Caso 149: homosexualidad o uranismo

Z., 28 años, vendedor, desciende de un padre enormemente nervioso y excitable y de una madre histeropática. Es de constitución nerviosa, sufrió enuresis hasta los 18 años, era débil y no tuvo un desarrollo físico satisfactorio hasta los 20 años. Afirma haber sentido los primeros movimientos sexuales con ocho años al contemplar cómo castigaban en la escuela a compañeros de clase ad podicem. A pesar de su compasión, afirma haber sentido un sentimiento libidinoso hasta entonces desconocido que hizo estremecerse todo su cuerpo. Algún tiempo después, yendo al colegio y dándose cuenta de que se le hacía tarde acudió a él repentinamente el pensamiento, acompañado de un intenso sentimiento libidinoso, de que el maestro le castigara azotándole ad podicem por llegar tarde. De pura excitación estuvo un rato sin poder moverse y sintió al parecer la primera erección.

Con 11 años se enamoró de un chico guapo y rubio con unos ojos hermosísimos, inteligentes, vivos.

Era feliz si podía acompañarle a casa de vez en cuando y le hubiera gustado besarle y abrazarle. Z. afirma haber sentido ya entonces lo inapropiado de semejante inclinación y haber procurado que no se le notase nada.

Por aquella misma época hubo una chica dos años más joven que él que le gustaba tanto que la besó de pronto. Esto quedó como un impulso aislado.

Con 13 años un compañero de clase indujo a Z. al onanismo. Pero no disfrutó demasiado con esto porque sus “nobles sentimientos” por los jóvenes le protegían de actos groseros y él no quería “arrastrar por el fango su amor puro y elevado”.

Con 17 años, Z. se enamoró locamente de un compañero de clase con “unos ojos castaños preciosos, nobles rasgos y tez oscura”. Sufrió indeciblemente a causa de este amor desdichado durante dos años y medio, es decir, hasta que se separó de este compañero y asegura que si hoy le volviera a ver, la vieja llama volvería a encenderse. Volvió a enamorarse de compañeros en otras dos ocasiones, pero ya no tan intensamente. Con 20 años primer coito en el lupanar con escasa potencia y poco placer. Prolonga estas relaciones cum femina por “motivos de salud”, para protegerse del onanismo y para aparecer potente, así como para enmascarar su vita homosexualis.

Z. no siente horror feminae, pero las mujeres le dejan frío, las ve más bien “como una obra de arte, como una estatua”. Z., que tiene gran fuerza de voluntad y no es excesivamente libidinoso, ha conseguido hasta el momento controlar por completo su inclinación por el propio sexo. Sin embargo, su posición sexual le resulta insatisfactoria sobre todo porque en los últimos años la excitación meramente sensual del coito parece que va debilitándose cada vez más y la erección va dejando bastante que desear. Este es el motivo por el que Z. acudió al médico.

No presenta nada anormal en su apariencia y comportamiento, tiene un aspecto perfectamente viril y espiritualmente sano.

Caso 148: homosexualidad o uranismo

T., 34 años, vendedor, desciende de madre neuropática y enfermiza y de padre sano.

Con 9 años un compañero de clase le indujo a la masturbación. A partir de entonces la practicó mutuamente con su hermano, con el que dormía en la misma cama, llegando incluso a receptio membri in os. Siendo todavía un niño llegó a ocurrirle en una ocasión quod lambit locum quo prius miles urinaverat (!). Con 14 años primer amor por un compañero de colegio de 10 años.

A partir de los 17 años ya no era la belleza juvenil lo que le impresionaba sino, extrañamente, los viejos decrépitos.

T. atribuye esto al hecho de que en cierta ocasión, siendo de noche oyó en la habitación de al lado a su padre, ya de edad avanzada, jadear con lujuria. Sintió con esto una enorme excitación sensual, pues se imaginó a su padre practicando el coito. A partir de entonces desempeñaron un papel destacado en sus sueños con poluciones y al masturbarse viejos que practicaban actos homosexuales. Pero también durante el día le excitaba hasta tal punto la visión de un viejo, sobre todo si este era verdaderamente decrépito y sucio, que a veces llegaba incluso a la eyaculación.

Con 23 años intentó repetidamente corregir su vita sexualis en el lupanar. A pesar de poner en ello una determinada voluntad, no logró llegar a la erección y se abstuvo de seguir intentándolo porque se dio cuenta de que las mujeres, hasta la más bella, le eran indiferentes. Lo mismo valía para sus sentimientos respecto a los hombres jóvenes y a los muchachos.

A partir de los 29 años tuvo un profundo amor por un viejo, al que acompañó a diario durante años en sus paseos. Un acercamiento íntimo no era posible. T. eyaculaba a menudo durante estos paseos. Para escapar a esta deshonrosa situación, volvió a visitar el lupanar con el mismo éxito de antes. Se le ocurrió entonces la idea de pagar a un viejo decrépito para que le acompañara. Este tenía que practicar el coito en su cercanía. Entonces fue potente también él. El coito no le proporcionaba ningún placer, pero sí una gran satisfacción moral, sobre todo cuando dejó de necesitar al viejo. La alegría no duró mucho. T. sufrió una fuerte neurastenia sexual y general, se deprimió, rehuía a la gente, se volvió impotente y se dio al onanismo psíquico imaginándose a viejos en situaciones homosexuales.

Físicamente, T. no presentaba nada destacable, aparte de una acusada neurasthenia sexualis, y su presencia era perfectamente viril.

Caso 147: homosexualidad o uranismo

Señor Y., 40 años, industrial, desciende de padre neuropático fallecido como consecuencia de una apoplexia cerebri. En la familia materna se han dado varios casos de enfermedades cerebrales cuyo foco no se ha podido determinar. Dos de los hermanos del paciente son sexualmente normales, pero, al igual que el paciente, constitucionalmente neuropáticos. Este afirma haber llegado a la masturbación con ocho años sin ser inducido por nadie. Desde los 15 años se siente atraído por muchachos hermosos de su misma edad, a varios de los cuales induce a la masturbación mutua. Ya de mayor, se interesaba exclusivamente por jóvenes de 17 a 20 años, barbilampiños, de bellos rasgos femeninos, mientras que el sexo femenino carecía de todo atractivo para él.

Y. pronto se dio cuenta de que su vita sexualis debía tener una constitución patológica; sin embargo, percibía la satisfacción de sus necesidades anormales como natural y se explica de este modo a sí mismo que, aun siendo persona sensible y de moralidad estricta, superara los reparos a entregarse a tales impulsos. Lo único que le resultaba repugnante era el contacto con las mujeres, que solo intentó en dos ocasiones y en vano, así como la automasturbación, que, estando dotado de gran apetito sensual, practicaba faute de mieux sin obtener satisfacción espiritual. Asegura haber luchado denodadamente contra este espantoso impulso que le convierte en un forajido y que horroriza a todo el mundo; pero que esto ha sido en vano porque en su satisfacción solo ha encontrado algo prescrito a su naturaleza. Siempre se ha sentido en un papel activo respecto de los hombres y se ha limitado a las prácticas toleradas por la ley. Así y todo, Y. se vio envuelto en chantajes, perdió un puesto respetable y bien remunerado, llevó una desdichada existencia como vagabundo hasta que se decidió a empezar de nuevo al otro lado del océano, cosa que logró gracias a su habilidad y honradez.

Cuando conocí a Y., se hallaba al borde de la desesperación y el suicidio, sobre todo porque un tratamiento sugestivo en el que había cifrado sus últimas esperanzas y que había sido puesto en práctica por un experimentado médico había resultado en un completo fracaso al no poder hipnotizársele.

Aparte de signos de constitución neurasténica, en parte por predisposición y en parte por la abstinencia y las alteraciones del ánimo, y de un pene pequeño con genitales por lo demás bien formados, no encontré nada de patológico en Y. Los caracteres sexuales secundarios físicos y psíquicos eran perfectamente masculinos.

Caso 146: homosexualidad o uranismo

Señor H., 30 años, perteneciente a estamentos elevados, desciende de madre neuropática. Sus hermanos sufren enfermedades nerviosas, él mismo es constitucionalmente neurasténico desde la pubertad.

Ya de niño se sentía atraído hacia sus compañeros de clase. Con 14 años un compañero mayor que él le penetró analmente. Él consintió con gusto, pero después sintió fuertes remordimientos y no volvió nunca a entregarse a tales aberraciones. Ya de mayor practicó la masturbación mutua. Al ir aumentando su neurastenia, le bastaba ya con abrazar y apretar contra sí a una persona de su mismo sexo para llegar a la eyaculación. Esto se convirtió a partir de entonces en su forma de satisfacerse. Nunca se ha sentido atraído por personas femeninas. Era consciente de su anomalía. A partir de los 20 años puso en práctica enérgicos intentos apud puellas para sanear su vita sexualis. Hasta entonces había tomado sus anormales deseos por simples extravíos juveniles. Logró consumar el coito cum muliere, pero se sintió totalmente insatisfecho y volvió a los hombres. Su debilidad son los hombres de 18 a 20 años. Los hombres mayores no le resultan simpáticos. No se siente en un papel sexual determinado en relación con la otra persona. A H. le resulta penosa su situación social. Teme constantemente que se descubra su perversión y afirma que no sobreviviría a tal vergüenza. Nada en su presencia y comportamiento delata al invertido sexual. Genitales normalmente desarrollados, no se presenta signo alguno de degeneración. No cree posible una modificación de su sexualidad anormal. El sexo femenino no presenta para él el más mínimo interés.

Caso 145: homosexualidad o uranismo

Señor V., 36 años, vendedor, desciende de madre psicótica, su hermana está sana, su hermano es neuropsicopático.

V. asegura que desde su más temprana infancia se ha sentido atraído por personas del mismo sexo, al principio, compañeros de juegos o de clase, a partir de la pubertad, adultos; nunca ha sentido interés alguno por personas femeninas y sus encantos. Ya con seis años le molestaba no ser una chica. Se entregaba apasionadamente a los juegos de chicas y a las muñecas.

Con 12 años un compañero de clase le indujo a la masturbación. Sus sueños con poluciones han sido exclusivamente homosexuales desde la pubertad. Ha practicado con hombres la masturbación mutua, coitus inter femora, excepcionalmente succio membri alterius. En estas relaciones homosexuales nunca se ha sentido en un papel claramente activo o pasivo. Excepcionalmente y faute de mieux, coitus cum muliere. Plenamente potente cuando ponía en su lugar un hombre en su fantasía, pero sin obtener nunca una verdadera satisfacción, por lo que esta forma de relaciones sexuales solo le parecía un lamentable sucedáneo de las homosexuales. En los últimos años, relación íntima con un joven.

V. reconoce que su vita sexualis es anormal.

Genitales normales. Caracteres sexuales secundarios físicos y psíquicos perfectamente viriles. Pese a una prolongada exploración, no se halla nada patológico en su psique. A pesar de que solo había incurrido en masturbación mutua in camera caritatis, se le declaró culpable en un procedimiento penal en que se vio envuelto y fue condenado a una pena mayor de privación de libertad. V., que transmite una impresión de extrema decencia, lamenta esta sentencia únicamente por la deshonra que supone para él y para su familia. No es capaz de sentir ni de actuar de manera diferente.

Caso 144: homosexualidad o uranismo

Señor X.: “Tengo actualmente 31 años, soy delgado, aunque fuerte, dado al amor entre hombres y por ello soltero. Todos mis parientes han sido sanos, espiritualmente normales, por parte de madre hubo dos suicidios. El impulso sexual se despertó en mí en el séptimo año de vida, sobre todo al ver vientres desnudos. Satisfacía mis impulsos dejando correr mi saliva por la tripa. Teniendo yo ocho años, tuvimos una criadita de 13. Me producía gran placer poner mis genitales en contacto con los suyos, aunque yo aún era incapaz de practicar el coito. Con nueve años me fui a vivir con desconocidos y empecé el instituto. Un compañero de clase me enseñó sus genitales, algo que tan solo me produjo asco. Pero en la familia con la que me habían mandado mis padres había una muchacha hermosísima que me sedujo para que nos acostáramos juntos —yo tendría algo más de nueve años—. Esto me hizo sentir gran placer. Mi pene, aunque aún era pequeño, se ponía tieso y yo consumaba el concúbito casi a diario. Esto duró varios meses. Después mis padres me mandaron a otro instituto; echaba mucho de menos a aquella chica y empecé a masturbarme con 10 años. A todo esto, el onanismo me llenaba de repugnancia, únicamente lo practicaba con moderación, sentía siempre profundos remordimientos, aunque no percibía consecuencias indeseables.

Con 14 años se encendió en mí el amor por un compañero de clase, un año después, por otro. Nos enamoramos el uno del otro y disfrutábamos intercambiando besos apasionados. En ninguno de los dos casos tuve pensamientos libidinosos. En el último caso me he mantenido como fiel amigo hasta el día de hoy, aunque dejamos de besarnos con veinte años y quedamos simplemente como buenos amigos, sin que nunca me haya asaltado un pensamiento perverso respecto de este amigo. Con 15 años le vi los genitales a un cochero. Me fui corriendo hacia él y puso mis genitales con los suyos lleno de deseo. Desde entonces me gustaba andar por los establos, me hice amigo de los cocheros, jugaba con sus genitales, los hacía eyacular y todavía hoy mi máximo placer consiste en que el esperma de un ser querido se deslice por mi pene. Esto es lo que me causa el mayor placer, sobre todo cuando se une el esperma de los dos. Si me viera manchado por el esperma de un ser que me resultara repugnante, me moriría de asco. Solo amo a muchachos que ya han dejado atrás la niñez, aunque también siento simpatía por hombres bellos y fuertes de hasta 35 años. Si son mayores de esa edad, solo me entrego a disgusto y llego como máximo al onanismo simultáneo sin llegar a tocar sus genitales. Me repugna sobre todo el sudor y no puedo soportar a mi alrededor a un hombre con las manos sudadas o que siempre esté sudando, por muy bello que sea. Por mi parte, amo la limpieza en grado extremo, uso los perfumes más finos y unos genitales que huelan solo un poco me resultan ya repugnantes; por lo que los encuentros en casas de baños me resultan muy agradables. Siempre me lavo los genitales meticulosamente después de cada mezcla de esperma y, quitando una gonorrea, nunca he tenido enfermedades venéreas. Mi amigo de 15 años, al que conozco desde hace medio año, es el único con el que no me lavo los genitales después de mezclar el esperma; es para mí todo un gozo el saber que todavía llevo una gota de su semen en mis genitales. Podría escribir libros enteros sobre mis conocidos, que pasan de 500. Tras terminar el instituto, consumé mi primer coito en un prostíbulo y además disfruté mucho con él. Repetía esto tres o cuatro veces al año, pero por lo general pensando en amigos amados. Varias veces pagué a soldados bien plantados para que me dejaran practicar el coito inmediatamente después de ellos. Puellae publicae me excitaban siempre porque pensaba en todos los genitales masculinos con los que entraban en contacto. Sin embargo, no soy capaz de besar a una mujer sin que me dé asco; a mis parientes solo los beso en la mejilla. Los besos de los amigos a los que amo, en cambio, son para mí el paraíso.

Hasta los 22 años prácticamente solo me enamoré de compañeros de clase hermosos y que me resultaban simpáticos y tuve algunas penas de amor por amores imposibles. A partir de entonces tuve predilección por el ejército. Mis conocidos militares me costaron una fortuna y aun así tenía miedo al chantaje. Si veía en cualquier parte a un joven que me gustaba, tenía toda la facilidad del mundo para conquistarlo. Hasta el presente he amado mucho y muy deprisa, pero nunca a muchachas o mujeres, solo chicos y hombres jóvenes. Es raro que una relación dure más allá de un año. Nunca había me imaginado un amor como el que ahora tengo. Mi bellísimo quinceañero me ama sin medida; no hay poema donde se encuentre un amor así. Él está completamente desarrollado, tanto física como espiritualmente, aparenta 18 años, aunque no es muy alto. Después de conocerle en una ocasión propicia, le llené de besos y poco después me declaré a él. Él al principio se sorprendió un poco, pero correspondió a mis besos y me dijo que aunque solo me quería platónicamente, se entregaba a mí por el afecto que me tenía. No fumo ni bebo, pongo cuidado en mi ropa, pero sin caer en lo ridículo y tengo un aspecto y una presencia perfectamente masculinos. Me desagradan los uranistas conocidos; procuro relacionarme solamente con los que nunca han hecho algo así. Nunca he sentido amor por hombres casados, por muy simpáticos que me resultaran, la idea de mezclar mi esperma con el suyo me hubiera repugnado. Semel solum mentulam amici in os recepi, neque oscula dedi ad genitalia amicorum. Lo he hecho una o dos veces con mi actual amigo porque él lo hizo conmigo, pero lo hice sin sentir un especial deseo, solamente como prueba de amor. Por lo que respecta a las visitas a los prostíbulos, es algo que normalmente he hecho cuando he estado buscando durante horas sin éxito una oportunidad de conocer a alguien de manera momentánea, porque con individuos de los que no estuviera enamorado las relaciones que he mantenido se han limitado siempre a una única vez. Tras buscar en vano, el impulso se volvía tan fuerte que me iba a un burdel en busca de satisfacción. Raramente he repetido las eyaculaciones con amigos en el mismo día, solo cuando un amigo muy querido lo deseaba y aun en ese caso sin disfrutar con ello. De niño me encantaba jugar con muñecas, hacía trabajos manuales y bordaba y me encantaba peinar a mi hermana. Me encantaba vestirme de chica y a menudo deseaba ser de sexo femenino. Todavía hoy, durante la unión con mis amigos me siento muchas veces como mujer. Me repugna el sexo anal; nunca he consentido en él; y además, la única vez que lo intenté me dolió. Varias veces he intentado suicidarme por desengaños amorosos. Por diversos motivos tendré que casarme; si mi actual amigo me dejara, me casaría en venganza. En cualquier caso, soy capaz de consumar el coito con una mujer y creo que no tendré un matrimonio demasiado desgraciado; además quiero tener hijos. No busco remedio a este rasgo morboso de mi ser porque le debo demasiadas horas inolvidablemente dulces.

Caso 143: homosexualidad o uranismo

Señor Z., 36 años, vendedor mayorista, procede, al parecer, de padres y abuelos sanos, se desarrolló normalmente tanto física como espiritualmente, tuvo algunas enfermedades infantiles carentes de importancia, llegó con 14 años al onanismo sin ser inducido a ello, empezó con 15 a sentirse atraído por individuos masculinos de su misma edad. Absoluta insensibilidad hacia el sexo femenino.

Con 24 años, primera visita al lupanar. Huida del mismo por horror feminae nudae.

De los 25 años en adelante, relaciones sexuales esporádicas con hombres de su misma condición (apasionado abrazo con eyaculación, a veces también masturbatio mutua).

Por motivos de negocios y en la creencia de poder curar su pasión anormal, el paciente se casó con 28 años con una dama que sobresalía por sus dotes físicas y espirituales. A base de forzar la fantasía (imaginando el contacto con un bello joven) Z. lograba aunque fuera a duras penas ser potente con su mujer, a la que amaba espiritualmente con todo su corazón. Sin embargo, estas relaciones conyugales forzadas, contrarias a su sexualidad, le produjeron al paciente una grave neurastenia. Con el nacimiento de su hijo, Z. se distanció de su ya de por sí frígida esposa, pues temía además engendrar hijos que pudieran ser tan desdichados como él.

Pero poco a poco se fueron apoderando de él nuevamente los sentimientos y las ideas homosexuales. Les opuso resistencia con éxito ayudándose de la masturbación.

Recientemente, su autocontrol se vio sometido a una dura prueba, pues se enamoró de un hermoso joven. Se sobrepuso a ello tras una dura lucha, pero el precio que tuvo que pagar fue un grave daño a su salud en forma de una neurasthenia cerebralis. Fue por ello por lo que Z. acudió a mí en busca de consejo y auxilio, teniendo en cuenta además que últimamente se hallaba en un estado tal de excitabilidad sexual que apenas era capaz de ocultar sus inclinaciones homosexuales y que teme que si se revelara su secreto no solamente se convertiría en objeto de burlas, sino que también se volvería insostenible su situación en la sociedad, donde ocupa una posición destacada. Al igual que otros muchos compañeros de desdicha, Z. se había refugiado últimamente en el alcohol contra neurastheniam. Esto, por un lado, le aliviaba de sus afecciones nerviosas (debilidad física, rendimiento psíquico y depresión), pero al mismo tiempo aumentaba su excitación sexual.

Encontré en Z. a una persona con grandes dotes espirituales, sensible, de apariencia perfectamente viril, con una constitución normal, que lamentaba profundamente su estado y recordaba con aversión su masturbación solitaria faute de mieux y ocasionalmente mutua, contra las que se subleva su sentido ético y en las que únicamente ha incurrido ante las exigencias de su amado.

Él se hubiera dado por satisfecho con besos y abrazos recíprocos y sus recuerdos más hermosos tenían que ver con aquellos casos en que no pasaron de aquello. Se sentía ahora tan moralmente depravado que daba gracias de tener el sucedáneo del onanismo solitario como válvula de escape, al mismo tiempo que siente en lo más profundo lo degradante de esta aberración. Además, se encuentra tan hundido que, en esta espantosa lucha contra sus impulsos homosexuales, ya se hubiera abandonado sin mayores consideraciones a la corriente de su fatal inclinación si no fuera porque la consideración de su mujer y su hijo le frenan hasta cierto punto.

Mi consejo estuvo orientado en el sentido de combatir a cualquier precio sus impulsos homosexuales, mantener relaciones conyugales siempre que fuera posible, abstenerse por completo del alcohol y la masturbación (puesto que fortalecen la homosexualidad y alejan de la mujer) y emprender una cura antineurasténica. En caso de que la situación se torne incurable e insoportable, resignación y limitarse al beso y el abrazo del hombre.

Caso 142: hermafroditismo psíquico

Hermafroditismo psíquico. La sensibilidad heterosexual pronto queda atrofiada por la masturbación, aunque esporádicamente resulta intensa. Sensibilidad homosexual perversa ab origine (excitación sensual con botas de caballero).

El señor X., de 28 años, acude a mí en septiembre de 1887 en un estado de ánimo desesperado con el fin de consultarme acerca de cierta perversión de su vita sexualis que le hace la vida prácticamente insoportable y que en repetidas ocasiones le ha llevado al borde del suicidio.

El paciente procede de una familia en la que son frecuentes las neurosis y psicosis. En la familia paterna se llevaban practicando matrimonios entre primos desde hacía tres generaciones. Al parecer el padre es una persona sana y ha tenido un matrimonio armonioso. No obstante, al hijo le llama la atención la predilección de su padre por las criadas guapas. La rama materna es presentada como una familia de gente rara. El abuelo y el bisabuelo maternos murieron melancólicos, la hermana de la madre estaba loca. Una hija del hermano del abuelo era histérica y ninfómana. De los 12 hermanos de la madre, solo tres se casaron. De estos, un hermano era de sexualidad contraria y padecía constantes enfermedades nerviosas a consecuencia de excesos en la masturbación. Al parecer, la madre del paciente era mojigata, psíquicamente limitada, nerviosa, irritable, con tendencia a la melancolía. Murió cuando el paciente tenía 14 años.

El paciente tiene dos hermanos: un hermano neuropático, que sufre frecuentemente de abatimiento melancólico y que aunque es adulto nunca ha dado muestras de movimientos sexuales y una hermana, belleza reconocida, que es literalmente objeto de veneración en el mundo masculino.

Esta dama está casada pero sin hijos, según parece por impotencia del marido. Siempre se mostró fría frente a los homenajes que le rendían los hombres, pero es una apasionada de la belleza femenina y se enamora locamente de algunas de sus amigas.

El paciente comunica a propósito de su propia personalidad que ya con cuatro años soñaba con palafreneros jóvenes y hermosos con botas relucientes. Asegura que tampoco al hacerse mayor empezó a soñar con mujeres. Sus poluciones nocturnas venían provocadas indefectiblemente por “sueños de botas”.

Ya a partir del cuarto año de edad empezó a sentir una singular inclinación hacia los hombres o, mejor dicho, los lacayos con botas relucientes. Al principio le resultaban simplemente simpáticos, pero según se iba desarrollando su vida sexual, su visión le iba provocando fuertes erecciones y una excitación libidinosa. Unas botas brillantes y relucientes solo le excitaban cuando las llevaba un sirviente. Ese mismo objeto pero en una persona de su misma posición social le dejaba indiferente.

No se asociaba a estas situaciones un impulso sexual del tipo del amor entre hombres. La mera idea de tal posibilidad le resultaba ya de por sí repugnante. Pero sí que se daban fantasías de tono libidinoso consistentes en ser criado de su criado, poder quitarle las botas en su condición de tal, pero sobre todo que le dieran patadas con ellas o que le dejaran limpiarlas. El orgullo del aristócrata se rebelaba contra semejantes pensamientos. Estas ideas de botas le resultaban extremadamente repugnantes y penosas.

El sentimiento sexual se desarrolló pronto y con fuerza. Al principio se manifestó en forma de delectación en pensamientos libidinosos relacionados con botas y, a partir de la pubertad, en poluciones acompañadas de sueños análogos.

Por lo demás, el desarrollo físico y espiritual se fue completando sin perturbaciones. El paciente tenía grandes dotes, aprendía con facilidad, terminó con éxito sus estudios, se hizo oficial, y se convirtió gracias a su presencia distinguida y perfectamente viril, así como a su elevada posición, en una personalidad popular en sociedad.

Él se describe a sí mismo como una persona bondadosa, tranquila, con fuerza de voluntad pero superficial. Asegura ser un apasionado cazador y jinete y no haber tenido nunca afición por las ocupaciones femeninas. En compañía de damas siempre se ha sentido cohibido; en los bailes siempre se ha aburrido. Nunca ha sentido interés por una dama de la alta sociedad. De las mujeres solo le han interesado las campesinas rollizas como las que hacen de modelo para los pintores en Roma. Pero tampoco ha sentido nunca una verdadera excitación sensual por estas representantes del sexo femenino. En el teatro o en el circo solo ha sentido interés por los actores masculinos. Pero tampoco estos han despertado en él una sensibilidad sensual. Lo único que le excita de un hombre son las botas, y solamente si el portador pertenece a la servidumbre y es guapo. Los hombres de su misma posición le resultan perfectamente indiferentes por muy bonitas que sean las botas que calcen.

Por lo que respecta a sus inclinaciones sexuales, el paciente sigue sin tener claro si siente más simpatía por el sexo opuesto o por el propio.

En su opinión, al principio tenía más bien sensibilidad para las mujeres, pero en cualquier caso esta simpatía era más bien débil. Asegura decididamente que no le resulta simpático en modo alguno adspectus viri nudi y que el de los genitales masculinos sencillamente le repele. No era este precisamente el caso con las mujeres, pero ni siquiera el más bello corpus femininum es capaz de excitarle. Siendo un oficial joven a veces se veía obligado a ir con sus compañeros a los prostíbulos. No era demasiado difícil convencerle porque esperaba con ello desembarazarse de sus incómodas fantasías de botas. Era impotente hasta que recurría a sus fantasías de botas. El acto de la cohabitación transcurría entonces con total normalidad, aunque sin sentimiento libidinoso. El paciente nunca ha experimentado el impulso de mantener relaciones con mujeres, siempre ha sido necesaria una ocasión o inducción externa. Cuando quedaba abandonado a sí mismo, su vita sexualis consistía en fantasías de botas y en los correspondientes sueños y poluciones. Como esto iba acompañado de manera cada vez más intensa del impulso de besarles las botas a sus criados, calzarlos, etc., el paciente decidió poner todos los medios para librarse de este repugnante impulso que tanto lastimaba su amor propio. Tenía por aquel entonces 20 años y se encontraba en París; se acordó entonces de una bellísima campesina de su lejana patria. Concibió la esperanza de librarse con ayuda de ella de su perversa orientación sexual, se puso inmediatamente en camino hacia casa y solicitó los favores de la muchacha. Asegura que en aquel momento se enamoró profundamente de aquella persona, que ya la visión, el tacto de su ropa le excitaban y que en cierta ocasión en que ella le dio un beso sufrió una fuerte erección. El paciente tardó un año y medio en alcanzar el objetivo de sus deseos con esta persona.

Era muy potente, pero tardaba en eyacular (entre 10 y 20 minutos) y nunca experimentó un sentimiento libidinoso durante el acto.

Tras aproximadamente un año y medio de trato sexual con esta joven, su amor por ella se enfrió, pues no lo encontró tan “hermoso y puro” como deseaba. A partir de ese momento tuvo que volver a echar mano de sus fantasías de botas, que habían pasado a un estado latente, para seguir siendo potente en sus relaciones con esta muchacha. Estas se presentaron de manera espontánea en la misma medida en que su potencia iba disminuyendo. Posteriormente, el paciente practicó el coito también con otras mujeres. De vez en cuando, dependiendo de si la mujer le resultaba simpática, este se desarrollaba sin intromisión de las fantasías de botas.

En cierta ocasión le aconteció incluso al paciente el cometer un estupro. Curiosamente esta fue la única vez en que tuvo durante el acto (forzado) un sentimiento libidinoso. Inmediatamente después del hecho sintió repugnancia. Cuando una hora después del estupro volvió a practicar el coito con la misma mujer, esta vez con su consentimiento, ya no tenía sentimiento libidinoso. Según iba disminuyendo su potencia, es decir, a medida que esta solo se lograba mantener mediante las fantasías de botas, también iba decayendo la libido hacia el otro sexo. Resulta revelador de la escasa libido y débil predisposición del paciente hacia la mujer el hecho de que fuera a dar en la masturbación mientras todavía mantenía relaciones sexuales con la campesina. Tuvo conocimiento de esta práctica por medio de las “Confesiones” de Rousseau, obra que fue a parar en sus manos por casualidad. Las fantasías de botas comenzaron a asociarse inmediatamente con los impulsos correspondientes. Experimentaba entonces potentes erecciones, se masturbaba, tenía un vivo sentimiento libidinoso al eyacular que no se presentaba en el coito y al principio se sentía con la masturbación más despejado y animado espiritualmente.

Con el tiempo, no obstante, se presentaron los síntomas de una neurastenia primero sexual y después general con irritación espinal. Se abstuvo entonces transitoriamente de la masturbación y acudió a su antigua amada. Pero esta le resultaba ya perfectamente indiferente y como ya al final ni siquiera con ayuda de escenas de botas lograba triunfar, se apartó de esta mujer y cayó nuevamente en la masturbación, con la que se sentía protegido del impulso de besarles, limpiarles, etc. las botas a los criados. Su posición sexual le resultaba, no obstante, penosa. Ocasionalmente volvió a intentar el coito e incluso tenía éxito en cuanto se imaginaba unas botas relucientes. Tras abstenerse de la masturbación durante un prolongado periodo, logró también consumar el coito de vez en cuando sin ayudas artificiales.

El paciente se describe a sí mismo como dotado de un gran apetito sexual. Cuando lleva tiempo sin eyacular, se congestiona, experimenta una intensa excitación psíquica y le asaltan las repugnantes imágenes de botas, de manera que no le queda más remedio que practicar el coito o, mejor todavía, masturbarse.

Desde hace un año, su situación moral se ha complicado de manera penosa porque, siendo el último de una rica y distinguida estirpe y por deseos imperiosos de su padre, tiene que casarse de una vez por todas. La novia que se le tiene destinada es de extraordinaria belleza y le resulta extremadamente simpática espiritualmente. Pero como mujer le resulta indiferente como cualquier otra mujer. Le satisface estéticamente como una “obra de arte” cualquiera. Ella aparece a sus ojos como un ser ideal. Adorarla platónicamente constituiría para él un tipo de dicha que merecería la pena perseguir, pero poseerla como mujer le resulta una idea penosa. Sabe de antemano que solo podría ser potente con ella recurriendo a fantasías de botas. Sin embargo, echar mano de tales medios entra en oposición con la elevada estima en que tiene a esta dama, sus sentimientos morales y estéticos hacia ella. Si la mancillara pensando en botas, ella perdería ante los ojos de él su valor estético y entonces él se volvería impotente y ella le resultaría repugnante. El paciente considera su situación desesperada y confiesa haber andado últimamente al borde del suicidio.

Es un hombre muy inteligente con un aspecto perfectamente masculino, barba poblada, voz grave, genitales normales. El ojo tiene una expresión neuropática. No hay signos de degeneración. Síntomas de neurastenia espinal. Se logra tranquilizar al paciente e inspirarle confianza en el futuro.

Los consejos médicos consistieron en remedios para combatir la neurastenia, la prohibición de seguir masturbándose, así como de seguir entregándose a las fantasías de botas; perspectiva de que al eliminar la neurastenia la cohabitación sin ideas de botas será posible y el paciente con el tiempo estará en condiciones morales y físicas de casarse.

A finales de octubre de 1888 el paciente me escribió para contarme que venía resistiéndose desde entonces a la masturbación y a las fantasías de botas con todas sus fuerzas. Ya solo había vuelto a tener un único sueño de botas y prácticamente no había tenido poluciones. Se encontraba libre de impulsos homosexuales, pero, a pesar de una excitación sexual que a menudo era importante, seguía sin experimentar libido alguna hacia las mujeres. En esta fatal situación, las circunstancias le obligaban ahora a casarse dentro de tres meses.

Caso 141: hermafroditismo psíquico

Señor K., 30 años, procede de una familia en la que se han dado varios casos de demencia por parte materna.

Ambos padres son neuropáticos, irritables, se alteran con facilidad y no hay buena relación en el matrimonio.

Desde la infancia, K. solo ha sentido simpatía por los hombres y más concretamente por gentes de la servidumbre.

Las poluciones aparecieron ya con 14 años. Pronto se vieron acompañadas de sueños homosexuales. Desde siempre le ha excitado sexualmente en gran medida el leer sobre combates con animales y otros tormentos infligidos a estos.

Con 15 años se dio a la automasturbación sin ser inducido a ello. Con 21 años inició las relaciones homosexuales con hombres (únicamente masturbación mutua). Repetidos chantajes. De vez en cuando, onanismo psíquico durante el cual pensaba únicamente en hombres.

Su inclinación por las mujeres fue siempre muy escasa. Cuando se le impuso casarse antes de terminar el año, no fue capaz de dar el paso.

Hasta ahora nunca ha intentado coitus cum muliere, en parte por desconfianza en su propia potencia y en parte por miedo a contagios.

Presenta desde hace años un elevado grado de neurastenia que le lleva incluso a incapacidad psíquica transitoria. Es una persona floja, sin energía, pero perfectamente viril en su apariencia y constitución. Genitales normales.

Consejo: tratar la neurastenia, luchar enérgicamente contra los deseos homosexuales, relaciones con damas, eventualmente, coitus condomatus. Matrimonio a la mayor brevedad posible, a lo cual está obligado K. por motivo de su posición.

A los cuatro meses K. me visita de nuevo. Ha seguido todos los consejos médicos, ha practicado el coito con éxito, sueña desde entonces con la mujer, le repugnan ahora los hombres de extracción inferior, aunque no es insensible hacia el propio sexo en general y todavía tiene que luchar contra sus impulsos homosexuales, sobre todo cuando sopla el siroco y, consecuentemente, se exacerba la neurastenia.

Tiene intención de casarse pronto, está satisfecho con la transformación de su vita sexualis y está lleno de confianza en un futuro feliz.

Caso 140: hermafroditismo psíquico

Señor V., 29 años, funcionario, desciende de padre hipocondriaco y madre psicopática. Cuatro hermanos son normales, una hermana es homosexual.

V. aprendía bien, tenía grandes dotes, gozó de una educación religiosa estricta y ejemplar, siempre ha sido nervioso, emotivo, fue a dar con unos nueve años en la masturbación sin ser inducido a ello, es consciente desde los 14 años de su inmoralidad y la combatió con cierto grado de éxito. Ya con 14 le apasionaban las estatuas masculinas, pero también los jóvenes. A partir de la pubertad empezó a interesarse también por las mujeres, aunque en escasa medida. Con 20 años, primer coito cum muliere sin obtener verdadera satisfacción, aun siendo plenamente potente. Posteriormente, relaciones heterosexuales (unas 6 veces) tan solo “faute de mieux”.

Reconoce haber tenido multitud de relaciones con hombres (masturbatio mutua, coitus inter femora, a veces también in os). Unas veces se sentía en el papel pasivo y otras en el activo respecto de su amado.

V. acude a consulta presa de la desesperación y rompe a llorar. Su anomalía sexual le resulta horrible, ha luchado hasta rayar en la locura contra sus impulsos homosexuales, pero ha sido en vano. Se siente literalmente arrastrado hacia los hombres. Una mujer solo puede satisfacerle hasta cierto punto en su lado animal, pero de ninguna manera en el espiritual. Así y todo, le gustaría gozar de las dichas familiares.

El carácter y la apariencia externa de V. no presentan de modo alguno falta de masculinidad, a excepción de una pelvis anormalmente ancha (cf. 100 cm).