como de juzgarme a mí mismo de forma exacta e implacable desde el punto de vista de un observador imparcial.</p>
<p>Por lo que respecta a la naturaleza de mis pensamientos sádico-masoquistas, estos consistían esencialmente, como ya he indicado, en la administración de crueles castigos físicos a un muchacho como yo o incluso a mí mismo en la edad crítica. Se alternaban aquí bofetadas, coscorrones, tirones de pelo y de orejas, azotes con palos, látigos, correas, etc., patadas y otros actos de violencia. Lo que más me impresionaba eran los latigazos cuando se asestaban en las delicadas corvas o en pantorrillas descubiertas. También me gustaban los golpes en la zona de alrededor de las orejas. También se arreaban palos a ciegas por todo el cuerpo. Las patadas asestadas con los pies descalzos me parecían más humillantes que las que se daban con calzado y por eso mismo resultaban más de mi gusto. Especialmente placentero me resultaba el arrastrar a alguien por las orejas dándole de bofetadas o de latigazos. Me gustaba que la víctima suplicara recibir el castigo para purgar alguna mala acción y diera las gracias humildemente tras recibir la paliza. También me regodeaba en la idea de obligar a las víctimas ideales a obedecer la orden de alargar la palma o el dorso de la mano para maltratárselas dolorosamente con un bastón.</p>
<p>He de añadir que, quitando alguna que otra bofetada en peleas con compañeros, no he sido golpeado en mi vida y tampoco he visto azotar a nadie de manera que se acerque ni de lejos a la crueldad pintada por mi fantasía.</p>
<p>Las personas que administraban el castigo eran de lo más diverso. Por lo general se trataba de hombres, raramente mujeres (el único caso en que se ha dado un momento heterosexual). Siempre imaginaba algún fundamento legal para la paliza. Los atormentadores contaban con una base de apariencia legal para su proceder. Esta se hallaba en un poder otorgado por el responsable legal del castigado o en un acuerdo alcanzado con este.</p>
<p>Especialmente sofisticado resultaba el asunto cuando no solo el castigado sino también el castigador era un muchacho como yo. Hacía plausible este caso, o bien poniendo a un chico pobre al servicio de una familia rica a la que pertenecía un chico de la misma edad o más joven, o bien mediante “normas de reforma escolar”. Cada clase tenía entonces su propio uniforme, que se describía exactamente en muchos párrafos, y los alumnos de las clases superiores poseían, de manera semejante a lo que ocurre en Inglaterra, el derecho a mandar y castigar a los de las clases inferiores; los alumnos destacados estaban por encima de los normales, estos, a su vez, por encima de los que suspendían y así sucesivamente. Los mejores en clase de gimnasia ocupaban una posición muy destacada, pues podían azotar y abofetear incluso a los primeros de la clase si hacían mal los ejercicios o si se les veía desganados. Cuando un chico más pequeño (por ejemplo, uno de doce años) castigaba a uno mayor (por ejemplo, de quince años), aquello representaba el máximo placer, lo mismo si me imaginaba en un papel activo, que pasivo o incluso neutral.</p>
<p>La idea del calor animal de mis favoritos tenía algo embriagador. La sensación de “estar atrapado entre las piernas” me excitaba extraordinariamente. Toda idea de sudor me resultaba agradable y encontraba enormemente atrayente el olor a pies sudados.</p>
<p>Cuando el castigo concluía en mi espíritu sin que consumara el onanismo, siempre volvía a la sensatez súbitamente. Sentía entonces a menudo una profunda compasión por el castigado. En ese momento hubiera estrechado en mis brazos a cualquier precio a aquel pobre muchacho azotado, enrojecido y sollozante, y le hubiera rogado que me perdonara por haberle hecho tanto daño. De manera análoga al “pajismo” que usted describe en su libro, albergaba a veces el deseo completamente puro de adoptar a un pobre huérfano, dotarle de medios para que tuviera una educación y hacer de él una nueva persona que se convertiría con los años en un fiel amigo. A menudo me acomete el deseo de educar a mis compañeros. Conozco por propia experiencia los defectos de la actual pedagogía y veo a muchachos de espíritu despejado y físicamente sanos que se encaminan a marchas forzadas hacia su propia perdición; veo cómo en cuestión de años se arrastrarán por la vida como yo, decrépitos, cínicos, degenerados, desprovistos de fuerza e idealismo. Me gustaría intervenir, dedicarme a la juventud, no para aprovecharme mezquinamente de ella —nada más lejos de mi intención en ese momento— sino para advertirlos con total rectitud y con la mejor de las intenciones. Volveré sobre esto.</p>
<p>Independientemente de estos deseos, que siempre son decentes, pero que están relacionados con mi perversión, me acometía frecuentemente la idea, íntimamente relacionada y de una naturaleza sucia y sexual, de convertirme en preceptor y criado de un muchacho como yo. Una familia rica me acoge por compasión en su casa a mí que soy un pobre estudiante. Mi misión consiste en estudiar con el hijo de la familia, un bribón vago y descarado, y mantenerle ocupado todo el día. Tengo que ayudarle a verstirse y a desnudarse, tengo que prestarle todos los servicios que desee, tengo que “acatar sus órdenes”, como se dice, incluso cuando por pura maldad exige que ejecute mandatos absurdos o humillantes. “Contra la insolencia, la desobediencia o la negligencia: palo”.</p>
<p>En esto, como en el resto de fantasías semejantes, una gran parte del atractivo residía siempre en la elección de las palabras. El subalterno tenía que dirigirse al superior como “señorito” (y si había una criada encargada de la paliza, como “señorita”). El superior, aunque fuera más joven que el esclavo, tuteaba a este, le llamaba “piojoso”, “mierda”, “pillo”, “niñato”, a menudo le “amaestraba” con un silbato y le hacía ponerse en posición de “firmes” o “de rodillas” cada vez que se dirigía a él o le soltaba una bofetada (el castigo de levantarse y arrodillarse, este último endurecido a menudo usando hierros oxidados, debería haberlo mencionado más arriba, al hablar de los azotes). Las expresiones destacadas con comillas y otras como “paliza”, “bofetada”, etc. e incluso denominaciones completamente inocuas como “chico”, “chaval”, “muchacho”, “rodilla”, etc. bastaban para excitarme cuando las leía en cualquier contexto. Inmediatamente, surgían con la correspondiente palabra fantasías libidinosas.</p>
<p>Tampoco me libraba de la coprolagnia. Frecuentemente, me veía a mí mismo en poder de un joven campesino descalzo al que le tenía que lamer sus sucias piernas mientras se echaba la siesta. Cuando dejaba de apetecerle tal servicio, me plantaba una patada en la cara para que le dejara en paz. También encontraba agradable el que me escupieran. Daba en las ideas más tremendas en este campo: veía mi boca convertida en escupidera e incluso en retrete. Se me llegó a ordenar lamer escupitajos del suelo, honor por el que debía dar las gracias al amo que había soltado el salivazo, algo a lo que yo solía añadir el suplicar que me siguieran humillando. Todas estas manifestaciones de coprolagnia se presentaban también en forma sádica, aunque he de hacer notar que el escupir me inspira tal aversión que no soy capaz de hacerlo ni estando acatarrado.</p>
<p>Los esclavos de mi fantasía suelen recibir comidas repugnantes (desperdicios, como cáscaras de patata, huesos roídos, etc.) y tenían que dormir sobre el suelo desnudo.</p>
<p>Tengo que hacer especial hincapié en mi afición a los chicos descalzos; por ejemplo, un chico trabajador, vestido tan solo con unos pantalones raídos, incluso rotos, y una camiseta por el estilo que tuviera que arrastrar a golpes una pesada carreta por un cenagal cayéndose al suelo cada dos por tres&#8230; ese era a menudo mi ídolo y se contaba entre los productos más poderosos de mi sucia fantasía. Superaba aquí a veces la medida habitual de mi perversión. Una vez me imaginé que a la bestia de carga humana, al vestirse, le saltaban los botones de los pantalones y se le quedaban colgando las partes pudendas, el único caso en que estas desempeñaban un papel. Otras dos veces llegué incluso a maltratar mi propia persona. Estas fueron las dos únicas ocasiones en que abandoné el marco de lo ideal. En una de ellas me quité toda la ropa menos la camisa y los calzoncillos. Estos los enrollé de forma que parecían unos pantalones cortos y anduve un rato descalzo dando vueltas por la habitación hasta que me arrodillé delante de un espejo y me lancé un chorro de mi propia orina a la cara (!) imaginándome que esto lo hacía a un chico que, habiéndome vencido en una pelea, se había puesto de rodillas encima de mí y me demostraba ante testigos de una forma tan drástica su poder y mi sometimiento. El segundo y último caso en que abandoné el ámbito de la fantasía se dio el año pasado. Me desnudé de la forma ya mencionada y empecé a golpearme febril e incesantemente las pantorrillas desnudas con un bastón. Esto lo hice con tal fuerza que, pasados ocho días, todavía me quedaban marcas y cardenales. Mientras hacía esto volví a imaginarme que un chico que vigilaba mi trabajo como bestia de carga me azotaba “por desganado”. A diferencia de la mayoría de observaciones en el ámbito del masoquismo, al ejecutar mi fantasía sentí escaso dolor y no me vi defraudado en modo alguno; antes bien, se apoderó de mí una intensa voluptuosidad. No paré de azotarme hasta quedar agotado. Por otra parte, ese día me encontraba especialmente excitado: hacía un calor enorme (25° R a la sombra [31° C, nota del traductor]) y estaba terriblemente nervioso porque al día siguiente tenía un examen difícil para el que no me veía preparado. Es interesante mencionar que a pesar de la atonía provocada por el exceso, que me incapacitó para todo trabajo intelectual durante la noche, aprobé el examen con nota. Esto es toda una imagen de nuestra cultura: energía sobrehumana junto a debilidad infrahumana, una lucha encarnizada entre el espíritu y la materia.</p>
<p>Lamentablemente no recuerdo con exactitud mi estado psíquico anterior y posterior al otro acto real (el de la orina).</p>
<p>He mencionado anteriormente que la palabra impresa solía despertar mi deseo y he de añadir ahora que los cuadros y las estatuas también podían provocar el mismo efecto.</p>
<p>Diré, por mencionar un solo ejemplo, que los retratos de muchachos de una exposición me mantuvieron excitado durante varios días. Estaban allí retratados dos chicos, el uno tendría unos 11 años y el otro alrededor de 14. Son chicos guapos, con ropa de andar por casa, con unos pantaloncitos azules que dejan al aire unas pantorrillas fuertes y bronceadas, cubiertas de un fino vello. Los dos chicos están ahí como si, en medio de sus travesuras en el jardín, una orden del padre los hubiera obligado a detenerse. Todavía tienen rojas las mejillas; el mayor, sobre todo, tiene cara de rebelde. Con estos chicos me inventé largas historias en las que el palo desempeñaba un papel central. Ninguna persona normal podía imaginarse que tuvieran esta influencia sobre mí.</p>
<p>En el teatro me gustaba ver sobre todo obras en las que hubiera papeles de chicos, y me enfadaba si, como solía ocurrir, los interpretaban muchachas, lo que imposibilitaba mi placer sexual. Una vez que vi una versión de “Flachsmann como educador” en la que el papel de escolar lo interpretaba un chico de verdad, mi entusiasmo no conocía límites. El joven artista actuaba además magníficamente. El actor interpretó a pedir de boca la mezcla de ruda obstinación y temor pueril, esos sentimientos encontrados que experimenta todo mal estudiante cuando se encuentra delante del director y que se manifiesta en la aspereza de las contestaciones. Con ello me hizo caer una vez más en el onanismo.</p>
<p>Pero lo que más efecto me producía siempre eran las obras impresas, donde mi fantasía disfrutaba de la máxima libertad de movimientos. No hay ningún clásico, ningún escritor de prestigio, en cuya obra no haya encontrado yo algún pasaje excitante. Esto nos llevaría, por tanto, demasiado lejos si quisiera presentarlo con todos sus pormenores. Me excitaban sobre todo desde hacía años “La cabaña del tío Tom” y uno de los viajes de “Simbad el marino” en las “Mil y una noches”. Me refiero a la aventura en que un ser monstruoso se sirve de Simbad como montura. Este relato demuestra que el masoquismo era ya conocido entre los antiguos árabes.</p>
<p>El “ser cabalgado” era un elemento que aparecía repetidamente en mis fantasías, igual que el “ser uncido”. Alguna vez he llegado a sentirme como un perro de tiro al que le dan patadas o como un caballo que recibe latigazos, algo que durante los momentos de excitación trataba de explicarme como recuerdos de reencarnaciones anteriores, por más que en estado normal no crea en la inmortalidad de eso que llaman alma.</p>
<p>Un fenómeno muy extraño es que en mi estado normal siempre pienso y siento de una forma completamente diferente a como lo hago en estado de excitación sensual. En mi estado normal, por ejemplo, soy enemigo incondicional de castigar con azotes y partidario de la teoría de que los errores humanos sólo se pueden corregir convenciendo con razones y nunca mediante la violencia o mediante prohibiciones que no hacen sino incitar a saltárselas. Soy, asimismo, un partidario convencido de la búsqueda de la libertad, un “defensor de los derechos humanos”&#8230; y, sin embargo, a pesar de todo esto, encuentro en otros momentos placer en la idea de la esclavitud, en un trato inhumano.</p>
<p>Por lo que hace a mis inclinaciones sexuales contrarias, tengo que proporcionar aún algunos datos sobre mi carácter y mi comportamiento social.</p>
<p>Espiritualmente me siento siempre como hombre; sexualmente, como neutro. Insisto en que el coito normal nunca ha sido objeto de mis fantasías, como tampoco lo ha sido el coito pederasta. Me gusta mantener trato espiritual ante todo con hombres inteligentes y serios, o sea, sobre todo con hombres mayores o también con mujeres de aspecto masculino y enérgico carácter. Apenas me trato con mis colegas; en compañía de señoras mediocres o de hombres superficiales y vanidosos me siento más cohibido —porque no sé qué es lo que le interesa a la gente— que si estoy tratando a personas que me imponen por su altura de espíritu.</p>
<p>La mujer no me resulta en absoluto repugnante. Admiro incluso su belleza física, pero sólo como lo haría con un hermoso paisaje, una rosa o una casa nueva. Puedo hablar con toda tranquilidad de cuestiones sexuales sin ruborizarme y sin que nadie se percate de lo que oculto en mi interior.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 89" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-89-masoquismo-y-sadismo/">caso 89</a>] </p>
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		<title>Caso 86: masoquismo femenino</title>
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		<pubDate>Mon, 17 May 2010 13:58:14 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Señorita de X., 35 años, de familia con graves taras, se encuentra desde hace varios años en el estadio inicial de una paranoia persecutoria. Esta se deriva de una neurastenia cerebro-espinal, cuyo origen reside en una sobreexcitación sexual. La paciente venía dándose al onanismo desde los 24 años. Una expectativa de matrimonio no consumada y una intensa excitación sensual la condujeron a la masturbación y al onanismo psíquico. La inclinación hacia personas del propio sexo no se dio nunca. La paciente afirma: “Con 6-8 años experimenté por primera vez el deseo de ser azotada. Nunca había recibido golpes ni presenciado cómo alguien era azotado, así que no me explico cómo fui a dar en tan extraordinario deseo. No me queda más remedio que pensar que me es innato. Estas fantasías de azotes me producían una sensación verdaderamente deliciosa y me pintaba en mi fantasía lo hermoso que sería que me azotara una amiga. Me deleitaba en esta idea sin intentar nunca poner en práctica mis fantasías, que desaparecen a partir de los 10 años de edad. Hasta que no leí las “Confesiones” de Rousseau, con 34 años, no tuve claro lo que significaba este deseo mío de ser azotada y que se trataba en mi caso de las mismas fantasías morbosas que en el de Rousseau. Desde que tenía 10 años no he vuelto a sentir impulsos de este tipo”.</p>
<p>Epicrisis. Este caso, por su carácter originario y por la referencia a Rousseau, se ha de considerar con seguridad como un caso de masoquismo. El que sea a una amiga a quien se representa azotando en esta fantasía se explica sencillamente porque los deseos masoquistas se presentan aquí en la conciencia infantil antes de que la vita sexualis psiquica esté desarrollada y antes de que aparezca el impulso hacia el hombre. Queda descartado aquí expresamente el sentimiento sexual contrario.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 86" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-86-masoquismo-femenino/">caso 86</a>] </p>
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		<title>Caso 85: masoquismo femenino</title>
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		<pubDate>Tue, 11 May 2010 14:50:33 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Señorita X., 21 años, desciende de madre morfinómana fallecida hace unos años de una enfermedad nerviosa. El hermano de esta mujer es también morfinómano. Uno de los hermanos de la joven es neurasténico; otro, masoquista (desea que damas distinguidas y orgullosas le asesten bastonazos). La señorita X. nunca ha estado enferma de gravedad, sufre tan solo dolores de cabeza ordinarios. Se considera físicamente sana, aunque se tiene a veces por loca, a saber, cuando se le presentan las fantasías que se describen a continuación.</p>
<p>Desde su más temprana juventud se imagina que la castigan y la azotan. Se regodea literalmente en semejantes ideas. Su deseo más anhelado consiste entonces en ser golpeada reciamente con un bastón.</p>
<p>Dice que este deseo surgió a raíz de que un amigo de su padre, cuando ella tenía 5 años, se la puso encima de las rodillas y la azotó en broma. Desde entonces deseaba que se presentara la ocasión de ser azotada, aunque, muy a su pesar, no se cumplía este deseo. En sus fantasías se representa a sí misma desvalida, atada. Las palabras “bastón” y “azotar” producen en ella una poderosa excitación. Únicamente ha comenzado a poner sus ideas en relación con el sexo masculino desde hace un año aproximadamente. Antes de eso se imaginaba una maestra severa o simplemente una mano que la castigaba.</p>
<p>Ahora desea ser la esclava de un hombre al que ame; desea besarle los pies mientras la azota.</p>
<p>La dama no sabe que estos sentimientos son de índole sexual.</p>
<p>Algunos fragmentos de sus cartas resultan característicos en el sentido de una interpretación masoquista del caso:</p>
<p>“Antes pensaba seriamente en meterme en el manicomio si no conseguía librarme de estas fantasías. Esto se me ocurrió al leer la historia del director de una institución mental que había azotado a una dama con bastón y fusta después de sacarla de la cama tirándole de los pelos. Esperaba que me trataran a mí así también en una institución de ese tipo, así que inconscientemente me representaba mis fantasías con hombres. Pero sobre todo me gustaba imaginarme que me azotaban despiadadamente enfermeras groseras e incultas”.</p>
<p>“Pienso que estoy tumbada ante él y me pone un pie en la nuca mientras que yo beso el otro. Me deleito en tal idea, en la que no me golpea, pero varía mucho, y me imagino escenas completamente diferentes en las que me golpea. A veces pienso que los golpes son muestras de amor: él es muy bueno y cariñoso conmigo y a continuación me golpea por un exceso amoroso. Me imagino que su máximo deseo es golpearme por puro amor. Muchas veces he soñado también que soy un esclavo —es extraño, pero nunca una esclava—. Así, por ejemplo, me he imaginado que él es Robinsón y yo el salvaje que le sirve. Contemplo a menudo el dibujo en el que Robinsón le pone el pie en la nuca al salvaje. Ya tengo una explicación para la fantasía mencionada arriba: me imagino a la mujer en general como baja, inferior al hombre; aunque por lo demás tengo mucho orgullo y no me dejo dominar a ningún precio, por eso me veo como hombre (que por naturaleza es orgulloso y está por encima), la humillación ante el hombre amado es así mayor. También me he imaginado que soy su esclava; pero no me bastaba, al fin y al cabo, cualquier mujer vale para servir a su hombre como esclava”.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 85" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-85-masoquismo-femenino/">caso 85</a>] </p>
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		<title>Caso 80: masoquismo, coprolagnia</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Apr 2010 08:13:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Masoquismo. Coprolagnia. Z., 52 años, de clase social elevada, padre tísico, familia supuestamente sin tara, desde siempre nervioso, hijo único, asegura haber sentido una extraña excitación ya desde los 7 años al ser espectador por casualidad de cómo las criadas de la casa se quitaban zapatos y medias para limpiar las habitaciones. En una ocasión le pidió a una de las muchachas que antes de ponerse a fregar le enseñara las suelas de los zapatos y hasta los dedos de los pies. Cuando empezó a ir a la escuela y a leer libros, se veía atraído por lecturas en las que se describían crueldades refinadas, torturas, sobre todo cuando se ejecutaban por orden de mujeres. Devoraba novelas sobre esclavitud, servidumbre, etc. y experimentaba tal excitación sexual con estas lecturas que empezó a masturbarse. Pero sobre todo le excitaba la idea de ser esclavo de alguna joven y hermosa dama de su entorno, tras un largo paseo con ella poder pedes lambere, praecipue plantus et spatia inter digitos. Se imaginaba a la dama en cuestión muy cruel, se representaba en su fantasía cómo esta se regodeaba en las torturas y flagelaciones que le imponía. Se masturbaba deleitándose en estas fantasías. Con 15 años se le ocurrió hacer que un caniche le lamiera los pies mientras se entregaba a estas fantasías. Un día observó cómo una hermosa criada de la casa dejaba que ese caniche le lamiera los dedos de los pies mientras leía. Esta visión produjo en Z. erección y eyaculación. Convenció entonces a la muchacha de que se dejara lamer los pies por el caniche a menudo en su presencia. Finalmente ocupó él el puesto del caniche, eyaculando cada vez que lo hacía. Entre los 15 y los 18 años estuvo interno, por lo que carecía de ocasión para tales prácticas. Se limitaba a excitarse cada par de semanas con la lectura de atrocidades cometidas por mujeres, imaginándose que a una de estas mujeres crueles tenía que digitos pedum sugere, con lo que lograba la eyaculación, acompañada de un intenso placer. Los genitales femeninos nunca presentaron el más mínimo interés para él, como tampoco se sentía atraído sexualmente por los hombres. Ya de adulto acudía a puellas y practicaba el coito con ellas, después de haberles practicado succio pedum. También hacía esto inter actum y hacía que la puella le contase con qué martirios le atormentaría hasta la muerte si no le dejaba los dedos de los pies bien limpios a base de lametazos. Z. asegura haber alcanzado su objetivo infinitas veces y que esta succio resultaba muy agradable para las personas implicadas. Los pies de damas educadas, oprimidos y deformados por zapatos estrechos, que llevaran varios días sin lavar, tenían para él un especial atractivo, pero solo le gustaba “la fina película natural que se forma con damas limpias y educadas”, también el desteñido de las medias. Los pies sudados, en cambio, solo le excitaban en su fantasía, pero en la realidad le repugnaban. También las “atroces torturas” existían para él solamente en la fantasía, como medio para excitarse; en la realidad le horrorizaban y nunca intentó ponerlas en práctica. Aun así desempeñaban un papel destacado en su fantasía y nunca dejaba de instruir a las mujeres con las que simpatizaba y con las que mantenía una relación masoquista sobre cómo debían escribirle cartas amenazadoras (que él les encargaba e inspiraba). Presentaré aquí el contenido de una de esas cartas, procedente de una colección que Z. puso a mi disposición, pues en ella se encierra la totalidad del pensamiento y sentimiento de este masoquista: “Lambitor sudoris pedum meorum!” “Me imagino con placer el momento en que me lamerá usted los dedos de los pies, sobre todo después de un largo paseo&#8230; próximamente recibirá un retrato de mi pie. Me embriagará como néctar el que usted lama el sudor de mis pies. Y si no quiere, le obligaré, le azotaré como al más bajo de mis esclavos. Tendrás que ver cómo alius favoritus sudorem pedum mihi lambit, mientras que tú gimoteas como un perro bajo los latigazos de los sirvientes. Te declararé libre como un pájaro; me producirá una cruel alegría verte sufrir, exhalando tu alma en medio de los más espantosos tormentos, lamiéndome los pies en plena agonía&#8230; Me desafía usted a ser cruel —bien, le aplastaré como a un gusano&#8230; Me pide una de mis medias. La llevaré más tiempo del que suelo, pero exijo que la bese, la lama y que ponga en remojo la parte del pie y se beba luego el agua. Si no hace todo lo que exige mi deseo, le castigaré con la fusta. Exijo obediencia incondicional. De lo contrario le haré azotar con látigos, le haré andar por una era con el suelo lleno de pinchos de hierro, o haré que le den de bastonazos y después le arrojaré a la jaula de los leones y me deleitaré contemplando cómo saborean su carne las fieras”.</p>
<p>A pesar de esta palabrería ridícula, encargada por él mismo, Z. tiene en gran estima esta carta como medio para el objetivo de satisfacer una sexualidad perversa. Según asegura, su abominación sexual, que considera una anomalía congénita, no le parece antinatural, aunque no le queda más remedio que admitir que despierta la repugnancia de las personas normales. Por lo demás es una persona honesta y de delicados sentimientos, pero sus reparos estéticos (por otra parte, pequeños) se ven superados con creces por el placer que obtiene al satisfacer sus perversos deseos.</p>
<p>Z. me dio acceso a su correspondencia con el representante literario del masoquismo: Sacher-Masoch.</p>
<p>Una de estas cartas, fechada en el año 1888, tiene como emblema la imagen de una mujer de generosas formas, con expresión masculina, medio cubierta con una piel y con una fusta en la mano, como si se estuviera preparando para azotar. Sacher-Masoch afirma que “la pasión de interpretar el papel de esclavo” está muy extendida, sobre todo entre alemanes y rusos. En la carta se cuenta la historia de un distinguido ruso a quien le gustaba que varias mujeres hermosas le ataran y azotaran. Un día encontró su ideal (sádico) personificado de tal manera en una hermosa joven francesa que se llevó a esta consigo a su país.</p>
<p>Según Sacher-Masoch, había una dama danesa que no le concedía a ningún hombre sus favores si antes no se dejaba tratar como su esclavo durante algún tiempo. Amantes coagere solebat, ut ei pedes et podicem lambeant. Hacía encadenar y azotar a sus amantes hasta que la obedecían lambendo pedes. Una vez dejó al esclavo atado a los postes de su cama con dosel y le hizo ser testigo de cómo le concedía a otro su más precioso favor. Después de que este los dejara, el esclavo amarrado fue azotado por las sirvientas hasta que accedió a lambere podicem dominae.</p>
<p>Si estas informaciones fueran verdaderas, lo que tampoco se puede creer sin más viniendo de un poeta del masoquismo, constituirían valiosos testimonios de sadismus feminarum. En cualquier caso, son ejemplos psicológicamente interesantes de la idiosincrasia de los pensamientos y sentimientos masoquistas (observación propia, Zentralblatt für die Krankheiten der Harn- und Sexualorgane IV. 7).</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 80" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-80-masoquismo-coprolagnia/">caso 80</a>] </p>
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		<title>Caso 72: fetichismo de pies y zapatos</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Feb 2010 11:28:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.</p>
<p>Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.</p>
<p>Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.</p>
<p>Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.</p>
<p>M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.</p>
<p>Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.</p>
<p>Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.</p>
<p>A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.</p>
<p>Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.</p>
<p>Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba&#8230; pero todo esto no servía de nada.</p>
<p>M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.</p>
<p>Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.</p>
<p>Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:</p>
<p>Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.</p>
<p>M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.</p>
<p>Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 72" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-72-fetichismo-de-pies-y-zapatos/">caso 72</a>]</p>
<div id="_mcePaste" style="overflow: hidden; position: absolute; left: -10000px; top: 0px; width: 1px; height: 1px;"><!-- 		@page { margin: 2cm } 		P { margin-bottom: 0.21cm } --></p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Caso 72. Señor M., 33 años, de distinguida familia cuyo lado materno presenta desde hace varias generaciones casos de manifestaciones de degeneración psíquica e incluso de locura moral, de madre neuropática, caracteriológicamente anormal, fuerte, bien plantado, pero con tara neuropática, ya desde niño cayó sin incitación en el onanismo, con unos 12 años empezó a tener extraños sueños en los que era torturado, azotado y pisoteado por hombres y mujeres, aunque en estas situaciones oníricas los hombres iban siendo desplazados progresivamente por mujeres. Con unos 14 años empezó a sentir debilidad por los zapatos de señora. Le excitaban sensualmente, sentía la necesidad de besarlos, apretarlos contra su cuerpo, haciendo lo cual tenía erecciones y llegaba al orgasmo, que resolvía con la masturbación. Estos actos se veían acompañados también de fantasías masoquistas en las que le pisaban y torturaban.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Se dio cuenta de que su vita sexualis era anormal e intentó ya con 17 años sanearla mediante el coito.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Era totalmente impotente, lo mismo ocurrió en un nuevo intento con 18 años, siguió dándose a la masturbación entre fantasías fetichistas con zapatos de señora y una serie de ideas masoquistas.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Con 19 años tuvo noticia por casualidad de un caballero que para ser potente se hacía flagelar por una puella.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">M. reconoció en esto la realización de lo que llevaba tiempo deseando y se apresuró a seguir el ejemplo de este señor; pero experimentó una honda decepción, sintió repugnancia y no fue capaz ni siquiera de llegar a la erección.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Renunció a estos intentos; buscó y halló satisfacción de la manera que le era habitual. Con 27 años la casualidad quiso que se cruzara en su camino una joven simpática y galante. Una vez que tuvo confianza con ella, empezó a lamentarse de la desdicha de ser impotente. La muchacha se rio de él explicándole que a su edad y con esa constitución no se era impotente.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero necesitó 14 días de relaciones íntimas y la ayuda de su fetiche de zapatos y de las fantasías masoquistas para llegar a ser potente. Esta relación duró varios meses. Su potencia mejoraba cada vez más, iba necesitando menos auxilios secretos para su potencia y las correspondientes fantasías quedaron reducidas casi al estado latente.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">A esto le siguieron 3 años en los que M., debido a su impotencia psicológica con otras muchachas, recayó en la masturbación y en su viejo fetichismo.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Con 30 años, nueva relación de simpatía, pero como M. se siente totalmente incapaz de consumar el coito sin recurrir a situaciones nasoquistas, instruye a la muchacha en cuestión para que le trate como su esclavo.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Ella interpretaba bien su papel: él tenía que besarle los pies, ella le azotaba con una vara, le pisaba&#8230; pero todo esto no servía de nada.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">M. sólo sentía dolor y la más profunda vergüenza, de modo que pronto renunció a tales actos de violencia. Y sin embargo era potente si al ir a realizar el coito acudían en su auxilio situaciones masoquistas ideales.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Esta poco satisfactoria relación acabó pronto. Entre tanto había caído en sus manos mi Psychopathia sexualis y había descubierto cuál era la verdadera situación por lo que respecta a su anomalía. Escribió a la amiga con la que antiguamente había tenido éxito, la reconquistó y le manifestó que las absurdas escenas de esclavitud de antes no se podían repetir y que aunque él se lo pidiera ella no debía prestarse a sus ideas masoquistas.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Para librarse de su fetichismo con el calzado, se le ocurrió la original idea de comprarse un elegante zapato de señora que se acomodaba a su gusto y sugestionarse a sí mismo como sigue:</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Cubría de besos este zapato a diario y se preguntaba: “¿Por qué tengo que tener erecciones cuando beso un zapato que no es sino un trozo de cuero trabajado?”. Esta forma de desnudar repetidamente el objeto de su embrujo fetichista acabó dando resultado. Las erecciones desaparecieron y el zapato se convirtió simplemente en zapato. Además de esta autosugestión hubo relaciones íntimas con esta persona simpática. Al principio las fantasías masoquistas resultaban imprescindibles para lograr la potencia. Paulatinamente también el masoquismo fue desapareciendo.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">M., en tan satisfactorio estado, acudió a mí orgulloso del éxito logrado por sí mismo para darme las gracias por el conocimiento que le había proporcionado mi libro, que le había mostrado el camino adecuado para la curación de su vita sexualis. Todo lo que pude hacer fue felicitar al señor M. por su éxito.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Algunos meses más tarde me comunicó que se sentía completamente recuperado, que mantenía relaciones sexuales sin dificultad alguna y que sus antiguas fantasías masoquistas tan solo se presentaban raramente, de manera pasajera y desprovistas de sentimientos.</p>
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		<title>Caso 60: masoquismo</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Nov 2009 08:20:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Caballero de elevada posición, 66 años, de padre hipersexual. Dos hermanos presuntamente afectados de masoquismo. El paciente asegura convencido que su masoquismo se remonta a la infancia. Con cinco años les pedía a niñas que le desnudaran y le flagelaran ad podicem. Algo después se las arreglaba para que chicos o chicas jugaran a hacer [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Caballero de elevada posición, 66 años, de padre hipersexual. Dos hermanos presuntamente afectados de masoquismo. El paciente asegura convencido que su masoquismo se remonta a la infancia. Con cinco años les pedía a niñas que le desnudaran y le flagelaran ad podicem. Algo después se las arreglaba para que chicos o chicas jugaran a hacer de maestros con él y le azotaran. Con unos 15 años se imaginaba que las chicas le tendían una emboscada y le golpeaban. No tenía por aquel entonces idea alguna del significado sexual de tales fantasías y no sabía absolutamente nada de la vita sexualis. Su deseo de ser azotado por mujeres era cada vez mayor. Con 18 años consiguió satisfacerlo y logró así la primera polución. Con 19 años tuvo su primer coito con plena satisfacción y potencia sin que intervinieran fantasías masoquistas. A partir de entonces mantuvo relaciones sexuales normales hasta los 21 años, momento en el que una puella le propuso una escena masoquista. Él aceptó, quedó enormemente satisfecho y a partir de entonces no dejó de hacer que una aventura masoquista precediera al coito. Pronto se dio cuenta de que la excitación no estaba en los golpes sino en la idea de hallarse en poder de una mujer. El paciente se ha casado. Ha logrado llevar un buen matrimonio y mantener las ideas masoquistas apartadas de sus relaciones conyugales, pero reconoce con dolor que de cuando en cuando no ha podido resistirse a buscar una compensación de tipo masoquista con una puella. Esto sigue ocurriendo a veces, aunque ya es abuelo. La escena masoquista es siempre un juego que precede al coito. El paciente está libre de psicopatías y de perversiones de otro tipo. Él hace hincapié en lo frecuente que es el masoquismo y el hábil papel que desempeñan aquí muchas masajistas. Según su experiencia el masoquismo está especialmente extendido en Inglaterra y es frecuente que las mujeres inglesas se presten a él.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 60" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-60-masoquismo/">caso 60</a>] </p>
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		<title>Caso 56: masoquismo</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Oct 2009 07:54:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
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		<category><![CDATA[sometimiento]]></category>

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		<description><![CDATA[Un señor de 28 años, de elevada posición, se presenta cada 3-4 semanas en un lupanar, anunciándose primero con una tarjeta con el siguiente contenido: “Querida Gretchen: Llegaré mañana por la tarde entre las 8 y las 9. Fusta y látigo. Un cordial saludo&#8230;”. X. se presenta a la hora fijada, con correas de cuero, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un señor de 28 años, de elevada posición, se presenta cada 3-4 semanas en un lupanar, anunciándose primero con una tarjeta con el siguiente contenido: “Querida Gretchen: Llegaré mañana por la tarde entre las 8 y las 9. Fusta y látigo. Un cordial saludo&#8230;”.</p>
<p>X. se presenta a la hora fijada, con correas de cuero, fusta y látigo. Se desnuda, le atan pies y manos con las correas que ha traído y a continuación la puella le azota con los correspondiente instrumentos en plantas de los pies, pantorrillas y podex hasta que se produce la eyaculación. Nunca manifestó otro deseo.</p>
<p>Para este hombre la flagelación no es sino un medio que sirve al objetivo de satisfacer deseos masoquistas. No se trata de un truco para proporcionarle potencia, como deja patente el que se haga atar y, simplemente, desprecie el coito.</p>
<p>En su círculo de ideas masoquistas, la situación de sometimiento que ha preparado es bastante, como equivalente de un acto sexual normal, para alcanzar el necesario orgasmo por medio de la fantasía. Evidentemente, la flagelación desempeña aquí el papel principal en tanto que máxima expresión de la situación de sometimiento a la voluntad de otra persona. No obstante, todo parece indicar que la flagelación contribuye en alguna medida, mediante la estimulación refleja del centro eyaculatorio espinal, a la consumación del acto sustitutivo del coito.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 56" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-56-masoquismo/">caso 56</a>] </p>
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		<title>Caso 55: masoquismo</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Oct 2009 11:00:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PsS</dc:creator>
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		<category><![CDATA[humillación]]></category>
		<category><![CDATA[masoquismo]]></category>
		<category><![CDATA[meretrices]]></category>
		<category><![CDATA[pies]]></category>
		<category><![CDATA[repugnancia]]></category>
		<category><![CDATA[sexualidad contraria]]></category>

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		<description><![CDATA[X., 34 años, severas taras, padece inclinaciones sexuales contrarias. Por diversos motivos no era capaz de satisfacer sus deseos con un hombre a pesar de tener gran necesidad de ello. De vez en cuando soñaba que una mujer le azotaba. Tenía entonces una polución. Este sueño le llevó a hacerse maltratar por meretrices como sucedáneo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>X., 34 años, severas taras, padece inclinaciones sexuales contrarias. Por diversos motivos no era capaz de satisfacer sus deseos con un hombre a pesar de tener gran necesidad de ello. De vez en cuando soñaba que una mujer le azotaba. Tenía entonces una polución.</p>
<p>Este sueño le llevó a hacerse maltratar por meretrices como sucedáneo del amor entre hombres. Conducit sibi non nunquam meretricem, ipse vestimenta sua omnia deponit, dum puellae ultimum tegumentum deponere non licet, puellam pedibus ipsum percutere, flagellare, verberare iubet. Qua re summa libidine affectus pedem feminae lambit quod solum eum libidinosum facere potest: tum eiaculationem assequitur. Esta va a acompañada de una gran repugnancia ante la humillante situación, de la que se aparta lo más rápidamente posible.</p>
<p>[<a title="Psychopathia sexualis" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/">Psychopathia sexualis</a>, <a title="caso 55" href="http://psychopathiasexualis.enelfilo.com/caso-55-masoquismo/">caso 55</a>]</p>
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<p style="margin-bottom: 0cm;">X., 34 años, severas taras, padece inclinaciones sexuales contrarias. Por diversos motivos no era capaz de satisfacer sus deseos con un hombre a pesar de tener gran necesidad de ello. De vez en cuando soñaba que una mujer le azotaba. Tenía entonces una polución.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Este sueño le llevó a hacerse maltratar por meretrices como sucedáneo del amor entre hombres. Conducit sibi non nunquam meretricem, ipse vestimenta sua omnia deponit, dum puellae ultimum tegumentum deponere non licet, puellam pedibus ipsum percutere, flagellare, verberare iubet. Qua re summa libidine affectus pedem feminae lambit quod solum eum libidinosum facere potest: tum eiaculationem assequitur. Esta va a acompañada de una gran repugnancia ante la humillante situación, de la que se aparta lo más rápidamente posible.</p>
</div>
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