Caso 236: dependencia sexual en una dama

Dependencia sexual en una dama.

Señora X., 36 años, madre de cuatro hijos, descendiente de madre con fuertes taras neuropáticas, padre psicopático, empezó con la masturbación ya con cinco años, pasó con diez años un estado de melancolía durante el que creía que no entraría en el cielo por sus pecados, se encontraba después constantemente nerviosa, excitada, emotiva, neurasténica, se enamoró con 17 años de un hombre que le prohibieron sus padres, empezó a presentar desde entonces síntomas de histerismo, se casó con 21 años con un hombre de mucha más edad y poco temperamento, nunca obtuvo satisfacción de las relaciones conyugales, padecía tras cada coito un intenso erethismus genitalis que apenas podía calmar con la masturbación, sufría terriblemente con su libido insatiata, se daba cada vez más a la masturbación, se volvió fuertemente histeroneurasténica, lo que iba acompañado de mal humor, ganas de discutir, de modo que la tibia relación conyugal se fue enfriando cada vez más.

Tras nueve años de tormento físico y espiritual, la señora X. sucumbió a la seducción de un hombre en cuyos brazos halló la satisfacción por la que se había consumido durante tanto tiempo.

Sin embargo, padecía terriblemente por la conciencia de haber quebrado la fidelidad conyugal, a menudo tenía miedo de volverse loca y anduvo más de una vez cerca del suicidio, del que solo la libró el amor por sus hijos.

Apenas se atrevía a presentarse ante su marido, al que tenía en gran estima por la nobleza de su carácter, y padecía un insoportable tormento en su conciencia por tener que ocultarle un secreto tan terrible.

Aunque encontraba en los brazos del otro plena satisfacción y un indecible placer sensual, a menudo se esforzaba en abandonar el camino del pecado. Sus intentos fueron en vano. Iba cayendo cada vez en una mayor dependencia del otro, que, conociendo su poder y abusando de él, solamente tenía que hacer como si fuera él quien quisiera abandonarla para poseerla sin límites. Él solamente utilizaba esta dependencia de la desdichada mujer para la satisfacción de su propio deseo sexual, poco a poco incluso de manera perversa, sin que su sumisa esclava estuviera en condiciones de negarle deseo alguno.

Cuando la señora X. acudió desesperada en busca de mi consejo médico, explicó que no podía continuar caminando por este camino de espinas. Una libido repugnante para ella misma, pero insuperable, la empujaba hacia una persona a la que no podía amar pero de la que tampoco podía separarse, al mismo tiempo que sufría la tortura constante del peligro de que se descubriera su vergüenza, de los terribles reproches que se hacía por pecar contra las leyes divinas y humanas.

El mayor tormento espiritual se lo causaba, sin embargo, la idea de perder al amado, que, además, cuando ella no se quería plegar a sus deseos, la amenazaba precisamente con eso y la dominaba por completo, hasta el punto de que ella sería capaz de cualquier cosa si él se lo mandara.