Caso 58: masoquismo

Señor Z., funcionario, 50 años, grande, musculoso, sano, desciende al parecer de padres sanos, aunque el padre era 30 años mayor que la madre en el momento de la concepción. Una hermana, dos años mayor que Z., padece delirio persecutorio. La presencia exterior de Z. no ofrece nada destacable. Esqueleto perfectamente masculino, barba poblada, aunque carece completamente de vello en el tronco. Se describe a sí mismo como hombre de temperamento, que no es capaz de negarle nada a nadie, pero al mismo tiempo es irascible y se calienta con facilidad, aunque inmediatamente lo lamenta.

Al parecer, Z. nunca se ha masturbado. Desde la juventud poluciones nocturnas en las que nunca tuvo un papel el acto sexual, aunque sí que lo tuvo siempre la mujer. Soñaba, por ejemplo, que una mujer que le resultaba simpática se apoyaba con fuerza contra él o que estaba dormitando en la hierba y, en broma, se le montaba en la espalda. Z. siempre ha sentido repulsión hacia el coito con una mujer. Este acto se le antojaba animal. No obstante, se sentía atraído por las mujeres. Sólo en compañía de mujeres y muchachas hermosas se sentía a gusto y en su sitio. Era muy galante, sin llegar a ponerse pesado.

Una mujer exuberante, de hermosas formas, sobre todo con pies bonitos, era capaz de ponerle en estado de máxima excitación estando sentada. Se sentía movido a ofrecerse como silla para “poder sostener tal maravilla”. Una patada, una bofetada de ella hubiera hecho su felicidad. Ante la idea de practicar el coito con ella sentía horror. Sentía la necesidad de servir a la mujer. Le parecía que a las damas les gustaba cabalgar. Se deleitaba en la idea de lo hermoso que sería sufrir bajo el peso de una mujer hermosa para darle gusto. Se pintaba esta situación desde todos los ángulos, se imaginaba el hermorso pie con espuelas, las soberbias pantorrillas, los muslos turgentes. Cualquier dama de hermosa figura, cualquier pie hermoso de mujer excitaba su fantasía y cada vez con mayor intensidad, aunque nunca reveló sus sentimientos aberrantes, que a él mismo le parecían anormales, y siempre supo controlarse. Tampoco sentía, no obstante, necesidad alguna de combatirlos; antes al contrario, le hubiera resultado penoso tener que renunciar a unos sentimientos que tanto apreciaba.

Con 32 años, Z. conoció por casualidad a una mujer de 27 que le resultaba simpática. Estaba separada de su marido y se hallaba en situación de necesidad. Se ocupó de ella, trabajó para ella desinteresadamente durante meses. Una noche ella le reclamó satisfacción sexual con fogosidad, casi violentamente. El coito trajo consecuencias. Z. se llevó a la mujer consigo, vivió con ella, realizaba el coito con moderación, veía el coito más como una carga que como un placer, tenía dificultades con la erección, era incapaz de satisfacer adecuadamente a la mujer, hasta que ella anunció que no deseaba seguir manteniendo relaciones con él, puesto que la excitaba sin satisfacerla. Aunque amaba a la mujer infinitamente, no lograba librarse de sus fantasías. Vivió desde entonces con la mujer manteniendo una mera relación de amistad y lamentaba profundamente no poder servirla a su manera.

El miedo a la reacción de ella antes tales proposiciones, unido a un sentimiento de vergüenza, le disuadieron de descubrirse ante ella. Encontró un sucedáneo en sus sueños. Así, soñaba, por ejemplo, que era un noble y ardiente caballo montado por una bella dama. Sentía el peso de esta, las riendas, a las que tenía que obedecer, la presión de los muslos en los costados, oía su voz alegre y bien timbrada. El esfuerzo le hacía sudar, el sentir las espuelas hacía el resto y le traía una polución acompañada de un sentimiento enormemente placentero.

Bajo el influjo de tales sueños, Z. superó hace 7 años su vergüenza a experimentar algo parecido en la realidad.

Consiguió encontrar oportunidades “adecuadas”. Cuenta lo siguiente al respecto: “Me las arreglaba para encontrar la forma de que ella misma se me sentara en la espalda. Entonces procuraba hacerle esa situación lo más agradable posible y conseguía así fácilmente que ella misma me dijera la vez siguiente: ‘Anda, déjame montar un poquito a caballo’. Yo, que soy un hombre grande, me apoyaba con las dos manos en una silla y ponía la espalda en posición horizontal. Ella se me sentaba encima cabalgando como un hombre. Yo imitaba a continuación lo mejor que podía todos los movimientos de un caballo y me gustaba que ella me tratara como si fuera un caballo de verdad, sin miramientos. Podía golpearme, espolearme, regañarme, acariciarme, según le viniera en gana. Personas de 60-80 kilos podía soportarlas sobre la espalda de 1/2 hora a 3/4 de hora ininterrumpidamente. Transcurrido ese tiempo, solía pedir un descanso. Durante ese tiempo, mi relación con el ama era totalmente inofensiva y ni siquiera se mencionaba lo anterior. Tras un cuarto de hora me encontraba recuperado por completo y me ponía nuevamente a disposición del ama con sumo gusto. Si el tiempo y las circunstancias lo permitían, hacía esto 3 ó 4 veces seguidas. Podía ocurrir a veces que me entregara por la mañana y por la tarde. Después no me sentía cansado ni experimentaba ningún sentimiento desagradable; tan solo, ese día tenía pocas ganas de comer. Siempre que era posible prefería hacerlo con el tronco descubierto para sentir mejor la fusta. El ama tenía que ir bien arreglada. Me gustaba sobre todo que llevara unos zapatos y unas medias bonitos, pantalones bombachos, el tronco completamente vestido, y sombrero y guantes”.

El señor Z. explica asimismo que lleva 7 años sin practicar el coito, aunque se considera potente. El ser montado por damas suple por completo ese “acto animal” por más que no se produzca eyaculación.

Hace 8 meses Z. se propuso renunciar a su deporte masoquista y se ha mantenido fiel a su propósito desde entonces. Aun así asegura que si una muchacha solamente un poco hermosa le dijera sin rodeos “ven, que me vas a llevar a caballo”, no tendría fuerzas para resistirse a la tentación. Z. desea saber si su anomalía tiene curación, si es un vicioso abominable o un enfermo digno de compasión.

[Psychopathia sexualis, caso 58]