Caso 11. P., cabeza de familia, 53 años, casado, según parece sin taras hereditarias, sin antecedentes epilépticos, bebedor moderado, sin signos de senilidad precoz, según información de su mujer se comportó durante todo el periodo de su matrimonio, contraído con 28 años, de manera hipersexual, extremadamente libidinosa, enormemente potente, resultaba insaciable en la relación sexual conyugal. Durante el coito resultaba “animal, salvaje, le temblaba todo el cuerpo, resoplaba”, por lo que su esposa, algo frígida, experimentaba cierta repulsión y sentía el cumplimiento del débito conyugal como un tormento.
Él, que la atormentaba con sus celos, había seducido al poco de casarse a la hermana de su mujer, una muchacha inocente con la que engendró un hijo. En 1873 se trajo a casa a madre e hijo. Tenía ya dos mujeres, prefería a la cuñada, cosa que su mujer toleraba como mal menor. Con los años la libido iba más bien en aumento, aunque la potencia iba decayendo. A menudo recurría a la masturbación, incluso inmediatamente después del coito, sin que al cínico le incomodase la presencia de las mujeres. Desde 1892 abusaba de su pupila de 16 años, puellam coagere solebat, ut eum masturbaret. Llegó a intentar a punta de pistola obligar a la muchacha a practicar el coito. Lo mismo intentó con su hija extramarital, de modo que hubo que poner a las dos a salvo de él en repetidas ocasiones. En la clínica P. se comportaba con tranquilidad y decencia. Utilizaba su hipersexualidad como disculpa. Decía que lo que había hecho no estaba bien, pero no había podido evitarlo. La frigidez de su esposa le había empujado al adulterio. No hay trastorno de la inteligencia, pero sí ausencia de todo sentimiento ético. Durante los 25 años de matrimonio, varios ataque epilépticos. Sin signos degenerativos.
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