Caso de fetichismo de mano comunicado por Albert Moll. P. L., 28 años, comerciante de Westafalia.
Si dejamos de lado que el padre del paciente es un hombre notablemente malhumorado y un tanto violento, no se constata en la familia ningún tipo de tara hereditaria.
El paciente nunca fue demasiado aplicado en el colegio; nunca consiguió concentrar su atención durante demasiado tiempo en un único objeto; no obstante, tuvo desde la niñez una marcada inclinación por la música. Su temperamento fue siempre más bien nervioso.
Acudió a mí en agosto de 1890 aquejado de unos dolores de cabeza y de bajo vientre que daban toda la sensación de ser de tipo neurasténico. El paciente declara, asimismo, hallarse más bien desprovisto de energía.
En cuanto a su vida sexual, es necesario plantear preguntas que apuntan directamente en esta dirección para que proporcione los datos siguientes. Los inicios absolutos de la excitación sexual se presentan en él, hasta donde recuerda, ya con 7 años. Si pueri eiusdem fere aetatis mingentis membrum adspexit, vade libidinibus excitatus est. L. afirma con seguridad que esta excitación iba asociada a evidentes erecciones. Inducido por otro chico, L. dio con 7 u 8 años en el onanismo. “Siendo una naturaleza enormemente excitable”, dice L., “me di con gran frecuencia al onanismo hasta los 18 años sin tener una idea clara de las dañinas consecuencias o, ni siquiera, de la importancia de este acto”. Le gustaba sobre todo cum nonnullis commilitonibus mutuam masturbationen tractare, no le resultaba en modo alguno indiferente quién fuera el otro chico; antes bien, eran solamente unos cuantos muchachos de su edad los que podían cuadrarle a tal efecto. A la pregunta de qué era más que nada lo que le llevaba a preferir a uno u otro chico L. contestó que lo que le atraía en sus compañeros de colegio para practicar con ellos la masturbación mutua era sobre todo que tuvieran una mano blanca y bien formada. L. recordaba además que muchas veces, al principio de la clase de gimnasia, hacía ejercicios él solo en una barra que quedaba un poco apartada; hacía esto a propósito ut quam maxime excitaretur idque tantopere assecutus est, ut membro manu non tacto, sine ejaculatione —puerili aetate erat—, voluptatem clare senserit. Es interesante también un acto que el paciente recuerda de su edad temprana. Su compañero de clase favorito, N., con el que L. practicaba la masturbación mutua, le hizo un día la siguiente proposición: ut L. membrum N…i apprehendere conaretur, él, N., tenía que resistirse todo lo que pudiera y procurar impedírselo a L. Este le hizo caso. Así, al onanismo se asoció una lucha de ambos implicados en la que N. siempre resultaba vencido.
La lucha terminaba regularmente de modo ut. N. tandem coactus sit membrum masturbari. L. me asegura que esta forma de masturbación le proporcionaba un placer especialmente intenso no solo a él sino también a N. De este modo, L. persistió en sus frecuentes actos onanistas hasta la edad de 18 años. Instruido por su amigo, se esforzó a partir de entonces, poniendo todas sus energías en ello, en combatir este mal hábito. Poco a poco lo fue consiguiendo, hasta que finalmente, tras consumar el primer coito, renunció al onanismo por completo. Esto, sin embargo, no ocurrió hasta la edad de 21 años y medio. Al paciente le resulta ahora incomprensible (y, según dice, le llena de repugnancia) que pudiera entonces encontrar placer en practicar el onanismo con chicos. No habría hoy fuerza suficiente para hacerle tocar el miembro de otro hombre. Su simple visión le resulta ya desagradable. Ha desaparecido toda inclinación hacia los hombres y el paciente se siente atraído exclusivamente por las mujeres.
Ha de mencionarse, no obstante, que a pesar de la clara inclinación de L. por la mujer, se da en él un fenómeno anormal.
Lo que le excita básicamente del sexo femenino es la contemplación de una mano hermosa; a L. le excita mucho más ver una hermosa mano femenina quam si eandam feminam plane nudatam adspiceret.
El siguiente suceso ilustra hasta qué punto llega la predilección de L. por la hermosa mano de un ser femenino.
L. conoció a una dama joven y hermosa que poseía todos los encantos posibles, pero que tenía una mano más bien basta. La forma no era hermosa, y algunas veces no la llevaba limpia, como L. exigía. En consecuencia, a L. no solo le resultaba imposible desarrollar un verdadero interés por esta dama, sino que no estaba ni siquiera en situación de tocarla. L. asegura que en general no hay nada más repugnante para él que unas uñas sucias; estas bastaban para que fuera incapaz de tocar a una dama por lo demás tan hermosa. Por otra parte, en época más temprana, L. sustituía frecuentemente el coito ut puellam usque ad eiaculationem effectam membrum suum manu tractare iusserit.
A la pregunta de qué es lo que más le atrae en la mano de una mujer, sobre todo, si ve en ella un símbolo de poder y si le produce placer sufrir una humillación directa por parte de la mujer, el paciente respondió que sólo le excitaba la hermosura en la forma de la mano, que el ser humillado por una mujer no le produce ningún tipo de satisfacción y que nunca se le había ocurrido la idea de buscar en la mano el símbolo o el instrumento del poder de la mujer. Su gusto por la mano de la mujer sigue siendo aun hoy tan poderoso ut majore voluptate afficiatur si manus feminae membrum tractat quam coitu in vaginam. No obstante, el paciente preferiría practicar este, porque le parece que tal es la inclinación natural, mientras que la otra le parece morbosa. El tacto de su cuerpo por una hermosa mano femenina le produce al paciente inmediatamente una erección; afirma que los besos y otros tipos de contacto no ejercen ni de lejos un influjo igual de potente.
El paciente ha practicado el coito con frecuencia en los últimos años, pero cada vez que lo hizo le resultó extraordinariamente difícil decidirse a ello.
Tampoco encontró en el coito la plena satisfacción que buscaba. Sin embargo, cuando L. se encuentra cerca un ser femenino al que le gustaría poseer, con su mera visión aumenta a veces la excitación sexual de L. hasta tal punto que se produce una eyaculación. L. asegura expresamente que en estos casos, a propósito, no toca ni presiona su miembro; la efusión de esperma producida en tales circunstancias le proporciona a L. un placer mucho mayor que el concúbito verdaderamente realizado.
Los sueños del paciente L. no se ocupan nunca del concúbito. Cuando tiene poluciones nocturnas, estas están conectadas casi siempre con ideas completamente diferentes a las que surgen en los hombres normales. Los correspondientes sueños del paciente son recapitulaciones de su época escolar. En aquel entonces, el paciente, aparte del mencionado onanismo mutuo, sufría también emisión de semen cuando le acometía un gran temor.
Si, por ejemplo, el maestro ponía un examen de latín por sorpresa y L. no sabía hacer la traducción que le dictaban, sobrevenía frecuentemente una eyaculación. Las poluciones que se presentan ahora de vez en cuando durante la noche van siempre acompañadas de sueños que tienen el mismo contenido o que tales episodios escolares o un contenido semejante.
Yo consideraría al paciente, debido a su sentimiento y sensibilidad antinaturales, incapaz de amar a una mujer permanentemente.
No se ha podido acometer por el momento un tratamiento de la perversión sexual de este paciente.
[Psychopathia sexualis, caso 93]