Caso 248: asesinato de la amada por celos en una muchacha de sexualidad contraria

Una muchacha de sexualidad contraria asesina a su amada por amor rechazado.

En enero de 1892, en Memphis, Norteamérica, una joven, Alice M., descendiente de una de las familias más distinguidas de la ciudad, mató en plena calle a su amiga Freda W., perteneciente también a los círculos más selectos, causándoles varios cortes profundos en el cuello con una navaja de afeitar.

La investigación reveló lo siguiente:

Al. presenta fuertes taras hereditarias por parte materna —un tío y varios primos carnales padecían enfermedades psíquicas— su misma madre, con predisposición psicopática, pasó tras el nacimiento de cada uno de sus hijos “demencia puerperal”, sobre todo después del nacimiento de la séptima criatura —la acusada Al.—, después cayó en un estado de debilidad psíquica con ideas persecutorias.

Un hermano de la acusada padeció durante un tiempo “locura”, al parecer después de un golpe de sol.

Alice M. tiene 19 años, es de mediana altura, no es hermosa. El rostro es aniñado y “casi demasiado pequeño para su cuerpo”, asimétrico, la mitad derecha de la cara más desarrollada que la izquierda, la nariz “de llamativa irregularidad”, la mirada punzante. Al. M. es zurda.

Desde el inicio de la pubertad, se presentaban con frecuencia unos dolores de cabeza intensos y prolongados. Una vez al mes, padecía hemorragias nasales; a menudo, ataques de temblor generalizado y temblores con sacudidas, algo que todavía le venía ocurriendo últimamente. En una ocasión, esto vino asociado a pérdida de conocimiento.

Al. era una niña nerviosa y excitable, llevaba retraso en el crecimiento para su edad. Nunca se divirtió con los juegos infantiles, sobre todo con los de niñas. A la edad de cuatro o cinco años la divertía mucho martirizar gatos o colgarlos por una pata.

Prefería a su hermano pequeño y a sus juegos antes que a las hermanas. Rivalizaba con él jugando a la peonza, al béisbol y al fútbol americano; más tarde, lanzando discos y en todo tipo de travesuras. Trepar era uno de sus ejercicios favoritos, para el que poseía gran habilidad. Le gustaba especialmente andar con las mulas en el establo. Teniendo ella seis o siete años, su padre compró un caballo y a ella le gustaba darle de comer, cuidarlo y montarlo sin silla por la pradera a horcajadas, como un chico. Más tarde se empezó a ocupar también de asear al caballo, lavarle las pezuñas; lo llevaba por la calle sujeto por el cabestro, lo enjaezaba, lo enganchaba, entendía cómo se montaba un tiro y sabía incluso corregir los fallos.

En la escuela progresa lenta y deficientemente, es incapaz de ocuparse de una cosa con constancia, le cuesta comprender y recordar. Las clases de música y de dibujo son un fracaso completo, no hay forma de que le interesen las manualidades femeninas. Más adelante, tampoco tiene gusto por la lectura, no lee ni libros ni revistas. Es obstinada y caprichosa, sus profesores y conocidos no la consideran normal. De niña, no tiene trato con los chicos, no tiene compañeros de juegos entre ellos; más tarde, no tiene interés alguno por los jóvenes, ninguno le hace la corte. Se comporta en todo momento con indiferencia respecto de los jovenes, a veces con rudeza, y ellos la tienen por “loca”.

En cambio, por Freda W., una chica de su edad, hija de una familia amiga, sentía una extraordinaria inclinación “desde que recuerda”. F. era una muchacha delicada y sensible. La inclinación era mutua, aunque mucho más intensa por parte de Al.; fue aumentando con los años hasta convertirse en pasión. Un año antes de la catástrofe, la familia W. se mudó de ciudad. Al. se quedó en la suya, hundida en la pesadumbre. Comenzó a desarrollarse una tierna correspondencia amorosa.

Al. visita dos veces a la familia de Fr. Los testigos aseguran que las dos jóvenes se relacionan con una “ternura repugnante”. Se las ve durante horas en una hamaca, abrazándose y besándose. Tanto abrazo y tanto beso entre las dos muchachas resultaba repugnante. Al. se avergüenza de hacer esto en público, Fr. se lo reprocha.

Cuando Fr. le devuelve la visita, Al. intenta matarla. Trata de echarle láudano en la boca mientras duerme, pero el intento fracasa porque Fr. se despierta.

Entonces Al. se toma el veneno delante de Fr. y pasa mucho tiempo gravemente enferma. Pero el motivo del intento de asesinato y de suicidio era este: Fr. había mostrado interés por dos hombres jóvenes, Al. manifestó que no podía vivir sin el amor de Fr., después nuevamente explicó que “se quiso matar para liberarse de sus tormentos y para dejar libre a Fr.”. Tras la curación de Al., continúa la correspondencia, más inflamada de amor que nunca.

Poco después Al. comienza a desarrollar una propuesta de matrimonio a su amada. Le envía un anillo de compromiso, amenazándola de muerte en caso de que rompa su palabra. Tienen que tomar nombres falsos y huir juntas a San Luis. Al. pretende vestirse de hombre y salir a trabajar para las dos; está dispuesta también, si Fr. se empeña, a dejarse crecer el bigote, que espera hacer crecer a base de afeitarse.

Junto antes de que se lleve a cabo la huida de Fr., se descubre el asunto; la huida queda abortada, le envían a la madre de Al. el “anillo de compromiso” y otras prendas de amor y se prohíbe todo contacto entre las dos jóvenes.

Al. está deshecha. No puede dormir, solo prueba algo de comida a desgana, se muestra indiferente, desorientada (pone en las facturas de la casa el nombre de la amada en lugar del suyo). El anillo y otras prendas de amor, como un dedal de Fr. que había llenado con sangre de esta, los oculta en un rincón de la cocina, donde a menudo pasa horas contemplándolos y rompiendo unas veces a reír y otras a llorar.

Adelgaza, su rostro adopta una expresión angustiada, los ojos tienen “un brillo extraño, inquietante”. Cuando en ese momento tiene conocimiento de la próxima visita de Fr. a Memphis, toma la decisión de matar a Fr. si no puede hacerla suya. Se hace con una navaja de afeitar de su padre y la guarda cuidadosamente.

Establece correspondencia con el admirador de Fr., fingiendo interés por él, con el fin de hacerse una idea de sus relaciones con Fr. y mantenerse al tanto de su desarrollo.

Durante la estancia de Fr. en M. fracasan todos sus intentos de aproximación o de mantener contacto por escrito. Acecha a Fr. en la calle, intenta ejecutar el asalto una primera vez, pero la detiene una casualidad. Por fin, el día en que se marcha Fr., consigue acercarse a ella camino del vapor.

Profundamente dolida porque Fr. en todo el camino, en el que la va siguiendo en su coche, solamente le guiñe un ojo y no tenga ni siquiera una palabra para ella, se lanza por fin a por Fr. y le asesta un corte con la navaja de afeitar. Cuando la hermana de Fr. empieza a golpearla e insultarla, monta en cólera, fuera de sí, y le corta a Fr. el cuello a ciegas con fuertes y profundas incisiones, una de las cuales llega casi desde una oreja a la otra. Mientras todos se ocupan de Fr., Al. escapa al galope en su coche por toda la ciudad en dirección a su casa. Le cuenta inmediatamente a su madre lo que ha hecho. No tiene conciencia de lo horrible de su acto; las recriminaciones y las explicaciones sobre las consecuencias para ella la dejan fría e imperturbable; únicamente cuando oye hablar de la muerte y entierro de Fr. y se da cuenta de la pérdida de la amada, rompe a llorar y a lamentarse apasionadamente, besa todas las imágenes que posee de Fr. y habla de ella como si todavía estuviera viva.

Durante el juicio también llamó la atención su indiferencia hacia sus familiares, hondamente preocupados y agobiados, así como su insensibilidad hacia todas las implicaciones éticas del crimen.

Tan solo los momentos que reviven su apasionado amor por Fr. o sus celos logran emocionarla y despertar en ella una pasión desmedida. Fr. “rompió su fidelidad”, “la mató porque la amaba”. Su desarrollo intelectual es descrito por todos los expertos como el de una niña de 13 o 14 años. Entiende que de su “unión” con Fr. no hubieran podido nacer hijos; no quiere admitir, sin embargo, que su “boda” hubiera sido un absurdo. Niega las suposiciones de relaciones sexuales con Fr. (por ejemplo, de tipo masturbatorio). No se sabe absolutamente nada al respecto, como tampoco de su vita sexualis peracta; tampoco se realizó una exploración ginecológica.

El proceso terminó con el veredicto de enfermedad mental (The Memphis Medical Monthly, 1892).

Havellock Ellis informa de un caso semejante (Studies…, p. 79). Tiene que ver con dos actrices, una de ellas de sexualidad contraria; la otra, heterosexual. Cuando esta última le fue infiel a la primera con un hombre, la de sexualidad contraria la mató a tiros por celos. Condena a cadena perpetua.

El Dr. von Sassy de Hungría relata un caso de intento de asesinato (seguido de intento de suicidio) contra una mujer en Hungría por parte de otra que, siendo de sexualidad contraria, se enamoró de ella y no fue rechazada. El motivo fueron los celos cuando esta empezó a coquetear con un camarero (Allgemeine wiener medizinische Zeitung, 1901, año 46, n.º 38-41). La agresora había contraído en tiempos un matrimonio que había resultado desdichado a causa del sentimiento sexual contrario. Sentencia a ocho meses considerando circunstancias atenuantes.