Caso 101: fetichismo de pelo

Una dama contó al Dr. Gemy que en la noche de bodas y en la noche siguiente su esposo se había contentado con besarla, revolver su no muy abundante cabello y, a continuación, echarse a dormir. A la tercera noche el señor X. sacó una peluca de largos cabellos y le rogó a su mujer que se la pusiera. Acto seguido, el hombre se puso rápidamente al corriente de los atrasos del débito conyugal. A la mañana siguiente, X. empezó nuevamente a ponerse tierno haciéndole mimos primero a la peluca. En cuanto la señora X. se quitaba la peluca, a la que ya le iba cogiendo rabia, perdía todo atractivo para su esposo. La señora X. se dio cuenta entonces de que aquí había gato encerrado, se plegó a los deseos de su marido, al que quería y cuya libido (y, al parecer, también la potencia) dependía de la peluca. Sorprendentemente, cada peluca solo resultaba efectiva durante 15 ó 20 días. Tenían que tener mucho pelo, siendo indiferente el color.

El fruto de cinco años de matrimonio fueron dos hijos y una colección de 72 pelucas.

[Psychopathia sexualis, caso 101: fetichismo de pelo]

Caso 100: fetichismo de piel de muchacha

L., jornalero, fue detenido por amputarse un gran trozo de carne del antebrazo izquierdo con una tijera en un lugar público.

Declara que desde hace mucho tiempo tiene el impulso de comerse un trozo de la blanca y delicada carne de una muchacha, que siguió con ese fin a una víctima con una tijera que ya llevaba preparada, pero que ante el sinsentido de este propósito renunció a él y se cortó él mismo en sustitución (!).

L. desciende de padre epiléptico. Una hermana es débil mental.

L. sufrió hasta los 17 años de enuresis nocturna, le temían en todas partes por su forma de ser grosera e irritable, fue expulsado de la escuela por su indisciplina y maldad.

Pronto se dio al onanismo. Le gustaba leer libros religiosos, presentaba en su carácter rasgos supersticiosos, tendencia al misticismo y una llamativa devoción.

Con 13 años, la visión de una bella joven con piel blanca y delicada hacía que se manifestara en él el impulso con connotaciones libidinosas de arrancarle a una joven así un trozo de carne de un bocado y comérselo. Este impulso era todo su afán. No había nada más en la mujer que le excitara. Nunca sintió deseo de mantener ningún tipo de relaciones sexuales con una de ellas y nunca hizo el correspondiente intento.

Como esperaba conseguir su objetivo más fácilmente con unas tijeras que con los dientes, llevaba siempre unas encima desde hacía años. Varias veces estuvo a punto de satisfacer su anormal deseo. Desde hacía un año le resultaba ya casi insoportable la falta de satisfacción de este, por lo que había dado con un sucedáneo que consistía en que, tras perseguir infructuosamente a una muchacha, se cortaba él mismo un trozo de piel de los brazos, los muslos o el vientre y se lo comía. Apoyándose en la fantasía de que se trataba de piel de la muchacha perseguida, llegaba al orgasmo y la eyaculación mientras se comía el trozo de su propia piel.

En el cuerpo de L. se encuentran numerosas marcas y heridas en la piel, algunas de ellas extensas y profundas.

Durante su automutilación y durante un periodo prolongado posterior a esta sufría agudos dolores, pero estos se veían compensados con creces por la voluptuosidad que experimentaba al disfrutar de los trozos de piel, especialmente cuando sangraba intensamente y conseguía hacerse la ilusión hasta cierto punto de que se trataba de cutis virginis. La simple visión de un cuchillo o una tijera le basta para evocar su perverso impulso. Cae entonces en un extraño estado de miedo con sudoración, mareos, palpitaciones, deseo de cutis feminae. Tiene entonces que perseguir tijera en mano a mujeres que le resulten simpáticas, pero no pierde ni la conciencia ni un resto de autocontrol, pues en plena culminación de la crisis toma de sí mismo lo que lo que se le niega en el cuerpo de una muchacha. Durante toda esta crisis se dan erección y orgasmo; en el momento en que mastica su piel entre los dientes, llega la eyaculación. A continuación siente una gran satisfacción y alivio. Sus genitales son normales.

L. es perfectamente consciente de lo patológico de su estado. Naturalmente, este degenerado peligroso para la sociedad fue a parar al manicomio. Allí cometió un intento de suicidio. (Magnan, Psychiatrische Vorlesungen, traducción al alemán de Möbius, cuaderno IV-V, p. 49).

[Psychopathia sexualis, caso 100: fetichismo de piel de muchacha]

Caso 99: fetichismo de cojera

Caso análogo. Señor V., 30 años, funcionario, desciende de padres fuertemente neuropáticos. A partir de los 7 años de edad, su compañera de juegos fue durante años una niña coja de su edad.

A partir de los 12 años, el muchacho, con predisposición nerviosa e hipersexual, llegó a la masturbación sin ser incitado a ello. Por la misma época llegó el desarrollo de la pubertad y no cabe duda de que los primeros movimientos sexuales de V. hacia el sexo opuesto coincidieron con la visión de la muchacha coja.

Desde entonces únicamente excitaron su sensualidad las mujeres cojas. Su fetiche era una bella dama que (al igual que su compañera de juegos) cojeara del pie izquierdo.

V., que es exclusivamente heterosexual aunque con necesidades anormales, intentó pronto mantener relaciones con el otro sexo, pero era absolutamente impotente con mujeres que no fueran cojas. Su potencia y satisfacción llegaban al máximo si la puella cojeaba del pie izquierdo, aunque también mantenía relaciones con éxito con las que cojeaban del derecho. Dado que consumar el coito de manera acorde con su fetichismo solo le era posible excepcionalmente, se aliviaba con la masturbación, que, no obstante, se presentaba como triste sucedáneo y le resultaba repulsiva. A menudo, su situación sexual le hacía sentirse extremadamente desdichado y le llevaba al borde del suicidio, que, si no consumó, fue únicamente por consideración hacia sus padres.

Su sufrimiento moral culminó cuando concibió como objetivo de sus deseos el matrimonio con una dama coja con la que hubiera simpatía, aunque sentía que lo único que podía amar en una esposa así era la cojera y no el alma, lo cual le parecía una profanación del matrimonio y una existencia insoportable e indigna. Eso le había hecho pensar a menudo en la resignación y la castración.

La exploración de V., cuando acudió a mí en busca de ayuda, dio un resultado completamente negativo en cuanto a signos de degeneración, enfermedades nerviosas, etc.

Le expliqué al paciente que al arte médico le resultaría difícil, cuando no imposible, erradicar un fetichismo asentado en asociaciones tan sólidas y le manifesté mi esperanza de que, haciendo feliz a una muchacha coja con el matrimonio, pudiera él mismo encontrar la felicidad.

Otro ejemplo es Descartes (Traité des passions, CXXXVI), quien presenta sus propias observaciones sobre la aparición de extrañas inclinaciones a partir de asociaciones de ideas. Siempre se complació en las mujeres bizcas porque el objeto de su primer amor tenía este defecto (Binet op. cit.).

Lydston (A Lecture on sexual perversion, Chicago, 1890) refiere el caso de un hombre que mantuvo una relación amorosa con una mujer a la que le habían amputado una pierna. Tras separarse de esa persona buscó con anhelo a otras mujeres con el mismo defecto. Un fetiche negativo.

[Psychopathia sexualis, caso 99: fetichismo de cojera]

Caso 98: fetichismo de cojera

Z., rentista, de familia con tara, afirma haber sentido ya de niño una particular compasión por las personas con parálisis y cojera. Durante un tiempo resultaba para él un placer sin tintes sexuales andar por la cocina con dos escobas como muletas o andar cojeando por calles desiertas. Progresivamente se le fue sumando a esto la idea de conocer a una hermosa joven como “cojito” y recibir la compasión de esta. La compasión de los hombres le hubiera resultado repulsiva. Z., que se educó en privado en una distinguida casa, asegura no haber sabido nada del sexo ni de las relaciones sexuales hasta los 20 años. Su sentimiento, en el que al principio no veía nada sospechoso, consistía en fantasías en las que compadecía a una muchacha tullida o en las que era él quien estaba cojo y recibía la compasión de una joven hermosa y sana. A estas fantasías se fueron uniendo de forma cada vez más evidente sentimientos eróticos; y, con 20 años, Z. incurrió en un acto masturbatorio al que siguieron otros muchos. Se fue desarrollando una progresiva neurastenia sexual y la debilidad excitable alcanzó tales proporciones que le bastaba la visión de una muchacha cojeando por la calle para eyacular. Ni que decir tiene que los actos masturbatorios y las poluciones en sueños iban también acompañados de tales fantasías. Al mismo Z. le llamaba la atención que le resultara indiferente la personalidad de la persona que cojeaba y que su interés se limitara al pie que cojeante. Z. no ha llegado nunca a intentar el coito con una mujer portadora de su fetiche. No se encuentra en disposición espiritual de hacerlo y alberga, asimismo, dudas sobre su potencia. Sus sucias fantasías giran en torno a la masturbación junto al pie de una mujer coja. A veces se anima con la idea de lograr el amor de una mujer casta y coja y que esta, conmovida porque él ame lo que en ella es un defecto, le libere de su fetichismo elevando el amor de Z. “desde el alma del pie de ella hasta los pies de su alma”. En esto cifra su salvación. Se siente enormemente desdichado en su situación actual.

[Psychopathia sexualis, caso 98: fetichismo de cojera]

Caso 97: fetichismo de mujeres cojas

X., 28 años, procedente de familia con importantes taras. Es neurasténico, se queja de falta de confianza en sí mismo y frecuente malhumor con impulsos suicidas, a los que muchas veces le resulta difícil resistirse. Con la más mínima tribulación cae en un desconcierto y desesperación totales. El paciente es ingeniero en una fábrica de la Polonia rusa, de constitución fuerte, sin signos de degeneración. Se queja de una extraña “manía” que a menudo le hace dudar de si es una persona psíquicamente sana. Desde los 17 años tan solo se excita sexualmente con la contemplación de mujeres con algún defecto físico, sobre todo, de mujeres que cojean y tienen los pies torcidos. El paciente no es en modo alguno consciente de la conexión asociativa originaria entre su libido y tales defectos femeninos.

Desde la pubertad se encuentra bajo el efecto de este fetichismo, del que él mismo se avergüenza. La mujer normal no tiene para él atractivo alguno, tan solo la que está torcida, cojea, tiene defectos en los pies. Si una mujer tiene un achaque de este tipo, induce en él una poderosa excitación sensual, siendo indiferente el que tal mujer pueda ser hermosa o fea.

En sus sueños con polución únicamente se le presentan tales figuras femeninas cojeantes. De vez en cuando no puede evitar el impulso de imitar a una de estas cojas. En tal situación experimenta un violento orgasmo y una eyaculación acompañada de intensa libidinosidad. El paciente asegura ser muy libidinoso y sufrir mucho a causa de la insatisfacción de sus impulsos. No obstante, consuma el coito con 22 años y únicamente unas cinco veces desde entonces. Al hacerlo, aun siendo potente, no obtuvo la más mínima satisfacción. Si algún día tuviera la suerte de practicar el coito con una mujer coja, no le cabe duda de que la cosa sería diferente. En cualquier caso, solo podría plantearse casarse con una coja.

Desde los veinte años de edad, el paciente presenta también fetichismo de ropa. A menudo le basta con vestirse medias y zapatos de mujer, bragas. De vez en cuando se compra tales prendas, se las pone en secreto, se excita con ello libidinosamente y tiene una eyaculación. Las prendas que ya ha llevado una mujer carecen para él del más mínimo atractivo. Le gustaría llevar ropa de mujer durante las ocasiones de excitación sensual, pero de momento no se ha atrevido por miedo a ser descubierto.

Su vita sexualis se limita a las prácticas mencionadas. El paciente afirma con plena seguridad y total convencimiento que nunca se ha dado a la masturbación. Últimamente, con el aumento de sus problemas de neurastenia, se encuentra bastante aquejado de poluciones.

[Psychopathia sexualis, caso 97: fetichismo de mujeres cojas]

Caso 96: fetichismo de obesidad

Un caballero con considerables problemas me consultó a causa de una impotencia que le empujaba prácticamente a la desesperación.

De soltero su fetiche eran las mujeres de generosas formas. Se casó con una dama de la complexión correspondiente y fue perfectamente potente y feliz con ella. Al cabo de unos meses, la dama enfermó gravemente y adelgazó mucho. Un día que quiso cumplir el débito conyugal, se vio completamente impotente, estado en el que ha permanecido. Si, en cambio, intentaba el coito con mujeres orondas, era perfectamente potente. Incluso los defectos corporales se pueden convertir en fetiche.

[Psychopathia sexualis, caso 96: fetichismo de obesidad]

Caso 95: fetichismo de pies con heterosexualidad constante

Fetichismo de pies con heterosexualidad constante. Señor Y., 50 años, soltero, de clase elevada, consultó al médico por dolencias “nerviosas”. Se encuentra bastante afectado, es nervioso desde la niñez, muy sensible al frío y al calor. Sufre desde hace años ideas obsesivas que presentan el carácter de un delirio persecutorio corregido y transitorio. Si, por ejemplo, está sentado en la mesa de un bar, le parece como si todos los ojos se fijaran en él y todos los presentes murmuraran y se burlaran de él.

En cuanto se levanta, desaparece esta sensación y deja de creer en estas percepciones supuestas.

En cuanto pasa un tiempo, en ningún sitio se encuentra a gusto, por lo que va pasando de un lugar a otro. Alguna vez le ha ocurrido reservar una habitación en un hotel y no poder ir porque se lo impedían las correspondientes ideas obsesivas.

La libido de este hombre nunca fue grande. Nunca tuvo sentimientos que no fueran heterosexuales. Al parecer, su única satisfacción consistía en el coito normal (con escasa frecuencia).

Y. reconoció ante el médico haber sido muy peculiar en su vida sexual desde la juventud. No se excita sexualmente ni con mujeres ni con hombres sino tan solo con la visión de pies desnudos de individuos femeninos, siendo indiferente que se trate de niños o adultos. El resto de las partes del cuerpo de la mujer le dejan perfectamente frío.

Si tiene ocasión de contemplar los pies de personas que andan “por el campo”, puede quedarse horas observándolos y siente al hacerlo el “terrible” impulso de terere genitalia propria ad pedes illarum. Hasta ahora ha logrado no dejarse arrastrar a la satisfacción de tal impulso.

Lo que más le molesta es la suciedad de la que suelen estar cubiertos los pies desnudos de la gente que anda por ahí. Le gustaría que estuvieran bien limpios. No fue capaz de explicar cómo había llegado a este fetichismo. (De una comunicación del profesor Forel).

Epicrisis: caso de fetichismo de parte del cuerpo. No se constatan relaciones masoquistas. Probabilidad de que este caso de fetichismo haya surgido por coincidencia casual de una excitación sexual con la contemplación de pies desnudos durante la primera juventud.

[Psychopathia sexualis, caso 95: fetichismo de pies con heterosexualidad constante]

Caso 94: fetichismo de pies, sentimiento sexual contrario adquirido

Fetichismo de pies. Sentimiento sexual contrario adquirido. Señor X., funcionario, 29 años, desciende de madre neuropática y padre diabético.

Buena disposición espiritual, de temperamento nervioso, no ha padecido enfermedades nerviosas, no presenta signos de degeneración. El paciente recuerda perfectamente que, ya con seis años, al ver a mujeres con los pies desnudos experimentaba excitación sexual y sentía dentro de sí el impulso de salir corriendo detrás de ellas o de mirarlas mientras trabajaban.

Con 14 años se coló una noche en la habitación de su hermana mientras esta dormía, le cogió el pie y se lo besó. Ya con 8 años llegó espontáneamente a la masturbación. Mientras la practicaba, se presentaban en su fantasía pies de mujer desnudos.

Con 16 años solía llevarse a la cama zapatos y medias de las criadas, se excitaba sensualmente manipulándolos y se masturbaba.

Con 18 años inició el libidinoso X. el contacto sexual con personas del otro sexo. Era plenamente potente, quedaba satisfecho con el coito y su fetiche no desempeñaba papel alguno en estos contactos sexuales. No sentía la más mínima inclinación sexual por personas masculinas, tampoco le interesaban en modo alguno los pies de los hombres.

A partir de los 24 años de edad se produjo una modificación en sus sentimientos y estado sexuales.

El paciente se volvió neurasténico y empezó a sentir inclinación sexual por el hombre. El factor que dio pie a la aparición de la neurosis y del sentimiento sexual contrario fue claramente una masturbación excesiva, a la que se veía empujado en parte por una libido nimia que no siempre se dejaba satisfacer mediante el coito, y en parte por la visión casual o intencionada de pies femeninos.

De manera concomitante con el aumento de la neurastenia (en un primer momento, de tipo sexual) se produjo un rápido retroceso de su libido, potencia y satisfacción respecto a los individuos femeninos. Al mismo tiempo se desarrolló una inclinación por el propio sexo y también su fetichismo se trasladó a este.

A partir de los 25 años ya solo practicó el coito cum muliere raramente y sin verdadera satisfacción, y tampoco le interesaba prácticamente el pie de la mujer. Su impulso de mantener relaciones sexuales con hombres se iba volviendo cada vez más poderoso. Al trasladarse con 25 años a una gran ciudad, encontró la oportunidad deseada y se dio con verdadera pasión al amor entre hombres. Viros masturbare, penem eorum in os recipere et pedes sociorum osculari solebat.

Eyaculaba con tales prácticas al tiempo que experimentaba el máximo placer. Poco a poco, le fue bastando con la visión de un hombre simpático, sobre todo si llevaba los pies descalzos.

Sus poluciones nocturnas, asimismo, tenían únicamente las relaciones entre hombres como objeto y además estas eran de tipo fetichista (pies).

No le interesaba el calzado. Solo el pie descalzo le excitaba. A menudo sentía el impulso de seguir a hombres por la calle con la esperanza de encontrar ocasión de quitarles el zapato. Un sucedáneo consistía en andar él mismo descalzo. Temporalmente se apoderó de él, bajo estremecimientos libidinosos, una verdadera necesidad de bajar a la calle descalzo. Si acaso intentaba resistirse, le acometían terror, palpitaciones y temblores. Una y otra vez se vio obligado, ignorando el peligro y las indeseables consecuencias, a entregarse a este impulso por las noches durante horas.

Mientras lo hacía, llevaba los zapatos en la mano, experimentaba una enorme excitación sexual y obtenía satisfacción en la eyaculación espontánea o provocada. Envidiaba a los jornaleros y otra gente que podía andar descalza sin llamar la atención.

Su momento más feliz lo tuvo durante una estancia en un balneario de método Kneipp, donde tanto él como los otros caballeros podían andar descalzos como parte del tratamiento.

A raíz de un desagradable episodio de chantaje al que se vio expuesto X. por sus relaciones con hombres, volvió a sus cabales, buscó la forma de escapar a una tortuosa existencia sexual y dio con un médico que le remitió a mí.

El paciente hizo cuanto pudo por abstenerse de la masturbación y de las relaciones con hombres, siguió un tratamiento contra la neurastenia en un balneario, recuperó un cierto interés por el genus femininum, para lo cual sirvió de puente su fetichismo de pies, consumó el coito en una ocasión con cierto placer con una belleza pueblerina descalza que resultaba conforme a sus gustos; posteriormente, unas cuantas veces más con puellis sin obtener satisfacción; volvió a orientarse hacia personas de su propio sexo; recayó por completo, sintiendo una irresistible atracción por vagabundos y braceros descalzos, a los que obsequiaba con tal de que le dejaran besarles los pies. Un intento de encaminar a este desdichado en una dirección natural mediante un tratamiento sugestivo fracasó ante la imposibilidad de ir más allá de un ligero embotamiento carente de todo valor terapéutico.

Epicrisis: originariamente fetichismo de pies. Sentimiento sexual contrario adquirido con transferencia del círculo de ideas fetichistas a la homosexualidad.

[Psychopathia sexualis, caso 94: fetichismo de pies, sentimiento sexual contrario adquirido]

Caso 93: fetichismo de mano femenina

Caso de fetichismo de mano comunicado por Albert Moll. P. L., 28 años, comerciante de Westafalia.

Si dejamos de lado que el padre del paciente es un hombre notablemente malhumorado y un tanto violento, no se constata en la familia ningún tipo de tara hereditaria.

El paciente nunca fue demasiado aplicado en el colegio; nunca consiguió concentrar su atención durante demasiado tiempo en un único objeto; no obstante, tuvo desde la niñez una marcada inclinación por la música. Su temperamento fue siempre más bien nervioso.

Acudió a mí en agosto de 1890 aquejado de unos dolores de cabeza y de bajo vientre que daban toda la sensación de ser de tipo neurasténico. El paciente declara, asimismo, hallarse más bien desprovisto de energía.

En cuanto a su vida sexual, es necesario plantear preguntas que apuntan directamente en esta dirección para que proporcione los datos siguientes. Los inicios absolutos de la excitación sexual se presentan en él, hasta donde recuerda, ya con 7 años. Si pueri eiusdem fere aetatis mingentis membrum adspexit, vade libidinibus excitatus est. L. afirma con seguridad que esta excitación iba asociada a evidentes erecciones. Inducido por otro chico, L. dio con 7 u 8 años en el onanismo. “Siendo una naturaleza enormemente excitable”, dice L., “me di con gran frecuencia al onanismo hasta los 18 años sin tener una idea clara de las dañinas consecuencias o, ni siquiera, de la importancia de este acto”. Le gustaba sobre todo cum nonnullis commilitonibus mutuam masturbationen tractare, no le resultaba en modo alguno indiferente quién fuera el otro chico; antes bien, eran solamente unos cuantos muchachos de su edad los que podían cuadrarle a tal efecto. A la pregunta de qué era más que nada lo que le llevaba a preferir a uno u otro chico L. contestó que lo que le atraía en sus compañeros de colegio para practicar con ellos la masturbación mutua era sobre todo que tuvieran una mano blanca y bien formada. L. recordaba además que muchas veces, al principio de la clase de gimnasia, hacía ejercicios él solo en una barra que quedaba un poco apartada; hacía esto a propósito ut quam maxime excitaretur idque tantopere assecutus est, ut membro manu non tacto, sine ejaculatione —puerili aetate erat—, voluptatem clare senserit. Es interesante también un acto que el paciente recuerda de su edad temprana. Su compañero de clase favorito, N., con el que L. practicaba la masturbación mutua, le hizo un día la siguiente proposición: ut L. membrum N…i apprehendere conaretur, él, N., tenía que resistirse todo lo que pudiera y procurar impedírselo a L. Este le hizo caso. Así, al onanismo se asoció una lucha de ambos implicados en la que N. siempre resultaba vencido.

La lucha terminaba regularmente de modo ut. N. tandem coactus sit membrum masturbari. L. me asegura que esta forma de masturbación le proporcionaba un placer especialmente intenso no solo a él sino también a N. De este modo, L. persistió en sus frecuentes actos onanistas hasta la edad de 18 años. Instruido por su amigo, se esforzó a partir de entonces, poniendo todas sus energías en ello, en combatir este mal hábito. Poco a poco lo fue consiguiendo, hasta que finalmente, tras consumar el primer coito, renunció al onanismo por completo. Esto, sin embargo, no ocurrió hasta la edad de 21 años y medio. Al paciente le resulta ahora incomprensible (y, según dice, le llena de repugnancia) que pudiera entonces encontrar placer en practicar el onanismo con chicos. No habría hoy fuerza suficiente para hacerle tocar el miembro de otro hombre. Su simple visión le resulta ya desagradable. Ha desaparecido toda inclinación hacia los hombres y el paciente se siente atraído exclusivamente por las mujeres.

Ha de mencionarse, no obstante, que a pesar de la clara inclinación de L. por la mujer, se da en él un fenómeno anormal.

Lo que le excita básicamente del sexo femenino es la contemplación de una mano hermosa; a L. le excita mucho más ver una hermosa mano femenina quam si eandam feminam plane nudatam adspiceret.

El siguiente suceso ilustra hasta qué punto llega la predilección de L. por la hermosa mano de un ser femenino.

L. conoció a una dama joven y hermosa que poseía todos los encantos posibles, pero que tenía una mano más bien basta. La forma no era hermosa, y algunas veces no la llevaba limpia, como L. exigía. En consecuencia, a L. no solo le resultaba imposible desarrollar un verdadero interés por esta dama, sino que no estaba ni siquiera en situación de tocarla. L. asegura que en general no hay nada más repugnante para él que unas uñas sucias; estas bastaban para que fuera incapaz de tocar a una dama por lo demás tan hermosa. Por otra parte, en época más temprana, L. sustituía frecuentemente el coito ut puellam usque ad eiaculationem effectam membrum suum manu tractare iusserit.

A la pregunta de qué es lo que más le atrae en la mano de una mujer, sobre todo, si ve en ella un símbolo de poder y si le produce placer sufrir una humillación directa por parte de la mujer, el paciente respondió que sólo le excitaba la hermosura en la forma de la mano, que el ser humillado por una mujer no le produce ningún tipo de satisfacción y que nunca se le había ocurrido la idea de buscar en la mano el símbolo o el instrumento del poder de la mujer. Su gusto por la mano de la mujer sigue siendo aun hoy tan poderoso ut majore voluptate afficiatur si manus feminae membrum tractat quam coitu in vaginam. No obstante, el paciente preferiría practicar este, porque le parece que tal es la inclinación natural, mientras que la otra le parece morbosa. El tacto de su cuerpo por una hermosa mano femenina le produce al paciente inmediatamente una erección; afirma que los besos y otros tipos de contacto no ejercen ni de lejos un influjo igual de potente.

El paciente ha practicado el coito con frecuencia en los últimos años, pero cada vez que lo hizo le resultó extraordinariamente difícil decidirse a ello.

Tampoco encontró en el coito la plena satisfacción que buscaba. Sin embargo, cuando L. se encuentra cerca un ser femenino al que le gustaría poseer, con su mera visión aumenta a veces la excitación sexual de L. hasta tal punto que se produce una eyaculación. L. asegura expresamente que en estos casos, a propósito, no toca ni presiona su miembro; la efusión de esperma producida en tales circunstancias le proporciona a L. un placer mucho mayor que el concúbito verdaderamente realizado.

Los sueños del paciente L. no se ocupan nunca del concúbito. Cuando tiene poluciones nocturnas, estas están conectadas casi siempre con ideas completamente diferentes a las que surgen en los hombres normales. Los correspondientes sueños del paciente son recapitulaciones de su época escolar. En aquel entonces, el paciente, aparte del mencionado onanismo mutuo, sufría también emisión de semen cuando le acometía un gran temor.

Si, por ejemplo, el maestro ponía un examen de latín por sorpresa y L. no sabía hacer la traducción que le dictaban, sobrevenía frecuentemente una eyaculación. Las poluciones que se presentan ahora de vez en cuando durante la noche van siempre acompañadas de sueños que tienen el mismo contenido o que tales episodios escolares o un contenido semejante.

Yo consideraría al paciente, debido a su sentimiento y sensibilidad antinaturales, incapaz de amar a una mujer permanentemente.

No se ha podido acometer por el momento un tratamiento de la perversión sexual de este paciente.

[Psychopathia sexualis, caso 93]

Caso 92: fetichismo de mano femenina

B., de familia neuropática, muy sensual, espiritualmente intacto, sufre un arrebato en cuanto ve la mano joven y hermosa de una dama, y experimenta una excitación sexual que llega hasta la erección. Besar la mano y sostenerla entre las suyas es su felicidad. Si está cubierta por un guante, se siente desdichado. Procura apoderarse de tales manos con la excusa de leer el futuro. El pie le resulta indiferente. Su deseo aumenta si las bellas manos están adornadas con anillos. Solo la mano viva (no la representada) es capaz de provocar en él esta excitación libidinosa. Solamente si se encuentra agotado por frecuentes coitos, pierde la mano su atractivo sexual. Al principio, el recuerdo de las manos femeninas le perturbaba incluso en el trabajo (Binet op. cit.).

[Psychopathia sexualis, caso 92]