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Caso 90: masoquismo y sadismo

Señor X., 28 años. “Ya siendo un niño de 6 ó 7 años tenía pensamientos de contenido sexual-perverso: me imaginaba que tenía una casa en la que mantenía cautivas a chicas jóvenes y guapas cuyas posaderas desnudas azotaba a diario. Poco después encontré a unos cuantos chicos y chicas con mis mismos gustos. Solíamos jugar a soldados y ladrones. A los ladrones a los que atrapábamos los subíamos a la azotea y allí les azotábamos las posaderas desnudas, tras lo cual a veces también se las acariciábamos. Soy perfectamente consciente de que en aquel entonces sólo sentía placer cuando azotaba a chicas. Al hacerme mayor (10-12 años), apareció en mí, sin que nada diera pie a ello, el deseo opuesto: me imaginaba que una chica me azotaba en el trasero desnudo. Muchas veces me quedaba parado ante los carteles de casas de fieras en los que aparecía una robusta domadora que lanzaba su látigo contra un león. Me imaginaba entonces que yo era el león y que la domadora me azotaba; me pasaba las horas muertas plantado frente a los anuncios de un grupo de indios donde se representaba a una india medio desnuda, y me imaginaba que yo era un esclavo y tenía que realizar para mi ama los servicios más repugnantes. Si me negaba a ello, recibía el más cruel de los maltratos posibles, lo que en mi caso significaba siempre recibir azotes en el trasero desnudo. En aquella época leía sobre todo historias de torturas y me detenía especialmente en aquellos pasajes en que se golpeaba a la gente. Hasta entonces nunca había sido golpeado de verdad, algo que me hubiera disgustado enormemente. Cuando cumplí los 15 años, un amigo me hizo caer en el onanismo, vicio al que me di a partir de entonces con bastante frecuencia, sobre todo en conexión con mis ideas sexuales perversas. El impulso de llevar a la práctica estas ideas mías iba siendo cada vez más poderoso, y con 16 años le pedí a una muchacha del servicio por la que sentía una cierta simpatía y con la que mantenía una relación de amor platónico, que me azotara con una caña. Lo que le dije fue que era mal estudiante, que mis padres no me castigaban nunca y que no me vendría mal un castigo suyo. Aunque se lo rogué de rodillas, se negó a mis pretensiones; pero me propuso, en cambio, acostarse conmigo, a lo que yo me negué por repugnancia. Aunque no conseguí que me azotara, sí que consintió en todas mis otras ideas: me ordenó ad podicem lambere, se puso terrones de azúcar entre las nalgas y me hizo comerlos, etc. Después jugaba siempre con mis órganos sexuales, y se los metía en la boca hasta que se producía la eyaculación. Al cabo de un año, poco más o menos, despidieron a la muchacha. Mi deseo, mientras tanto, iba en aumento hasta que llegó al punto en que ya no lo podía soportar, así que me fui a un prostíbulo, donde hice que una prostituta me trabajara el trasero desnudo con una vara. Hice que me tumbara sobre sus muslos descubiertos y me reprochara mi maldad. A todo esto, yo insistía en que no lo haría más, que por favor me perdonara por esa vez. Otra vez hice que me sujetara la cabeza entre los muslos mientras me azotaba el trasero desnudo como se hace con los niños pequeños. Una vez hice que me ataran a un banco y me azotaran 25 veces con una caña. Como me dolía demasiado y pedí que pararan al llegar al golpe 14, a la siguiente vez le dije antes a la prostituta que no le daría ni cinco como no me plantara los 25 cañazos. El dolor que sentía y el alto precio que tenía que pagar me determinaron a renunciar en el futuro a castigos semejantes y empecé a partir de entonces a azotarme yo mismo en las nalgas desnudas con correas, varas, bastones e incluso alguna vez con ortigas. Me tumbaba para ello en un banco o me arrodillaba y me imaginaba que me azotaba mi ama por alguna falta que hubiera cometido. No contento con ello, solía introducirme en el ano jabón, pimienta, pimentón y también objetos angulosos. Alguna vez mi deseo se hizo tan imperioso que llegué a clavarme agujas en las nalgas llegando hasta 3 cm de profundidad. Así continué hasta el año pasado, cuando trabé conocimiento en extrañas circunstancias con una muchacha que también tiene una sexualidad perversa. Sucedió que fui a visitar a una familia conocida mía, pero no estaban y solo encontré en casa a la institutriz y los niños. Me quedé, y mientras hablaba con la muchacha los niños empezaron a portarse mal. Ella se llevó entonces a dos de los niños a la habitación de al lado y los azotó allí con una vara, tras lo cual regresó enormemente excitada. Le brillaban los ojos, tenía el rostro completamente enrojecido y le temblaba la voz. Esta acción también me había excitado mucho a mí. Empecé a llevar la conversación hacia castigos y palizas. Poco a poco nos fuimos acercando, hasta que al cabo de algunas semanas nos empezamos a entender. Ella dejó su puesto y nos fuimos a vivir juntos a un piso en el que satisfacíamos juntos nuestros vicios. Pero como esta mujer me desagrada en todo lo demás, voy teniendo cada vez más momentos en los que recapacito y siento repugnancia de mí mismo y de lo que he hecho, y pienso a diario en cómo escapar de la perdición. Debo recalcar, asimismo, que he tratado de librarme de este vicio por diversos medios sin que ninguno de ellos me sirviera de nada. Y así contemplo mi futuro con apatía, puesto que mi fuerza moral es insuficiente para sustraerme a tal vicio”.

[Psychopathia sexualis, caso 90]

Caso 50: masoquismo

Caso 50. El señor Z., de 29 años, técnico, acude a consulta por presunta tabes. El padre era nervioso y padecía una fuerte tabes, la hermana del padre era demente. Varios parientes son extremadamente nerviosos y gente peculiar.
Un examen más detenido revela que el paciente sufre astenia sexual, espinal y cerebral. No presenta síntomas que hagan pensar en tabes dorsalis amnésica o presente. La obvia cuestión del posible abuso de los órganos genitales queda aclarada con la masturbación practicada desde la juventud. En el transcurso de la exploración se constataron algunas anomalías psicosexuales interesantes.
Con 5 años despertó la vita sexualis en forma de un afán percibido como libidinoso de azotarse a sí mismo, acompañado del deseo de ser azotado por otros. El paciente no pensaba a tal efecto en individuos de un determinado sexo. A falta de otra cosa, practicaba la autoflagelación y con el paso de los años llegó a alcanzar la eyaculación.
Ya había empezado mucho antes a satisfacerse mediante la masturbación, durante la cual pensaba en escenas de flagelación.
Ya adulto, acudió a un lupanar para ser azotado allí por meretrices. Escogió para ello a la muchacha más hermosa, pero quedó decepcionado, sin lograr la erección, por no hablar de la eyaculación.
Se dio cuenta de que el ser azotado era algo secundario, que lo principal era la idea de hallarse sometido a la voluntad de una mujer. No se había dado cuenta la primera vez, pero la segunda sí. Como tenía la “idea de la sumisión”, tuvo un rotundo éxito.
Con el tiempo logró, a base de forzar sus fantasías en el ámbito de las representaciones masoquistas, incluso el coito sin flagelación, pero obtenía poca satisfacción, por lo que prefería mantener relaciones sexuales de índole masoquista. En consonancia con sus deseos flagelatorios originarios, tan solo encontraba placer en las escenas masoquistas si se le flagelaba ad podicem o por lo menos se representaba una situación de este tipo en su fantasía. En momentos de gran excitación le bastaba incluso con poder relatarle tales escenas a una muchacha hermosa. Alcanzaba así el orgasmo y solía llegar a la eyaculación.
Enseguida se sumó a esto una representación fetischista sumamente efectiva. Se dio cuenta de que solo le atraían y satisfacían las mujeres con botas altas y falda corta (“a la húngara”). No es capaz de explicar cómo llegó a tal representación fetichista. También le excitan unas piernas de chico enfundadas en unas botas altas, pero esta excitación es puramente estética, desprovista de todo tono sensual, al igual que afirma no haber percibido nunca en sí mismo ningún tipo de inclinación homosexual. El paciente dio como explicación para su fetichismo su gusto por las pantorrillas. Pero solo le excita una pantorrilla de mujer envuelta en una bota elegante. Las pantorrillas desnudas y en general las desnudeces femeninas no provocan en él la más mínima excitación sexual. La oreja humana constituye para el paciente una representación fetichista subordinada. Le produce una sensación libidinosa acariciar las orejas de personas hermosas, es decir, personas que tienen orejas hermosas. Esto le produce un placer más bien escaso si son hombres, pero muy elevado cuando se trata de mujeres.
También tiene debilidad por los gatos. Los encuentra sencillamente hermosos, todos y cada uno de sus movimientos le resultan simpáticos. La visión de un gato es capaz incluso de sacarle de la más honda depresión. Los gatos son para él sagrados, ve en ellos seres divinos. No es consciente del motivo de tal idiosincrasia.
Últimamente tiene también con frecuencia ideas sádicas que tienen que ver con azotar a muchachos. En estas fantasías flagelatorias intervienen tanto hombres como mujeres, pero sobre todo las segundas y entonces su placer es mucho mayor.
El paciente opina que además de lo que él conoce y percibe como masoquismo hay algo más a lo que él llama “pajismo”.
Mientras que sus actos de desenfreno masoquista poseen una naturaleza y un tono de torpe sensualidad, su “pajismo” consiste en la idea de servir como paje a una hermosa joven. Se lo imagina como algo completamente casto, aunque picante, su posición respecto a ella es la de un esclavo, pero manteniendo una relación de total castidad, de entrega puramente “platónica”. El deleitarse en la idea de ser paje de una “bella criatura” está para él cargado de un sentimiento placentero pero en modo alguno sexual. Experimenta con él una exquisita satisfacción moral en contraste con el tono sensual del masoquismo y por eso considera su “pajismo” como algo diferente.
El paciente no presenta en su apariencia externa nada llamativo a primera vista, pero su pelvis es anormalmente amplia, la pala del hueso ilíaco es plana, está ladeado de forma anormal y resulta decididamente femenino. Ojo neuropático. Explica también que siente frecuentemente cosquilleos y excitación libidinosa en el ano y que por ello puede obtener satisfacción ope digiti (zona erógena).
El paciente tiene dudas en cuanto a su futuro. Cree que solamente se le podría ayudar si lograra interesarse verdaderamente por las mujeres, pero que su voluntad y fantasía son demasiado débiles para ello.

[Psychopathia sexualis, caso 50]